12 #2
—Ha pasado algo —dijo Emily, mirándola con el ceño fruncido—. ¿Algunos de esos ricachones te ha dicho algo?
Peggy negó con la cabeza, evitando la mirada de Emily.
—No, yaya. No hay ningún problema.
—Nunca se te ha dado demasiado bien mentir —dijo Emily—. Cuéntanoslo de una vez.
Peggy podía oír a Nancy y Charlie chillando y riendo en el piso de arriba mientras Flo les leía un cuento y deseó que hubiera estado ahí abajo, creando un poco de distracción.
—Mamá, ¿no puedes dejar que la pobrecilla cene en paz? —dijo Alice. Y luego, al reparar en las lágrimas que estaban formándose en los ojos de su hija—: ¡Oh, Peg! ¿Qué es lo que pasa?
—Lo he estropeado todo —dijo entre lloros Peggy—. He cometido un terrible error y no sé qué es lo que va a pasar.
No podía recordar ninguna ocasión en la que ni su madre ni su abuela no supieran exactamente qué decir. Alice siempre se mostraba serena y razonable, por supuesto, mientras que Emily siempre se enfrentaba a cualquier amenaza a la felicidad de sus seres queridos con ardiente ferocidad.
—No has hecho nada malo —le dijo Alice—. El señor Beecher seguro que lo comprenderá.
—Y si no lo hace, tendrá que vérselas conmigo —dijo Emily—. Y, ricachona o no, Marigold es una joya. No te defraudará.
Emily tenía razón. Marigold no la defraudó.
Al día siguiente mismo, concertó una cita con Lord Candleford, quien, al enterarse de que era su ahijada quien quería hablar con él, insistió en llevarla a almorzar al Ritz.
Un día después, Marigold recibió a Peggy con una sonrisa tranquilizadora y palabras reconfortantes cuando se encontraron en el despacho de Laurie.
—La verdad es que fue bastante divertido, porque mi tío no tenía ni idea de que el folleto hubiera sido publicado, pero agradeció que se lo hiciera saber y me dijo que no me preocupara. Al parecer, él lo arreglará todo con Beecher.
Por primera vez en casi una semana, Peggy sintió que su pulso se relajaba.
—¿Y estás segura de que no se ha enojado?
Marigold negó con la cabeza.
—Bueno, para ser sincera, Winnie siempre está algo enojado, pero no, no más de lo habitual. Confía en mí. Todo saldrá bien.
Y, durante unos pocos días, todo fue bien.
Peggy ya no entraba en pánico cada vez que Beecher le hacía una pregunta ni se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono.
Un día, sin embargo, les dijo a ella y a Marigold que quería hablar con ellas en su despacho.
En cuanto vio su sombría expresión, Peggy supo que algo iba mal.
—Supongo que ambas saben lo que es esto —dijo, sosteniendo en alto un folleto. Cuando Peggy vio el título, las palabras comenzaron a desdibujarse ante sus ojos. Manual de señoritas para sobrevivir a la guerra.
—Es mi informe, señor.
—Correcto. ¿Y saben quién me ha dado este ejemplar?
—Lord Candleford —dijo Marigold—. Y yo se lo di a él.
Beecher parpadeó, sorprendido.
—¿Y por qué demonios hizo algo así, señorita Cecily?
—Porque fueron impresos por error y temía que Peggy se metiera en problemas.
Beecher juntó las puntas de los dedos de ambas manos.
—Supongo que debería estar impresionado por su sinceridad y su lealtad.
Peggy miró de reojo a Marigold. Había advertido lo ferozmente protectora que se había vuelto en los últimos tiempos. Sin ir más lejos, la semana anterior había regañado a Dalton por intentar convencer a Peggy de que fuera a tomar una copa después del trabajo.
—No está interesada, Wallace. Acéptalo o les diré a todas las chicas de secretaría lo tonto que eres.
Marigold se encogió de hombros.
—Es lo que hacen las amigas —le dijo a Beecher.
Si Peggy no hubiera estado hecha un manojo de nervios, esas palabras la habrían conmovido.
—En cualquier caso, siendo como soy su superior, debería haber acudido primero a mí.
Marigold se mostró apesadumbrada.
—Lo siento, señor. Actué con la mejor de las intenciones.
—No lo dudo, pero lo cierto es que ese folleto no fue impreso por error. —Confundidas, Peggy y Marigold se miraron la una a la otra con el ceño fruncido—. Y Lord Candleford no estaba al tanto de esa decisión. De hecho, muy poca gente lo estaba.
—¡Oh! —dijo Marigold, palideciendo.
—Efectivamente —prosiguió Beecher—. En consecuencia, mi superior exige ahora celebrar una reunión con los responsables, que, en lo que a él respecta, somos usted y yo, señorita Sparks.
Y para colmo de males, un encargado del Departamento de Racionamiento de Papel se ha enterado de este supuesto malgasto de valiosos recursos y también asistirá a la reunión.
Peggy se encogió en su asiento.
