7
La mañana fue agitada. El habitual estado de irritación de Sheldrake, ya molesto por haber llegado tarde, se vio todavía más intensificado por Fairchild, al que le había encargado que revisara las transcripciones de algunos discursos de Churchill y que había creído apropiado reformularlos.
—Solo me pregunto —dijo Fairchild, elevando la mirada al cielo como si apelara a una musa celestial— si los combates en las playas de los que habla no podrían tener lugar en la costa y los acantilados. Le da un tono más poético y aliterativo, ¿no cree?
Sheldrake inhaló y exhaló profundamente cual dragón preparándose para arrojar una llamarada.
—Puede que sea poético, pero esas son las palabras que pronunció nuestro primer ministro inspirando a toda una nación y, por lo tanto, también son estas las palabras que se imprimirán y distribuirán a cada hombre, mujer y niño del reino.
Como ya le he explicado en innumerables ocasiones, señor Fairchild, su trabajo consiste únicamente en realizar una última revisión editorial en busca de algún error gramatical o tipográfico. ¿Cree que puede hacer eso?
—No estoy seguro —contestó Fairchild—. Verá, mi cerebro fue concebido para crear.
—Ya me encargo yo, señor Sheldrake —dijo Peggy, cogiendo el documento que sostenía Fairchild, quien se llevó una mano al pecho y le hizo una cortés reverencia.
—Gracias, señorita Sparks —dijo Sheldrake.
—¿Y qué hago yo ahora? —preguntó Fairchild.
Sheldrake vaciló. En su ojo podía percibirse un leve tic mientras reprimía el impulso de decirle lo que realmente pensaba que debería hacer. Finalmente, optó por coger un archivo que había en su escritorio y se lo dio.
—Vaya al otro lado de Russell Square y llévele esto a Lear.
El rostro de Fairchild se iluminó.
—Perfecto. Así lo haré. Y, si le parece bien, viejo amigo Sheldrake, aprovecharé para ver si Dickie Blake quiere ir a almorzar temprano al Russell.
Sheldrake sonrió sarcásticamente.
—Tómese todo el tiempo que necesite.
—Espléndido. Hasta luego, pues.
Fairchild ya estaba a punto de salir de la oficina cuando apareció en la puerta una mujer de aspecto inmaculado.
Iba vestida con un entallado traje de color gris claro, una gargantilla de perlas en el cuello y una estola de piel marrón sobre los hombros.
Llevaba asimismo el pelo elegantemente peinado debajo de un sombrero ladeado de color burdeos.
Fairchild se echó hacia atrás y la hizo pasar con una reverencia.
—Después de usted, señora mía.
Ella frunció los labios, esbozando algo parecido a una sonrisa, y entró en la oficina como si esta le perteneciera.
—Marigold —dijo a modo de saludo, ignorando a todos los demás que había en la estancia.
Esta se puso en pie de golpe como si su silla estuviera en llamas.
—¡Mamá! ¿Qué haces aquí?
—¿Esa es forma de dirigirte a tu madre? —dijo, cruzando la sala para besar a su hija en ambas mejillas.
—Lo siento —dijo Marigold. Peggy notó cómo esta parecía desinflarse como un neumático pinchado bajo el escrutinio de la mujer—. Es toda una sorpresa verte aquí —dijo tartamudeando—. Una sorpresa encantadora.
—Sí, bueno. Anoche cené en el Savoy con los Candleford, y como Winnie venía hoy a la oficina, ha pasado a recogerme por el hotel esta mañana.
—Deberías haberme llamado, mamá. Podrías haberte quedado en casa conmigo.
Su madre frunció el ceño.
—No lo creo, tesoro. Estoy mucho más cómoda en el Savoy. He venido a buscarte para ir a almorzar.
Sheldrake carraspeó y Marigold se volvió hacia él.
—Mamá, deja primero que te presente al señor Sheldrake. Es la mano derecha del señor Beecher. Y esta es Peggy Sparks, mi... —Buscó un momento la palabra adecuada y sorprendió a Peggy cuando terminó diciendo—: Mi compañera de trabajo y amiga.
—Lady Lavinia Cecily —dijo la madre de Marigold como si lanzara un desafío—. Me alegro de conocerles —añadió en un tono que sugería todo lo contrario—. Bueno, vámonos ya, Marigold. He reservado mesa en el Russell.
—¿Le parece bien, señor Sheldrake?
—Por supuesto —respondió él, dedicándole a la madre de Marigold una torpe reverencia que a ella le hizo fruncir el ceño.
—Imagino que se alegrará de que se la quite de encima durante una o dos horas —dijo entonces—. Con lo perezosa e inútil que es mi hija, no creo que contribuya demasiado al esfuerzo bélico.
Y, tras decir eso, se marchó de la oficina con paso firme, seguida rápidamente por una abatida Marigold. A Peggy no solo le sorprendió la grosería de esa desagradable mujer, sino la creciente simpatía que estaba comenzando a sentir por Lady Marigold Cecily.
Peggy salió de la oficina a la hora del almuerzo con ganas de compartir los acontecimientos de esa mañana con Laurie, y se sintió desolada al ver que el despacho de los bibliotecarios estaba cerrado con llave y que no había rastro de su amigo.
Se dirigía con paso pesado a la escalera absorta en sus pensamientos cuando oyó una voz.
—Me debe una cucharilla, señorita Peggy Sparks.
Al darse la vuelta, vio que Wallace Dalton le sonreía desde el piso de abajo.
