16
Cuando más adelante echó la vista atrás, Peggy se dio cuenta de que debería haber advertido la tormenta que se avecinaba.
Después de la fiesta y tras meses aguantando el gigantesco ego y las exigencias irracionales de Buchan, era inevitable que la burbuja estallara.
Lo que no esperaba, sin embargo, era que lo hiciera de un modo tan alarmante, repentino y explosivo.
—El señor Buchan exige que vayamos a cenar al Ritz para celebrar el brillante éxito de su contribución al esfuerzo bélico —le dijo cansinamente Marigold a Beecher al verlo salir de su despacho.
—¿Y no puede entretenerlo el señor Longforth? —contestó él.
—Parecía empeñado en que la cena fuera con aquellos que habían trabajado en sus libros. —Peggy la miró. Ambas sabían que no era más que una artimaña para coquetear con Marigold.
—¿No podría acompañarnos, señor? —le pidió Peggy, esperanzada.
—¿Cuándo propone que se celebre esa velada financiada por el Gobierno? —preguntó él.
—El jueves de la semana que viene —dijo Marigold.
—Lo siento mucho, pero ese día es el cumpleaños de la señora Beecher —dijo antes de que se le iluminara el rostro con una idea—.
¿Por qué no invitamos a Frank Bauman? —Peggy se sorprendió a sí misma conteniendo el aliento—.
Al fin y al cabo, su contribución ha sido fundamental para la producción de los libros.
—Buena idea, señor Beecher —dijo Marigold.
—Sí —dijo Peggy, a quien la perspectiva de tener que entretener a Buchan le parecía de repente menos ardua.
—Lo llamaré ahora mismo. Y gracias de nuevo por sus esfuerzos. Sé cómo puede llegar a ser el señor Buchan y les agradezco cómo han manejado sus exigencias.
—Lo que haga falta por la causa, señor —dijo Peggy. Cuando él se hubo marchado, ella se hundió en su silla—. ¿Cómo se viste una para cenar en el Ritz?
Marigold sonrió.
—A estas alturas ya deberías saber que tu hada madrina se hará cargo de eso.
Wilfred Buchan insistió en reservar una sala privada.
La mesa para cuatro personas estaba cubierta con un impecable mantel de lino blanco y decorada con un centro de rosas de color crema.
De inmediato, Buchan acercó su silla a la de Marigold, con lo que Peggy no pudo evitar sentirse un mero adorno hasta que llegó Frank Bauman.
—Disculpen el retraso —dijo, tendiéndole una mano a Buchan—. Frank Bauman.
Buchan enarcó las cejas.
—¿Bauman? No es ese un...
—Apellido alemán. Sí. Soy un judío alemán que ha hallado refugio en la seguridad del puerto británico.
—Qué poético —dijo fríamente Buchan.
A medida que avanzaba la velada, Peggy se sentía cada vez más agradecida por la presencia de Frank.
Buchan los ignoró por completo, optando en cambio por colmar de atenciones a Marigold.
No es que escuchara nada de lo que ella decía.
En realidad, estaba mucho más interesado en compartir su sabiduría sobre cualquier tema, desde la muerte de la literatura inglesa («Nadie ha escrito nada de mérito desde Dickens.
Y no traten de decirme que Orwell es un faro que ilumina el camino hacia un futuro literario brillante.
Un niño podría escribir esa basura»), hasta el modo de ganar la guerra en una semana («Asesinar a Hitler.
Así de sencillo»). Cuanto más bebía Buchan, más ruidosas y animadas se volvían sus opiniones.
—Realmente le gusta el sonido de su propia voz, ¿no le parece? —le murmuró Frank a Peggy mientras el camarero retiraba los platos de la cena.
Ella se rio por lo bajo.
—Mi abuela siempre dice que hay que recelar de aquellos que más alto hablan, pues rara vez tienen cosas interesantes o importantes que decir.
—Parece una mujer sabia.
—Ojalá yo fuera más como ella.
—No sea tan dura consigo misma, señorita Sparks. He advertido destellos de sabiduría en usted. —Los ojos le relucían al decir eso y ella se sorprendió a sí misma riendo ante su comentario.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —dijo Buchan arrastrando las palabras y volviéndose hacia ellos—. ¿Detecto cierto coqueteo en nuestros compañeros de mesa? Eso no está nada bien.
—¿Más vino, señor? —preguntó el camarero.
Buchan asintió enérgicamente.
—Y otra botella, si tienen. Estoy seguro de que el Ministerio se alegrará de que celebremos nuestro éxito.
—Alzó su copa—. Un brindis por nosotros.
—Los demás también alzaron sus vasos, y Buchan centró entonces su atención en Peggy—.
Vamos, Penny, alegra esa casa. A ti no hay quien te levante el ánimo, ¿verdad?
¿Es que no sonríes nunca? Deberías seguir el ejemplo de Marigold —añadió, inclinándose hacia ella—.
Es realmente el epítome de la feminidad, mientras que tú.
.. —Hizo una mueca—. Bueno, no eres precisamente gran cosa.
Yo que tú me casaría sin dudarlo con este tipo si me quisiera.
Aunque puede que casarse con un judío no sea la mejor idea ahora mismo.
En ese momento, sucedieron dos cosas a gran velocidad.
