Manual de señoritas para ganar la guerra 14
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Peggy se había acostumbrado al aspecto de las calles de Londres dañadas por los bombardeos.

Para entonces, era habitual pasear por avenidas en las que algunos edificios permanecían orgullosamente en pie mientras que otros, unas pocas puertas más abajo, habían desaparecido por completo.

De hecho, lo difícil a esas alturas era encontrar una zona en la que todos los edificios siguieran intactos, y, sin embargo, cuando ella y Marigold se adentraron en la calle en la que vivía Wilfred Buchan, a Peggy inmediatamente le llamó la atención que no parecía haber sufrido daño alguno.

Todas las casas blancas del lugar relucían bajo el sol matutino.

No estaba segura de que eso fuera una buena señal, aunque la noche anterior Flo le había leído el horóscopo y la había avisado de que algo dramático estaba «a punto de suceder».

—Siempre está a punto de suceder algo dramático. Estamos en medio de una maldita guerra —había declarado Emily.

Marigold tarareaba para sí mientras se acercaban a la puerta de entrada de la casa de Buchan.

Antes de salir, Peggy la había visto retocarse el pintalabios y había detectado asimismo el embriagador aroma de un perfume mucho más caro que el preciado Evening in Paris que compartían ella y Flo.

Mientras juntaba los labios, Marigold se había dado cuenta de que estaba mirándola.

—Una chica tiene que llevar puesto su pintalabios Gala cuando se dispone a ir a la batalla —le había dicho, guiñándole un ojo. Peggy esperaba que el encuentro no fuera ninguna batalla y que pudieran conquistar a Wilfred Buchan con una combinación de encanto e inteligencia.

Se volvieron la una hacia la otra y, tras asentir confiadamente, Peggy llamó al timbre y esperaron. La mujer que abrió la puerta era definitivamente más joven que Peggy y casi con toda seguridad también más que Marigold. Iba ataviada con una bata de seda y las miró con ojos somnolientos.

—¿Hola?

Peggy enderezó la espalda y se aclaró la garganta.

—Buenos días. Mi nombre es Peggy Sparks y esta es mi colega, Marigold Cecily. Trabajamos en el Ministerio de Información y hemos venido a ver al señor Buchan.

La mujer se la quedó mirando un momento antes de exclamar por encima del hombro:

—¡Wilfie! Hay aquí dos mujeres que han venido a verte. —No hubo respuesta inmediata, de modo que la mujer gritó con cierta irritación—: ¡WILFIE! ¡Tienes visita!

—¡Ya va, ya va! —exclamó una voz desde algún lugar del piso de arriba—. No hace falta armar ningún escándalo. Hazlas pasar al salón. Bajaré dentro de cinco minutos, a no ser que quieran verme en bata.

La mujer puso los ojos en blanco y se hizo a un lado para dejarlas entrar.

—Por ahí a la izquierda —dijo antes de volver a desaparecer escalera arriba con un susurro de lujosa seda.

Peggy y Marigold se miraron mutuamente y se dirigieron hacia el salón.

Si no llega a ser por los ceniceros rebosantes, los vasos medio llenos de champán y whisky y el desorden general, a Peggy le habría encantado esa estancia.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros de poesía, literatura, mitología.

.. Ella lo contempló todo con gran deleite.

—Vaya —dijo Marigold mientras miraba alrededor del salón—. ¿Crees que esa era su hija?

Peggy enarcó las cejas.

—Si esa era su hija yo soy la reina de Saba.

—Señoras —dijo una retumbante voz a su espalda.

Al darse la vuelta, vieron a Wilfred Buchan entrando en la estancia como un actor dispuesto a recibir su aplauso.

Era alto, lucía una caótica mata de cabello gris oscuro, tenía el rostro surcado de arrugas y su intensa mirada era profunda como el océano.

Peggy se sintió aliviada al ver que había cambiado la bata por un batín de terciopelo burdeos, unos pantalones de color mostaza y una corbata de seda verde.

Su atuendo ya denotaba una gran confianza en sí mismo, pero fue el modo en que las miró directamente a los ojos al estrecharles las manos lo que parecía decir: «Sí, soy yo».

—Es un gran honor conocerlo, señor Buchan —dijo Peggy.

—Es verdaderamente emocionante —añadió Marigold—. Estamos muy agradecidas por su contribución al esfuerzo bélico.

—En primer lugar, agradecería que me llamasen Wilfred y que me tutearan. Y, en segundo, si no fuera ya tan viejo y cascarrabias, yo mismo estaría luchando en el frente.

—Pues, si me lo permites, Wilfred —dijo Marigold—, a mí no me pareces ni viejo ni cascarrabias.

El escritor enarcó una ceja.

—Tengo la intuición de que vamos a ser grandes amigos. Pero, por favor, díganme cuáles son sus nombres.

—Yo soy Peggy Sparks y esta es Marigold Cecily.

Él se quedó mirando a Marigold maravillado.

—¿De la familia Cecily? Creo que he asistido a alguna de las veladas de su padre.