—Oh, esto es grave. Muy grave.
Beecher suspiró.
—No puedo negar que es algo serio, y esa es la razón por la que dentro de diez minutos usted y yo debemos asistir a una reunión con Lord Candleford y el señor Burbage, de Racionamiento de Papel. ¿Vamos tirando?
—¿Quiere que los acompañe? —preguntó Marigold—. Winnie es mi padrino, ¿sabe?
—No será necesario, señorita Cecily —dijo Beecher en un tono que sugería que ya había hecho suficiente.
Marigold tomó una mano de Peggy y le dio un apretón antes de marcharse.
—Lamento haber empeorado las cosas, Peggy, pero no te preocupes, Winnie es un hombre bueno. Estoy segura de que será comprensivo.
Pero resultó que Winnie no se mostró nada comprensivo.
De hecho, se comportó como suelen hacerlo los hombres poderosos cuando se sienten acorralados.
Rechazó toda responsabilidad y echó las culpas a Peggy y Beecher en un gesto que, a juicio de ella, tenía sobre todo como destinatario al señor Royston Burbage, que permaneció sentado toda la reunión con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
Beecher hizo lo posible para explicar su actuación y defender a Peggy, pero Lord Winslow Candleford era como un escorpión, listo para contrarrestar cualquier defensa con un virulento ataque.
Peggy se dio cuenta enseguida de que toda contribución suya sería mal recibida o directamente ignorada, de modo que se limitó a permanecer sentada en frustrado silencio.
—Señor, debo decir que esto no ha tenido nada que ver con la señorita Sparks. Puedo asegurar que se trata de un miembro íntegro y digno de confianza de nuestro equipo —dijo Beecher.
—¿La señorita Sparks íntegra, dice? —dijo encolerizado Lord Candleford—. ¿Ha leído usted su diatriba socialista? Parece algo salido de la Rusia comunista.
—Bueno, técnicamente la Rusia comunista está luchando de nuestro lado en esta guerra, señor.
—Sí, y todos sabemos que la única razón es que Hitler le dio para el pelo a Stalin y ahora este quiere vengarse.
El señor Beecher arrugó el entrecejo.
—Me parece que estamos desviándonos del tema, señor.
—¿Ah, sí? ¿Eso cree? Sé que conspira usted contra mí, señor Beecher.
Ha llegado a mis oídos su opinión sobre la forma en la que dirijo esta división.
—Beecher bajó la mirada al panfleto de Peggy, incapaz de contradecir las afirmaciones de su superior—.
Y está claro que ha fomentado usted un entorno que permite a mujeres como la señorita Sparks difundir su propia propaganda.
—¿Mujeres como la señorita Sparks? —dijo Beecher en un tono bajo. Peggy reparó en que tenía los puños apretados y que los nudillos se le habían vuelto blancos y los dedos le temblaban de ira.
—Sí. Están por todas partes. Todo comenzó con esa horrible señora Pankhurst, y ahora todas creen tener carta blanca para alzar la voz desde la marginalidad y promover sus ideas de igualdad. Y, por supuesto, que Bevin no deje de dar la lata con las clases bajas no ayuda.
—¿Ha leído realmente las palabras de la señorita Sparks? —preguntó Beecher.
Lord Candleford resopló con desdén.
—¿Cómo? ¿Se atreve a cuestionarme? He leído lo suficiente. Y, además, conozco la mentalidad de la clase trabajadora. Todos los días consulto a mi ayuda de cámara.
—Puede que su ayuda de cámara sea demasiado leal para contarle la verdad, señor —dijo Beecher con un desprecio apenas disimulado.
Lord Candleford lo miró con ira.
—Caballeros, creo que han vuelto a desviarse del tema —dijo el señor Burbage en un tono de voz aflautado y débil—. El auténtico problema aquí es el terrible despilfarro de pap...
—¡Caballeros, damas! —exclamó una voz. Peggy se volvió y vio sorprendida cómo sir James Miles irrumpía en la sala seguido de la señora Pyecroft—.
Mis más sinceras disculpas por la interrupción, y, claro está, también por el retraso.
—Primero se volvió hacia Lord Candleford, que estaba rojo como un tomate—.
Winslow, querido amigo, tienes un aspecto realmente estupendo.
Me alegro de volver a verte —dijo, estrechándole vigorosamente la mano—.
Y usted debe de ser el señor Burbage. Encantado de conocerle.
Yo soy James Miles. El señor Bracken en persona me ha enviado para que me ocupe de este asunto tan delicado —añadió, saludando a Peggy y a Beecher con un movimiento de cabeza.
—¿Brendan Bracken? —farfulló Lord Candleford—. ¿Nuestro nuevo ministro?
—El mismo —dijo sir James con una amplia sonrisa.
—¿Por qué iba a implicarse un hombre de su rango en asuntos del departamento?
Sir James se sentó al lado de Peggy, y esta reparó en que la señora Pyecroft permanecía de pie, observando cómo se desarrollaba la escena con una expresión indescifrable.