Primero, Frank se puso de pie de un salto, tirando hacia atrás la lujosa silla roja y dorada en la que había estado sentado, y, a continuación, en la sala resonó una sonora bofetada que hizo que Wilfred Buchan se llevara las manos a la cara, víctima de la sorpresa.
Tardaron todos un momento en darse cuenta de que se la había propinado Marigold, que tenía el rostro rojo de rabia.
Por un instante, los cuatro se miraron los unos a los otros hasta que, finalmente, Buchan explotó:
—¿¡Qué demonios crees que estás haciendo!? —exclamó, poniéndose de pie y llevándose una servilleta a su mejilla enrojecida.
Marigold se encaró con él.
—¡Lo que un buen número de mujeres deberían haber hecho antes que yo, hombrecillo asqueroso! ¡Me encantaban tus libros cuando era pequeña, pero ahora los quemaré! ¡Puede que seas un gran escritor, pero lo cierto es que también eres un mero fanfarrón lujurioso!
—¿Cómo te atreves? —exclamó él—. ¡Has sido tú quien me ha seducido con tus pestañeos y tus halagos! ¡Debería pedir que te arrestaran!
—Yo que usted no lo haría —dijo Frank con los ojos encendidos de rabia.
Buchan se volvió hacia él.
—¿Está amenazándome? No tengo ninguna duda de que a la policía le encantará saber que un enemigo extranjero se atreve a desafiar a uno de los escritores más destacados de Inglaterra. Y seguro que a la prensa también.
Peggy observó el rostro de Frank. Parecía tranquilo, pero podía notar que por debajo de esa expresión bullía una ira contenida. Buchan también lo advirtió y dio un paso atrás.
—Y yo creo —dijo Frank sin alzar la voz— que a la prensa también podría interesarle que uno de los escritores más importantes de Inglaterra le haya hecho proposiciones indebidas una de las aristócratas más famosas del país.
Tengo un amigo en el Herald , un enemigo extranjero como yo, al que le encantaría publicar una historia como esa.
O quizá será mejor que simplemente se largue usted de aquí y no volvamos a hablar del asunto.
Buchan se quedó mirando a Frank un momento, sopesando sus opciones, hasta que, finalmente, arrojó la servilleta sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y, apuntándolos con un dedo, dijo:
—No quiero tener nada más que ver con ninguno de vosotros, ¿lo oís? Y ya podéis decirle a Longforth que no va a sacarme ni una palabra más. —Y, tras lanzar una última mirada colérica a Marigold, salió de la sala hecho una furia.
Atónitos, Peggy, Marigold y Frank se quedaron en silencio hasta que poco a poco Marigold tomó conciencia de lo sucedido.
—¿¡Qué he hecho!? —exclamó.
Peggy se la quedó mirando.
—Acabas de abofetear a Wilfred Buchan —dijo ella, y sus labios comenzaron a esbozar una sonrisa—. Tú, Lady Marigold Cecily, acabas de abofetear en la cara al gran Wilfred Buchan —añadió sin poder contener una risita que le brotó del pecho.
—No es divertido, Peggy —dijo Marigold al tiempo que se llevaba una mano a la boca para evitar que se le escapara la risa.
—Sí que lo es —dijo Peggy, volviéndose hacia Frank, que negaba con la cabeza, también sonriendo—.
Es muy muy divertido y también maravilloso, porque nadie merecía más una buena bofetada en la cara que el gran Wilfred Buchan.
—Se miraron los unos a los otros una última vez antes de estallar en carcajadas.
Unos instantes después, apareció el camarero con el vino que había pedido Buchan.
—¿Va a regresar el señor? —preguntó.
Eso provocó más carcajadas por parte de Peggy y Marigold. Frank negó con la cabeza.
—No. El señor no regresará —dijo antes de unirse a las risotadas.
—¡Ay, Dios mío! —dijo Marigold, enjugándose una lágrima—. ¿Qué vamos a hacer? Beecher se pondrá furioso.
—Ya pensaremos algo —respondió Peggy, y se volvió hacia el camarero, que se había quedado en la puerta con cara de desconcierto—.
¿Podría traernos un poco de té, por favor?
—Y, volviéndose hacia Frank, añadió—: Y café para el caballero.
—Él asintió aprobatoriamente—. Gracias por plantarle cara a Buchan —le dijo.
Frank se encogió de hombros.
—Solo le he hecho saber mi opinión. Creo que son ustedes quienes se merecen una medalla por haberlo aguantado durante tanto tiempo.
—¿Qué cree que deberíamos hacer? —le preguntó Peggy mientras el camarero les traía las bebidas.
Frank las miró a ambas.
—Bueno, me parece que tienen tres opciones a su disposición.
—¿Cuáles? —preguntó Marigold, dándole un sorbo a su copa de vino.
—En primer lugar, decir la verdad. Contárselo todo a Beecher y aceptar las consecuencias.
Marigold y Peggy se miraron haciendo una mueca.
—¿Cuál es la segunda opción? —preguntó Peggy.
—Ir a ver a Buchan y suplicarle. Llevarle una botella de whisky y pedirle perdón por todo.
—Ni hablar —dijeron ambas al unísono.
—En ese caso, solo les queda una opción.
—¿Cuál? —preguntó Peggy.
—Escribir los libros como si fueran de Buchan.
—¡No podemos hacer eso! —exclamó Marigold.
—Un momento. —Peggy se quedó mirando a Frank—. Prosiga.