15 #2
Peggy trató de no quedarse embobada cuando entraron en la casa y vio el vestíbulo en el que se encontraban.
No le costaba imaginar lores y ladies a lo largo de los siglos llegando con sus carruajes, entrando por esa puerta ataviados con sus mejores galas y siendo recibidos por el crepitante fuego de la chimenea y una cacofonía de ladridos de perros.
Los pulidos suelos de roble oscuro relucían, las paredes revestidas de paneles de madera estaban decoradas con cuadros al óleo de los ancestros de Marigold, quienes dirigían su mirada vigilante hacia los visitantes, y un enorme y resplandeciente árbol de Navidad destacaba en el centro.
A la izquierda, una amplia escalera alfombrada conducía al primer piso y Peggy la siguió con la mirada hasta llegar al techo de yeso dorado y a las centelleantes arañas de cristal.
Intercambió una mirada con Flo y supo que ella estaba pensando lo mismo.
Era como si se hubieran adentrado en las páginas de un cuento de hadas.
Marigold ya había comenzado a subir la escalera.
—Vamos. Os enseñaré dónde dormiréis.
La habitación de Peggy tenía el tamaño de toda la planta baja del 26 de Evelyn Street, y la de Flo era todavía más grande.
—No dejes que me acostumbre a esto o ya no querré volver a casa, Peg —dijo Flo, sentándose en el borde de la cama y rebotando en ella.
Peggy sonrió. Se alegraba de ver a su amiga relajada para variar. Entre los agotadores cuidados de los niños y la constante preocupación por Joe, siempre andaba muy estresada. Marigold se había disculpado, diciendo que iría a buscarlas al cabo de una hora más o menos para enseñarles la casa.
—¿Te imaginas viviendo en un lugar como este? —dijo Peggy, mirando por las ventanas divididas con parteluz los amplios jardines y el paisaje verde que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
—Claro que no —dijo Flo—. Pero es divertido fingir que sí por un día. Y Marigold es muy hospitalaria. Este fin de semana pienso olvidarme de todas mis preocupaciones y pasármelo bien. Me muero de ganas de escribir a Joe y contárselo todo.
—De acuerdo, Lady Florence. Voy a ir a mi habitación a leer un rato y te sugiero que te eches una merecida siesta antes de que bajemos y finjamos ser las señoras de la hacienda.
Poco después, mientras Marigold les hacía una visita guiada por la casa y les mostraba el salón de mármol y la larga galería, Peggy tuvo la sensación de estar paseando por la historia. Finalmente, terminaron la visita en la biblioteca.
—He pensado que aquí te sentirías como en casa, Peggy —dijo Marigold.
—Desde luego que sí —dijo Peggy, admirando las estanterías repletas de libros dispuestas en dos pisos. Alrededor del superior, se extendía un balcón corrido con una balaustrada de hierro.
—Había pensado que podíamos tomar el té aquí —dijo Marigold, tocando una campanilla. Al oírla, Flo se volvió hacia Peggy con los ojos abiertos como platos.
Un momento después, apareció una joven.
—Té para tres, por favor —dijo Marigold.
—Sí, Lady Marigold —dijo Daisy antes de desaparecer de nuevo por la puerta. Ellas tomaron entonces asiento en los sofás de cuero de color carmesí, situados frente a una chimenea de mármol ornamentada en la que ardía vivamente un fuego.
—¡Aquí es todo tan majestuoso! —le dijo Flo a Marigold—. ¿Cómo fue criarse en una casa como esta?
Marigold se encogió de hombros.
—Supongo que mi infancia fue como cualquier otra.
Peggy resopló, divertida.
—Estás de broma, ¿verdad? Mira este lugar. Es enorme. Nuestro patio trasero es del tamaño de un sello de correos en comparación con esto. La mayor parte del tiempo nosotras jugábamos en la calle, ¿verdad, Flo?
—Lo que más me gustaba era jugar a la rayuela en la acera —dijo Flo.
—Yo nunca he jugado a la rayuela —dijo Marigold.
Flo volvió a abrir los ojos como platos.
—Ya verás cuando se entere Nancy. Irá corriendo a buscar sus tizas.
La conversación se vio interrumpida cuando Daisy regresó con el té.
—¿Algo más, Lady Marigold? —preguntó tras dejar la bandeja.
—No. Eso es todo. Gracias, Daisy.
—Y nosotras no tenemos a nadie que nos traiga el té —dijo Peggy cuando la sirvienta se hubo marchado.
Marigold se sintió algo avergonzada.
—Debéis de pensar que soy una consentida.
Bueno, supongo que lo soy, pero no he conocido otra cosa.
Lo cierto es que crecer aquí fue bastante solitario.
—Las miró a ambas—. Sé que soy afortunada de estar rodeada de todos estos lujos, pero lo daría todo por tener a Cordy de vuelta conmigo.
—Flo extendió un brazo y le dio un apretón en una mano.
—¿Puedo? —preguntó Peggy, haciendo un gesto hacia la tetera.
Estaban tomando su segunda taza y terminándose el último de los exquisitos sándwiches cuando la puerta se abrió y Lady Lavinia irrumpió en la estancia.
Las observó a las tres con una frialdad que hizo que Peggy se preguntara si había algo que proporcionara alegría a esa mujer.
