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—Bueno, en primer lugar, el señor Bracken se toma muy en serio el asunto del racionamiento de papel.
—El señor Burbage asintió con gravedad en señal de aprobación—.
Y, segundo, el ministro es también de la opinión de que, a medida que el curso de la guerra sufre fluctuaciones, debemos ir adaptándonos a ellas.
Es lamentable que estos folletos hayan sido impresos sin su conocimiento, Candleford.
Ahora bien, hemos recibido informes de nuestros amigos y colegas de Inteligencia Interior según los cuales algunos de los primeros receptores del texto de la señorita Sparks, en particular las mujeres, han respondido muy positivamente al modo en que retrata la resistencia de Gran Bretaña a la guerra.
Por esa razón, el señor Bracken es de la opinión de que, en aras tanto de nuestras relaciones diplomáticas como del esfuerzo bélico, lo mejor sería que este asunto.
.. —hizo una pausa y agitó las manos como si estuviera buscando las palabras adecuadas— fuera olvidado.
—¡Oh! —dijo Lord Candleford.
—¡Oh! —repitió el señor Burbage.
Sir James se volvió hacia Peggy y Beecher y se dirigió a ellos como un padre que les da permiso a sus hijos para marcharse.
—Gracias por su tiempo. Pueden irse, no quiero entretenerles más. —Le tendió una mano al señor Burbage—. Querido amigo, estamos muy agradecidos por todo lo que hace. Candleford, ¿podemos hablar un momento a solas, viejo amigo?
Peggy advirtió que la señora Pyecroft se quedaba en la sala con sir James y Lord Candleford mientras ella y Beecher se marchaban.
—Bueno —dijo Beecher—. Una pena, la verdad. Yo ya contaba con que a las once me habría quedado sin trabajo, aunque dudo que a la señora Beecher le hubiera hecho mucha gracia tenerme rondando por casa.
—Lo siento, señor —dijo Peggy.
Él se volvió hacia ella.
—No tiene nada de que disculparse, y me alegro de que su texto esté teniendo una buena acogida.
Peggy se atrevió a esbozar una pequeña sonrisa.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Puede, aunque a estas alturas ya sabe que es muy probable que no tenga la respuesta.
—¿La señora Pyecroft es su secretaria?
—No.
—¿Trabaja para sir James, entonces?
Él la miró con una expresión benévola.
—Como le dije una vez, hace mucho tiempo que dejé de intentar descifrar las fuerzas que operan en este lugar. Le sugiero que haga lo mismo.
—Lo intentaré, señor Beecher.
—Estupendo. Siempre adelante, señorita Sparks.
Dos días después sir James les anunció que Lord Candleford se jubilaba.
—Ha prestado durante toda su vida un gran servicio tanto a nuestro país como, más recientemente, al Ministerio.
Sé que se le echará mucho de menos —dijo mientras Beecher permanecía a su lado, balanceándose sobre sus talones hacia delante y hacia atrás, algo que Peggy se tomó como un gesto de alegría encubierta—.
Imagino que están ansiosos por saber quién será su sustituto, y me complace informarles de que yo seré el nuevo director general de la división.
Pero no se preocupen, por favor. Soy plenamente consciente del excelente trabajo que lleva a cabo el señor Beecher, así que haré todo lo posible para no interferir en sus asuntos ni en los de ustedes. Gracias a todos.
Peggy estaba regresando a su escritorio cuando la señora Pyecroft apareció ante ella.
—¿Puedo hablar un momento con usted, señorita Sparks?
—Por supuesto.
Peggy la siguió a su despacho.
—Siéntese, por favor —dijo Pyecroft, cerrando la puerta detrás de ellas y tomando asiento al otro lado del escritorio—. Admiro mucho su forma de escribir.
—¡Oh! —dijo Peggy—. Gracias.
—Tiene usted un don excepcional para decir la verdad sobre la vida real.
Los políticos podrían aprender mucho de usted.
—Peggy no estaba segura de qué decir, de modo que permaneció en silencio—.
Veo que sabe también cuándo hablar y cuándo quedarse callada.
Eso también es un don. Bueno, seguramente tiene usted muchas preguntas.
Haré todo lo posible por contestarlas. Fui yo quien cogió su informe.
Quería mostrárselo a mis superiores, quienes consideraron que su publicación podía resultar útil para animar a Estados Unidos a que se una al esfuerzo bélico.
—¿Mi informe?
La señora Pyecroft asintió.
—Las palabras tienen poder, y las suyas más que las de la mayoría. Así pues, quería pedirle si estaría dispuesta a escribir más informes de ese tipo, adornándolos quizá con ciertos detalles que yo le proporcionaría.
Peggy se la quedó mirando con curiosidad.
—¿Detalles?
La señora Pyecroft le sostuvo la mirada.
—Los informes bélicos rara vez se limitan a recoger hechos puros sin adulterar.
Sabemos que muchas de las supuestas noticias que nos llegan de las potencias del Eje están plagadas de rumores.
Obviamente, sería maravilloso poder contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
A menudo, sin embargo, nos vemos obligados a hacer frente a los rumores con rumores y a las medias verdades con medias verdades.
Creo que la expresión «tiempos desesperados requieren medidas desesperadas» viene al caso.
—Entonces, ¿quiere que incluya deliberadamente cierta información en mis textos?
—Sí. En caso de que eso le plantee un dilema moral, le insto a que lo considere solo como un medio para alcanzar un fin.
Sus textos parecen tocar una fibra sensible, especialmente entre las mujeres.
Estamos convencidos de que, si conquistamos los corazones y las cabezas de las mujeres norteamericanas, podremos persuadir a Estados Unidos para que se una a nosotros.
Y entonces conseguiremos cambiar el curso de la guerra.
Peggy pensó inmediatamente en Joe y contestó sin la menor vacilación.
—Sí, lo haré.