Manual de señoritas para ganar la guerra 6 #2
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—Oh, no. Nunca podría hacer eso. No es más que un pequeño pasatiempo sin importancia.

Mamá dice que... —En el último momento, Marigold se lo pensó mejor y no terminó la frase—.

Es igual. —Metió las fotografías en un sobre y lo guardó en un cajón—.

¿Preparo un poco de té? Lo cierto es que no he pasado por casa después de la juerga que me corrí anoche. Me muero por una taza.

Peggy negó con la cabeza mientras Marigold desaparecía en dirección a la cocina. Al poco, regresó con un té que tenía un aspecto horrible.

—¡Ah, bien! —dijo Beecher, entrando en la oficina—. Ha llegado puntual, señorita Cecily. Qué agradable sorpresa. —Marigold le dedicó una encantadora sonrisa mientras él se quitaba el sombrero y, con un movimiento de hombros, el abrigo—. ¿Les importaría obsequiarme con su sabiduría conjunta?

—Claro que no —dijo Marigold mientras Peggy se limitaba a asentir discretamente.

Beecher abrió su maletín y sacó un fajo de papeles.

—Como saben, Lord Candleford es mi estimado superior.

—Mi papá y él fueron a Eton juntos —dijo Marigold despreocupadamente.

—Por supuesto —dijo Beecher, echándole un fugaz vistazo a Peggy—. A Lord Candleford le gusta consultar distintos temas con los miembros más cercanos de su familia e invariablemente usa los pensamientos e ideas de estos como base de aquello que luego el Ministerio transmite al público.

Peggy enarcó las cejas.

—¿Con los miembros de su familia?

—Sí. Y también con su ama de llaves. Periódicamente, me traslada esas ideas para que le diga qué me parecen.

—Sostuvo en alto los papeles—. Este documento, por ejemplo, contiene las principales recomendaciones de Lady Candleford sobre cómo evitar el pánico y la histeria después de un bombardeo aéreo.

Les agradecería que me permitieran compartir estas perlas de sabiduría con ustedes y conocer su opinión.

—Peggy y Marigold se lo quedaron mirando expectantes y Beecher carraspeó—.

Según Lady Candleford —comenzó a decir—, todas las mujeres encuentran un gran consuelo en reunirse con otras mujeres y tomar té mientras hablan sobre múltiples cosas.

—He de admitir que hay cierta verdad en eso —dijo Peggy.

—Oh, sí. Es una idea estupenda. Realmente ayuda a calmarse —dijo Marigold—. Aunque, claro, un cóctel de champán del Café de Paris también serviría.

Peggy alzó la mirada al techo mientras Beecher proseguía:

—A continuación, Lady Candleford sugiere otras diez formas de minimizar la histeria después de un bombardeo aéreo. —Respiró hondo—: Tejer, hacer crucigramas, jugar a juegos de mesa...

—A mí me encanta jugar a las damas —lo interrumpió alegremente Marigold.

Beecher siguió:

—Reír, sentarse en silencio, cantar canciones, bailar el Lambeth Walk , jugar a las charadas, leer la Biblia y rezar. —Peggy tosió ligeramente y Beecher alzó la mirada hacia ella—. ¿Sí, señorita Sparks?

Ella se removió en su asiento. Peggy no estaba acostumbrada a dar su opinión, pero había algo en la tranquilizadora forma de ser de Beecher que le proporcionó el valor necesario para hacerlo.

—No me corresponde a mí contradecir a la esposa de Lord Candleford.

—Dios la libre de contradecir las afirmaciones de una mujer que se pasa la vida cuidando de sus begonias y diciéndole a su cocinero que serán uno más para almorzar.

Marigold soltó una risa ahogada.

—Parece mi madre.

Beecher enarcó una ceja antes de volver a mirar a Peggy.

—Por favor, señorita Sparks, me gustaría saber sinceramente qué piensa.

Ella respiró hondo.

