15 #3
—Es una fiesta maravillosa, Lady Lavinia —dijo, acercándose a ella.
—¿Eso cree? —contestó ella—. A mí celebrar algo así en tiempos de guerra me parece grotesco, pero, claro, Edwin no piensa lo mismo que yo, de modo que aquí estamos.
—No he conocido a su marido —dijo Peggy—. Me encantaría hacerlo.
Lady Lavinia la miró de arriba abajo.
—No se moleste. No estará interesado en conocerla a no ser que se le dé bien jugar al blackjack.
—Oh —dijo Peggy—. Entiendo.
Lady Lavinia suspiró.
—Lo dudo mucho. Ahora, si me disculpa, tengo que ir a hacerle una consulta al cocinero.
—Por supuesto —dijo Peggy, viendo cómo se alejaba. Por alguna razón, no podía evitar la sensación de que el comportamiento estirado y brusco de esa mujer no era más que una mera máscara.
—Peggy —dijo Flo de repente, llegando a su lado casi sin aliento—. No sé tú, pero yo necesito un descanso: el baile con el artista ese me ha agotado. ¿Subimos un rato?
—Buena idea —dijo Peggy.
Se dirigieron hacia la escalera y luego enfilaron un pasillo en dirección a sus habitaciones.
—¿Te acuerdas de aquella vieja casa vacía que había en un extremo del parque al que íbamos a jugar cuando éramos pequeñas? —dijo Flo—. Con estos pasillos secretos, este lugar me la recuerda.
—Pensábamos que estaba encantada.
—¿Y te acuerdas de aquella vez en la que nos escondimos en una habitación y, cuando Joe vino a buscarnos, le dimos un susto de muerte?
Peggy se rio.
—Saltó como dos metros en el aire. Pensaba que no iba a dejar de gritar.
Flo soltó una risa ahogada y echó un vistazo por uno de los pasillos.
—Vayamos a ver qué hay por ahí.
—Ahora entiendo por qué tu hija es tan cotilla. Pensaba que querías descansar.
Flo se la quedó mirando con expresión inocente.
—Siempre dices que es bueno ser curiosa. Y, además, ¿cuándo tendremos la oportunidad de explorar un lugar como este? Vamos.
—Está bien —dijo Peggy, tomándola del brazo y siguiéndola—. Pero no toques nada.
El pasillo estaba flanqueado a ambos lados por puertas cerradas salvo al fondo, en el que había una abierta. Flo las condujo a ambas hacia ella.
—Oh, mira, un caballo balancín —dijo. Las cortinas estaban abiertas y la pálida luz de la luz proyectaba un resplandor lechoso en la estancia.
—No estoy segura de que debamos estar aquí, Flo —le advirtió Peggy.
—¿Por qué? Solo estamos mirando —dijo Flo, cruzando el umbral—. Lo que daría por poder comprarles un caballo balancín a Nancy y Charlie.
—Esta debía de ser la habitación de Marigold cuando era pequeña —dijo Peggy, mirando a su alrededor las estanterías repletas de libros, ositos de peluche y juguetes.
—Qué extraño que la hayan dejado así —dijo Flo.
—Hum —murmuró Peggy, acercándose al escritorio que había junto a la ventana y contemplando la vista plateada a la luz de la luna.
Luego bajó la mirada y vio una fotografía de dos niñas que debían de tener unos cinco o seis años.
Al reconocer algo familiar en ellas, Peggy extendió un brazo para cogerla.
—¿Qué creen que están haciendo aquí? —se oyó de repente.
Del susto, Peggy y Flo se abrazaron con fuerza antes de darse la vuelta y ver a Lady Lavinia de pie en la puerta con el rostro encendido de furia—.
¿Y bien? Les he hecho una pregunta. ¿Qué hacen husmeando?
—Peggy y Flo se miraron la una a la otra sin saber qué decir.
No había ninguna excusa y Lady Lavinia lo sabía.
—Me atrevería a decir que se han perdido, madre —respondió Marigold con voz pastosa a su espalda.
—¿Perdido? —dijo Lady Lavinia, volviéndose hacia su hija con una ceja enarcada.
—Sí. No todo el mundo vive en una enorme mansión con cientos de pasillos. Sin duda estaban tratando de encontrar el camino de vuelta a sus habitaciones.
—Sí —dijo Flo con la respiración entrecortada—. Eso es exactamente lo que ha pasado. Nos hemos perdido.
Lady Lavinia observó con el ceño fruncido a Peggy y a Flo antes de volver su mirada imperiosa de nuevo hacia su hija.
—Esta es la razón por la que no me gusta que venga gente desconocida a casa, Marigold. Ahora, haz el favor de llevar a tus amigas abajo y recuérdales que son nuestras invitadas y que harían bien en tratar nuestro hogar con un poco más de respeto.
Marigold soltó un resoplido de desdén.
—¿Respeto? ¿Quién eres tú para dar lecciones de respeto a nadie?
Peggy advirtió un fugaz destello de pánico en el rostro de Lady Lavinia.
—Te agradecería que no fueras grosera, en particular delante de unas desconocidas.
—No son desconocidas, madre. Son mis amigas y, de hecho, ellas también merecen algo de respeto.
Peggy le puso una mano en el hombro.
