9
La mujer llegó sin presentación ni aviso previo y ocupó el despacho que había junto al de Beecher.
Peggy la vio por la puerta entreabierta al llegar por la mañana.
Era delgada, llevaba el pelo oscuro recogido en un prieto moño y daba la impresión de ser alguien a quien no convenía llevarle la contraria.
Alzó la vista del escritorio cuando Peggy pasó por delante del despacho, pero ni pareció reparar en su presencia ni le ofreció saludo alguno.
De hecho, se levantó sin establecer contacto visual y cerró la puerta en silencio.
—¿Quién es esa mujer que está en el despacho contiguo al de Beecher? —le preguntó a Sheldrake mientras se quitaba el abrigo.
Este levantó la mirada del documento en el que estaba concentrado.
—No tengo la menor idea. Alguna secretaria que nos han endosado procedente de otra planta, seguramente. Siempre están trasladando a la gente de un lado a otro. Y algunos se quedan durante mucho tiempo —dijo, echando una mirada en dirección a Fairchild.
—Buenos días, señor Fairchild —dijo Peggy.
—Ah, mi querida señorita Sparks. ¿Cómo está hoy? ¿Ha recibido noticias desde el frente de nuestro querido muchacho?
—Nada desde que me escribió cuando estaba en el desierto.
Peggy hacía lo posible por seguir el consejo de su abuela según el cual «la falta de noticias son buenas noticias», pero resultaba difícil seguir siendo optimista semana tras semana.
Había decidido, pues, volcar todos sus esfuerzos en el trabajo porque sentía que era la única forma en la que podía ayudar a Joe.
Siempre que recibía una carta suya, su determinación se fortalecía.
—Hace que desee tener diez años menos para poder unirme a él —dijo Fairchild.
—Tenga cuidado con lo que desea —dijo Sheldrake—. Como amplíen el rango de edad está usted perdido.
—Estoy dispuesto a sacrificarme por el bien común —dijo Fairchild, inclinando la cabeza con elegancia.
—Se lo comerían con patatas —comentó Sheldrake antes de volverse hacia el escritorio vacío de Marigold—.
Bueno, señorita Sparks, parece que hoy tendrá que volver a encargarse de tomar acta en la reunión del departamento con el señor Beecher, aunque me atrevo a decir que ya está acostumbrándose a ello.
Peggy se encogió de hombros.
—No me importa. ¿Se unirá a nosotros, señor Fairchild?
Él hizo una afectada reverencia.
—Donde usted vaya yo la seguiré, mi señora.
—Buenos días —dijo Beecher cuando se reunieron en una de las salas más pequeñas.
Estaba llena de vitrinas repletas de libros antiguos de tonos escarlata, bermejo y jade, lo cual siempre alegraba el espíritu de Peggy—.
En primer lugar, quiero darle las gracias a Peggy por sustituir a la señorita Cecily una vez más.
—Ella lo miró y sonrió—. Y ahora, al grano.
Señor Sheldrake, ¿qué noticias hay sobre el panfleto de La batalla de Gran Bretaña ?
Los ojos de Sheldrake se iluminaron mientras hablaba.
—Se han vendido trescientos mil ejemplares hasta la fecha, señor, y hemos recibido comentarios muy positivos tanto del público como de los libreros británicos.
—Esta mañana yo lo he visto en un expositor del quiosco W. H. Smith de la estación —dijo Peggy con orgullo—. Dos hombres han comprado cada uno un ejemplar junto con sus periódicos matutinos.
—Excelente —dijo Beecher—. Felicidades a todos. Aunque, claro, es crucial que no nos durmamos en los laureles, así que hablemos de los próximos proyectos. Señor Fairchild, ¿qué tiene para nosotros?
Este levantó la mirada del libro de sonetos de Shakespeare que estaba hojeando con la ingenua curiosidad de un niño que contempla el mundo que le rodea. Cerró el ejemplar y, tras dejarlo en la mesa con deliberado cuidado, posó la mirada en cada uno de los asistentes antes de hablar.
—El Bardo —dijo, llevándose una mano al pecho y exhalando un suspiro reverencial.
Beecher parpadeó con impaciencia y trató de adoptar una expresión alentadora.
—El Bardo.
El señor Fairchild se tapó la boca con la mano como si tratara de contener la emoción antes de proseguir.
—El Bardo es quien tiene todo lo que necesitamos para motivar, inspirar y galvanizar a la nación.
—Ajá —dijo Beecher—. El problema, querido Fairchild, es que lleva usted seis meses prometiéndonos escribir algo sobre el Bardo.
El afable rostro de Fairchild se contrajo en una mueca de disgusto.
—Me temo que me cuesta ser creativo bajo presión y que la guerra me ha vuelto un tanto irritable.
Beecher enarcó las cejas.
—Entiendo su problema. El mío, sin embargo, es que necesito producir publicaciones que contribuyan al esfuerzo bélico del país, y la incapacidad de hacerlo puede volverme algo irritable a mí.
El señor Fairchild iba asintiendo, pendiente de cada una de las palabras de su superior.
—Lo comprendo, señor Beecher, de veras que lo hago, pero me temo que tengo las manos atadas creativamente.
Beecher se volvió hacia Peggy.
