Manual de señoritas para ganar la guerra 11 #2
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Esta observó cómo Laurie se alejaba antes de volverse de nuevo hacia Marigold.

¿Qué podía decir? No había duda de que estaba muy mal.

¿Cómo conseguir que se sintiera mejor? Miró en torno y vio una fotografía junto al cenicero rebosante de colillas.

Era de Marigold y Cordelia. Estaban riendo con las cabezas de cada una inclinadas hacia la otra, disfrutando del momento.

Era una pose similar a la de la fotografía que la propia Marigold había tomado de Emily y Dulcie.

Peggy intentó imaginar qué diría su abuela en las mismas circunstancias, qué haría para que su amiga se sintiera mejor.

Y entonces se dio cuenta de que era incapaz.

La única opción era ser sincera. Eso era lo único que podía hacer.

Se sentó a su lado y le cogió la mano que no tenía vendada.

—Lamento mucho lo de Cordy. Soy incapaz de imaginar lo terrible que debe de ser esto para ti.

Marigold levantó la mirada hacia ella y los ojos se le empañaron rápidamente. Cuando comenzaron a caerle las lágrimas por las mejillas parpadeó como si quisiera contenerlas, pero no trató de enjugárselas.

—Tengo la sensación de haber entrevisto las profundidades del infierno, Peggy —susurró, negando con la cabeza—. Fue atroz.

Peggy le dio un apretón en la mano al tiempo que Laurie regresaba. Tras dejar silenciosamente las flores en la repisa de la chimenea, su colega se sentó al otro lado de Marigold. Esta permaneció un momento en silencio, respirando con pesadez mientras revivía aquel horrible episodio en su mente.

—No tienes por qué contárnoslo si te resulta demasiado doloroso —dijo Peggy.

—Murió en mis brazos —les confesó. Peggy le echó un vistazo a Laurie, que le rodeó a Marigold los hombros con un brazo—.

Estábamos preparándonos para bailar una canción de las Andrew Sisters y, un momento después.

.. —Hizo una pausa antes de proseguir—. Una carnicería.

Solo se oían gritos y lloros. Intenté ayudar.

Intenté salvarlos. Salvarla a ella. Rasgamos manteles e incluso nuestros vestidos, pero ya no había nada que hacer.

Era inútil. La sostuve en mis brazos y le dije que la quería.

—Oh, Marigold —dijo Peggy mientras ella y Laurie la sostenían y rompía a llorar.

No era la primera vez que Peggy se daba cuenta de lo rápido que la vida podía quedar reducida a la nada, pero también de que, en momentos como aquel, cuando el mundo parecía teñido de negro, sin ofrecer el menor atisbo de esperanza ni de luz, lo único que permanecía y que le devolvía la esperanza era el amor.

Peggy se negó a aceptar un no por respuesta y se llevó a Marigold de vuelta al 26 de Evelyn Street. Alice, Emily y Flo se mostraron aún más firmes con que debía quedarse.

—No puedes estar a solas con tu dolor. No es sano —declaró Emily mientras Nancy saltaba de alegría por volver a ver a su miembro favorito de la aristocracia.

—Siento mucho que tu amiga haya fallecido —le dijo la niña—. Yo me quedaría muy triste si Iris muriera. —A Marigold se le volvieron a llenar de lágrimas los ojos, por lo que recibió un fuerte abrazo de Nancy hasta que esta estuvo segura de que se sentía «mucho mejor».

A Peggy le resultaba extraño ir cada día a trabajar mientras Marigold se quedaba en casa.

Había rechazado sus protestas y le había cedido su cama.

Ella, mientras tanto, dormía perfectamente bien en la cama plegable que les había prestado su vecina, la señora Cooper, que había perdido a sus dos hijos en la Primera Guerra Mundial.

—Era de mi Tom. Él habría querido que la usaras —dijo con un triste suspiro.

Nancy tenía prohibido molestar a Marigold por la noche, pero los fines de semana a menudo acudía a su habitación por la mañana con el último libro que hubiera tomado prestado de la biblioteca e insistía en leérselo a ella y a Peggy.

Esta preparaba té para todas y disfrutaba de esos momentos en los que Marigold y Nancy charlaban alegremente.

Una mañana, Nancy apareció con un ejemplar de La casa de la pradera bajo el brazo.

—¡Oh, qué bien! —dijo Marigold, sentándose en la cama a su lado—. Me encanta la historia de Laura y su familia.

Nancy levantó la mirada hacia ella.

—¿No leías estos libros con tu madre cuando eras pequeña?

Marigold se removió un poco, ahuecando las almohadas que tenían detrás.

—Mamá siempre estaba muy ocupada. Tenía una niñera, pero no me leía mucho. Pensaba que los libros podían darme ideas.

—¡Dios no lo quiera! —dijo Peggy con una sonrisa irónica.

—¿Tenías una niñera? ¿Como en Peter Pan ? —preguntó Nancy—. ¿También era un perro?

Marigold y Peggy se rieron.

—No, pero eso habría sido encantador —dijo Marigold—. Bueno, ¿por dónde íbamos?

Nancy buscó el punto en el que se habían quedado con el ceño fruncido.

