Manual de señoritas para ganar la guerra 13
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Una tarde, el señor Beecher le entregó un manuscrito a Peggy cuando ella ya estaba saliendo de la oficina para marcharse a casa.

—¿Sería tan amable de echarle un vistazo a esto y decirme qué le parece, señorita Sparks?

— Tres hurras por el sexo débil —leyó ella.

—¡Bien dicho! —exclamó Dalton—. ¿Dónde estaríamos sin las mujeres?

Beecher le lanzó una mirada de reproche antes de volverse de nuevo hacia Peggy.

—Es un encargo del Ministerio. Ahora consideran que tal vez habían pasado por alto la contribución de las mujeres al esfuerzo bélico. Basándome en las conversaciones que hemos mantenido usted y yo, creo que posiblemente está de acuerdo con esa afirmación.

—Posiblemente —dijo Peggy—. ¿Y esto ha sido escrito por una mujer? —preguntó esperanzada.

Beecher suspiró.

—No. El departamento de Longforth, en su infinita sabiduría, ha logrado convencer al gran Wilfred Buchan para que salga de su retiro y lo escriba.

—Dios mío, debe de tener ya unos cien años —dijo Marigold, volviéndose hacia ellos—. Cuando era niña mi padre solía leerme los cuentos de El hipopótamo Hubert .

Beecher frunció el ceño.

—Es más joven que yo.

—¡Oh! —respondió Marigold.

—¿Y quiere usted que me lea el manuscrito, señor? —preguntó Peggy.

—Si no le importa. Yo le he echado un vistazo, pero lamentablemente no he sido bendecido con la sensibilidad de lo que el señor Buchan llama «el sexo débil».

Para gran alegría de Longforth, sir James nos ha pedido nuestra opinión, de modo que me gustaría que me dijera cómo cree usted que será recibido.

Su publicación está fuera de toda discusión, pero tal vez podamos suavizar algunos de los pasajes menos inspirados.

—Cogeré mi lápiz azul y me pondré a ello esta misma noche —dijo Peggy.

—Gracias, señorita Sparks. ¿Señorita Cecily?

—Diga, señor Beecher.

—Es muy posible que requiramos sus habilidades como fotógrafa para ilustrar este texto. Ya tenemos la mayoría de las fotografías que necesitamos, pero no nos irían mal algunas más. Aquí tiene una lista.

—Gracias, señor —dijo Marigold, volviéndose hacia Peggy con una expresión de júbilo.

—Vuelve a leerme eso, Peg —dijo Emily, que permanecía sentada con los brazos cruzados y una expresión de enojo en el rostro.

Peggy carraspeó.

—«La invasión del sexo débil nos ha salido cara a nosotros, los hombres, pero aun así debemos hacer lo posible para aplaudirla y celebrarla».

—¿Invasión? ¿Sexo débil? Trae aquí a ese Buchan, ya le enseñaré yo quién es débil —declaró Emily con los puños cerrados.

—No estoy segura de que debas leerle mucho más a tu abuela —dijo Alice—. No creo que su presión arterial pueda soportarlo.

—¿De qué va todo esto? —preguntó Flo, que acababa de volver después de meter a los niños en la cama.

—Es un texto sobre el papel de las mujeres en el esfuerzo bélico —explicó Peggy.

—Escrito por un hombre que sería incapaz de decir qué hacen las mujeres en esta guerra aunque le fuera la vida en ello —dijo Emily.

—Dice que el país debe mostrar gratitud a las mujeres.

—Sí, pero ¿qué hay de esa parte en la que habla de las seductoras artimañas de las mujeres y la astucia con la que actúan?

—Cierto. —Peggy leyó el pasaje con el ceño fruncido—: «Las mujeres siguen esforzándose por conservar su belleza. Sus bonitas manos y su hermoso cabello siguen estando cuidados y preciosos».

—He conocido a tipos como él —dijo Emily—. Siempre mirando boquiabiertos las manos y el pelo de las chicas. Deberían encerrarlos.

—A mí me gusta estar guapa —admitió Flo, pasándose una mano por su cabello perfectamente ondulado.

—No es todo tan malo —dijo Peggy, hojeando las páginas—. Es solo un poco...

—¿Condescendiente? ¿Pervertido? ¿Estúpido? —sugirió Emily.

—Anticuado —concluyó Peggy—. Pero el señor Beecher me ha pedido mi opinión, así que tal vez podamos editarlo y mostrar qué es lo que hacen realmente las mujeres.

Emily negó con la cabeza.

—Yo que tú, Peg, lo arrojaría al fuego y escribiría mi propia versión.

—Oh, sí. Deberías hacerlo, Peggy —dijo Flo—. Tú contarías cómo es realmente la vida para nosotras.

Peggy torció el gesto. Se cuidaba mucho de revelar a su familia el trabajo que estaba haciendo para la señora Pyecroft. Esta le había insinuado que debía permanecer en secreto, y Peggy no quería poner en peligro nada que pudiera ayudar a que Joe regresara a casa.

—No estoy segura. La última vez que mi versión de la verdad se hizo pública, casi pierdo mi trabajo.

—Pues a mí me parecería una pena que no lo hicieras y, de paso, pusieras en su sitio a ese tal Buchan —dijo Emily.

—Haré todo lo que pueda para mejorar su texto —dijo Peggy.

Alice extendió un brazo y le dio un apretón en una mano.

—Y nosotras estaremos orgullosas cuando lo hagas, Peg. ¿Verdad que sí, mamá?

Emily puso los ojos en blanco como si fuera la pregunta más obvia del mundo.

