Manual de señoritas para ganar la guerra 8
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A falta de tener a Joe en casa para poder celebrar con él en persona la Navidad, la noticia de que estaba sano y salvo fue el mejor regalo posible para Peggy y su familia.

Era difícil predecir dónde debía de estar, pero, a juzgar por sus comentarios acerca del tiempo soleado del que disfrutaba, supusieron que probablemente se encontraba en algún lugar del Mediterráneo o de Oriente Medio.

Una tarde, Nancy se sentó al lado de Peggy y ambas se pusieron a examinar el globo terráqueo.

—Entonces, si papá está aquí en África —dijo señalando Marruecos—, lo único que tiene que hacer cuando haya terminado de luchar contra el enemigo es saltar aquí, luego aquí y luego una vez más aquí, y ya estará de vuelta con nosotros —explicó, mientras su dedo índice pasaba de España a Francia y luego a Inglaterra.

—Así es —dijo Peggy, deseando que fuera tan sencillo—. Bueno, ¿quieres ayudarme a terminar estas cadenas de papel? —Alzó las tiras de papel pintado recortadas de viejos rollos que había encontrado en la buhardilla.

—Vale —dijo Nancy—. ¿Podré pegarlas yo?

—Claro. —Y se pusieron a trabajar en silencio, Nancy con el rostro fruncido por la concentración y Peggy disfrutando de la quietud.

El sereno tictac del reloj que descansaba en la repisa de la chimenea era el único ruido que podía oírse.

Después de días y noches de bombardeos aéreos y del frenético bullicio del trabajo en el Ministerio, Peggy agradecía esa apacible tarde de sábado con su sobrina—.

¿Has escrito ya la carta a Papá Noel? —preguntó al cabo de un rato.

Nancy negó con la cabeza.

—No ha hecho falta. Vino a nuestra escuela y pude decirle en persona lo que quería.

—Qué bien —dijo Peggy.

—Aunque olía a tabaco y a caramelos de menta, y su voz se parecía un poco a la del señor Cooper, el vecino de al lado —añadió entonces Nancy, frunciendo ligeramente el ceño.

—Oh —dijo Peggy, apretando los labios para contener una sonrisa—. Qué curioso que Papá Noel se parezca a nuestro vecino.

—Ya... Pero fue muy amable, eso sí.

—¿Y qué le pediste?

—Bueno, primero le pregunté si podía traer a papá de vuelta a casa.

—¿Y qué te dijo?

—Que desearía hacerlo, pero, por desgracia, Papá Noel no tiene el poder de hacer algo así, de modo que le pedí la segunda cosa que más quiero.

—¿Y cuál es?

Nancy se encogió de hombros como si fuera obvio.

—Una cuerda de saltar. Alfie Riley me rompió la que tenía un día que estábamos jugando a indios y vaqueros.

—Buena elección, Nancy.

—Ya lo sé. ¿Y tú qué quieres por Navidad, tía Peg?

Peggy se lo pensó un momento. Lo que más deseaba era lo mismo que Nancy y prácticamente cualquier persona del mundo con un pariente luchando en la guerra, pero no era más que eso.

Un mero deseo. A juzgar por los bombardeos nocturnos y las maniobras de Joe Dios sabía dónde, no parecía que la guerra fuera a terminar pronto.

—Quiero lo mismo que tú.

—¿Una cuerda de saltar?

Peggy se rio.

—No, tonta. Quiero que tu padre regrese a casa, pero, si eso no es posible, entonces un cuaderno para poder escribirle muchas más cartas sobre todo lo que sucede aquí en Londres.

Nancy se quedó mirando a su tía.

—¿Le cuentas historias sobre esa gente tan graciosa con la que trabajas?

—A veces.

—Háblame otra vez sobre Lady Marigold Cecily. ¿Crees que es tan rica como el rey?

—No estoy segura de eso, pero sé que su familia tiene tres casas.

—¿¡Tres!? —exclamó Nancy con los ojos como platos.

Peggy asintió mientras presionaba dos eslabones de la cadena de papel en los que su sobrina había puesto demasiado pegamento.

—Una en Londres, otra grande en el campo y una todavía más grande en Escocia.

Nancy exhaló una bocanada de aire, maravillada.

—Seguro que tienen un árbol de Navidad enorme y una gran chimenea alrededor de la cual se reúne toda la familia —dijo, echándole un vistazo al pequeño árbol que habían adornado con sencillas bolas de cristal y una fotografía de Joe entre las ramas.

—A mí me gusta nuestro árbol. Y, en cualquier caso, me parece que no pasará la Navidad con su familia. Su madre no es muy afectuosa.

—¡Oh, pobre Lady Marigold!

—No te preocupes por ella. Se lo pasará muy bien en Londres yendo a fiestas con sus amigos.

Nancy arrugó el entrecejo.

—Pues me parece una pena. Iris y Alfie son mis mejores amigos, pero no me gustaría celebrar una Navidad sin mi familia. —De repente, el rostro se le encendió—. ¡Deberías invitarla a nuestra casa!

Peggy se dio cuenta de que debía cortar de raíz la brillante idea de Nancy.

—¿Y dónde la meteríamos? Si ahora ya apenas cabemos.

Nancy se pegó aún más a su tía.

—Podríamos apretujarnos un poco. Sería acogedor.

—No querrá venir. No somos suficientemente elegantes para ella —dijo Peggy.

Nancy entornó los ojos.

—Se diría que no quieres que venga.

