15
—Debo felicitarlas a ambas —dijo Beecher mientras sostenía un ejemplar de Tres hurras por nuestras trabajadoras agrícolas , en cuya cubierta podía verse el lozano rostro de una mujer sonriente—.
Ha salido todavía mejor de lo que esperaba.
Aunque lo admita de mala gana, Lear está impresionado.
Sus fotografías son espléndidas, señorita Cecily, y puedo ver su influencia en el señor Buchan, señorita Sparks.
—¿En serio? —dijo Peggy, volviéndose hacia Marigold con los ojos como platos—.
Espero que no sea demasiado obvio —añadió.
Después de la conversación telefónica que había mantenido con Frank Bauman la semana anterior, Peggy se sentía algo nerviosa por haber reformulado algunos de los fragmentos más desacertados de Wilfred Buchan.
—¿Cómo diantre ha conseguido persuadir a Buchan para que le haya dejado editar su texto? —le había preguntado Bauman.
—¿Qué quiere decir? —había contestado Peggy, algo apresuradamente.
—¡Oh, señorita Sparks! ¿Acaso pretende decirme que el gran Wilfred Buchan ignora lo que ha hecho?
—Lo siento, señor Bauman. No sé de qué me está hablando —había dicho Peggy, con el pulso retumbándole como las pezuñas de mil caballos de carreras.
—Me parece a mí que protesta usted demasiado... —había dicho entonces Bauman, disfrutando de su incomodidad más de lo que a ella le habría gustado—. No se preocupe, señorita Sparks. Su secreto está a salvo conmigo, y, además, ha mejorado mucho el texto.
Desde entonces Peggy había estado hecha un manojo de nervios.
—Su influencia no resulta nada obvia —dijo Beecher—, y debo decir que ha conseguido suavizar sus tendencias más anticuadas y las ha convertido en algo realmente potente. Un trabajo estupendo. Sé que el señor Buchan no es un tipo precisamente fácil, así que gracias a ambas.
Eso era quedarse corto. Peggy y Marigold habían pasado tres días agotadores en el campo con Buchan mientras este trataba de cortejar a cualquier pobrecilla trabajadora agrícola que accediera a ser entrevistada por él.
Afortunadamente para todo el mundo salvo para Buchan, la granja en la que trabajaban estaba dirigida por una mujer de rostro rubicundo llamada Winthrop que no se andaba con tonterías y que era inmune a los encantos de ese «tunante presumido», tal y como se lo había descrito a Peggy.
Winthrop había exigido estar presente en todas las entrevistas que Buchan realizara y se había asegurado de que al final de cada jornada regresara a la posada en la que se alojaba.
Eso había supuesto que Peggy y Marigold se vieran obligadas a cenar con él todos los días y fueran testigos de cómo solía emborracharse hasta la inconsciencia, momento en el cual ellas se apresuraban a irse a la cama, asegurándose de cerrar con llave la puerta de la habitación.
Una noche, Peggy había tenido la mala suerte de toparse con él cuando se llevaba a una risueña camarera a su habitación.
—No nos haga caso, Penny —le había dicho él por encima del hombro—. Solo estamos realizando nuestra contribución al esfuerzo bélico.
Ella se estremeció al recordarlo.
—Sí, bueno, forma todo parte del esfuerzo bélico, señor Beecher.
—Así es. ¿Y Navegando con el Servicio Femenino de la Armada Real es el próximo título?
Peggy asintió.
—Estamos esperando a que el señor Buchan confirme las fechas para llevar a cabo las entrevistas y las fotografías. Él quiere que sea un viaje de dos días, pero nosotras creemos que podríamos hacerlo todo en solo uno.
—¿Quieren que hable con Longforth? —preguntó Beecher.
Marigold y Peggy intercambiaron una mirada.
—No, señor. Ya podemos arreglárnoslas nosotras —dijo Marigold.
—Estoy seguro de que es así. Siempre adelante —dijo con una sonrisa antes de desaparecer en su despacho.
Peggy exhaló y se volvió hacia su amiga.
—Cuanto antes terminemos con estos libros, mejor.
—Estoy completamente de acuerdo —dijo Marigold—. Mientras tanto, tenemos que celebrar el duro trabajo realizado y relajarnos un poco después de haber aguantado al viejo Wilfie estos últimos meses. ¿Qué vas a hacer este sábado?
—¿Ir al cine con Flo?
A Marigold se le encendieron los ojos.
—¡Nada de eso! ¡Tú y Flo vais a venir a una fiesta de Navidad a la hacienda de mi familia!
Peggy vaciló antes de contestar.
—Es muy amable de tu parte, Marigold, pero no estoy segura. —La idea de pasar el fin de semana en compañía de la aterradora Lady Lavinia no le hacía mucha gracia.
—¿Por qué no?
Peggy se quedó mirando el rostro entusiasmado de su amiga y se dio cuenta de que debía tener mucho cuidado para no ofenderla.
—Bueno, para empezar, no tenemos nada que ponernos.
—Podéis coger prestado alguno de mis vestidos. Tengo docenas.
—No sé si Flo querrá dejar a Nancy y Charlie.
—Pregúntaselo. Estoy segura de que agradecerá tomarse un descanso. Y, conociéndola, tu madre estará encantada de cuidar de ellos.
—No estoy segura...
