9 #2
—Algo por lo que solo puedo pedir disculpas. Además, nuestro Gobierno se ha obsesionado un poco con la llamada quinta columna y quiere animar al país a «ser como papá: mantener a mamá y la boca cerrada», un eslogan que enfurece a la señora Beecher casi todas las noches.
—Mi madre dijo que desearía que mi padre todavía estuviera vivo para mantenerla.
—De nuevo, solo puedo pedir disculpas. Por eso quería que habláramos.
Tengo la sensación de que está usted más en contacto con lo que la gente realmente piensa que mi superior, Lord Candleford.
Me preguntaba, pues, si estaría dispuesta a escribir un informe semanal con sus opiniones sinceras.
Sería únicamente para uso interno del departamento, pero creo que podría ayudarnos a comprender mejor qué información debemos ofrecerle al público.
—¿Quiere decir algo como mi diario del proyecto de Observación de Masas?
—Exacto. Soy consciente de que se trata de la opinión de una única mujer, pero he leído su diario y tengo la sensación de que sus pensamientos y sentimientos son parecidos a los que se repiten a lo largo y ancho del país.
También me he dado cuenta de que una gran cantidad de nuestras campañas van dirigidas a una audiencia básicamente masculina y de que estamos descuidando en cierta medida a las mujeres, quienes, seamos honestos, trabajan como troyanas en favor del esfuerzo bélico. ¿Qué opina?
—Estaría encantada de ayudar en todo lo que pueda, señor.
—Espléndido —dijo Beecher—. Gracias, señorita Sparks. Obviamente, será remunerada adicionalmente en su salario tanto por esto como por la competencia con la que ha sustituido a la señorita Cecily.
—Gracias, señor.
Estaban a punto de marcharse cuando la puerta de la sala se abrió de golpe y apareció Longforth con Lear detrás.
—¡Ah, Beecher! ¡Aquí es donde estaba escondido! —dijo, ignorando por completo la presencia de Peggy. Miró las estanterías que los rodeaban—. Pobrecillos, relegados a esta cueva de viejas reliquias. Aunque claro... —añadió, mirando de reojo a Lear, que soltó una risita ante el velado insulto.
—Longforth —dijo Beecher—. ¿Qué puedo hacer por usted? Estamos algo ocupados publicando panfletos superventas y levantando la moral de nuestros compatriotas, así que, lamentablemente, no tenemos demasiado tiempo para charlas ociosas. —Deslizó un ejemplar de La batalla de Gran Bretaña por la mesa.
Peggy percibió la pizca de irritación que asomó fugazmente en la expresión de Longforth antes de ser reemplazada por una sonrisita de suficiencia.
—Bueno, esa es exactamente la razón por la que estoy aquí, querido amigo.
Verá, los mandamases están muy agradecidos por estos pequeños panfletos que ha producido su sección del departamento, pero Lord Candleford en persona ha decretado que, a partir de ahora, seamos nosotros los encargados de supervisar este programa de publicaciones en particular.
Obviamente, podrá usted seguir produciendo otras publicaciones más rudimentarias como folletos para el Servicio Voluntario Femenino, consejos para evitar las chinches en los refugios antiaéreos, etcétera.
Un trabajo igualmente fundamental, sin duda —dijo, mirando de reojo a Lear.
Beecher frunció el ceño con furia.
—¿Cuándo se ha decidido eso?
Longforth adoptó una expresión dubitativa.
—¿Cuándo fue, Lear? ¡Ah, sí, anoche, mientras tomábamos unas copas en el club!
—añadió, dedicándole a Beecher una mirada compasiva—.
Es una pena que no sea usted miembro. Se toman muchas decisiones importantes durante esas veladas.
En cualquier caso, he preferido venir a darle la noticia personalmente.
No quería que se enterara por terceras personas del Ministerio.
—Beecher se lo quedó mirando en completo silencio—.
Bueno, esto es todo, viejo amigo. Como decía usted antes, no hay tiempo para charlas ociosas cuando hay superventas que publicar y morales que levantar.
¡Hasta luego! —añadió, y se marchó acompañado por un Lear que no dejaba de reír por lo bajo.
Peggy quería ofrecerle algunas palabras de consuelo y decirle que no se preocupara por esos tipos insufribles con sus aires de superioridad y sus contactos adinerados, pero se dio cuenta de que Beecher no quería hablar sobre ello.
En vez de eso, el hombre optó por recoger sus papeles y conducirla hacia la puerta.
—Siempre adelante, señorita Sparks —dijo él, sin añadir nada más.
—Siempre adelante —contestó ella.
Al regresar al departamento, Peggy reparó en que la puerta del despacho de la misteriosa mujer estaba abierta. Vio entonces que su escritorio se hallaba inmaculadamente ordenado y que estaba leyendo un documento con unas gafas de montura de carey. Levantó la mirada.
—¡Señor Beecher! —exclamó la mujer—. ¿Tiene un momento, por favor? —Peggy detectó un leve acento en su forma de hablar.
—Por supuesto, señora Pyecroft —dijo él, entrando en el despacho y cerrando la puerta tras de sí.
«Pyecroft». De modo que así se llamaba. Peggy se devanó los sesos tratando de recordar si había oído antes ese apellido, pero su trabajo detectivesco se vio interrumpido por la repentina aparición ante ella de Marigold. Estaba tan emocionada como una niña en una tienda de dulces.
