11 #3
El principio de la primavera había sido frío, pero parecía que el tiempo había comenzado a cambiar y los narcisos ya estaban abriéndose paso en una tierra cada día más cálida.
Ese sábado, mientras iban de camino al parque, el sol hacía lo que podía para calentar el día a través de un cielo brumoso.
Nancy iba dando saltitos cogida de la mano de Marigold, mientras que Emily y Alice caminaban detrás con Badger de la correa.
Peggy, por su parte, empujaba el cochecito del Charlie, que no dejaba de balbucear, y Flo iba a su lado.
—Resulta extraño pensar que Joe está en un lugar en el que la tinta se seca antes siquiera de que haya terminado de escribirme mientras que nosotras, en cambio, todavía estamos tiritando de frío, ¿no? —dijo Flo, subiéndose el cuello del abrigo.
Peggy asintió.
—No creo que me gustara estar con toda esa arena, por no hablar de los millones de moscas.
—Le han picado por todas partes —dijo Flo, y, tras permanecer un momento callada, añadió—: ¿Crees que está bien, Peg? Es difícil de decir a partir de sus cartas.
Peggy sabía a qué se refería. Por culpa de los censores, en las cartas solo podían decirse ciertas cosas.
«Estoy bien. Hace calor. Te quiero». No había forma de saber qué sucedía en realidad, dónde estaba Joe o qué había visto.
Aunque, para ser sincera, Peggy tampoco creía que esa información fuera a servir de mucho.
Si supieran que Joe había estado bajo fuego enemigo, solo se preocuparían más.
De momento, bastaba con recibir sus cartas y saber que seguía vivo.
Ella sabía que él era más sincero en las cartas que le enviaba a ella, pero también que su hermano no querría que Flo se preocupara más de lo que ya lo hacía.
Había decidido que, tal y como Joe siempre había hecho, ahora su papel consistía en proteger a la familia y, por lo tanto, era su obligación hacer todo lo posible para mantener vivas sus esperanzas.
—Estoy segura de que está bien, Flo —le dijo—. Sé que no puedes dejar de preocuparte. Nadie puede hacerlo, pero si Joe Sparks dice que volveremos a vernos, yo lo creo. Es un hombre de palabra.
—Sin duda lo es —dijo Flo ya más tranquila.
Para entonces ya habían llegado al parque y Charlie se había quedado particularmente fascinado por un grupo de palomas.
—Da, da, da —le dijo a Peggy, señalando en dirección a ellas con su dedito regordete.
—Sí —respondió Peggy—. Palomas, Charlie.
—Unos bichos horribles y asquerosos —dijo Emily, soltando a Badger y observando con satisfacción cómo se lanzaba directamente hacia las aves, que se dispersaron por el cielo con un ruidoso aleteo.
—¡Oooh! —dijo Charlie, viendo cómo se alejaban, hasta que sus ojos se posaron en un globo de barrera que había a lo lejos—. Da, da, da —añadió.
—Todo es «da», ¿no, Charlie? —dijo Flo, acariciando la mejilla de su hijo.
—Da —confirmó él con una amplia sonrisa desdentada.
Nancy, mientras tanto, no dejaba de hacerles preguntas.
—¿Creéis que esos globos de barrera son más grandes que un elefante? ¿Cuántos hay en todo Londres? ¿Cómo impiden que los boches nos bombardeen? ¿Creéis que nos bombardearán?
—Sí, dos mil, la Luftwaffe no puede acercarse y no —dijo Emily.
Nancy frunció el ceño.
—Pero ¿qué hay de...?
—Nancy —dijo Marigold—. Te prometí que subiríamos esa gran colina cuando me sintiera mejor... Pues bien, hoy estoy lista.
El rostro de Nancy se iluminó y, a continuación, la niña extendió una mano que Marigold tomó debidamente antes de volverse por encima del hombro y extender a su vez la otra.
—Vamos, tía Peg.
—De acuerdo —dijo Peggy, siguiéndolas con Badger a cuestas mientras Alice, Emily y Flo se sentaban en un banco que había a los pies de la colina y desde el que Charlie podía disfrutar de las palomas y de las defensas antiaéreas.
Marigold tenía que detenerse de vez en cuando para recobrar el aliento, pero rechazó todas las ofertas de ayuda y se las arregló para seguir el ritmo de Peggy hasta la cima.
Desde ahí, miraron la ciudad magullada y maltrecha, con edificios que todavía se alzaban orgullosos bajo el sol de primavera y otros que parecían esqueletos, con los huesos al descubierto y los tejados abiertos al cielo.
Últimamente, Hitler parecía haber apartado su atención de Londres, pero eso no significaba que no hubiera bombardeos.
Simplemente, estaban más acostumbradas a ellos.
No podían bajar la guardia y sabían que ya no lo harían hasta que la guerra terminara.
—Ver la ciudad así hace que me hierva la sangre —dijo Marigold, mirando a lo lejos.
—A mí también —dijo Peggy, sorprendida por ese punto en común entre ambas—. En cualquier caso, me alegro de verte con algo de color en las mejillas.