No podía imaginarse a su madre mirando a sus hijos con la misma frialdad que Lady Lavinia dedicaba a Marigold en ese momento.
—¡Ah, madre! ¿Recuerdas a Peggy y a Flo de cuando me viniste a buscar a su casa?
—Gracias por invitarnos —dijo Peggy.
—Me alegro de volver a verla —añadió Flo.
Lady Lavinia las saludó con un seco movimiento de cabeza.
—¿Has visto a tu padre, Marigold? El cocinero me ha dicho que el pescadero le ha fallado, de modo que esta noche no tendremos bacalao. Solo espero que al menos el señor Landsdown todavía nos traiga los faisanes.
—Estoy segura de que todo saldrá bien, mamá.
Lady Lavinia entornó los ojos.
—Claro que estás segura, Marigold. No eres tú quien tiene que lidiar con las consecuencias, ¿verdad?
Francamente, le dije a tu padre que este año debíamos abandonar la idea de celebrar la fiesta, no es apropiado en tiempos de guerra, pero él no quiso ni oír hablar del tema.
La verdad, espero que le vacíen la bodega.
En cuanto a qué haremos cuando el Ejército se instale aquí.
.. —Exhaló un exagerado suspiro—. Que el cielo nos ayude a todos.
Disculpadme. Tengo muchas cosas que hacer.
—Y, tras decir eso, se marchó de la biblioteca sin mirar atrás.
Marigold sonrió despreocupadamente, haciendo todo lo posible para intentar ocultar su desánimo.
—Mi madre está molesta porque se ha enterado de que el año que viene el Ejército requisará la casa.
—¡Oh! —dijo Peggy, dándole un pequeño codazo—. ¡Lástima que solo tengáis otras dos!
Marigold se rio.
—Oh, Peggy, cómo disfruto tus bromas.
—Me alegro —dijo esta—. Y ahora, Lady Marigold, ¿no prometió que nos prestaría unos vestidos?
A Marigold se le iluminaron los ojos.
—¿Queréis probároslos?
Flo sonrió.
—Detrás de usted, su señoría.
Fue una fiesta espléndida, de esas que Peggy solo había conocido en los libros.
Habría sido fácil olvidarse de que estaban en guerra de no ser por los paneles que habían colocado en las ventanas para que no se vieran las luces desde fuera.
El interior de la casa estaba bañado en un cálido resplandor procedente de las velas que parpadeaban en todas las superficies y de las crepitantes chimeneas que había en cada una de las estancias.
A pesar del disgusto de Lady Lavinia a causa de los alimentos disponibles, parecía haber comida y bebida más que suficientes para alimentar a la gran cantidad de invitados que comenzaron a aparecer a las siete en punto.
Entre los asistentes a la fiesta se respiraba un aire de alegría esperanzada.
Estados Unidos se había unido a la guerra y todo el mundo se sentía más optimista respecto al porvenir.
Peggy se había alegrado mucho al oír la noticia, sobre todo porque era consciente de la esperanza que proporcionaría a Joe.
Ella y Flo contemplaron nerviosamente a los invitados mientras seguían a Marigold por la gran escalera hacia la planta baja y la alegre multitud que la atestaba.
—¿Estoy bien? —susurró Flo, bajando la mirada a su vestido bordado de color rosa damasco con cuentas.
Peggy le colocó las manos en los hombros.
—Estás preciosa, Flo. Me muero de ganas de ver las fotografías que ha tomado Marigold. ¿Puedes imaginar lo que dirá Joe cuando las vea? A su amigo Albert se le saldrán los ojos de las órbitas.
Flo se rio.
—Tengo la sensación de que voy hecha un figurín, aunque en el mejor sentido posible.
—Eres el figurín más encantador que he visto nunca —dijo Marigold—. Ahora vayamos a buscar algo para beber y os presentaré a algunos invitados.
Para cuando la velada estaba en pleno apogeo, Peggy no pudo evitar tener la sensación de que la cabeza le daba vueltas, y no se debía precisamente al champán de la bodega de Lord Cecily.
Estaban codeándose con duques, actrices, artistas, baronesas, políticos y, por supuesto, escritores.
Una actriz famosa le había dicho que debería plantearse una carrera en el cine debido a su marcada mandíbula, mientras que un hombre que resultó ser el propietario de Arnold’s Booksellers se había mostrado encantado al oír que ella y Flo vivían en el sudeste de Londres.
—Mi sobrina Gertie tiene una librería espléndida muy cerca de donde viven. Deberían visitarla alguna vez.
Luego, Flo disfrutó de un baile con un vivaz artista algo entrado en años que tenía el bigote más extravagante que Peggy hubiera visto nunca, mientras que Marigold seguía invariablemente rodeada de hombres desesperados por encenderle un cigarrillo o convencerla de que bailara con ellos.
Peggy lo observaba todo emocionada, absorbiendo tantos detalles como podía para volcarlos más adelante en su próxima carta a Joe.
Reparó entonces en que Lady Lavinia estaba a solas en un rincón, sosteniendo una copa de champán en las manos y esbozando una leve sonrisa a todo aquel invitado ocasional que la saludara al pasar a su lado. Había algo en su porte que despertó cierto sentimiento de compasión en Peggy.