—No pasa nada, Marigold. Vamos abajo. Lo sentimos mucho, Lady Lavinia.
—Sí, lo sentimos mucho —repitió Flo—. Quería aprovechar para decirle que ha sido muy amable invitándonos.
—¡Oh, sí! —dijo Marigold en un tono amargo—. ¿A que es amable mi madre?
Lady Lavinia se quedó mirando a su hija con los labios fruncidos y después se acercó a la ventana de la habitación.
—Quizá podrían acompañar a mi hija a la planta baja. Creo que le iría bien algo de aire fresco.
—Vamos, Marigold —dijo Flo, colocándole un brazo en el hombro y llevándosela de ahí. Mientras se alejaban, Peggy echó un vistazo atrás y vio a Lady Lavinia pasando un dedo por la fotografía que había visto antes.
La fiesta seguía en su apogeo cuando volvieron a unirse a los demás. Al llegar al salón, Marigold se separó de Flo, cogió una botella abierta de champán de uno de los sirvientes y, tras abrir de golpe la puerta principal, salió al jardín.
—Se morirá de frío ahí fuera —dijo Flo.
—Vamos —dijo Peggy—. Salgamos y traigámosla de vuelta dentro. —Vieron a Marigold alejándose por el césped mientras le daba tragos a la botella—. ¡Marigold! —exclamó Peggy, corriendo tras ella—. ¡Espera!
—¡Largaos! —gritó Marigold, volviéndose con el rostro cubierto de lágrimas—. ¡Dejadme sola!
—Está claro que no te las has visto antes con las chicas Sparks. Nosotras no dejamos solas a nuestras amigas cuando están tristes —dijo Peggy, agarrándola de un brazo.
Los ojos de Marigold relucieron.
—¿Y yo soy tu amiga, Peggy, o solo sientes lástima por mí?
—¿Por qué iba a sentir lástima por ti?
—Porque mi madre me odia, mi padre ni siquiera sabe que existo y mi mejor amiga ha muerto. No tengo a nadie.
—Nos tienes a nosotras —dijo Flo.
—¿Ah, sí? —preguntó Marigold, y, volviéndose a Peggy, añadió—: ¿Te caigo bien? Sé que serás sincera, así que, venga, dímelo.
—De acuerdo —dijo Peggy—. Admito que cuando nos conocimos no eras santo de mi devoción, pero ¿ahora? ¡Claro que me caes bien! ¡Juntas domamos a ese monstruo de Wilfred Buchan! Eso terminó de sellar nuestra amistad.
—Y tu madre no te odia —dijo Flo.
—¿Ah, no? ¿Acaso ves que me dedique algún gesto de cariño o afecto?
—Pero es tu madre, Marigold. ¿Por qué iba a odiarte tu madre?
Marigold se quedó en silencio un momento antes de mirarlas a ambas con lágrimas en los ojos.
—Porque mi hermana gemela murió cuando teníamos seis años.
Flo miró con tristeza a Peggy antes de rodear los hombros de Marigold con un brazo.
—Pero ¿por qué iba a odiarte tu madre por eso?
Marigold seguía mirándolas a ambas.
—Contraje la escarlatina y contagié a mi hermana. Yo sobreviví y ella murió. Mi madre nunca me lo ha perdonado, y nunca lo hará.
Enero de 1942
Querida Peg:
Gracias por tus cartas. Esta mañana he recibido un montón, entre las cuales estaban las tarjetas de Navidad de todas vosotras y las fotografías que Marigold tomó de Flo en la fiesta.
Bueno, si eso no me anima a seguir luchando, nada lo hará.
Todos los muchachos están celosos de mi hermosa esposa, pero te hará gracia saber que ahora Albert quiere casarse contigo.
Está hecho un bromista, pero lo cierto es que no he tenido un amigo más leal en toda mi vida.
Por lo que cuentas, la fiesta esa a la que acudisteis fue memorable, y me alegro de que convencieras a Flo para que fuera contigo.
Me da lástima Marigold, pero también pienso que tiene suerte de contar con una amiga como tú.
La tarjeta de Navidad de Nancy nos ha hecho reír a todos.
En ella me decía que le pediría a Papá Noel que me enviara de vuelta a casa en una alfombra mágica como la de Aladino.
Ojalá. Daría lo que fuera por estar en la húmeda y fría Inglaterra después de kilómetros y kilómetros de desierto.
Aun así, seguimos avanzando. Atravesamos ***** como una exhalación.
Los alemanes no sabían ni dónde meterse.
Luego vimos pasar a los prisioneros de guerra con aspecto abatido y arrastrando los pies ante sus camiones y aviones quemados.
Resulta difícil sentir compasión alguna por ellos después de todo lo que nos están haciendo pasar, aunque yo no les grito ni abucheo como hacen otros.
Nada de esto me parece algo de lo que uno pueda enorgullecerse.
Me alegro, eso sí, de que el Tío Sam luche junto a nosotros.
Y os doy las gracias a ti y a Beecher por ayudar a que esto sucediera, porque sé que estás trabajando muy duro, Peg.
Sé que dices que lo que haces no cambia nada, pero no es cierto.
Cada palabra, pensamiento y acto que contribuyan a poner fin a esta maldita guerra merece la pena, así que sigue así y yo te prometo que también lo haré hasta que nos volvamos a ver.
Te quiere,
Joe