Manual de señoritas para ganar la guerra 8 #3
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—Perfecto —murmuró Peggy mientras Marigold juntaba las manos dando una palmada y todas las demás reían—.

Simplemente perfecto. —Observó con los brazos cruzados cómo Marigold tenía a su familia completamente hechizada.

Flo, Emily, Dulcie y Nancy permanecían sentadas al borde del sofá de color verde pálido del salón de estar mientras Marigold las entretenía con anécdotas de los famosos a los que había conocido.

—¿Y cómo es Greta Garble? —le preguntó Dulcie.

—Se llama Greta Gar-bo —la corrigió Nancy.

—Eso es lo que he dicho —insistió Dulcie.

Los ojos de Marigold relucieron.

—Un encanto. Para nada como cabría esperar. Muy simpática. Creo que le gusté.

—Parece que le gustas a todo el mundo —murmuró por lo bajo Peggy.

De repente, notó que su madre entrelazaba un brazo con uno de los suyos.

—¿Vienes a ayudarme con el almuerzo? —Peggy siguió a su madre a la cocina. Alice abrió el horno y sacó una tarta dorada.

—Tiene buen aspecto, mamá.

—Sin duda, Lord Woolton se sentiría orgulloso —dijo Alice con satisfacción, y luego se volvió hacia su hija—. Sabes que no tienes por qué sentirte celosa de Marigold, ¿verdad?

Peggy cogió un paño y comenzó a secar los cubiertos.

—Ya lo sé. Es solo que me gustaría tener el dinero necesario para poder comprarle a Nancy una muñeca como esa, y también una cesta elegante para nosotras.

Alice cogió una olla que había sobre la encimera y se la tendió a su hija.

—Puedo asegurarte, Peggy Sparks, que no quiero que malgastes tu dinero en paté de liebre. Ya sabes que en mis tostadas solo quiero mermelada de ciruela. —Miró a los ojos a su hija y comenzó a reír.

—¿Quieres decir con eso que no te gustaría que te llevara al Savoy a tomar champán y caviar? —preguntó Peggy.

Alice soltó una risa ahogada y le colocó a su hija un mechón detrás de la oreja.

—Lo único que quiero es que mi familia esté feliz y a salvo —dijo, mirando de reojo la fotografía de Joe elegantemente vestido con su uniforme—. Eso es lo único que quiere cualquier madre.

Peggy la abrazó mientras una estruendosa carcajada resonaba en el salón.

—Vamos, hay que ir a alimentar a las tropas —dijo Alice.

Peggy tenía que admitir que disfrutó de la Navidad más de lo que habría imaginado. Era difícil no dejarse seducir por Marigold Cecily, sobre todo teniendo en cuenta que les regaló a todas jabón Yardley y que trajo una botella de brandy francés.

—Liberada del mueble bar de mi padre —dijo guiñando un ojo—. Nunca se enterará.

Después del almuerzo, se sentaron alrededor de la radio para escuchar el discurso del rey.

Peggy reparó en que su madre se enjugaba una lágrima con un pulgar cuando el monarca habló de «la tristeza de la separación» y de las fuerzas que «vigilan los oscuros mares o persiguen al enemigo vencido en el desierto libio», mientras Flo miraba a Charlie con los ojos empañados, Nancy abrazaba fuertemente a su muñeca y Emily miraba fijamente hacia delante con la barbilla alzada en silenciosa determinación.

Cuando el discurso hubo terminado, Emily fue a buscar seis vasos pequeños y sirvió en todos un trago de brandy. Luego alzó su vaso.

—¡Por aquellos que no pueden estar con nosotras! ¡Que Dios los bendiga!

—Que Dios los bendiga —murmuraron las demás en respuesta.

Peggy le dio un sorbo al brandy sin poder evitar una mueca de desagrado mientras Marigold se ponía de pie.

