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La guerra había arrastrado al país a una nueva fase y, como todo el mundo en Gran Bretaña, Peggy no había tenido otra elección que adaptarse.
Los bombardeos diurnos y nocturnos que habían comenzado en septiembre habían pasado a ser principalmente nocturnos, aunque nunca se podía descartar una sorpresa inesperada de la Luftwaffe.
Peggy siempre había sabido que su familia estaba muy unida, pero había algo en la idea de que podías darles las buenas noches a tus seres queridos y ya no estar ahí para darles los buenos días al día siguiente que fortalecía aún más ese vínculo.
Se sentían todas aliviadas de que Joe hubiera construido el refugio antes de marcharse. Había sido, eso sí, motivo de discordia con Emily, que se negaba rotundamente a poner un pie en él.
—Ya puestos, podrías construirme un ataúd y colocarlo en el jardín, junto a mis groselleros —le había dicho a Joe.
—No pienso dejaros a todos sin nada que os proteja, yaya. Sé que te da un poco de claustrofobia, pero, por favor, te lo suplico, cuando suene la sirena, métete en el refugio. No querrás que no haga otra cosa que preocuparme por ti todo el tiempo que esté fuera, ¿verdad?
Emily había fruncido el ceño un momento antes de contestar:
—Desde luego, Joseph Sparks, siempre has sabido cómo ganarte el corazón de tu abuela. Solías hacer exactamente lo mismo cuando pasábamos por delante de la tienda de dulces. Era imposible que no trataras de convencerme para que le comprara a la señora Huggins un cuarto de caramelos de pera.
Joe se había inclinado y le había dado un beso en la mejilla.
—Te quiero, yaya.
La anciana se había enderezado en la silla.
—Sí, bueno. Será mejor que sigas construyendo eso antes de que Hitler llame a nuestra puerta.
A Peggy la aliviaba comprobar que su abuela parecía haber aceptado finalmente que el refugio era una necesidad.
Ahora solía llevar consigo té y la caja de hojalata en la que guardaba los bollos, siempre bien surtida, y las retaba a las cartas, echaban partidas de whist o jugaba al «culo sucio» con Nancy.
A pesar del hacinamiento, Peggy encontraba extrañamente reconfortantes las noches que pasaba en el refugio en compañía de su familia.
Al despertarse por las mañanas, solía encontrarse a Nancy acurrucada junto a ella y a Badger durmiendo a sus pies.
«Me siento a salvo a tu lado, tía Peg», le decía en esas ocasiones su sobrina, acercando aún más su pequeño y cálido cuerpo.
Peggy también había advertido que, últimamente, Alice solía despedirse de ella con la mano o lanzándole un beso desde la puerta principal.
A veces incluso la acompañaba hasta la estación, donde le daba el sándwich que le había preparado y le colocaba una mano en la mejilla antes de que subiera al tren rumbo al Ministerio.
Siempre que Flo comenzaba a preocuparse y decía que debían hacer las maletas y marcharse al campo, Emily le rodeaba los hombros con un brazo y le decía algo como «Aquí con nosotras estás a salvo.
Nada malo pasará mientras Emily Marsh esté presente.
Hitler no se atrevería». A Peggy le encantaba el espíritu de su abuela, pero en el fondo del corazón sabía que era todo una cuestión de suerte y que podías tener la mala fortuna de la pobre señora Henry.
Había un hueco que parecía un diente arrancado ahí donde anteriormente se encontraba su casa, a apenas dos calles de allí, y otro aún más hondo en el lugar en el mundo que había ocupado la señora Henry, que Dios la bendijera.
Peggy creía que ellas debían permanecer juntas y mantener la esperanza.
Eso, sin embargo, resultaba difícil teniendo en cuenta las pocas noticias que habían recibido de Joe.
Por más que este les hubiera advertido que podían pasar meses entre sus cartas, el hecho de que hubiera llegado el otoño sin apenas una palabra de él les pesaba mucho.
—¿Dónde está papá ahora? —preguntó una noche Nancy, dándole vueltas al globo terráqueo que él le había regalado en su último cumpleaños y haciéndolo parar con un dedo—. ¿Quizá aquí?
Peggy aguzó la mirada para ver el lugar que estaba señalando.
—Dudo que esté en la Antártida, Nance.
—A lo mejor sí. Con todos los pingüinos. Hay seis tipos distintos.
—¿Ah, sí? —dijo Alice, recogiendo su labor de punto con una sonrisa.
—Sí, abuela. Los macaroni son mis favoritos. Tienen un penacho naranja en la cabeza.
—Eres como una enciclopedia andante, Nancy Sparks —dijo Emily.
—Gracias. —Y, después de una pausa, añadió—: ¿Estará bien papá?
Peggy intercambió una mirada con su madre y su abuela antes de volverse hacia Flo, que estaba sentada junto al fuego, alimentando a Charlie.
—Claro que sí —dijo Flo en un tono tranquilizador con el que Peggy sabía que pretendía calmarse a sí misma tanto como a su hija—. Y ahora, jovencita, es hora de que te prepares para ir a la cama.