—Por la parte en la que la familia cruza el arroyo. Estoy un poco preocupada por su perro, Jack. —Badger alzó las orejas desde el lugar en el que yacía, a los pies de la cama plegable de Peggy.

Marigold le dio unas palmaditas en la mano.

—Estoy seguro de que no le pasará nada. Los perros siempre saben ingeniárselas.

Nancy asintió y comenzó a leer. Para cuando llegó al final del capítulo, tanto ella como Marigold estaban llorando a mares, pues el pobre perro se había perdido, arrastrado por la turbulenta corriente del arroyo.

Peggy las miró a ambas con preocupación y le quitó a Nancy el libro de las manos.

—Deja que yo lea el siguiente capítulo —dijo, a sabiendas de lo que sucedía a continuación en la novela.

Nancy y Marigold permanecieron abrazadas con fuerza mientras Peggy narraba los acontecimientos de aquella noche y el momento en el que Pa permanecía en guardia con el arma preparada, temiendo que la criatura de ojos verdes que se acercaba a su campamento fuera un coyote.

Cuando Peggy reveló la verdadera identidad de la criatura, las dos oyentes se rieron y lloraron de alivio.

Badger, por su parte, se acercó a ellas meneándose para unirse a la celebración.

—¡Oh, Jack! —exclamó Marigold, besando a Nancy en la coronilla y luego a Badger en la cabeza—. Gracias a Dios.

—¡Hora de vestirse, Nancy! —exclamó Flo desde la habitación contigua.

El rostro de Nancy se ensombreció.

—Pero ¡yo quería leer más!

—Ya seguiremos mañana —dijo Peggy.

—Está bien —dijo Nancy, y le dio un beso a Marigold en la mejilla antes de marcharse—. Me alegro de que estés aquí.

Cuando la niña hubo salido de la habitación, Marigold negó con la cabeza.

—Tu sobrina debería recetarse como remedio para todos los males. Es un auténtico tónico y una absoluta ricura de niña.

—La mayor parte del tiempo sí, lo es —dijo Peggy—. Pero siento que te preguntara por tu madre, y también las lágrimas. Últimamente ya has tenido más que suficientes.

Marigold se quedó mirando a Peggy.

—La verdad, Peggy, es que pasar estos días aquí con tu familia está siendo una de las mejores experiencias de mi vida.

Bajo sus atentos cuidados, Marigold fue recuperando las fuerzas poco a poco.

Todavía estaba pálida y demacrada, pero Emily se la llevaba a pasear a diario con Badger y también solía acompañar a Flo cuando esta iba a buscar a Nancy a la escuela.

Naturalmente, la niña se sentía orgullosa de presumir de su nueva amiga y les decía a sus boquiabiertos compañeros de colegio cosas como que Lady Marigold estaba «prácticamente emparentada con el rey».

Peggy sabía, sin embargo, que a pesar de que el aspecto de su amiga había mejorado, por dentro seguía sufriendo.

A menudo se despertaba por la noche y la oía llorar, o se la encontraba mirando por la ventana con lágrimas cayéndole por las mejillas.

Ella hacía todo lo posible por ofrecerle unas palabras de consuelo o posaba una mano en su hombro, pero en el fondo sabía que carecía del poder para mitigar su dolor.

Este siempre estaría ahí, y, durante un buen tiempo, sería como una olla hirviendo, amenazando con desbordarse en cualquier momento.

Peggy, por su parte, estaba contenta de poder informar diariamente en el trabajo acerca del progreso de Marigold.

Incluso Sheldrake le pidió que le diera recuerdos a la señorita Cecily después de preguntar un día por su estado de salud, y Dalton había prometido llevarla a almorzar a su restaurante favorito en cuanto se encontrara suficientemente bien.

Y, por supuesto, Beecher siempre estaba interesado en saber cómo se encontraba.

—Dígale que no hace falta que se dé prisa en volver, pero que estaremos encantados de verla cuando se encuentre mejor.

A Peggy no dejaba de sorprenderle la amabilidad de su superior.

Tenía la sensación de que no había muchos otros jefes de departamento en el Ministerio que fueran tan benévolos como el señor Beecher.

Y disfrutaba escribiendo para él sus informes semanales.

Él rara vez se los comentaba, pero siempre le agradecía su «inestimable perspicacia».

Ella sabía que Beecher no estaba de acuerdo con Lord Candleford y los de su casta, pues parecían decididos a sermonear al público británico mientras que él, en cambio, era de la opinión de que la mayoría de la gente no necesitaba que nadie le dijera que «mantuviera el ánimo», «se las arreglara» o «siguiera adelante».

Era su segunda naturaleza y siempre lo había sido.

O, al menos, esa era la experiencia de Peggy.

Un sábado por la tarde, Marigold sugirió ir a dar un paseo hasta la cima de la colina de Edenham.

—Le he prometido a Nancy que lo haríamos, y, gracias a la comida casera de tu madre y a los pasteles que Emily hornea cada semana, ahora me siento tan fuerte como un caballo de tiro.

—¿Por qué no vamos todos? —dijo Alice—. A Charlie le encanta mirar los globos de barrera desde el cochecito, y hoy hace sol. Deberíamos aprovecharlo.