Su conversación se vio interrumpida por el ruido de la puerta de entrada abriéndose.

Emily, Alice y Flor regresaban a casa después de su turno en el Servicio Voluntario Femenino.

Las tres mujeres se habían inscrito después de que Emily declarara que debían hacer algo para ayudar a que Joe regresara a casa tan pronto como fuera posible.

Alice había sido reclutada rápidamente como experta tejedora, mientras que Flo era una costurera muy buena.

Emily, por su parte, repartía té y simpatía a todo aquel que lo necesitara a pesar de que a menudo solía chocar con la señora Pike, a quien habían puesto al cargo y que, según la abuela de Peggy, no era más que «una mandona con mal aliento».

Peggy se puso de pie para llenar el hervidor de agua, en parte para poner fin al interrogatorio de Nancy, pero también porque sabía que a su abuela no le gustaba estar más de cinco minutos en casa sin una taza de té.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Emily al entrar en la cocina.

—La tía Peggy y yo hemos estado haciendo cadenas de papel —dijo Nancy, sosteniéndolas en alto para que todo el mundo las viera—. Y también hablando sobre la Navidad. Resulta que este año Lady Marigold no va a estar con su familia, así que creo que deberíamos invitarla a que venga con nosotros.

—Oh, qué pena —dijo Alice, quitándose el abrigo—. Bueno, ya sabes que sería más que bienvenida, Peg.

—Me gustaría conocer a esa tal Lady Marigold —dijo Flo—. Parece todo un personaje.

Peggy extendió las manos para coger a Charlie de sus brazos, luego lo sentó en su regazo y recibió una amplia sonrisa a modo de saludo.

—Preguntémoselo, pues —dijo Nancy, balanceándose en su silla—. Por favor, tía Peg.

—Es un bonito gesto, Nancy, pero no vendrá —dijo Peggy, evitando la mirada de su sobrina.

Echó una ojeada alrededor de la pequeña y estrecha cocina.

Estaba limpia y era acogedora, pero no podía imaginarse a Lady Marigold en ella.

Para empezar, no había camareros corriendo de un lado para otro con más cócteles.

Le hizo una mueca a su sobrino, que gorjeó encantado, y luego se volvió de nuevo hacia su sobrina—.

¿Por qué no vas a limpiarte el pegamento de las manos, Nancy?

—Está bien —respondió esta, descendiendo de la silla—. Pero quiero que sepas que me decepciona mucho que no vaya a conocer a una auténtica lady esta Navidad.

—Por cierto, Peggy Sparks —dijo Emily—. Debo decirte algo sobre la última película de tu Ministerio.

—No trabajo en el departamento que se encarga de las películas, yaya —dijo Peggy.

—Ya lo sé, pero quiero que les hagas llegar un mensaje de mi parte.

—Está bien. ¿De qué se trata esta vez?

Estaba acostumbrándose a las críticas que hacía su abuela sobre cualquier cosa, desde el cartel de un alegre cerdo diciéndole que donara aquello que no usara en la cocina («Dile a Winston que puede venir a buscarlo cuando quiera»), a la visita del rey y la reina a la zona del East End de Londres («Deberían haber venido al sudeste.

Habría hecho un bizcocho Victoria en homenaje a la bisabuela del rey, que en paz descanse»).

Emily se cruzó de brazos.

—Diles que dejen de decir que «Londres puede soportarlo».

Peggy frunció el ceño.

—¿Quieres que digan que «Londres no puede soportarlo»?

—¡No! —exclamó Emily, escandalizada—. Claro que no. Lo que quiero que digan es que Londres devolverá los golpes —dijo, mientras lanzaba puñetazos en el aire a derecha e izquierda—. Ven aquí, Hitler. Te daré una buena azotaina en el trasero.

Nancy soltó una risita desde el lugar en el que Flo estaba lavándole las manos.

—Me aseguraré de transmitir tu mensaje, yaya —dijo Peggy, intercambiando una mirada divertida con su madre.

Flo estaba llenando la tetera con agua hirviendo cuando la sirena antiaérea comenzó a sonar.

—¡Venga, vamos! ¡Coged la tetera y las tazas! —dijo Alice, abriendo la puerta trasera y haciendo salir de la cocina a todo el mundo—. Tomaremos el té en el refugio.

—¡Lo único que quiero para Navidad es un respiro de estos malditos bombardeos! —gritó Emily, señalando acusatoriamente con el dedo hacia el cielo—. ¿¡Me oís, boches!?

—Vamos, mamá —dijo Alice, guiándolas hacia el refugio. Antes de entrar, sin embargo, colocó una mano sobre el hombro de Peggy—. Creo que deberías al menos preguntarle a Marigold si quiere venir. Por amabilidad. Al fin y al cabo, es Navidad.

En el mundo de Peggy, era su abuela quien solía ofrecer constantemente opiniones de todo tipo, algunas de las cuales debían seguirse mientras que otras era mejor ignorarlas.

Por ello, cuando era su madre quien hacía una sugerencia, siempre con delicadeza y sin forzar, era mejor tenerla en cuenta.

Esa es la razón por la que, el día de Nochebuena, Peggy se encontró a sí misma en la extraña posición de no querer invitar a Marigold a pasar la Navidad con ellas, pero sabiendo que debía hacerlo.

A la hora del almuerzo, Beecher los llamó a todos para brindar y sacó una botella de oporto.

«Un regalo de la bodega de Lord Candleford», dijo con una ceja enarcada.

—¡El bueno de Winnie! —exclamó Marigold.