—Bueno, si Lady Candleford viniera a mi rincón del sudeste de Londres después de un bombardeo aéreo, encontraría muy poca histeria y muchas personas ayudándose unas a otras o siguiendo con sus vidas.

La gente no necesita que le digan que teja, tome té o cante.

Eso ya lo hacemos de todos modos, y en lo que respecta a bailar, en mi caso, por ejemplo, en el refugio que comparto con mi madre, mi abuela, mi cuñada, mi sobrina, mi sobrino y mi perro no queda suficiente espacio para mover siquiera un dedo.

Todo el mundo está un poco asustado y preocupado, sí, pero ¿qué puede hacerse salvo seguir adelante?

—Al terminar su discurso, sintió que tenía la boca seca.

Beecher asintió.

—Entonces, ¿puedo deducir de su sincera evaluación que este bienintencionado conjunto de directrices podría considerarse tal vez, y solo tal vez, un poco elemental y algo condescendiente?

Se diría que, en realidad, subestiman el hecho de que el público británico no necesita instrucciones para preparar té o pasar el tiempo durante un bombardeo aéreo.

Lo cual nos lleva a preguntarnos si la querida Lady Candleford cree que quizá debemos elaborar un folleto para enseñarles el padrenuestro a los curas.

Peggy soltó una risita involuntaria.

—Disculpe —dijo, llevándose una mano a la boca—. Es que su comentario me ha parecido gracioso. Y sí, creo que ha dado en el clavo, señor.

—Gracias, señorita Sparks, tanto por su aportación como por su risa.

Mi esposa suele burlarse de mí diciendo que me he convertido en el hombre más aburrido del mundo, pero le diré que hoy una persona joven me ha encontrado divertido.

Gracias a ambas por sus opiniones. Ahora me pasaré una mañana inútil redactando una respuesta que mi superior ignorará —dijo, desapareciendo en su despacho.

—Qué tipo más divertido —dijo Marigold.

—A mí me gusta —dijo Peggy.

Marigold se volvió hacia ella.

—Entonces, Peggy, ¿dices que en tu casa hay poco espacio?

A Peggy le sorprendió su interés.

—Supongo que sí, pero tampoco he conocido otra cosa.

—¿Y tu familia no te saca de quicio?

Peggy se rio.

—A veces. Pero estamos muy unidos. Y todavía más desde que Joe se marchó.

—Vaciló un momento sin saber bien por qué estaba compartiendo esos detalles, pero los ojos de color verde esmeralda de Marigold estaban firmemente posados en ella, relucientes de curiosidad—.

Vivimos en una casa pequeña, pero tenemos más que otros.

Es un barrio muy acogedor. Todos nos cuidamos mutuamente.

—Eso debe de ser agradable —dijo Marigold.

—¿Tú no vives con tus padres?

Marigold se encogió de hombros.

—Algunos fines de semana voy a la hacienda familiar, pero la mayor parte del tiempo me quedo en el apartamento de Londres.

—¿Tienes dos casas?

Marigold arrugó la nariz.

—Bueno, en realidad tres, si contamos la finca de Escocia.

—¿Solo tres? ¿Cómo os las apañáis?

Marigold se la quedó mirando un momento antes de soltar una carcajada.

—Oh, ya veo, estás tomándome el pelo. Qué graciosa. Sí, pobrecitos de nosotros que solo tenemos tres casas.

Peggy negó con la cabeza. Aunque Marigold vivía completamente ajena al mundo que la rodeaba, resultaba difícil enfadarse con ella. Era tan ingenua como una niña.

Sheldrake escogió ese momento para aparecer por la puerta y se detuvo de golpe, mirándolas asombrado.

—¡Ya está aquí, señorita Cecily!

Ella miró de reojo a Peggy y, dándole unos golpecitos con el dedo a su reloj, dijo:

—Sí, señor Sheldrake, y usted llega aproximadamente diez minutos tarde.