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—Sí, por supuesto. Lo siento. La pasaré a limpio de inmediato —dijo Peggy, sonrojándose mientras Marigold y Cordelia seguían parloteando como loros emocionados.
Peggy acabó el acta en un santiamén y, como no tenía muchas ganas de ponerse con el folleto sobre el pelo de perro, decidió en cambio concentrar sus esfuerzos en el informe que Beecher le había solicitado.
Metió una nueva hoja de papel en el rodillo de su máquina de escribir, deslizó el carro a la izquierda y, juntando las puntas de los dedos de las manos, se quedó mirando la hoja en blanco que tenía delante mientras consideraba cómo titular el informe.
«Despachos desde el sudeste de Londres» le sonaba algo altisonante y «Reflexiones de una chica del sudeste de Londres» demasiado vago.
Les echó un vistazo a las fotografías que Marigold había hecho de su familia y recordó lo preocupadas que estaban todas por Joe, el modo en que se las apañaban para alargar las raciones y cómo sobrevivían a los bombardeos y los apagones.
Lo único que intentaban hacer era vivir día a día, sobrellevar la guerra, y lo hacían con toda la alegría y determinación de la que eran capaces.
Eso era lo que Peggy quería contar. La historia de la gente que amaba y a la que echaba de menos.
Quería contar su versión de los acontecimientos y, en el fondo, sabía que se trataba de una versión que compartía con muchas otras jóvenes.
Puede que tan solo el señor Beecher fuera a leerlo, pero no le importaba.
Al ponerlo por escrito, estaba convirtiéndolo en algo, y eso le bastaba.
Sintió un escalofrío de emoción al colocar los dedos sobre las teclas y comenzar a teclear: Manual de señoritas para sobrevivir a la guerra , por Peggy Sparks.
Era media tarde cuando Wallace Dalton apareció en su departamento.
—¡Peggy Sparks, ladrona de cucharillas y corazones! Y señorita Cecily, ¡qué alegría tan sublime supone siempre verla! —dijo Dalton, haciéndoles una reverencia a ambas—. Hola también a usted, Sheldrake —añadió finalmente, como si acabara de reparar en él.
—¿Podemos ayudarle en algo, señor Dalton? —dijo Sheldrake con cierta tirantez.
—Bueno, querido amigo, la cuestión es más bien cómo puedo ayudarles yo a ustedes. Resulta que me han trasladado a su departamento.
—¿En serio? —preguntó Sheldrake sin intentar ocultar su irritación.
—En serio —contestó Dalton, sentándose pesadamente en el escritorio ahora vacío del señor Fairchild—.
Y tengo muchas ganas de ponerme a trabajar —añadió mirando a Peggy y Marigold con una amplia sonrisa.
Peggy observó cómo coqueteaba con Marigold, que estaba pendiente de cada una de sus palabras.
A Peggy le parecía encantador, pero había algo en él que no le gustaba.
Se mostraba un poco demasiado seguro de sí mismo.
«Es un creído —habría dicho su abuela—. Y no deberías confiarle ni tu dinero ni tu corazón».
Peggy se quedó hasta tarde para terminar su informe.
Incluso Sheldrake se fue a casa antes que ella, dejándola disfrutar a solas del silencio y, ocasionalmente, del confuso murmullo del señor Beecher al teléfono detrás de la puerta cerrada de su despacho.
Ensimismada en la escritura, los dedos de Peggy se deslizaban con rapidez sobre las teclas.
Cuando hubo terminado, releyó las páginas con serena satisfacción.
Había querido ser honesta y mostrar la vida tal y como realmente era para la gente como ella.
En esas páginas, hablaba sobre el lugar en el que vivía y describía la biblioteca, el barrio y los vecinos, que cuidaban unos de otros.
Contaba historias de sus paseos con su abuela y su perro, Badger, sus conversaciones con Joe y lo mucho que lo echaba de menos.
Describía a Nancy rezando cada noche junto a su cama para que su padre regresara sano y salvo, y a Flo, cada día más pálida a causa de la preocupación.
Explicaba que su madre hacía largas horas de cola para conseguir raciones de lo más escasas pero que, aun así, se las arreglaba para alimentarlos como reyes.
La suya no era una historia inusual. De hecho, era la de millones de mujeres que vivían la guerra a lo largo y ancho del Reino Unido, fuera en Londres, Mánchester, Liverpool, Bristol, Cardiff o quién sabía en qué otros lugares más.
Mujeres que luchaban y sobrevivían no en los campos de batalla, sino en los propios patios traseros de sus propias casas.
Al terminar, Peggy apiló las hojas y se recostó con orgullo.
De repente, se percató de que alguien entraba en la oficina y, al volverse, vio que la señora Pyecroft estaba de pie en la puerta.
—¿El señor Beecher todavía está en su despacho? —preguntó.
—Eh, sí, aún no se ha marchado —dijo Peggy, poniéndose de pie—. Soy Peggy Sparks, por cierto.
La señora Pyecroft la miró de arriba abajo como sopesando si merecía la pena contestarle.
—Encantada de conocerla, señorita Sparks —dijo finalmente, y, tras llamar con los nudillos a la puerta del señor Beecher, desapareció en su despacho en cuanto oyó un gruñido que la hizo pasar.
—Igualmente —dijo Peggy cuando la puerta ya estaba cerrándose, intrigada por esa mujer misteriosa.