—Me gustaría proponer un brindis. Gracias por haberme acogido en vuestra casa. Es maravilloso formar parte de una Navidad en familia.

—¿Cómo es la Navidad en tu casa? —preguntó Nancy—. ¿Tienes un mayordomo que te sirve la cena y doncellas elegantes que te peinan?

—Algo así —dijo Marigold con aire nostálgico—. Pero creo que vuestra Navidad es mucho mejor. Está llena de... —su voz se fue apagando como si buscara la palabra adecuada— amor.

Peggy notó que su madre le colocaba una mano en el hombro mientras Emily se quedaba mirando un momento a la invitada antes de llenarle el vaso de nuevo.

—Bébete eso, Lady Marigold. Puede que ya no lo llames amor cuando empecemos con los juegos de salón. Aquí donde la ves, Dulcie no se anda con bromas cuando juega a «¿Estás ahí, Moriarty?».

—¿¡Podemos jugar primero al «Asesino guiñador»!? —preguntó Nancy, dando saltitos de un pie a otro—. ¿Por favor?

—Iba a preguntaros si no os importaba que tomara algunas fotografías —dijo Marigold—. He traído mi cámara.

—¡Oh, hazme una a mí, por favor! —dijo Nancy, irguiendo la espalda.

—Bueno, si os parece bien podría tomar unas cuantas fotografías de todas mientras jugáis.

—Es muy buena fotógrafa —admitió Peggy. Alice la recompensó con una amable sonrisa.

—Gracias, Peggy —dijo Marigold.

—No sé muy bien por qué quieres sacarnos fotos, pero, si traes una botella de brandy a casa, por mí puedes hacer lo que quieras —dijo Emily, llenando de nuevo su vaso y el de Dulcie.

—Me lo he pasado maravillosamente bien, Peggy —dijo Marigold un poco más tarde mientras ayudaba a su amiga a fregar los platos—. Gracias por invitarme.

Peggy le pasó un plato para que lo secara y a continuación sumergió otro en el agua jabonosa.

—No me gustaba la idea de que pasaras la Navidad sola.

Marigold se quedó callada un momento.

—Sé que no congeniamos demasiado cuando nos conocimos.

—Bueno... —comenzó a decir Peggy.

—No, no pasa nada. Sé la impresión que a veces causo. Puedo resultar terriblemente molesta. Mi madre siempre me lo dice. Pero me alegro de haberte conocido, Peggy. Lo cierto es que no hay mucha gente que me vea tal y como soy realmente, pero creo que tú sí.

Peggy se volvió hacia ella.

—Creo que estoy comenzando a hacerlo.

Marigold secó el plato que sostenía y lo dejó a un lado.

—¿Estás muy unida a tu hermano?

Peggy asintió mientras enjuagaba un cuenco y luego se lo daba.

—Siempre me ha protegido, desde que era pequeña. Y nos lo contamos todo. Eso lo echo mucho en falta.

Marigold levantó la mirada hacia las fotos que había en la estantería junto a la ventana.

—¿Este es Joe?

—Sí. Y el que está a su lado es mi padre. Murió en la Primera Guerra Mundial.

—Lo siento.

Peggy se encogió de hombros.

—Miles de personas perdieron a sus padres, hermanos y seres queridos en esa guerra. Solo espero que podamos ponerle fin a esta antes de que eso vuelva a suceder.

Marigold le sostuvo la mirada.

—Yo también lo espero.

—¿Tienes algún hermano o hermana? —le preguntó Peggy.

Marigold vaciló antes de contestar:

—No. Soy solo yo.

—¿Y dónde pasan la Navidad tus padres? —dijo Peggy, preguntándose por qué su madre no querría estar con su única hija.

—En Escocia. A mi madre le gusta ir a montar a caballo o a pasear con sus perros. —Peggy reparó en que Marigold no mencionó para nada a su padre y que su espíritu efusivo y entusiasta había sido reemplazado por un aire melancólico—. No me importa. La verdad.

—Bueno, me alegro de que estés aquí —dijo Peggy, sin terminar de creerla—. Sobre todo por tu ayuda con los platos. —Marigold se rio.

Alice apareció en la puerta de la cocina.

—Tu abuela y Dulcie están roncando como una pareja de elefantes, y Flo se ha llevado a Charlie y a Nancy a dar un paseo, así que voy a aprovechar este momento de paz para relajarme y tomar una taza de té. ¿Alguien quiere una?

—Siéntate, mamá. Ya te la traeré yo —dijo Peggy.

Alice se inclinó para darle un beso en la mejilla a su hija.

—Eres un ángel, Peg.

Marigold contempló cómo se marchaba y luego se volvió hacia Peggy.

—Tienes suerte de tener una madre así.

Peggy sonrió mientras le tendía a Marigold el último plato para secar.

—Lo sé —dijo.

Enero de 1941

Querida Peg:

Gracias por tu carta. Lamentablemente, el paquete llegó aplastado y casi todo lo que iba dentro se había estropeado.

Aunque los calcetines de la yaya se secarán, eso sí.

No se lo digas a Nancy, porque no quiero que piense que no recibí su tarjeta de Navidad.

Me quedé un poco triste por ello, pero Albert compartió la tarta que le había enviado su madre.

No era tan buena como las de la yaya, pero eso no se lo dije, claro.

Perdona si parezco un quejica, pero la Navidad es dura cuando estás lejos de tu familia, y todavía más cuando quieres a tu familia tanto como yo a la mía.

Me alegro de que tuvieras unas buenas fiestas, (¡en serio!).

Qué curioso que Lady Marigold pasara el día en casa.

Parece buena gente, con todos esos regalos que os trajo.

Seguro que Nancy estaba en el séptimo cielo con la muñeca, ¡y lo mismo la yaya con el brandy !

Esta es la primera oportunidad que he tenido de escribirte desde ya hace un tiempo.

Nos concedieron un par de días de permiso cuando desembarcamos y pudimos dormir dos noches en barracones, lo cual fue una bendición, ya que ahora estamos en el desierto.

Es duro, aunque no me importa dormir bajo una lona.

La arena se mete en todas partes, sobre todo cuando hay tormentas.

Albert no deja de bromear con que nuestras raciones no son más que pan con arena, haciendo que todos nos riamos a pesar de nuestras quejas.

Cuéntale esa broma a Nancy, sé que le hará gracia.

Ella es en quien pienso cuando me acuesto en la tienda, pues siempre decía que quería ir de acampada.

Cuando esté en casa, cumpliré su deseo y me la llevaré a ella y a Charlie tan pronto como tenga la oportunidad.

Porque estoy decidido a regresar a casa, Peg.

Ese pensamiento es lo que me da fuerzas para seguir adelante.

También pienso en ti cuando llego a sitios como ****** porque sé que te encantaría visitarlo y me muero de ganas de contarte todo lo que he visto, pero obviamente eso tendrá que esperar a que el censor no esté al acecho.

Recibimos el periódico local, pero no hay mención alguna de los bombardeos de Londres, así que espero que estéis todos a salvo y sigáis pudiendo arrastrar a la yaya al refugio.

Dale a ella y a mamá un fuerte abrazo de mi parte.

Flo me contó en su última carta que Nancy está creciendo mucho y que está encantada con su cuerda de saltar.

También que a Charlie le ha salido el primer diente y que mastica las galletas para la dentición como si no hubiera un mañana.

Desearía poder verlos aunque solo fuera durante cinco minutos.

Haría mucho más fácil la vida aquí. Pero estoy bien, Peg.

No te preocupes. Los italianos parece que han empezado a retirarse, así que hay muchos motivos para estar contentos. Ánimo, ¿eh? Nos volveremos a ver.

Te quiere,

Joe