Manual de señoritas para ganar la guerra 13 #2
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13 #2

—No puede estar más en lo cierto, señorita Sparks. No puede estar más en lo cierto.

—¿Señorita Sparks? —dijo Beecher unos días después, asomando la cabeza por la puerta de su despacho—. Lear nos ha convocado a una reunión al otro lado de Russell Square. Quiere hablar acerca del libro de Buchan. ¿Está usted libre?

—Por supuesto, señor Beecher.

Era un día cálido y Peggy agradeció la breve exposición a la luz del sol mientras cruzaban el oasis verde de Russell Square. En un rincón de la plaza, divisó a la señora Pyecroft sentada con sir James en un banco y advirtió que era ella quien hablaba mientras él la escuchaba con atención.

—¿Disfruta de su trabajo con la señora Pyecroft?

—Sí, señor. Es muy interesante —dijo Peggy.

Él asintió.

—No estoy al tanto de los detalles, y así debe ser, pero me alegro de que su talento esté siendo utilizado de ese modo.

—Yo también, señor. —Peggy tenía que admitir que estaba disfrutando del trabajo.

No solo porque tenía la sensación de que estaba contribuyendo realmente al esfuerzo bélico, sino porque había descubierto que Frank era un colega más interesante y agradable de lo que habría imaginado.

Sus estados de ánimo podían ser erráticos, pero ambos parecían haber llegado a un entendimiento y ella se había dado cuenta de que esperaba con agrado sus conversaciones.

Beecher y Peggy se detuvieron delante de un gran edificio con el mismo aspecto que cualquier otra casa adosada típica del barrio de Bloomsbury, pero que el Ministerio había reconvertido en una oficina improvisada.

Beecher la condujo al interior y subieron la escalera hasta una oficina que estaba repleta de hombres y humo de tabaco.

—¿¡Señor Lear!? —exclamó en medio de la neblina.

Lear levantó la mirada de su máquina de escribir.

—Ah, ya están aquí —dijo con frialdad. Se puso de pie y, dejando su pipa todavía humeante en el cenicero de su escritorio, se unió a ellos en el pasillo—.

He reservado una sala de reuniones. Síganme.

—Ellos así lo hicieron y entraron en una estancia que, como casi todas las demás del Ministerio, apestaba a tabaco, pero que al menos estaba libre de humo—.

Siéntense. Bueno, por lo visto han venido a decirme lo que piensan del tratado del viejo Buchan.

—¿Longforth no va a venir? —preguntó Beecher.

Lear exhaló un suspiro.

—No. Me ha dicho que me encargue yo —dijo, cruzándose de brazos—. Aunque no estoy seguro de cuál es la importancia de todo esto.

Beecher se lo quedó mirando.

—Sir James y, de hecho, el propio ministro, son conscientes de que estamos descuidando al público femenino en lo que respecta a la información que distribuimos.

Por eso, y a pesar de que el señor Buchan es un escritor excepcional, me pareció prudente consultar la opinión de una mujer antes de publicar un libro dirigido a ese público y le di el manuscrito a la señorita Sparks para que lo leyera.

Ella misma es una escritora excelente y sabía que su opinión sería muy valiosa.

Al oír esas palabras, Peggy sintió que crecía un palmo.

—Muy bien —dijo el señor Lear con aire aburrido.

Beecher se volvió hacia Peggy.

—Por favor, señorita Sparks. Tiene usted la palabra.

Peggy sintió la garganta seca como el papel de lija, pero entonces pareció oír la voz de su abuela hablándole por encima del hombro. «Diles la verdad, Peg, y no dejes que nadie, hombre o mujer, te haga sentir pequeña».

—Creo —comenzó a decir— que, si bien las palabras del señor Buchan son bienintencionadas, resultan un poco anticuadas.

—El señor Lear se encogió de hombros, pero Beecher asintió, animándola a que prosiguiera—.

Las mujeres somos algo más que manos bien cuidadas, lápiz de labios y zapatos bonitos.

Tenemos cerebro y sabemos cómo usarlo. —Echó un vistazo de reojo al señor Beecher y la mirada firme de este le infundió valor—.

Así, el texto sería quizá más veraz si representara las opiniones de las mujeres en vez de las de un hombre que las observa.

—¡«Veraz»! —dijo el señor Lear, levantando la mirada al techo—.

Una palabra realmente interesante, y un auténtico quebradero de cabeza para los Gobiernos en tiempos de guerra.

Creo que la División de Noticias se ha comprometido a contar la verdad, nada más que la verdad y, en la medida de lo posible, toda la verdad.

—Sí, pero sin duda la gente quiere saber lo que las mujeres sentimos realmente —dijo Peggy con creciente frustración. Recordaba que la señora Pyecroft se había hecho eco del mismo argumento de Lear y sabía que lo que decía este desagradable tipo no dejaba de tener cierta validez.

Este juntó las puntas de los dedos de las manos y se volvió hacia ella.

—Si viviéramos en tiempos de paz estaría de acuerdo, pero, lamentablemente, la gente sigue teniendo una visión romántica del mundo.

Aunque su forma de escribir pueda ser algo arcaica, el señor Buchan representa esa visión romántica del llamado sexo débil, ese que mantiene vivo el fuego del hogar hasta que nuestros valientes muchachos regresen del frente.

Lamento decirlo, pero la verdad no gana guerras ni tampoco anima a la población a seguir luchando.

Estoy seguro de que lo comprende, señorita Sparks.

—Entonces, ¿no acepta mis sugerencias?

El señor Lear dejó escapar otro suspiro.

—Les echaré un vistazo y cambiaré aquello que salte a la vista. Eso es lo máximo que puedo hacer.

—Está bien —dijo Peggy, decepcionada, pero consciente de que no tenía otra opción. De regreso a la oficina, Beecher apenas dijo nada. Ella sabía que estaba furioso y, si bien eso no cambiaba la situación, al menos la hacía sentir un poco mejor.

Unos pocos días después, Beecher las llamó a ella y a Marigold a su despacho.

—He recibido una llamada del señor Lear.

Ha incorporado algunas de sus sugerencias, señorita Sparks, lo cual no deja de ser notable teniendo en cuenta lo reacio que se mostró a ello cuando fuimos a verle.

Sir James ha preguntado además si estaría usted dispuesta a colaborar con el señor Buchan en nombre del Ministerio.

Cree que tal vez podría usted suavizar algunas de sus opiniones y allanar el camino para futuras publicaciones parecidas y, esperemos, mejoradas.

Había pensado que a lo mejor usted y la señorita Cecily podrían trabajar juntas en esto.

Esperamos publicar al menos otros dos libros.

—Oh —dijo Peggy—. Eso suena prometedor. ¿Qué opinas, Marigold?

Entusiasmada, esta juntó las manos y dio una palmada.

—Creo que será espléndido. Me encanta la gente mayor. Estoy segura de que Buchan será un auténtico encanto.

—Estupendo —dijo Beecher, tendiéndoles un trozo de papel en el que había garabateado una dirección en el sur del barrio de Kensington—. Las espera mañana a las once en punto. Buena suerte.