Marigold sonrió.

—Él solía leerme tus cuentos de El hipopótamo Hubert .

Wilfred hizo una mueca.

—Ahora sí que me siento viejo.

—¿Wilfie? —dijo una voz desde el pasillo—. Voy a ir en busca de provisiones. ¿Quieres algo?

—¡Cigarrillos! ¡Y un poco de ese queso francés si consigues convencer al tendero!

—exclamó él, guiñándole un ojo a Marigold—.

En tiempo de guerra todos necesitamos algún pequeño capricho, ¿no?

A Athena se le da muy bien convencer a la gente para que le dé cosas.

—Marigold le dedicó una radiante sonrisa y él se la quedó mirando, aparentemente arrebatado por su belleza—.

Seguro que a usted también. —Ella soltó una aguda risita que hizo que Peggy se encogiera de vergüenza ajena—.

¡Uy! Pero ¿dónde están mis modales? ¿Puedo ofrecerles una taza de té?

—preguntó entonces Buchan sin apartar la mirada de Marigold.

—Eso sería estupendo —dijo esta, permitiendo que la cogiera de la mano y la llevara a la cocina. Peggy no tuvo más remedio que ir detrás de ellos. No le sorprendió descubrir que la cocina estaba en un estado de caos similar al del salón.

—Deja que prepare yo el té —dijo Marigold—. No podemos permitir que sea el gran Wilfred Buchan quien lo haga.

—Es usted un auténtico encanto —dijo él, besándole la mano antes de soltársela—. Gracias, querida.

Marigold cogió el hervidor y, tras llenarlo, se volvió hacia Peggy con una expresión de desconcierto.

—Dámelo a mí —dijo Peggy, colocándolo sobre un fogón—.

Marigold —susurró entonces al tiempo que echaba un vistazo a Wilfred.

Este estaba haciendo espacio en la cocina sin demasiado entusiasmo, pero, tras darse por vencido, se encendió un cigarrillo y exhaló una extravagante bocanada de humo mientras estiraba los brazos por encima de la cabeza—.

¿Se puede saber qué estás haciendo? ¿Acaso estás intentando que Wilfred Buchan se enamore de ti?

Marigold se encogió de hombros.

—No especialmente, pero como Beecher dijo que era un tipo difícil, ¿qué hay de malo en usar un poco de encanto para hacer que nuestro trabajo sea más fácil?

Peggy suspiró. A su amiga no le faltaba razón, pero aun así a ella eso le incomodaba. Había algo inquietante en ese hombre con su queso francés, su corbata y su joven amiguita.

—¿Tiene leche fresca? —le preguntó a Wilfred, arrugando la nariz al oler la leche agria que había en la jarra.

—Me temo que no. A no ser que Athena se acuerde de traer un poco. Aunque lo dudo. No es muy lista que digamos, aunque sin duda es hermosa. Como usted, Lady Marigold. —Le cogió los dedos de una mano y se los besó.

Ella retiró la mano con una educada sonrisa.

—Por favor, llámame Marigold.

Él hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Como quieras. Y, ahora, decidme, ¿qué puedo hacer por vosotras? —preguntó mientras Peggy dejaba tres tazas de té negro sobre la mesa—. Lear me ha dicho que el Ministerio quiere que escriba más libros.

—Sí, si le parece bien —dijo Peggy.

La mirada de Wilfred pasó de Marigold a Peggy y luego otra vez de vuelta a Marigold.

—Si tengo que trabajar contigo, me parece perfecto.

Peggy tosió levemente.

—Eso es maravilloso. En ese caso, ahora solo tenemos que discutir los temas que trataremos.

Wilfred miró de reojo a Marigold.

—¿Siempre es así de mandona?

—Lo siento —dijo Peggy, enrojeciendo—. Es solo que el señor Lear nos ha pedido expresamente que discutamos estas futuras publicaciones con usted.

—Bla, bla, bla... ¡Por el amor de Dios, cómo te enrollas, Penny! —dijo Wilfred, poniendo los ojos en blanco.

—Me llamo Peggy —dijo ella, sintiendo cómo se le tensaban los hombros—. Peggy Sparks.

—Lo siento, Peggy Sparks —dijo él, dándole un sorbo a su té y haciendo una mueca. Acto seguido, metió la mano en su chaqueta, sacó una petaca y echó un chorro en la taza. Luego le dio un trago y suspiró feliz—. Eso está mejor. ¿Quieres? —dijo, volviéndose hacia Marigold.

Esta colocó una mano sobre su taza.

—No, gracias.

Wilfred sirvió un poco en la taza de Peggy sin preguntárselo.

—Bueno, tú sí deberías tomar un poco. Te relajará.

En ese momento, a Peggy le quedó claro que se encontraba en presencia de un hombre con un ego del tamaño de Rusia.

Un tipo tan escandalosamente narcisista nunca escucharía a alguien como ella.

De hecho, dudaba que nunca le prestara atención a nadie salvo, quizá, a su propio reflejo en el espejo.

