7 #2
—No puedo. El señor Beecher ya lo dejó plantado con anterioridad y ha insistido en que me reúna con él. —A continuación, miró a Peggy con una inusual expresión de indefensión—. ¿Me haría el favor de venir conmigo para respaldarme?
Peggy se lo quedó mirando.
—No estoy segura de qué podría hacer yo.
—Por favor, señorita Sparks.
Peggy no había visto nunca a Cyril Sheldrake tan compungido y lo encontró a la vez desconcertante y adorable. Después de su conversación con Dalton, tuvo la sensación de que estaba viendo una faceta completamente distinta de él.
—Está bien, pero me limitaré a tomar notas.
—Sí. Claro. Gracias —dijo Sheldrake, claramente aliviado. En ese momento, apareció Marigold con aire decaído.
—¡Ah, señorita Cecily! Perfecto. Usted también puede venir.
—¿Adónde?
—A una reunión con nuestro impresor. Usted es la encargada de seleccionar las fotografías. Puede que él quiera abroncarla también a usted.
—Muy bien —dijo Marigold, sin registrar realmente lo que Sheldrake acababa de decirle.
—¿Estás bien? —le preguntó Peggy mientras bajaban por la escalera.
—¿Qué? ¡Oh, sí, muy bien!
—¿Qué tal está tu madre?
Marigold evitó su mirada.
—Tan crítica como siempre. —Era la primera vez que Peggy no la veía comportándose con su habitual positividad deslumbrante ante el mundo.
—Señor Bauman —dijo Sheldrake al acercarse a Frank, que se encontraba en el vestíbulo, esperando impacientemente con el ceño fruncido—. Disculpe el retraso.
—¿Dónde está Beecher? —dijo Bauman de malos modos.
Peggy y Sheldrake intercambiaron una mirada.
—Lo han llamado por un asunto urgente. Le envía sus disculpas. Nos ha pedido que atendamos la reunión en su nombre.
Bauman exhaló un suspiro de exasperación.
—Genial. Me han hecho perder la tarde, algo particularmente irritante teniendo en cuenta la cantidad de trabajo que nos vemos obligados a soportar por culpa de su departamento. —Y, tras decir eso, dio media vuelta para marcharse.
Sheldrake se volvió hacia Peggy con expresión de pánico.
—Señor Bauman —dijo esta, procurando que la voz no le temblara.
Él se volvió y la fulminó con sus relucientes ojos oscuros.
Peggy supuso que solo era uno o dos años mayor que ella, y eso le proporcionó algo de valor.
Podría haberlo encontrado apuesto, con su mata de pelo negro azabache y esos ojos del color de la melaza, pero su actitud desagradable la horrorizaba.
Decidió que, por el bien del señor Beecher, debían hacer todo lo posible para apaciguarlo—.
Comprendemos su frustración. Tenemos entendido que tiene algunos problemas con Racionamiento de Papel, así que, por favor, ¿por qué no accede a reunirse con nosotros para que podamos ayudarlo?
Yo soy la señorita Sparks y estos son la señorita Cecily y el señor Sheldrake.
El señor Bauman pareció quedarse momentáneamente sorprendido, un sentimiento que Peggy compartía, y finalmente alzó las manos y contestó:
—Está bien, señorita Sparks —dijo con un leve dejo de burla—. Supongo que ya estoy aquí, y, además, Rosa se encuentra en una reunión con el departamento del señor Longforth, así que de todos modos he de esperarla. Terminemos con esto, ¿les parece?
Sheldrake lo condujo a una de las salas de reuniones seguido de Peggy y Marigold.
—¡Uf, menudo gruñón! —susurró esta última—. Aunque también es tremendamente guapo.
—Marigold —la reprendió Peggy.
—No finjas que no has pensado lo mismo —bromeó Marigold, dándole un pequeño codazo.
—¿Puedo ofrecerle algo de té? —preguntó Peggy cuando entraron en la sombría sala.
—¡Ni loco! —dijo Bauman, sentándose pesadamente en la primera silla disponible sin quitarse siquiera el abrigo—.
Antes preferiría beber el agua de la bañera de Churchill.
—Al oír eso, Marigold soltó una risa ahogada que hizo que Peggy frunciera el ceño—.
Me resulta incomprensible por qué a los ingleses les gusta tanto el té. Sabe mal y tiene un aspecto repugnante.