—Me siento una persona completamente distinta —dijo Marigold—.
¿No es extraño lo mucho que pueden cambiar las cosas en un instante?
De repente sucede algo y tu vida y la de cientos de personas quedan alteradas para siempre.
—Peggy se la quedó mirando. Nunca había oído hablar así a su amiga—.
Antes, lo único que me importaba era pasármelo bien, en cambio ahora.
.. —Su voz se fue apagando y finalmente se encogió de hombros—.
No lo sé. De algún modo, la muerte de Cordy ha hecho que todavía quiera vivir más intensamente.
—Eso es algo bueno, ¿no?
Marigold asintió y echó un vistazo hacia el lugar en el que Nancy estaba jugando a perseguirse con Badger.
—Ha sido todo gracias a ti y a la amabilidad de tu familia. Sin vosotras me habría derrumbado por completo.
Peggy le dio un codazo en el brazo.
—Es lo que hace la gente —dijo.
—Alguna gente —contestó Marigold.
Marigold se volvió hacia el banco en el que Emily, Alice y Flo estaban sentadas con Charlie, charlando y riendo, y Peggy se dio cuenta de que su amiga se refería a su propia familia.
Había pensado en ello en más de una ocasión.
Era consciente de que la madre de Marigold no era de las que abrazaban a su hija y se preguntaba a qué se debía tal cosa.
No tuvo que seguir preguntándoselo mucho tiempo más, pues, cuando llegaron a casa un poco más tarde, vieron que había un lujoso coche aparcado delante.
—Vaya, nadie me había avisado de que Churchill iba a venir a tomar el té. Habría guardado algunas de mis raciones y horneado algo especial —dijo Emily al doblar la esquina.
El coche estaba causando bastante revuelo. Había grupos de niños observándolo desde cierta distancia y la señora Cooper había salido de su casa y estaba frente a la puerta haciendo como que barría el escalón.
—¡Mamá! —exclamó Marigold, corriendo hacia su madre mientras esta salía del coche, impecable como siempre con una chaqueta y una falda entalladas de color rosa y un collar de perlas en el cuello.
La mujer pareció horrorizarse cuando Marigold la rodeó con sus brazos y, echándose hacia atrás, susurró con cierta dureza:
—Contrólate, Marigold. Estás montando una escena.
Esta retrocedió un paso como si algo le hubiera picado.
—Lo siento —murmuró—. Es solo que me alegro de verte.
—Sí, bueno. Winnie insistió en que cogiera su coche y viniera a buscarte.
No tenía ni idea de que estabas aquí —dijo, echándole una mirada despreciativa a la casa.
Peggy reparó en que su abuela observaba a Lady Cecily con una aversión similar—.
Recoge tus cosas. Vas a venir conmigo a Greymore. Te esperaré en el coche.
Marigold se volvió con expresión de pánico hacia Peggy, quien a su vez miró a Emily. Rápida como un rayo, esta se acercó a la madre de Marigold.
—¿Por qué no entra un momento a tomar una taza de té, querida? —le dijo—. O, si prefiere, puedo pedirle a nuestra vecina, la señora Cooper, que le haga compañía mientras espera. Le encanta charlar sobre sus problemas de salud. Tiene docenas de ellos. El más actual son los juanetes.
Lady Cecily contempló horrorizada a la señora Cooper, que observaba con interés la escena que estaba desarrollándose ante sus ojos.
—Muy bien —dijo finalmente.
—Decidido, pues. Soy Emily Marsh, por cierto. Y estas son mi hija Alice, mi nieta Peggy y la esposa de mi nieto, Florence.
—Y yo soy Nancy y este es mi hermano Charlie —dijo la niña.
—Lady Lavinia Cecily —dijo la madre de Marigold, ignorando por completo a Nancy y tendiéndole una mano a Emily, que escogió ese momento para volverse.
—Sígame, su señoría —dijo.
Lady Lavinia no habría parecido estar más fuera de lugar aunque hubiera estado tomando el té en medio del desierto del Sahara. Se la veía muy incómoda mientras permanecía sentada a la mesa de la cocina con la espalda muy erguida, dándole sorbos a su taza con el dedo meñique extendido.
—¿Qué le pasa a su meñique? —preguntó Nancy, señalándolo. Rápidamente, Flo se volvió hacia ella y la hizo callar.
—Ha sido un placer tener a su hija con nosotros —dijo Alice, ofreciéndole uno de los pastelitos de Emily, que fue rechazado con una mueca de disgusto y un seco movimiento de cabeza—. Fue terrible lo que vivió.
Lady Lavinia inhaló y exhaló.
—Nunca debería haber estado ahí para empezar. No sé en qué estaba pensando, pero así es Marigold. Nunca ha tenido muchas luces.
—Eso no es muy amable —le susurró Nancy a Peggy, que le dio un pequeño apretón indicándole que estaba de acuerdo.
—Solo estaba divirtiéndose con sus amigos —dijo Alice, mirando de reojo a Peggy—. Son jóvenes, después de todo.
Lady Lavinia frunció el ceño.
