12
Marigold era una mujer distinta. Todo el mundo se dio cuenta.
Seguía llegando tarde casi todas las mañanas, pero se había producido un cambio en su actitud.
Se interesaba más por su trabajo, y no solo en relación con las fotografías que publicaban.
Un día, sorprendió a Sheldrake cuando le pidió que le contara qué estaba sucediendo exactamente en Oriente Medio y escuchó atentamente su explicación.
Otro, llegó temprano a una reunión del departamento e insistió en ser ella quien tomara acta.
Luego entregó el acta resultante con solo dos días de retraso.
Peggy también advirtió un cambio en la relación laboral entre ambas.
Ahora Marigold se interesaba activamente en aquello en lo que ella estuviera trabajando y, a su vez, compartía su propio trabajo.
Por una vez, parecía genuinamente implicada en lo que estaba pasando.
—Quiero ayudar —dijo un día—. Siento no haber comprendido antes por qué estabas tan decidida a hacer todo lo posible para poner fin a esta horrible guerra, pero ahora ya lo hago.
Esa confesión animó a Peggy, pero en el fondo se preguntaba si ese sentimiento duraría o cómo se las arreglaría Lady Marigold si surgía una crisis.
Por supuesto, lo que no podía saber era que sería ella quien tuviera que hacer frente a una crisis y que sería precisamente Marigold quien la ayudara a superarla.
Al principio, Peggy apenas fue consciente de la desaparición del informe.
Lo había terminado una tarde a última hora mientras Beecher todavía estaba en su despacho.
Peggy recordaba que la señora Pyecroft había aparecido justo cuando ella estaba poniéndose el abrigo para marcharse.
Esta la había saludado con un movimiento de cabeza y, tras llamar a la puerta del despacho de Beecher, había desaparecido dentro.
Como no quería interrumpir la conversación entre ambos, Peggy había dejado el informe sobre su escritorio para dárselo a su superior por la mañana.
Cuando llegó al trabajo al día siguiente y vio que no estaba, supuso que Beecher lo había cogido.
Y no volvió a pensar en él hasta unas pocas semanas después, cuando regresó del almuerzo y una animada Marigold la recibió agitando en alto un panfleto impreso.
—¡Eres una caja de sorpresas, Peggy Sparks! —exclamó—. ¿Por qué no me lo contaste?
Peggy frunció el ceño, confundida, pero en ese momento sonó su teléfono y la distrajo. Moviendo los labios sin articular sonido, le dijo «lo siento» a Marigold, que negó con la cabeza y le guiñó un ojo con complicidad, y a continuación descolgó el teléfono y contestó:
—Peggy Sparks, Departamento de Publicaciones.
—Ah, señorita Sparks. Soy Frank Bauman. Iré al grano. Llamo para pedirle disculpas. —Peggy no se habría podido quedar más sorprendida ni aunque el mismísimo rey hubiera aparecido ante su escritorio—. Ya veo que la he dejado muda —prosiguió él, en un tono de voz teñido de irónica diversión.
—Confieso que estoy sorprendida.
—Mi hermana puede confirmarle que no soy conocido precisamente por mis sinceras disculpas, pero recientemente he sabido por el señor Beecher que la última vez que hablamos la pillé en un mal día. Estaba usted preocupada por su amiga. Lamento mi rudeza. ¿Cómo se encuentra la señorita Cecily?
Peggy echó un vistazo a Marigold, que estaba leyendo el panfleto que le había mostrado al llegar a la oficina y sonriendo para sí.
—Está muy bien, gracias.
—Formidable. ¿Y ha quedado usted satisfecha con el documento? He de decir que no tenía ni idea de que fuera usted una escritora tan talentosa.
—¿Cómo dice?
—Su Manual de señoritas para sobrevivir a la guerra . Me ha parecido excepcional. Un texto sincero y conmovedor al mismo tiempo. Me ha impresionado, señorita Sparks.
Los pensamientos de Peggy comenzaron a arremolinarse caóticamente en su cabeza.
¿Cómo era posible que Frank Bauman estuviera al tanto de los informes que ella escribía únicamente para Beecher?
Estiró el cuello para ver qué era lo que estaba leyendo Marigold y fue entonces cuando distinguió el título.
Era su título. Su texto. Impreso. Para su distribución a Dios sabe cuántos destinos.
—Señor Bauman, ¿puedo preguntarle si el panfleto ya ha sido distribuido?
—Claro que sí. Estaba en el pedido. Se han distribuido diez mil ejemplares aquí y en el extranjero.
—¿El extranjero?
—Sí. A Estados Unidos, principalmente. ¿Hay algún problema, señorita Sparks? ¿Debo hablar con el señor Beecher?
—No —se apresuró a decir Peggy—. Eso no será necesario. No hay ningún problema. Gracias por llamar, señor Bauman. Y ahora, si me disculpa...
—Por supuesto, señorita Sparks. Después de todo, tenemos que ganar una guerra.
Peggy devolvió el auricular a su horquilla con mano trémula. Se puso de pie y, tratando de no llamar la atención, se acercó al escritorio de su amiga.
—Marigold —dijo al llegar a su lado, manteniendo el tono de voz lo más bajo y sereno que pudo.
—¿Sí, Peggy? —respondió ella, levantando la mirada con una expresión abierta y amistosa.
—Necesito tu ayuda, Marigold.
