Manual de señoritas para ganar la guerra 10
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La noche comenzó bien. El entusiasmo de Marigold y Cordelia mientras transformaban a Peggy como si fuera una muñeca de la Cenicienta de tamaño natural resultaba contagioso.

A ella le divirtió ver cómo ambas elegían el vestido perfecto, la ayudaban a recogerse el pelo en un elegante peinado que era «lo último en París» y se empeñaban en aplicarle un poco más de maquillaje del que le habría gustado.

Aun así, para ella no era habitual salir por la noche sintiéndose capaz de atraer la atención de los demás.

Y no pudo evitar que el pulso se le acelerara cuando descubrió que, en efecto, recibía varias miradas al entrar en el Café de Paris.

Naturalmente, Marigold acaparó muchas más y fue saludada por todo el mundo —del portero a la orquesta, pasando por sus compañeros juerguistas— como si fuera una deidad.

Peggy la observó con cierta admiración y una pizca de envidia.

No era que quisiera ser como ella. Más bien sentía curiosidad por saber cómo debía de ser ir por la vida cual cisne deslizándose por un lago.

Había oído hablar del Café de Paris, pero nada la había preparado para su opulento esplendor.

Obviamente, había ido a unos cuantos salones de baile a lo largo de los años, pero este lugar era algo completamente distinto.

Con su resplandeciente interior dorado y su majestuosa escalera doble, era como un diamante perfecto en la corona de una emperatriz.

—Por supuesto, lo maravilloso de esto es que, como nos encontramos en un sótano, estamos a salvo de la Luftwaffe —dijo Cordelia mientras descendían por la escalera.

Peggy iba detrás de ella y de Marigold, y no dejó de advertir que la gente saludaba cordialmente a sus dos amigas mientras que a ella la miraban con recelo.

—No les hagas caso —dijo Cordelia, ofreciéndole uno de los cócteles de champán que tanto le gustaban a Marigold—. Tómate esto. Te animará. Y te sentirás mejor.

Peggy sonrió, sorprendida y agradecida, y le dio un sorbo a su copa.

No pudo evitar hacer una mueca a causa del fuerte sabor de la bebida, pero agradeció la reconfortante sensación que le proporcionaba.

Ayudaba. Un poco. Aun así, no podía quitarse de encima la desagradable sensación de que no encajaba.

Todavía se sentía así en el Ministerio de vez en cuando —ahora un poco menos gracias a la amable tutela de Beecher—, pero aquí, rodeada por las plumas y la opulencia de la gente rica, Peggy se sentía tan fuera de lugar como un cerdo en una carrera de caballos.

Marigold se encontraba en su elemento, claro está, y le presentó a su «pandilla», tal y como la llamaba.

Peggy rápidamente olvidó sus nombres, pero, por lo que podía ver, la «pandilla» consistía en varias jóvenes hermosas y de aire despistado que, en su mayoría, parecían ser primas o parientes lejanas de la propia Marigold o de Cordelia.

—¡Oh, qué graciosa eres! —dijo cuando le reconoció que nunca había cenado en el Ritz a una chica de rasgos delicados que llevaba una gargantilla de perlas adornada con lo que Peggy supuso que era un diamante auténtico—.

Marigold, tenemos que llevar a Peggy a cenar al Ritz de inmediato.

Creo que me moriría si nunca hubiera probado sus filets de poulet au paprika .

Peggy permaneció sentada en silencio, sin participar en las conversaciones que tenían lugar a su alrededor y diciéndose que debía disfrutar de la velada, tal como Flo le había dicho que hiciera.

—Te conviene relajarte un poco, Peg. Diviértete. Tienes tanto derecho a estar ahí como cualquiera —había insistido—. Y, además, Marigold te ha invitado.

Ella sabía que todo eso era cierto, pero al levantar la mirada se dio cuenta de que Marigold parecía haber desaparecido.

Recorrió entonces la sala con la mirada y pronto las vio a ella y a Cordelia bailando en la pista con un par de militares.

Exhaló un suspiro y procuró disfrutar de la música.

La orquesta tocaba una melodía muy animada.

No era de extrañar que prácticamente todo el mundo salvo Peggy estuviera bailando.

Comenzó a seguir el ritmo de la música con el pie y, mientras le daba otro sorbo a su bebida, reparó en varios hombres uniformados que disfrutaban de una noche libre de fatigas.

Eso la llevó a pensar en Joe y se preguntó dónde estaría en esos momentos.

—No creo haber tenido el placer —dijo una voz de repente.

Al levantar la mirada, Peggy vio que su dueño se acercaba más a su edad que a la de Marigold.

Tenía el pelo oscuro salpicado de canas y sus ojos de color azul hielo la examinaban con la intensidad de un coleccionista valorando una pieza—.

Galahad Munro —dijo él, sentándose a su lado sin esperar una invitación.

—Peggy Sparks —dijo ella con una cordial sonrisa.

—¿Detecto un acento?

—Soy de Edenham —dijo ella con toda la audacia de la que pudo hacer acopio.