—¿Divirtiéndose? ¿Divirtiéndose? La guerra no es momento de divertirse.
Emily había estado contemplando la escena en silencio y con los ojos tan brillantes como los de un cuervo.
—¿Por qué no? En cualquier momento una bomba puede hacerte volar en pedazos. ¿Por qué no vivir un poco?
Peggy contuvo el aliento mientras esas dos mujeres se sostenían la mirada. Era como ver a dos gatos preparándose para pelear. No había modo de saber quién atacaría primero.
—Ya he hecho las maletas —dijo Marigold, apareciendo de repente en la cocina y completamente ajena a lo que estaba sucediendo.
Lady Lavinia se puso de pie sin apartar la mirada de Emily.
—Muy bien. Ya podemos marcharnos, Marigold. Dales gracias a tus amigas y vámonos —dijo, volviéndose sin echar la vista atrás— Te esperaré en el coche.
Marigold abrazó a todo el mundo con lágrimas en los ojos.
—Os echaré mucho de menos a todas —dijo con Nancy aferrada a su cintura—. Nunca podré agradeceros lo suficiente vuestra amabilidad.
—Eres bienvenida aquí siempre que quieras —dijo Alice, sosteniéndole el rostro con ambas manos.
—Bueno —dijo Emily cuando se hubieron marchado—. Me sabe mal que la pobre Marigold tenga que soportar a una madre como esa.
—Vamos, mamá. No sabes por qué es así. No todos somos iguales —dijo Alice.
Emily se encogió de hombros.
—Sé lo que veo, y esa mujer es una vaca grosera y estirada.
Nancy soltó una risita.
—¡Mamá! —la reprendió Alice.
Emily se volvió hacia Peggy con las cejas enarcadas.
—Lo siento, mamá —dijo esta—. No puedo estar en desacuerdo.
Junio de 1941
Querida Peg:
Gracias por tu carta y las fotografías. Últimamente estamos teniendo problemas con el correo, así que fue una auténtica bendición recibirlas aunque tardaran tanto en llegar.
No puedo creer lo nítidas que son las fotografías.
Casi tengo la sensación de que podría estirar una mano y acariciar la mejilla de Nancy.
Estoy muy contento de tenerlas. Por favor, dale las gracias a Marigold de mi parte.
Lamenté mucho oír que se encontraba en el Café de Paris cuando lo bombardearon y que perdió a su amiga.
Sé muy bien lo que significa verte obligado a decir adiós a gente que te importa.
El mes pasado, perdimos a tres compañeros en un solo día.
Buenos hombres. Uno de ellos tenía solo diecinueve años.
David, se llamaba. Albert suele llevar bien las cosas, pero después de aquello se fue a dar una vuelta por el desierto él solo.
David era de un pueblo cercano a su ciudad natal y conocía a su madre.
Era un buen muchacho. Y tenía una novia esperándolo en casa.
Esa noche, Albert y yo nos la pasamos brindando por todos ellos y estuvimos de acuerdo en no volver a hablar nunca más del tema.
No puedes obsesionarte con todas esas vidas perdidas.
Y tampoco puedes ponerte a pensar en que podrías haber sido tú.
Es algo imposible de evitar, claro está, pero no debes permitirte hacerlo o terminarías volviéndote loco.
Espero que Marigold ya esté mejor. Es un detalle que cuidarais de ella, aunque tampoco esperaba menos.
Casi se me olvida contarte la gran noticia.
¡Adivina a quién me encontré hará un mes justo al lado de *** *********!
Nada menos que a Arthur Morris, el chico aquel al que le moqueaba la nariz y que solía seguirnos por todas partes cuando éramos niños.
Si mal no recuerdo, estaba colado por ti.
¿Puedes creerte que me haya topado con uno de nuestros vecinos en el otro lado del mundo?
Aunque también es cierto que esto parece suceder mucho por aquí.
Te alegrará saber que ya no le moquea la nariz, aunque ahora le suda el labio superior.
También es cierto que eso aquí nos pasa a todos.
Lo que daría por un poco de lluvia inglesa, Peg.
Te prometo que cuando vuelva a casa nunca volveré a quejarme del frío ni de la lluvia.
Aquí hace un calor infernal y las moscas te vuelven loco, aunque ahora somos todos bastante hábiles con el matamoscas.
Bueno, lamento romperte el corazón, pero resulta que Arthur tiene una novia esperándolo en casa.
Una atractiva joven llamada Judy. Está loco por ella.
En cuanto a mí, me siento afortunado de estar rodeado de buena gente, y especialmente de poder contar con Albert.
Por lo general estoy bien, aunque preferiría volver a casa, claro.
En estos momentos las cosas están siendo algo duras, pero si sobrevivimos un día más, ya queda un día menos para regresar.
He oído que la Luftwaffe os está dejando un poco en paz últimamente.
Me alegro. Bueno, será mejor que vaya terminando.
Quiero escribir a mamá y a la yaya y enviarles otra postal a Flo y Nancy.
Me muero de ganas de recibir más noticias de casa.
Os echo de menos. Cuídate, Peg. Volveremos a vernos.
Te quiere,
Joe