—¿Puede la tía Peg leerme un cuento, por favor?
—Trata de impedírmelo —dijo Peggy—. Disfruto mucho de nuestros capítulos nocturnos de La casa del bosque . Me encanta la idea de vivir en una cabaña en la que un oso puede pasar por delante de la ventana. De estos no hay muchos en el sudeste de Londres.
—Ojalá hubiera —dijo Nancy, besándolas una a una—. Los entrenaría para que lucharan contra los alemanes —añadió antes de subir a su habitación.
—¡Ay, tener siete años y pensar en osos luchadores y pingüinos con penachos en la cabeza! —dijo Peggy.
—Tengo la sensación de estar mintiéndole cuando le digo siempre que Joe está bien —dijo Flo, arrugando el entrecejo con preocupación.
—Bueno, que nosotras sepamos así es —dijo Emily—.
Y, a no ser que oigamos lo contrario, está tan vivo y sano como cualquiera de nosotras, ¿de acuerdo?
—Flo asintió—. Buena chica. Ahora dame ese bebé y ponte cómoda.
Se te ve agotada. Soy la mejor del mundo consiguiendo que los bebés eructen.
—Flo le entregó a Charlie, que con casi nueve meses estaba tan redondo como un bollo de pasas.
El bebé se removió con gorjeante alegría cuando Emily lo acomodó en su regazo y luego soltó un sonoro eructo que las hizo reír a todas—.
Te lo he dicho —dijo Emily con satisfacción—. La mejor del mundo.
Peggy se despertó temprano después de otra noche agitada en el refugio. Tras bostezar y estirar sus doloridos miembros, se vistió y salió de casa.
Era un día brillante y frío de otoño y el Big Ben estaba dando las ocho cuando llegó a Londres.
El Ministerio nunca cerraba sus puertas, gracias en gran medida a la División de Noticias.
Esta procesaba y difundía los acontecimientos del día para los miembros de la prensa que invariablemente se alineaban en los pasillos tenuemente iluminados.
Peggy tenía que admitir que últimamente se sentía un poco más segura de sí misma al pasar junto a ellos en dirección a los ascensores.
Incluso Jarvis, el guarda de seguridad que había conocido en su primer día, se llevaba una mano al ala del sombrero para saludarla cuando la veía entrar en el edificio.
Ella carecía del aplomo de los miembros más veteranos del personal que recorrían los pasillos con despreocupada soltura, pero, animada por Beecher en particular, había comenzado a sentir que allí encajaba.
En general, el departamento se había adaptado bien a la vida en la biblioteca.
El profesor Minton parecía haberse tranquilizado al ver que Beecher y los suyos no eran una «pandilla de bárbaros destrozalibros» y a Peggy le encantaba trabajar en un lugar impregnado de conocimiento e historia.
Ese día, se apresuró a llegar a la cuarta planta, deleitándose en la idea de que la biblioteca estuviera vacía y de ponerse a trabajar sin distracciones en los panfletos, que, a raíz el éxito de Nuestra poderosa Armada , se habían convertido en una serie sobre otras secciones del Ejército.
Con el silencioso apoyo de Laurie, ella había escrito el texto de dos más, que incluso habían recibido elogios —aunque a regañadientes— del propio Sheldrake.
A Peggy no le importaba. Los había escrito para Joe.
Recordaba siempre las palabras de Beecher sobre el efecto que estas publicaciones podían tener en la guerra y era eso lo que realmente la espoleaba.
Cuando entró en la oficina, se quedó pasmada al ver a Marigold ya en el escritorio, revisando una pila de fotografías.
—Buenos días —dijo Peggy, algo molesta por no tener el lugar para ella sola.
Marigold se dio la vuelta sorprendida, tirando sin querer algunas de las fotografías al suelo.
—¡Por el amor de Dios, Peggy! ¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó, apresurándose a recogerlas.
—Perdona —dijo Peggy, acercándose para ayudarla.
—Ya puedo yo sola —dijo Marigold, pero Peggy ya había recogido un par. Una era de dos chicas sonrientes que cargaban sendos fardos de ramas de abedul en la espalda, y la otra de un niño sentado entre los escombros de un edificio bombardeado que miraba directamente a la cámara.
—Estas fotos son increíbles —dijo Peggy, tendiéndoselas—. ¿Quién las ha tomado?
Marigold pareció avergonzarse.
—Yo.
—¿Tú?
Ella asintió.
—Las chicas trabajan en una granja que está cerca de la casa de mis padres y la fotografía del niño la tomé un día que andaba paseando por Londres con mi cámara.
Peggy no era la mayor admiradora de Marigold, pero creía en reconocer el mérito de quien lo merecía.
—Tienes mucho talento.
Marigold parpadeó rápidamente, poco acostumbrada a recibir cumplidos que no tuvieran que ver con su apariencia.
—¿Lo crees de veras?
—Deberías enseñárselas a Beecher.
Marigold se rio.