—¡Oh, Dios mío! —dijo ella—. Lo siento mucho. Se me había olvidado por completo.
Él se rio.
—Solo estoy bromeando. ¿Tiene planes para comer? —Peggy contestó alzando sus sándwiches y él enarcó las cejas—. Puedo ofrecerle algo mejor que eso.
—No estoy segura de que una empleada de un ministerio en el que animamos a la gente a no malgastar comida deba desperdiciar sus sándwiches de paté de pescado —dijo mientras seguía a Dalton a través de Russell Square en dirección al elegante hotel de chapiteles verdes al que estaba llevándola para almorzar.
Él le cogió la bolsa de los sándwiches de la mano, sacó uno y le dio un mordisco.
—Delicioso —dijo, y ella se rio—. Afortunadamente para usted, poseo la constitución de un hombre que puede almorzar dos veces.
El comedor del hotel Russell era un espacio muy lujoso con arañas de cristal que colgaban del techo y proyectaban un resplandor decadente sobre las paredes de mármol muy veteado y las columnas de color blanco cremoso coronadas con estatuas de doncellas de expresión benévola.
Peggy no podía evitar mirar a su alrededor con la boca abierta e imaginar qué pensaría Nancy de todo aquello.
—¿Qué comerá? —preguntó Dalton, sentándose pesadamente en la silla que el camarero había apartado de la mesa para él, y aceptando la servilleta que le ofrecían con la despreocupada indiferencia de un hombre que estaba acostumbrado a las cosas buenas de la vida—.
Aquí las chuletas están buenísimas, pero también el estofado irlandés. Yo invito, por cierto.
—Pensaba que estaba en deuda con usted por haberle robado la cucharilla.
Él sonrió.
—Ya me está compensando con su compañía. Odio almorzar solo. ¿Querrá una copa de vino?
—Prefiero un té, por favor.
Peggy miró alrededor de la sala y vio a Marigold sentada con su madre en una mesa del rincón más alejado.
Reparó en que Lady Davinia parecía estar reprendiendo a su hija mientras esta permanecía sentada con la mirada gacha.
Al otro lado de la sala, Gideon Fairchild almorzaba con un hombre rubio que llevaba unas gafas redondas.
Peggy supuso que se trataba de su amigo Dickie Blake.
—Bueno, ¿qué tal es trabajar en el Departamento de Campañas? —preguntó ella.
—Ya no trabajo ahí. Me he trasladado a Inteligencia Interior.
—Oh. Eso debe de ser muy distinto.
Él se encogió de hombros.
—El Ministerio es tan desorganizado que uno nunca sabe dónde va a trabajar de un día para otro. —Estudió el menú—. Bueno, ¿qué va a querer? Yo creo que me voy a decantar por el pastel Woolton.
—Yo también —dijo Peggy.
El almuerzo estaba delicioso y tenía que admitir que, en ausencia de Laurie, Dalton era una compañía agradable. Desprendía encanto e ingenio de forma natural, aunque, en opinión de Peggy, a veces podía mostrarse un poco demasiado seguro de sí mismo, como si tuviera una respuesta para todo.
—El otro día la vi almorzando en la plaza con ese bibliotecario —dijo, encendiéndose un cigarrillo.
Sintiéndose algo incómoda, Peggy se limpió la boca con una servilleta.
—Laurie es un hombre muy amable.
—Suelen serlo.
—¿Quiénes?
Él se inclinó hacia ella y con una sonrisa irónica susurró:
—Los homosexuales.
—¿Cómo dice?
Dalton la miró fijamente.
—¿No lo sabía?
Peggy notó que el rubor ascendía a sus mejillas.
—¿Y usted cómo lo sabe? —preguntó.
Dalton exhaló una bocanada de humo y se encogió de hombros.
—El Ministerio está repleto de ellos. Al cabo de un tiempo resulta fácil reconocerlos. Sheldrake lo es, por ejemplo, y la mitad de los escritores también. Y unas pocas mujeres.
—¡Oh! —dijo Peggy, sintiéndose tan inocente como una recién nacida.
—¿Acaso eso la sorprende y horroriza? —preguntó sin apenas disimular su deleite.
—No —dijo ella, frunciendo el ceño—. ¿Por qué habría de hacerlo?
—Totalmente de acuerdo, Peggy. Vive y deja vivir, ese es mi mantra. Que cada hombre se ocupe de lo suyo.
—Y cada mujer —dijo Peggy.
—Desde luego. —Él alzó la copa y la chocó con la taza de té de Peggy—. Brindo por eso.
—¿Dónde ha estado? —preguntó Sheldrake cuando ella regresó a la oficina un poco más tarde.
Peggy consultó la hora en su reloj.
—Lo siento. Estaba almorzando y se me ha hecho tarde. ¿Hay algún problema?
Sheldrake exhaló un suspiro.
—Beecher ha tenido que ausentarse por un asunto urgente y me ha pedido que le sustituya en una reunión con nuestro impresor, Frank Bauman. Al parecer, Bauman está enfadado por el éxito que han tenido nuestros últimos panfletos.
—¿Por qué?
Sheldrake negó con la cabeza.
—Algo relacionado con los de Racionamiento de Papel. El señor Beecher ya lo conoce y es quien suele tratar con él. Al parecer, puede ser un poco difícil.
—Quizá debería intentar posponer la reunión —sugirió Peggy.
Sheldrake negó con la cabeza.