También tenía claro, sin embargo, que el Ministerio la había enviado a hacer un trabajo y que, como nieta de Emily Marsh e hija de Alice Sparks, no iba a permitir que ese cerdo se interpusiera en su camino.

Hizo todo lo posible para mirarlo con dureza.

—Señor Buchan, nos han enviado para pedirle que escriba más libros sobre el papel de la mujer en la guerra.

Su primer libro se centró en ese tema de un modo más bien general, así que habíamos pensado que el siguiente podría tratar quizá sobre cuestiones más específicas como el Cuerpo Femenino de Trabajadoras Agrícolas o las integrantes del Servicio Femenino de la Armada Real.

Wilfred le dio otro trago a su té y luego se volvió hacia ella con las ventanas de la nariz dilatadas.

—¿Y tendré ocasión de conocer a esas mujeres en acción? Necesitaré ver qué es exactamente lo que hacen.

—Estoy segura de que será posible. Marigold se encargará de tomar las fotografías que ilustrarán sus palabras.

Al oír esto, el rostro de Wilfred se iluminó.

—¡Ah, bueno, en ese caso está decidido! ¡Marigold y yo emprenderemos juntos estas excursiones! Supongo que el Ministerio se hará cargo de todos los gastos.

—Tendré que preguntárselo al señor Lear —dijo Peggy.

—Hazlo. Aunque Lear no pondrá ningún impedimento.

Hace lo que le dice Longforth, y Henry y yo nos conocemos desde hace mucho.

—Y, con aire satisfecho, se recostó en su silla con las manos detrás de la cabeza—.

Debo decir que está resultando ser una guerra de lo más agradable.

.. —E, inclinándose hacia Marigold con una sonrisita burlona, añadió—: Además, sé lo traviesas que pueden llegar a ser esas mujeres sin un hombre que las supervise.

¿Cómo es eso que dicen? «Levantarse con las gallinas, acostarse con un chochín».

Peggy notó que se le cerraban con fuerza los puños al oír esas palabras, pero entonces advirtió que Marigold le colocaba una mano en el brazo para tranquilizarla.

—Bueno, Peggy y yo no sabemos nada de eso, Wilfred, pero haremos todo lo posible para asegurarnos de que se cumplan tus peticiones en lo que respecta al trabajo propiamente dicho.

Buchan miró a Marigold con ojos relucientes e hizo el gesto de cerrarse los labios con una cremallera.

—No digas más, querida, no digas más. Lo dejaré todo en tus capaces manos.

—Me parece que voy a decirle al señor Alderman que retire todos los ejemplares de El hipopótamo Hubert de las estanterías de la biblioteca. Wilfred Buchan es un monstruo —declaró Peggy en el camino de vuelta al Ministerio.

—He conocido a tipos peores —dijo Marigold con un suspiro de cansancio.

—¿En serio?

Marigold se encogió de hombros.

—Ya sabes cómo pueden ser los hombres.

Septiembre de 1941

Querida Peg:

Parece que ha pasado una eternidad desde mi última carta.

Lo siento, pero estos días no tenemos mucho tiempo libre para escribir.

Estoy garabateando a toda prisa a la luz de una vela y en lo que parece un vendaval de fuerza 10.

Últimamente las cosas son duras * ***** ******* ******* ******, pero mantenemos los ánimos.

Mientras Albert esté aquí y sepa que en casa todas rezáis por mí, no me vendré abajo.

Recuerdo que me dijiste que fuera sincero sobre lo que está pasando, y la verdad es que está siendo duro, pero no quiero que te preocupes. Estoy bien.

Hoy nos hemos enterado de que este verano se ha perdido mucho correo (incluidos paquetes), lo cual ha supuesto un duro golpe.

Cruzo los dedos para que esta carta te llegue sin problemas.

Curiosamente, la tuya del mes pasado sí que la he recibido.

Ese tal Buchan parece un tipo detestable, pero tengo claro que tú y Marigold formáis un buen equipo, como Albert y yo.

Este quiere que le pida matrimonio a Marigold en su nombre.

Dice que parece la mujer adecuada para él.

Es un tontaina, pero es bueno tenerlo por aquí como amigo.

No te molestes en enviar paquetes, y diles a mamá y a Flo que tampoco lo hagan.

Tenemos todo lo que necesitamos: jabón, cigarrillos, chocolate, de todo.

Y también periódicos, aunque siempre nos llegan con meses de retraso.

Aun así, es agradable poder leerlos. Nos hacen sentir que todavía hay un mundo en casa por el que merece la pena luchar.

En cualquier caso, estoy bien. Un poco cansado, pero eso es de esperar con tanto trajín.

Rezo y espero que los yanquis se unan al esfuerzo bélico.

Ese sería un buen regalo de Navidad. ¿Puedes hablar con Beecher a ver qué puede hacer?

Sigue escribiéndome. Tus palabras significan mucho. Volveremos a vernos.

Te quiere,

Joe