—La verdad es que yo prefiero los cócteles de champán —dijo Marigold con coquetería.
—¿Por qué no me sorprende? —contestó Frank, enarcando una ceja.
Sheldrake se aclaró la garganta.
—Bueno, señor Bauman, creo que tiene algunos problemas con el Departamento de Racionamiento de Papel.
Frank volvió a ponerse serio.
—Correcto. Por más agradecidos que estemos con el incremento que estos folletos han supuesto para nuestro negocio.
.. —metió una mano en el maletín y sacó ejemplares de Nuestra poderosa Armada , Nuestras poderosas Fuerzas Aéreas y Nuestro poderoso Ejército de Tierra y los extendió sobre la mesa que tenía delante— estamos sometidos a una presión cada vez mayor a causa de su enorme popularidad, y esos tipos del departamento se muestran reacios a asignarnos más papel para satisfacer la demanda.
—¿Les ha explicado usted por qué es tan importante? —preguntó Peggy.
—¡Vaya, eso no se me había ocurrido! —dijo Frank, poniendo los ojos en blanco—. Claro que lo he hecho, señorita Sparks. Lamentablemente, sin embargo, la burocracia de este país no muestra demasiada consideración hacia un judío alemán como yo.
—Oh, lo siento, no tenía ni idea —dijo Peggy, notando cómo se le acaloraba el rostro.
—¿Siente que sea alemán o que sea judío? —preguntó Frank.
Peggy se encogió ante sus duras palabras.
—Señor Bauman —dijo Sheldrake—. Lamentamos enormemente que tenga problemas con las instancias superiores. No dude de que trataré personalmente este asunto con el señor Beecher y haremos todo lo posible para calmar las aguas cuanto antes.
Frank se lo quedó mirando un momento.
—Por favor, asegúrese de hacerlo. Rosa y yo trabajamos duro por este país. Queremos hacer todo lo posible para que los Aliados ganen la guerra.
—Por supuesto —dijo Sheldrake—. Hablaré con el señor Beecher en cuanto esté de vuelta y le diré que le llame.
—Muy bien. —Salieron al vestíbulo, donde Rosa Bauman ya estaba esperándolos.
—¿Qué tal ha ido? —le preguntó él.
Ella se encogió de hombros.
—No estoy segura de qué es lo que encuentran más irritante esos hombres, si el hecho de que sea una mujer alemana y judía, que me muestre inmune a sus encantos de colegio privado, o una combinación de todos estos elementos.
—Ya veo —dijo Frank con los ojos llenos de furia—. No pienso permitirlo. Iré a hablar con Longforth yo mismo.
—No, no lo harás —dijo Rosa, agarrándolo del brazo—.
Soy perfectamente capaz de librar mis batallas.
No necesito que un hombre lo haga por mí.
No estamos en la Edad Media. —A continuación se volvió hacia Peggy, quien no pudo evitar recordar lo mucho que le gustaba esta mujer—.
Me alegro de verla de nuevo, señorita Sparks.
—Yo también —dijo Peggy—. Estos son el señor Sheldrake y la señorita Cecily.
Rosa los saludó con la cabeza a ambos.
—Encantada.
—Igualmente —dijo Marigold mientras Sheldrake ladeaba la cabeza a modo de saludo.
—Bueno, será mejor que vayamos tirando —dijo Frank—. Asegúrense de hablar con Beecher, ¿quieren? Estoy harto de que esos ineptos del Ministerio me den largas.
—Cuente con ello —dijo Sheldrake.
Frank se dio la vuelta y Rosa les sonrió a modo de disculpa antes de ir tras él.
Peggy seguía furiosa cuando regresó a la biblioteca.
No estaba segura de qué le había molestado más, si la descarada grosería de Frank Bauman o la coquetería con la que se había comportado Marigold.
Por encima de todo, sin embargo, sentía lástima por la esposa de Frank.
La pobre Rosa Bauman. No podía ni imaginar lo que debía de ser estar casada con un hombre así.
Si ella era capaz de mantener la compostura, ¿por qué él no?
—Pareces enfadada —dijo Laurie—. ¿Tienes tiempo para una taza de té?
Peggy se indignó al recordar el despreciativo comentario que Frank había dedicado a su bebida nacional.
—Nada me gustaría más —dijo.