—¡Aquí estás, Peggy! ¡Estaba deseando verte! Mira, ya tengo las fotografías de Navidad. Ven a verlas.
Peggy se acercó a su escritorio y se quedó asombrada por lo que vio.
Marigold había conseguido capturar a la perfección a todos los miembros de su familia.
Nancy sonreía con ojos brillantes y resplandecientes mientras Emily y Dulcie se reían a carcajadas y Alice permanecía sentada en su viejo sillón con una taza de té y una expresión de satisfacción en el rostro.
—¡Son increíbles, Marigold!
—¡No quiero parecer inmodesta, pero ya lo sé! Han salido mejor incluso de lo que esperaba. Ten. Estas son para ti. —Le tendió a Peggy un juego más pequeño de fotografías en blanco y negro—. Pensaba que tal vez podrías enviarle algunas a Joe.
—Gracias, Marigold. Es muy amable de tu parte.
—¡Ah, señorita Cecily! Qué bien que haya decidido unirse al fin a nosotros —dijo Beecher, que acababa de salir de la reunión—. ¿Cuál es la excusa hoy? ¿El camarero del Savoy ha tardado más de lo habitual en traerle su café matutino?
—Lo siento, señor Beecher —dijo Marigold—. No volverá a suceder.
—Ojalá fuera cierto —repuso él con un suspiro de cansancio.
—¿Señor Beecher? —dijo Peggy. Cuando él se volvió, ella le tendió las fotografías de Marigold—. Creo que debería ver esto. Me preguntaba si quizá podríamos aprovechar alguna vez el talento fotográfico de la señorita Cecily.
Él estudió las fotografías en silencio, enarcando las cejas con sorpresa.
—Vaya, parece que en este departamento se esconde un tesoro oculto de talento. Gracias por mostrármelas, señorita Sparks. Ya le avisaré si surge alguna oportunidad.
Marigold cogió a Peggy del brazo mientras él desaparecía en su despacho.
—Eres maravillosa, Peggy. Yo nunca habría tenido el valor de enseñárselas. Gracias.
—Eres muy buena fotógrafa —dijo Peggy—. Te lo mereces.
—Yo no me haría demasiadas ilusiones —dijo Sheldrake—. Nadie va a robarle la corona a Cecil Beaton.
Marigold se mostró horrorizada.
—Como si fuera a atreverme a ello. Además —añadió, guiñándole un ojo a Peggy—, si se lo pidiera, Cessie seguramente la compartiría conmigo.
—Cessie... —murmuró Sheldrake, negando con la cabeza.
—¡Yuuujuuu! —exclamó una voz desde la puerta. Al volverse, vieron que Cordelia venía hacia ellos vestida con un peto de color salvia y una blusa de satén de color miel.
—¡Cordy, querida! —exclamó Marigold, juntando las manos con alegría—. Tienes un aspecto fabuloso.
Cordelia hizo una pose de estrella de cine.
—Si es un look suficientemente bueno para las chicas del Cuerpo Femenino de Trabajadoras Agrícolas, también lo es para mí —dijo ella riéndose entre dientes. Luego se volvió hacia Peggy—. ¿Has visto las fotografías de M.? ¿A que son geniales?
—Son maravillosas —respondió ella.
—¿Sabes qué ha hecho Peggy? —dijo Marigold—. Se las ha enseñado a Beecher y al jefe le han gustado. Dice que tal vez podría incluso usar algunas en nuestras publicaciones.
Cordelia se quedó mirando un momento a Peggy antes de darle un fuerte abrazo.
—Gracias, querida Peggy. Llevo años diciéndole a M. lo talentosa que es. Se merece el reconocimiento.
—En realidad no he hecho nada —murmuró Peggy.
—Tenemos que celebrarlo —dijo Cordelia—. Este sábado, M. y yo vamos a ir al Café de Paris con un grupo de amigos. Has de venir con nosotras.
—¡Es una idea genial! —dijo Marigold—. Luego puedes quedarte a dormir en mi casa si quieres.
Cordy siempre lo hace. —Peggy se quedó momentáneamente sin palabras.
Ya se había acostumbrado a trabajar con Marigold e incluso le había cogido cariño, pero le costaba imaginarse a sí misma socializando con ese grupo de jóvenes ricachones.
Marigold se desanimó al advertir su vacilación—. No quieres. Lo entiendo.
—No —dijo Peggy—. No es eso. Es solo que... —Por más que se esforzaba, su mente no conseguía encontrar las palabras adecuadas—. No tendría nada que ponerme.
—Yo podría dejarte algo. O Cordy.
—Por supuesto —dijo esta, examinando a Peggy—. Tengo un vestido de noche con lentejuelas de color verde esmeralda que te quedaría perfecto.
Peggy se encogió ante el escrutinio de ambas. No sentía el menor deseo de ir con ellas, pero no sabía cómo negarse sin parecer maleducada.
—¡Oh, bueno, está bien! —soltó finalmente.
—Genial —dijo Marigold, juntando de nuevo las manos con alegría—. Nos lo pasaremos en grande.
—Lamento interrumpir la discusión acerca de sus vitales compromisos sociales, señorita Sparks, pero ¿hay alguna posibilidad de que pueda tener el acta de la reunión antes de la hora del almuerzo? —preguntó Sheldrake.