—Señorita Sparks, ¿podría tomar nota, por favor, de que el señor Fairchild solicita el traslado a otro departamento, preferiblemente uno en el que no se requiera su creatividad? Sugeriría el de Religiones o quizá Imperio.
—¡Oh! —dijo Fairchild con aire desolado—. Pero este departamento me gusta.
—Y a nosotros nos gusta usted, señor Fairchild, pero estaría haciéndole un flaco favor tanto a usted como al Ministerio si lo mantuviéramos prisionero aquí cuando está claro que podría usted prosperar más en otro lugar.
Fairchild se mordió el labio.
—Si cree que es lo mejor...
—Lo hago, señor Fairchild, y aprovecho la oportunidad para agradecerle todos sus esfuerzos. —Beecher se puso de pie y le ofreció una mano; el subordinado no tuvo más remedio que hacer lo mismo—. Adiós, señor Fairchild.
Luego este se alejó lentamente hacia la puerta y se detuvo antes de salir.
—Bueno, adiós a todos, pues. —Peggy se despidió alegremente de él con un gesto. Le había cogido cariño a la serena presencia de Fairchild a pesar de que, como diría su abuela, era «tan útil como una tetera hecha de queso».
—Esta es la razón por la que no me gustan los escritores —dijo Beecher cuando Fairchild ya se había marchado—. Y por eso es todavía más triste que, A, yo fuera uno, y, B, tenga que lidiar con ellos a diario. Bueno, Sheldrake, ¿qué más cuestiones hay en el orden del día?
Este se aclaró la garganta.
—Al Servicio Voluntario Femenino le gustaría un folleto sobre cómo tejer con pelo de perro.
Beecher alzó la mirada al cielo.
—Que Dios nos ayude a todos.
Al terminar la reunión, Beecher se volvió hacia Peggy.
—Señorita Sparks, ¿le importaría quedarse un momento, por favor? Me gustaría hablar un segundo con usted.
—Por supuesto. —Ella reparó en que Sheldrake permanecía en su asiento mientras todos los demás se marchaban de la sala.
Beecher también lo advirtió.
—Usted puede irse, señor Sheldrake. Lo que tengo que hablar con la señorita Sparks no le concierne.
—Oh —dijo él, sonrojándose—. Volveré a la oficina, pues.
—Buena idea —dijo Beecher, y se volvió hacia Peggy en cuanto Sheldrake se hubo marchado—. Bueno, señorita Sparks, ¿cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
—Poco más de un año, señor.
—¿Y le gusta lo que hace?
—Sí, mucho. Disfruto trabajando en los folletos. Tengo la sensación de que suponen una importante contribución al esfuerzo bélico.
A Peggy le sorprendió lo fácil que resultaba hablar con Beecher.
Supuso que se debía al discreto respaldo que él solía ofrecerle y al hecho de que, a diferencia de la mayoría de sus colegas, escuchaba lo que su equipo tenía que decir.
Admiraba la forma en que él se comportaba y era consciente de que había influido en el modo en que lo hacía ella.
Su abuela había sido la primera en darse cuenta.
—Hay algo distinto en ti, Peggy Sparks —dijo una tarde, mirando a su nieta con los ojos entornados.
—¿Ah, sí? —dijo Peggy, a sabiendas de que su abuela no siempre reaccionaba bien a los cambios. Le había costado unos buenos diez años aceptar que la reina Victoria había muerto.
—Sí —dijo Emily asintiendo con decisión—. Transmites más seguridad en ti misma. Me gusta.
—Es todo un elogio, Peg —dijo su madre guiñándole un ojo.
—Me alegro de que disfrute del trabajo, señorita Sparks —dijo Beecher—, pero voy a ser franco con usted. Tengo la sensación de que está desaprovechada. He detectado que posee usted una mente aguda que podría emplearse de forma más productiva.
—Supongo que se me ha encogido un poco el corazón cuando el señor Sheldrake me ha encargado que escribiera ese folleto sobre cómo tejer con pelo de perro.
—Me lo imagino. Por supuesto, todos debemos realizar tareas menores de vez en cuando. Pero estas serían algo más llevaderas si se alternaran con otras más interesantes. ¿No le parece?
Peggy se enderezó en su silla.
—Sí, señor.
—Bien. Bueno, que Dios me ayude si Sheldrake se entera de que se lo he contado primero a usted...
—Su secreto está a salvo conmigo, señor Beecher.
Una sonrisa arrugó su expresión.
—Me alegro de oírlo. Sé de buena tinta que se avecinan cambios en el Ministerio.
Estoy seguro de que no hace falta que le diga que las operaciones que se llevan a cabo en él se han gestionado de un modo algo deficiente desde el inicio de la guerra.
Tres ministros en poco más de un año son dos de más, y no me hace gracia que la prensa coree «Shh, shh, ríe solo si te atreves, otro nuevo ministro se ha caído por la escalera» en cada rueda de prensa desde mayo del año pasado.
Además, nada más lejos de mi voluntad que criticar a nuestro ministro, pero nunca ha conseguido quitarse de encima ese histérico artículo titulado «Los fisgones de Cooper», que pintó al Ministerio de un modo muy desfavorable y ha obstaculizado en cierta medida nuestros esfuerzos.
—Mi vecino no deja de acusarme de escuchar sus conversaciones en la línea compartida —le dijo Peggy.