Marigold alzó una mano para indicarle que se callara.
—No quiero oír una palabra más. Tengo muchas ganas de que vengáis. Por favor. Será un pequeño agradecimiento por todo lo que habéis hecho por mí este año.
Había algo en el tono suplicante de su amiga que le hizo contestar finalmente:
—Está bien. Se lo preguntaré a Flo.
—Me parece estupendo que Marigold os haya invitado. Sin duda deberíais ir —dijo Alice cuando Peggy se lo contó.
—¿Ir adónde? —preguntó Flo, que acababa de aparecer en la puerta con Charlie en brazos y Nancy a un lado.
—Marigold nos ha invitado a una fiesta en la casa de su familia en el campo.
—¿Y yo también puedo ir? —preguntó Nancy, entrando en la estancia con una pirueta—. ¿Por favor?
—¿Por qué no te quedas en casa con la yaya y conmigo? —dijo Alice—. Así nos ayudarás a cuidar de tu hermano.
Nancy se cruzó de brazos y soltó un resoplido.
—Eso no parece nada divertido. Soy como Cenicienta cuando no la dejan ir al baile.
—¿Qué te parecería hornear algo con tu hada madrina? —sugirió Emily.
Nancy lo pensó un momento.
—¿Podré lamer el cuenco?
—Por supuesto. Esa es la mejor parte.
—No estoy segura, Peg —dijo Flo—. ¿Qué se supone que vamos a ponernos?
—Marigold me dijo que nos prestaría unos vestidos.
—¿Y qué hay de los demás invitados? ¿No estaremos un poco fuera de lugar?
Peggy se encogió de hombros.
—Tienes razón. Es una idea estúpida. Solo había pensado que estaría bien salir de Londres y divertirnos un poco, pero quizá es mejor que no lo hagamos, teniendo en cuenta lo mal que lo están pasando el pobre Joe y sus amigos.
Emily negó con un dedo.
—El pobre Joe, como lo has llamado, querría que disfrutarais de la vida tanto como pudierais. Así que será mejor que vayáis a esa fiesta y os divirtáis un poco por todas. No se gana una guerra viviendo como mártires.
Peggy se quedó mirando a Flo con las cejas enarcadas.
—¿Qué le parece, mi señora?
Flo se rio.
—Oh, ¿por qué no? Siempre he tenido ganas de probar cómo es eso de ser la señora de una hacienda.
El hombre tocado con un sombrero de copa que las recogió de la estación solo habló para confirmar sus nombres.
Conducía a un ritmo fúnebre, lo cual proporcionó a Flo y Peggy tiempo más que suficiente para admirar el impresionante paisaje de Hampshire, poblado por esqueléticos árboles que proyectaban largas sombras bajo el sol invernal.
Al tomar el serpenteante camino que conducía a la verja de Greymore, el conductor volvió a hablar:
—Ese tejo tiene más de mil años —dijo con un gruñido.
—Qué interesante —dijo Peggy, sin saber cuál de los cientos de árboles podía ser ese famoso tejo. Se volvió con los ojos muy abiertos hacia Marigold, que se llevó una mano a la boca para reprimir una risita.
—Y la casa data del siglo XVI .
—Me pregunto si en aquella época él ya trabajaba ahí —le susurró Flo a Peggy, y entonces fue esta quien reprimió una risa.
Se alegraba de haber decidido ir. Hacía mucho que ella y Flo no tenían la oportunidad de pasárselo bien sin que la vida se interpusiera.
Emily tenía razón. Todavía eran jóvenes.
Debían divertirse si les surgía la oportunidad de hacerlo.
Le echó un vistazo a su amiga. Su rostro le resultaba tan familiar como el suyo propio.
Habían sido amigas desde el primer día de colegio, cuando Flo había aparecido con un delantal andrajoso y el cabello despeinado, y un par de niñas se habían reído de su aspecto.
Al ver cómo Flo agachaba la cabeza como si quisiera que la tierra se la tragara, Peggy había sentido que la invadía un inesperado acceso de ira.
Tras apartar a esas niñas crueles de un empujón con el hombro, había entrelazado un brazo con el de Flo y desde ese día se había convertido en su aliada y protectora.
Emily no tardaría en descubrir que su madre había fallecido dos años atrás y que su padre solía estar en el trabajo o en el pub, con lo que la niña tenía que valerse por sí misma.
Animada por Alice y Peggy, Flo había comenzado a pasar cada vez más tiempo en casa de estas hasta que se había vuelto una más de la familia, lo cual se convertiría en algo permanente cuando ella y Joe tuvieron el buen juicio de enamorarse.
Mientras iban en el coche en dirección a la hacienda de la familia de Marigold, Peggy entrelazó de nuevo un brazo con el de su amiga y le dio un leve apretón cuando finalmente llegaron ante la casa.
En cuanto se detuvieron, Marigold salió corriendo de la gran puerta de roble y descendió la escalera para saludarlas.
—¡Oh, me alegro tanto de que estéis aquí! —exclamó, abrazándolas a ambas—. Pincher, ¿puedes ocuparte de las bolsas de mis amigas, por favor?
La expresión del conductor se suavizó de inmediato al oír sus palabras.
—Por supuesto, Lady Marigold.
—Gracias. Seguidme, chicas. ¡Esto va a ser muy divertido!