—Nunca he oído hablar de ese lugar. Tanto da.

Me gustan todas las mujeres, con independencia de su origen —dijo él, acercándose un poco más a Peggy.

Ella notó que se le sonrojaba el cuello y se le secaba la boca, así que cogió su copa y le dio un sorbo—.

Y también las que saben disfrutar de sus bebidas.

Ayuda a relajarse, ¿no le parece? —añadió él al tiempo que deslizaba un brazo por detrás de ella para hacerle sentir su cálido aliento en el cuello.

Peggy lanzó una mirada de pánico a la pista de baile, rezando para que Marigold o Cordelia regresaran y la rescataran, pero estas seguían absortas en la música.

«Piensa, Peggy, piensa —se dijo a sí misma al tiempo que ese tipo pegaba su cuerpo al de ella—.

¿Qué haría Emily?». Antes de tener tiempo de reconsiderarlo, pasó una mano por la mesa y, con un hábil movimiento, volcó el contenido de su copa directamente en el regazo de Galahad Munro.

—¡Qué demonios! —exclamó él, levantándose de un salto como si sus pantalones estuvieran en llamas—. ¡Este es un traje de Savile Row!

—Lo siento muchísimo —mintió Peggy, apresurándose a ponerse en pie y recogiendo sus cosas—. Espero que no sea muy caro limpiarlo. Por favor, discúlpeme, he de ir a coger el tren —dijo por encima del hombro.

Sin mirar atrás a Marigold o los amigos de esta, echó a correr hacia la puerta y salió al aire libre.

Con las mejillas ardiéndole a causa del rubor, miró a su alrededor mientras evaluaba sus opciones.

¿En qué estaba pensando cuando accedió a participar en esta ridícula charada?

Era una idiota. Así de simple. Había permitido que Marigold la convenciera de que sus mundos podían mezclarse felizmente, pero ella sabía que no era así.

Los aviones zumbaban en el cielo y el instinto le dijo que debía dirigirse hacia la estación y buscar un refugio hasta que el bombardeo hubiera pasado.

Giró por una calle lateral y, de golpe, la lanzó al suelo una explosión tan atronadora y aterradora que, por un momento, pensó que se trataba del fin del mundo.

Peggy se incorporó y entrecerró los ojos.

A su alrededor, el humo se arremolinaba como la niebla.

El mundo había enmudecido. Le pitaban los oídos.

Se puso de pie y comenzó a sacudirse el polvo de la elegante ropa.

Por un instante, el silencio perduró como si el mundo estuviera conteniendo el aliento.

Y luego comenzó todo. Los gritos. Los alaridos.

La gente saliendo a la carrera del hotel que había frente al Café de Paris con el rostro lívido a causa del shock. Peggy corrió hacia ellos.

—¿Qué ha sido?

—¿Dónde ha impactado?

—¿De dónde vienen estos gritos?

—De ahí abajo.

—Del Café.

—Oh, Dios mío.

Peggy se dio cuenta después de cómo son los humanos cuando el terror los acomete.

Todos reaccionan justo del mismo modo. Personas a las que normalmente no les prestarías atención se convierten de inmediato en compañeras de armas.

Los desconocidos ayudan a otros desconocidos.

Así sucedía en las guerras. El director del hotel se hizo cargo de la situación y a todo el mundo le pareció bien que así fuera.

—Ya hemos pedido ayuda, pero mientras llega veamos qué podemos hacer. Lleven a los heridos que puedan caminar al hotel, y todo aquel que tenga una linterna que venga conmigo a ver si podemos auxiliar a los que se han quedado atrapados ahí abajo.

—Yo tengo una —dijo Peggy, dando un paso al frente.

El hombre la miró con amabilidad.

—¿Le importaría prestársela a alguno de mis muchachos? No creo que sea seguro o adecuado para una dama bajar ahí.

—Pero...

El hombre se la quedó mirando con ojos suplicantes.

—Parece tener usted la misma edad que mi hija y tampoco me gustaría que ella bajara ahí. Por favor, señorita.

—Está bien —dijo Peggy—. Pero busque a mi amiga, por favor. Se llama Marigold. Estaba ahí abajo bailando y yo...

El hombre le dio unas palmaditas en la mano.

—Intentaré encontrarla.

Los supervivientes estaban comenzando a salir como podían de los escombros con los rostros desencajados por la confusión y el shock.

Por todas partes se veían relucientes vestidos de noche rasgados y almidonadas camisas blancas ensangrentadas y sucias.

Peggy escudriñó entre la multitud en busca de Marigold y distinguió a la joven de la gargantilla de perlas. Echó a correr hacia ella.

—¡Hola! —dijo, deseando haber prestado más atención a su nombre—. ¿¡Estás bien!?

La mujer alzó la cara hacia Peggy y la miró como si pudiera ver a través de ella.

—Esquirlas de cristal como puñales —murmuró.

Peggy reparó en que se agarraba un brazo.

—¿Quieres que le eche una ojeada?

