Manual de señoritas para ganar la guerra 11
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A Marigold le concedieron un mes de baja. Y cuando Peggy llegó a la oficina el lunes siguiente al ataque, el señor Beecher le dijo que también debería quedarse en casa, pero ella estaba decidida a seguir acudiendo al trabajo. Lo había hablado con su madre la noche anterior.

—¿Estás completamente segura de que quieres ir, Peg? Has sufrido un shock terrible.

Peggy asintió con decisión.

—Esto no ha hecho sino convencerme aún más de que debo hacer todo lo que pueda para poner fin a esta horrible guerra y conseguir que Joe vuelva a casa, mamá.

Alice acercó hacia sí a su hija y le dio un beso en la coronilla.

—Estoy orgullosa de ti, Peg.

Antes de comenzar a trabajar, Beecher los reunió para darles un pequeño discurso. Mientras escuchaba, Peggy advirtió que la señora Pyecroft permanecía en la puerta con expresión solemne.

—Estoy seguro de que están todos al tanto del terrible acontecimiento del pasado sábado por la noche en el Café de Paris, si bien nuestra división de prensa, en su sabiduría, parece estar restándole importancia para no alarmar al público general.

Personalmente, me siento devastado. Y sé que todos tenemos presentes a los fallecidos y sus familias.

—Se detuvo un momento para recomponerse—.

Afortunadamente, la señorita Sparks salió ilesa y la señorita Cecily solo sufrió una herida menor.

Por desgracia, sin embargo, la amiga de esta y colega nuestra del Departamento de Fotografía, Lady Cordelia Fitzwilliam, falleció.

Le he concedido a la señorita Cecily una baja temporal.

Y he pensado que tal vez podríamos enviarle unas flores.

—Yo me encargaré de ello, señor Beecher —dijo Peggy—.

Tenía intención de ir a visitarla. —Sentía la repentina necesidad de hacer algo, de ayudar de algún modo.

Apenas había visto a Cordelia un puñado de veces, pero sabía lo unidas que estaban ella y Marigold.

Y se arrepentía de la presteza con la que había juzgado a ambas, tachándolas de tontas.

Ellas, en cambio, siempre se habían mostrado amables.

Peggy valoraba eso y admiraba la amistad entre las dos.

Eso le hizo pensar en la suya con Flo, y no pudo evitar que se le humedecieran los ojos al preguntarse qué haría si alguna vez la perdiera.

—Gracias, señorita Sparks. También espero que este horroroso acontecimiento no haga sino que redoblemos nuestros esfuerzos. Eso es todo —dijo, retirándose a su despacho con aire derrotado.

—Bueno —dijo Sheldrake cuando todo el mundo se hubo dispersado—. Es una terrible tragedia, pero no puedo decir que vaya a echar de menos la contribución de Lady Cecily a nuestra carga de trabajo.

Peggy lo fulminó con la mirada.

—¿Cómo puede ser usted tan insensible? —lo reprendió.

Él se la quedó mirando sorprendido.

—Disculpe, pero no estoy faltándole al respeto a los fallecidos. Solo estoy constatando un hecho.

—Este no es el momento —dijo Peggy, sorprendida a su vez por su propio arrebato—. Debería avergonzarse.

—Muy cierto, Peggy —dijo Dalton, levantando la mirada de su escritorio y disfrutando claramente de la situación—. Ha estado fuera de lugar, Sheldrake.

Este tragó saliva.

—Pido disculpas. Tiene usted razón. Lo siento, señorita Sparks.

—Eso está mejor —dijo ella, volviéndose hacia su escritorio mientras temblaba de ira.

Más tarde esa misma mañana, Peggy acababa de entrar al despacho vacío del señor Beecher para entregarle sus últimos informes cuando el teléfono sonó.

—Departamento de Publicaciones —contestó ella, descolgando el auricular.

—¿Dónde está el señor Beecher?

—Se encuentra en una reunión —dijo Peggy, irritada por la brusquedad del tipo que hablaba al otro lado de la línea—. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Lo dudo. ¿Con quién hablo?

Peggy bullía de indignación.

—Peggy Sparks. ¿Y usted quién es?

—Frank Bauman.

Claro. Nadie aparte de Henry Longforth era tan grosero como ese hombre. En esta ocasión, Peggy no tenía tiempo para sus juegos.

—¿Le digo al señor Beecher que le llame?

—¿No quiere saber por qué he telefoneado?

«La verdad es que no», pensó ella. Carraspeó.

—Solo si quiere confiarme esa información —dijo ella, perdiendo la paciencia.

—Bueno. La cuestión es la siguiente, Peggy Sparks. Como su sección ya no publica la colección Libros Oficiales de la Guerra, como se les llama ahora, mi empresa ha perdido ese negocio.

—Lamento oír eso.

—Se le da muy bien mostrarse compasiva, ¿verdad?

Normalmente, Peggy no habría reaccionado, pero ese día se sentía distinta, y no solo a causa de los acontecimientos del sábado anterior. Estaba cansada de la grosería de los demás.

—Mire, señor Bauman, creo recordar que se quejó porque le dábamos demasiado trabajo, y ahora se queja de que no tiene suficiente.

Si no me equivoco, seguimos utilizando su empresa para los folletos que producimos, y lo cierto es que no forma parte de mis cometidos dar cuenta de los altibajos de la demanda de impresión.