Esta se la quedó mirando, genuinamente sorprendida.
—¿Tú necesitas mi ayuda?
Peggy asintió e, inclinándose sobre el despacho de su amiga, susurró:
—Ese folleto que estás sosteniendo...
—Es muy bueno, Peggy.
—Gracias, pero, en realidad, no lo es. Ha sido impreso por accidente.
—¿¡Impreso por accidente!? —exclamó Marigold.
—¿Qué ha sido impreso por accidente? —dijo Sheldrake, que acababa de salir de una reunión con las manos llenas de carpetas como de costumbre.
—¡Nada! —exclamó Peggy, volviéndose a continuación con los ojos muy abiertos hacia Marigold, que instintivamente se llevó un dedo a los labios—. Solo estábamos comentando lo terrible que sería imprimir algo por accidente y, digamos, distribuirlo luego a Estados Unidos.
—Sin duda sería un auténtico desastre —comentó Sheldrake, dejándose caer en su silla y comenzando a rebuscar algo en la pila de documentos que tenía sobre el escritorio—.
Probablemente causaría un incidente diplomático.
¿Pueden imaginárselo? La oficina del primer ministro se vería obligada a deshacer el entuerto con la Casa Blanca.
Y, casi con toda seguridad, impediría que los yanquis se involucraran en la guerra y, entonces, ¿quién sabe qué pasaría?
Peggy se aferró con fuerza al hombro de Marigold.
—¿Un incidente diplomático por culpa de un error tan pequeño?
—Y supondría el fin para el pobre idiota que hubiera escrito el documento. Es posible incluso que terminara en prisión.
—¿Prisión? —dijo Peggy, apretando con más fuerza todavía el hombro de Marigold.
—Bueno —dijo esta, poniéndose de pie y liberándose del firme agarre de Peggy—, discúlpenos, señor Sheldrake. Tenemos que acudir a una reunión importante.
—¿Adónde vamos? —susurró Peggy, siguiéndola fuera de la oficina.
—A algún lugar tranquilo en el que podamos pensar. —Marigold divisó entonces el despacho de los bibliotecarios y llamó a la puerta con los nudillos.
—Adelante —dijo Laurie, y luego, al ver el rostro angustiado de Peggy—: ¿Qué sucede?
Peggy necesitó dos tazas de té fuerte y caliente y tres de las galletas de miel de la madre de Laurie antes de poder unirse a la conversación. Marigold le había explicado la situación a Laurie, que la había escuchado con paciente preocupación y luego había leído el texto de Peggy.
—Dudo que pueda considerarse traición. Solo estás contándole a la gente cómo es tu vida en medio de esta guerra.
—Ya lo sé, pero Sheldrake ha dicho...
—No le hagas el menor caso a Sheldrake —dijo Marigold—. Ese hombre ve lo peor en todo.
—¿Y entonces qué hago? —se lamentó Peggy.
Marigold y Laurie intercambiaron una mirada.
—Podrías dejar las cosas como están y confiar en que nadie se dé cuenta —dijo Laurie.
Peggy se mostró escéptica.
—Si Marigold lo ha visto es que ya debe de haber ejemplares circulando. Un momento. ¿Tú de dónde lo has sacado? —preguntó.
—Llegó con los ejemplares semanales de nuestro material impreso, de modo que tan solo hay un ejemplar en el departamento.
—Bueno, ya es algo —dijo Peggy—. ¿Quién más lo verá?
Marigold se encogió de hombros.
—No estoy segura.
Peggy se cubrió la cara con las manos.
—Será mejor que confiese y asuma las consecuencias.
—Pero no es culpa tuya —contestó Marigold—. No pueden echártelo en cara.
—Quizá podrías explicarle lo sucedido a algún mandamás —dijo Laurie.
—¿A Beecher? —preguntó Peggy.
—Yo apuntaría más alto —contestó Laurie.
A Marigold se le encendieron los ojos.
—Sé exactamente con quién debes hablar.
—¿Con quién?
Marigold la miró con una sonrisa enigmática.
—Con Winnie.
—¿Winnie?
Ella asintió enfáticamente.
—Lord Winslow Candleford. Es mi padrino. Puede ser un poco severo, pero en el fondo es un encanto. Hablaré con él.
A Peggy se le hizo un nudo en el estómago.
—No estoy segura, Marigold.
Esta le quitó importancia a la preocupación de su amiga con un movimiento de mano.
—Déjamelo a mí, Peggy. Déjame ayudarte.
La mirada de Peggy pasó de Marigold a Laurie, que se encogió de hombros amigablemente. ¿Qué otra opción tenía?
—Gracias, Marigold —dijo, esperando no arrepentirse.
Peggy decidió no decir una sola palabra acerca del folleto a su familia.
Se convenció a sí misma de que lo hacía para no preocupar a nadie, pero en realidad se sentía avergonzada.
En vez de trabajar para conseguir que su hermano regresara a casa y mantener vivas sus esperanzas, lo había arruinado todo al dejar descuidadamente su informe en cualquier lugar, donde sin duda lo habían cogido junto a otro documento ya corregido.
No conseguía creer que hubiese sido capaz de cometer un crimen tan enorme.
—Pareces cansada, Peg —dijo su madre, colocándole un mechón detrás de la oreja y dejándole el plato con la cena delante.
—Ha sido un día ajetreado. —Peggy se quedó mirando el plato sin sentir el más mínimo apetito.