La mujer permitió que Peggy le soltara el brazo delicadamente y esta sintió que la bilis le subía del estómago al ver la gran mancha de sangre en el vestido y el profundo corte que dejaba a la vista el hueso blanco. Respiró hondo y sacó un pañuelo limpio del bolsillo.

—Ten. Necesito que presiones con firmeza el corte y vengas conmigo al hotel para que te venden la herida.

—Qué amable —dijo la mujer, apoyándose en Peggy mientras esta la conducía al otro lado de la calle.

—¿Has visto a Marigold? —preguntó.

La mujer negó con la cabeza.

—Estaba bailando con Cordy. El lugar estaba lleno de humo. No podía ver nada.

«La falta de noticias son buenas noticias», decidió Peggy, ayudando a la mujer a entrar en el vestíbulo del hotel, que rápidamente se había convertido en un hospital improvisado.

Había un grupo de mujeres que ya estaba haciendo todo lo que podía para ayudar a la gente rasgando manteles y servilletas.

Una de ellas se acercó a Peggy.

—Soy una enfermera fuera de servicio. ¿Puedo ayudarla?

—Esta mujer tiene un corte grave. Le he dicho que se presionara la herida con mi pañuelo, pero es muy profundo.

La enfermera ni se inmutó.

—Ven aquí, cariño. Veamos qué podemos hacer por ti.

—Qué amable —volvió a murmurar la joven.

—Tengo que ir a buscar a alguien —dijo Peggy—. Volveré enseguida. —Regresó a la calle justo cuando el director del hotel salía de entre los escombros—. Disculpe —dijo, acercándose a él—. ¿Ha visto a mi amiga?

El hombre levantó la mirada hacia ella con los ojos vacíos y distraídos. Negó con la cabeza.

—¿Cómo? —susurró—. ¿Cómo pueden hacerle algo así a gente inocente? Es inhumano.

Al fijarse en las personas que había detrás de él, Peggy sintió que le invadía el pánico. Un grupo de bailarinas que habían salido ilesas estaban fumando en un rincón. Y ya habían llegado dos ambulancias y un equipo de camilleros había comenzado a sacar a los heridos y los muertos de abajo.

—¿¡Dónde narices están las otras ambulancias!? —gritó uno de los camilleros—. ¡Necesitaremos al menos media docena más para poder ocuparnos de todo esto!

—Por favor —dijo Peggy, echando a correr hacia ellos—. Por favor. Estoy buscando a mi amiga.

—Lo siento, cielo. Todavía no hemos tenido tiempo de identificar a la gente. Primero hay que sacarla. Lo de ahí abajo es una carnicería.

Peggy contempló con estupefacción y horror cómo salían los camilleros de entre los escombros.

Algunos iban con supervivientes y otros con cuerpos cubiertos con manteles o abrigos.

Y entonces salió uno que la dejó helada.

En la camilla yacía un cuerpo cubierto con el abrigo de visón que Marigold había lucido con gran orgullo esa misma tarde.

Peggy corrió hacia la camilla con los ojos llorosos.

—Por favor —dijo a esos camilleros mientras la dejaban en una ambulancia que permanecía a la espera—. Es mi amiga. Le he perdido el rastro cuando he salido del club —les explicó, y comenzó a sollozar.

Uno de los camilleros frunció el ceño.

—No lo creo, cielo. Este de aquí es un hombre. —Levantó un poco el abrigo y dejó a la vista los pantalones de un caro traje de Savile Row.

—¡Oh! —dijo Peggy, retrocediendo un paso.

—¿Peggy? —oyó entonces que decía una voz. Al volverse, vio a Marigold mirándola desde una ambulancia que estaba a la espera mientras sostenía una servilleta hecha una bola y ensangrentada sobre la herida que tenía en la cabeza.

—¡Marigold! —exclamó, corriendo hacia ella—. ¡Gracias a Dios que estás bien!

Esta la miró como si pudiera ver a través de ella.

—Cordy ha muerto —susurró mientras las lágrimas comenzaban a caerle por las mejillas.

—¡Oh, Marigold! ¡Lo siento mucho!

—¡Apartaos, por favor! —dijo el conductor, acercándose a la ambulancia en la que estaba Marigold para cerrar la puerta—. Nos marchamos.

—¿Puedo ir con ella? —preguntó Peggy.

El conductor negó con la cabeza.

—Lo siento, cielo. No hay espacio. Vamos a llevarlos al St. Thomas, pero su amiga debería estar en condiciones de volver a casa mañana. Solo necesita unos puntos.

Marigold se quedó mirando a Peggy mientras se enjugaba las lágrimas. Luego cerró los ojos y volvió la cabeza a un lado. Se la veía pequeña e indefensa y parecía necesitar algo más que unos puntos.

—¡Adiós, Marigold! ¡Te cuidarán bien! ¡Nos veremos pronto! —exclamó Peggy mientras cerraban las puertas de la ambulancia, y no pudo evitar sentirse completamente inútil y absolutamente devastada.