Ese es su trabajo como empresario. Ahora, me temo que debo atender otros asuntos.

Le diré al señor Beecher que lo llame en cuanto pueda. Que tenga un buen día, señor Bauman.

Y colgó el auricular con mano trémula.

—Oh, Peggy, ¿qué has hecho? —murmuró para sí. Al darse la vuelta vio que la señora Pyecroft estaba de pie en la puerta, observándola con interés.

—Buenos días, señorita Sparks.

—Lamento lo de esa conversación telefónica, señora Pyecroft. Yo solo... —comenzó a decir Peggy.

La señora Pyecroft alzó una mano, interrumpiéndola.

—Se ha limitado a decir lo que había que decir.

Lo comprendo. Y el señor Beecher también lo hará.

Y el señor Bauman. Hoy es un día difícil.

De todas formas, en algún momento me gustaría discutir con usted ciertos asuntos con vistas a que quizá me ayude con parte del trabajo que estoy llevando a cabo.

Por supuesto, primero le pediré permiso al señor Beecher.

Peggy no vaciló antes de contestar:

—Sí. Sí, por favor. Eso me gustaría mucho.

La señora Pyecroft asintió.

—Todo a su debido tiempo. Transmítale a la señorita Cecily mis condolencias y mis mejores deseos cuando la vea, ¿quiere?

Laurie se ofreció a acompañar a Peggy a visitar a Marigold.

Ella lo agradeció. No era que le molestara ir, sino más bien que no estaba segura de qué iba a encontrarse cuando llegara.

El apartamento de Marigold estaba situado en el glamuroso barrio de Fitzrovia, famoso por sus clubes de bebida y sus cafeterías, que solían atraer a famosos escritores y artistas de todas partes.

Mientras recorrían la animada calle, con reminiscencias de París y sus bulliciosos bistrós, Peggy estuvo segura de distinguir a George Orwell saliendo de un restaurante.

Lo reconoció gracias a la contracubierta de uno de los libros que solía colocar en los estantes de la biblioteca de Edenham.

En un momento dado, dejaron atrás la calle principal y se adentraron en un callejón flanqueado a ambos lados por elegantes apartamentos que sorprendentemente estaban poco dañados por los bombardeos.

—Aquí es —le dijo a Laurie, bajando la mirada hacia el trozo de papel en el que había garabateado la dirección. Cogió la aldaba y llamó. En el interior de la casa no se oyó ruido alguno.

—A lo mejor ha salido —sugirió Laurie.

—Lo dudo —dijo Peggy—. Las cortinas todavía están echadas.

Laurie consultó la hora en su reloj de muñeca.

—Son las cinco pasadas. Probablemente está preparándose para el apagón.

Conociendo a Marigold como la conocía, Peggy lo dudaba mucho. Volvió a llamar a la puerta.

—¿¡Marigold!? ¿¡Estás ahí!? Somos Peggy y Laurie.

Hemos venido a ver si estás bien. —Miró a su alrededor y vio que una cortina se movía en la casa de enfrente—.

Es bueno saber que la gente aquí es tan cotilla como en mi calle.

—Acercó una oreja a la puerta y oyó el ruido de alguien moviéndose en el interior de la casa y luego el estruendo de lo que parecía una botella cayendo al suelo.

Peggy y Laurie se miraron—. Vamos, Marigold.

Aquí fuera empieza a hacer frío. Déjanos pasar, por favor.

—¡Está bien! —exclamó una voz al otro lado de la puerta—. Ya voy. Pero dejad de llamar, por favor. Tengo un terrible dolor de cabeza.

—Lo siento —dijo Peggy—. Solo queríamos ver si estabas bien.

En cuanto abrió, les quedó claro que Marigold no estaba nada bien.

Al verla, Peggy soltó un leve grito ahogado.

Su amiga mostraba un aspecto espectral, con el rostro casi traslúcido y el maquillaje corrido a causa sin duda de las lágrimas.

Tenía asimismo la cabeza llena de arañazos y llevaba una de las manos vendadas.

Tras abrir del todo la puerta, y sin apenas reparar en sus colegas, Marigold se dio la vuelta y se alejó por el pasillo con paso tambaleante, como si estuviera en trance.

Peggy y Laurie intercambiaron una mirada antes de seguirla al interior.

El apartamento era pequeño, pero estaba hermosamente decorado con pinturas al óleo y caros adornos en todas las superficies.

Marigold entró a trompicones en el amplio salón con su chimenea de mármol y un enorme espejo con un marco dorado.

Se dejó caer en el sofá antes de encenderse un cigarrillo y darle un sorbo a una bebida que, a juzgar por la botella vacía que descansaba sobre la mesita de centro, contenía lo que quedaba del vodka.

—Salud —dijo arrastrando las palabras y, tras alzar el vaso hacia ellos, se lo terminó de un trago y le dio una profunda calada a su cigarrillo.

—Te hemos traído unas flores —dijo Peggy, frustrada por lo banal que sonaba eso.

Marigold la miró parpadeando.

—Qué detalle —respondió sin entusiasmo.

—Las pondré en un jarrón —dijo Laurie, cogiéndoselas a Peggy.

—Sí, buena idea.