—Claro que sí. Siempre estamos orgullosas de todo lo que hace nuestra Peg.

Cuando llegó a la mañana siguiente a la oficina, Peggy se encontró con que Marigold ya estaba en su escritorio.

Estas apariciones tempranas sucedían cada vez con más regularidad y, ciertamente, hacían que Marigold fuera una empleada más productiva, pero Peggy también había reparado en que su amiga había perdido cierta efervescencia y que últimamente su ropa era más sencilla.

La seda y el satén habían sido reemplazados por el tweed y la lana.

Seguía pareciendo recién salida de las páginas de Harper’s Bazaar , pero ahora tenía un aire más triste y reflexivo.

«Eso es lo que la pena le hace a la gente —le había dicho Emily cuando Peggy se lo contó—. Pone tu mundo patas arriba y ya nunca vuelves a ser igual».

—Buenos días, chicas. ¿Podríais prepararme una taza de té? —dijo Dalton, cruzando por la puerta de la oficina y deslizándose detrás de su escritorio—. Esta mañana tengo una resaca tremebunda.

Marigold lo fulminó con la mirada.

—¿Acaso tenemos pinta de camareras? Estamos ocupadas. Prepáratela tú, so vago.

Dalton parpadeó sorprendido. Al parecer, la Marigold complaciente y conciliadora de antaño ya no existía. Peggy sonrió para sí. A lo mejor no hacía ninguna falta que se preocupara por esta nueva versión de su amiga.

—De hecho, si vas a preparar té a mí me gustaría una taza, Dalton —dijo Sheldrake, intercambiando una mirada con Peggy—. Con leche y sin azúcar. Y estoy seguro de que las señoritas Cecily y Sparks también querrán una. Muchas gracias. Es muy amable de tu parte.

Dalton se puso de pie y salió de la oficina.

—Malditas sufragistas —murmuró por lo bajo.

Peggy todavía estaba riéndose cuando la señora Pyecroft apareció junto a su escritorio.

—¿Tiene un momento, señorita Sparks?

—Por supuesto, señora Pyecroft.

—Sígame, por favor —dijo, y la condujo a una de las salas más pequeñas de la biblioteca.

Solían usarla para celebrar reuniones y se había convertido en una de las estancias favoritas de Peggy.

Las estanterías repletas de libros antiguos siempre la ayudaban a pensar—.

Quiero que conozca al señor Bauman —dijo, haciéndola entrar.

Cuando entró en la sala, Peggy no supo interpretar la expresión de Frank Bauman. Era una mezcla de diversión y sorpresa, con un toque de suficiencia.

—¡Oh, pero si la señorita Sparks y yo ya nos conocemos bien! —dijo él, poniéndose de pie para estrecharle la mano.

La señora Pyecroft lo miró con interés.

—¿En serio? En tal caso, estoy segura de que eso hará que nuestro trabajo juntos sea mucho más sencillo.

Por favor, siéntese. —Mientras escuchaban a la señora Pyecroft en obediente silencio, a Peggy le vino a la mente su época escolar—.

Pensaba que sería útil reunirlos a los dos, dado que son ustedes quienes producen estos folletos en particular.

Estoy segura de que no hace falta que les recuerde que la discreción es crucial y que únicamente nosotros tres debemos discutir su contenido.

¿Está claro? —Ambos asintieron y Peggy reparó en la docilidad poco habitual que transmitía Frank—.

Excelente. Ahora quizá podría dejarles a ustedes dos solos para que discutan el diseño y otras cuestiones con más detalle.

Y, por favor, no duden en preguntar si tienen alguna duda.

—Pronunció esta frase como si fuera una orden y luego se puso de pie y salió de allí.

En cuanto Pyecroft se hubo marchado, Frank se volvió hacia Peggy.

—Aterradora, ¿no le parece?

A Peggy se le escapó una risita.

—Un poco.

—Me alegro de que esté de nuestro lado. Comparto su determinación.

—Y yo también.

Frank sacó una carpeta de su maletín.

—Bueno, este es el diseño del próximo folleto —dijo, deslizándolo por encima de la mesa hacia ella. Peggy se concentró en el documento, evitando la intensa mirada de Frank—. ¿Puedo preguntarle si es cierto eso que usted ha escrito de que Hitler planea invadir Sudamérica?

Peggy lo miró fugazmente de soslayo.

—Es uno de los rumores de la señora Pyecroft, pero ¿quién sabe hasta qué punto es descabellado? Dos años atrás, la guerra no era más que un rumor.

—No para los judíos —dijo Frank, y su rostro se ensombreció—. Por aquel entonces nosotros ya estábamos en guerra, siendo atacados por paisanos que hasta entonces habíamos considerado amigos.

Peggy se sintió animada por esa confidencia.

—¿Todavía tiene familia en Alemania?

Él asintió.

—Nuestros padres ya han fallecido, pero todavía tenemos tías, tíos y primos en el país. No sabemos dónde están.

—Eso debe de ser duro.

Él se encogió de hombros.

—Creo que la guerra es dura para todos, excepto para esos maniacos que ostentan el poder. ¿Y qué hay de usted, señorita Sparks? ¿Algún ser querido suyo se ha visto atrapado en este horror?

—Mi hermano gemelo, Joe. Se encuentra en algún lugar de Oriente Medio. —Él le sostuvo la mirada un momento y, por primera vez, Peggy reparó en que su expresión se suavizaba. Ella volvió a bajar los ojos al documento—. Bueno, será mejor que hagamos esto bien para poder ayudarlos a todos, ¿no?

Ella notó que él sonreía al contestar: