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—Gracias por sus esfuerzos este año —dijo Beecher—. Han trabajado todos extremadamente duro, sobre todo en la serie de folletos acerca de nuestro poderoso Ejército.
—Unos panfletos ciertamente poderosos —dijo Sheldrake con los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas a causa del oporto—.
Hemos vendido más de medio millón de ejemplares de cada uno de ellos en Europa y Oriente Medio, y según los informes de Inteligencia Interior, al público le encantan y quieren más.
—Efectivamente —dijo Beecher—. Resulta de lo más gratificante.
—Al parecer, Longforth está que echa chispas —dijo Fairchild—. Dickie Blake me contó que tiró una mesita auxiliar de nogal por la ventana cuando se enteró del éxito que habían tenido.
—Como he dicho —insistió Beecher—, resulta de lo más gratificante. —Alzó el vaso—. Rezo por que tengamos unas fiestas tranquilas y que sean las últimas de esta guerra. Feliz Navidad.
—Feliz Navidad —repitieron todos al unísono.
—Y que Dios nos bendiga a todos —dijo Fairchild, llevándose una mano al corazón.
—Bueno, ¿qué planes tiene para Navidad, señorita Sparks? —preguntó Beecher.
—Nada especial. La pasaré en casa con mi familia. ¿Y usted?
—Solo con mi esposa. —Una sombra de tristeza pareció aparecer fugazmente en su rostro, pero rápidamente se volvió hacia Marigold con una animada sonrisa—. ¿Y qué hay de usted, señorita Cecily? ¿Qué placeres hedonistas tiene previstos?
Marigold exhaló un suspiro.
—Pues la verdad es que ninguno. Se suponía que iba a celebrar las fiestas con mi amiga Cordelia, pero al final ella las pasará en su hacienda familiar de Norfolk, así que probablemente iré a cenar al Savoy y veré quién anda por ahí.
—Si quieres, puedes pasar la Navidad con nosotros —dijo Peggy rápidamente antes de volver a cambiar de idea.
Marigold se la quedó mirando fijamente.
—Oh, no podría... ¿O sí? —Se volvió hacia Sheldrake, que se encogió de hombros, y luego miró de nuevo a Peggy.
—Bueno, si te apetece la oferta está hecha —dijo esta con la esperanza de que decidiera que al final no podía.
Casi se le sale el corazón por la boca cuando de repente Marigold la cogió por los hombros y la miró con sus deslumbrantes ojos verdes.
—Gracias, Peggy. Es increíblemente amable de tu parte. Me encantaría.
Peggy reparó un instante en que Sheldrake enarcaba una ceja y a continuación contestó.
—Maravilloso —dijo entre dientes—. Que Dios nos bendiga a todos.
—¿Peggy? —Esta se volvió y vio a Laurie de pie en la puerta de la oficina—. Siento interrumpir, señor —le dijo a Beecher.
—No pasa nada, joven. Pase y tome algo —dijo Beecher, ofreciéndole un vaso de oporto—. Feliz Navidad, señor Parker. Y mis sinceras disculpas por todos los trastornos que les hemos causado a usted y a sus colegas. Gracias por hacernos sentir tan bienvenidos.
—¡Muy bien dicho! —dijo Sheldrake, alzando su vaso hacia Laurie en un gesto que a Peggy le pareció inusualmente amistoso.
—Bueno, no era necesario, pero gracias de todos modos. —Laurie se volvió hacia Peggy—. Tengo algo para ti —dijo, metiendo la mano en el bolsillo y entregándole un pequeño paquete rectangular. En su interior había una libreta encuadernada en piel azul—. Para que escribas —añadió.
—Oh, Laurie. Es maravilloso. Gracias —dijo ella antes de abrir un cajón de su escritorio y entregarle su propio paquete—. Feliz Navidad a ti también.
El rostro de Laurie se iluminó cuando lo desenvolvió.
— Cartas de Islandia —leyó—. Gracias, Peggy. Es muy amable de tu parte.
—Es una edición de segunda mano —dijo Peggy—, pero sé lo mucho que te gustan MacNeice y Auden.
—A mí también me gustan mucho ambos —dijo Sheldrake, acercándose despreocupadamente a ellos.
—Oh —dijo Laurie con una tímida sonrisa—. Bueno, si quiere puedo prestárselo cuando me lo haya leído.
Sheldrake asintió rápidamente.
—Gracias. Eso sería... —comenzó a decir, pero se interrumpió de inmediato al reparar en que Peggy le sonreía—. Bueno, si me disculpan... Tengo mucho que hacer antes de..., esto..., terminar —dijo, y cogiendo unos cuantos archivos se dirigió hacia la puerta.
—Qué hombrecito más gracioso —dijo Marigold a su espalda cuando ya se alejaba.
—No interrumpo, ¿verdad? —dijo de repente una voz.
El rostro de Beecher se iluminó con una sonrisa al ver a Frank Bauman en la puerta.
—Para nada, amigo mío. Entre, entre. Únase a nosotros, por favor.
Marigold se acercó a Peggy y le preguntó por lo bajo:
—¿Qué hace aquí este guapo gruñón?
—No tengo la menor idea. —No se le escapó la familiaridad que parecía haber entre Beecher y Bauman y el modo casi paternal en que el primero le daba unas palmadas en el hombro al recién llegado mientras le ofrecía un vaso de oporto.
—Señorita Sparks, señorita Cecily, creo que ya conocen al señor Bauman, ¿no es así? —Sheldrake apareció detrás de Beecher y le susurró algo al oído—. Por favor, discúlpenme un momento.
Peggy no podía estar segura, pero le pareció detectar un atisbo de culpa en la expresión de Frank cuando se volvió hacia ellas.
—Hola de nuevo. Estaba por la zona y se me ha ocurrido pasarme un momento para desearle unas felices fiestas al señor Beecher. Consiguió arreglar las cosas, tal y como Sheldrake dijo que haría.
—Qué bien —dijo Marigold.
El silencio que se hizo a continuación amenazaba con volverse incómodo.
—¿La señora Bauman no está hoy con usted? —preguntó de repente Peggy.
Frank frunció fugazmente el ceño antes de esbozar una rutilante sonrisa.
—Me sorprendería mucho que mi madre estuviera aquí, teniendo en cuenta que murió hace cinco años.
A Peggy se le cayó el alma a los pies.
—Oh, lo siento mucho, quería decir...
—Rosa —dijo él. Peggy se sonrojó—. Rosa es mi hermana, y, para su información, se enfadó mucho conmigo después de nuestro último encuentro.
—¡Oh! —dijo Peggy.
—Sí —dijo Frank—. Así es. Me acusó de haber sido imperdonablemente grosero.
—Parece una mujer perspicaz —dijo Marigold.
Frank se rio.
—Efectivamente, lo es. Y creo que usted es también muy perspicaz por haberse dado cuenta de ello, señorita Cecily.
—Al ver cómo se desarrollaba la interacción entre ellos dos, Peggy sintió una punzada de envidia.
Aunque, teniendo en cuenta el aspecto y el porte de Marigold, tampoco era de extrañar que le resultara tan fácil hablar con la gente, hombres incluidos.
Gracias a su clase social, poseía una seguridad en sí misma que a ella siempre la eludiría.
Era posible que, a pesar de su origen obrero, su abuela también la tuviera, pero le daba la sensación de que Emily no era más que una excepción a la regla.
No pudo evitar preguntarse cómo sería sentirse tan segura de una misma.
—¿Señorita Sparks? —Peggy levantó la mirada hacia Frank y se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué acababa de decir.
—Perdone, ¿qué decía? —dijo ella, sonrojándose ligeramente.
—Quería saber si podría encontrar en su corazón la manera de perdonarme, tal y como ha hecho la señorita Cecily.
—Por supuesto —dijo Peggy.
— Wunderbar. En ese caso, Rosa también lo hará. —Y, despidiéndose de ambas con un movimiento de cabeza, añadió—: Felices fiestas a las dos.
—Felices fiestas también a usted y a Rosa. Espero que sigamos trabajando juntos el año que viene —dijo Marigold. Él sonrió antes de volverse hacia Beecher para despedirse de él.
—Qué guapo es... —dijo Marigold mientras observaba cómo se alejaba—. ¿No te parece, Peggy?
Ella se encogió de hombros.
—No puedo decir que no me haya dado cuenta. —Guapo o no, Peggy no tenía tiempo para hombres con unos modales tan erráticos. Estaban en medio de una guerra y ella tenía un hermano que salvar. No había nada más importante que eso.
El día de Navidad trajo consigo un respiro temporal de las bombas y la visita de Lady Marigold, que fue a casa de Peggy con una cesta de Fortnum que contenía un pudin de Navidad, un pastel de Dundee, paté de liebre, fresas en almíbar y una cajita de caramelos de menta.
—Eres bienvenida siempre que quieras, querida —dijo Emily mientras contemplaba el contenido del cesto con gran deleite y su amiga Dulcie, que siempre pasaba las Navidades con ellas, se metía un caramelo en la boca.
—Es lo mínimo que podía hacer después de vuestra amabilidad —dijo Marigold—. ¡Qué ambiente más festivo que hay aquí! —añadió, admirando los pasillos adornados con ramas de acebo y el techo engalanado con cadenas de papel.
—Las hice yo con la tía Peg —dijo Nancy con orgullo. No había dejado de mirar a Marigold desde que esta había entrado en casa—. Tienes unos ojos y un pelo muy bonitos. Pareces una estrella de cine.
—Es de mala educación mirar fijamente a la gente y comentar su aspecto, Nancy —la reprendió Flo—. Lo siento, Lady Marigold —añadió inclinando levemente la cabeza a modo de reverencia.
—No es la reina, Flo —susurró Peggy con una irritación apenas disimulada.
—Lo siento —dijo Nancy—. ¿Puedo decir que huele tan maravillosamente bien como un hermoso jardín de flores al sol?
Marigold cogió el rostro de Nancy con sus manos y le dijo:
—¡Eres un encanto! Mira, tengo algo para ti.
—¿Para mí? —Nancy abrió los ojos como platos mientras Marigold le tendía una gran caja rectangular.
—Espero que te guste —dijo Marigold. Peggy trató de intercambiar una mirada con Flo, pero esta, al igual que Alice, estaba observando encantada a Nancy.
Incluso Emily contemplaba la escena con un brillo en los ojos mientras su bisnieta abría la caja y sacaba una muñeca de gran tamaño vestida con un impecable uniforme del Servicio Territorial Auxiliar.
Nancy se la quedó mirando con la boca abierta—. Está en el Ejército, como tu papá.
—¿Qué se dice, Nancy? —le recordó Flo.
La niña rodeó la cintura de Marigold con sus brazos.
—¡Oh, gracias! ¡Muchas gracias, Lady Marigold!
—No sabía que te gustaban las muñecas —dijo Peggy, lamentando de inmediato su irritabilidad.
—Pero esto no es una muñeca, tía Peg —dijo Nancy—. Es una mujer del Ejército y voy a llamarla Marigold.