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—Bueno, señorita Sparks, debido a la naturaleza poco fiable de su supuesto superior, la señorita Cecily, se requiere que asista usted a la reunión conjunta de edición que comienza dentro de cinco minutos —dijo Sheldrake una mañana—.
Deberá encargarse de tomar acta. Esperemos que la de usted sea más completa que la de su colega.
La del mes pasado parecía más bien una lista de la compra en Fortnum.
Durante sus primeras semanas en el Ministerio, Peggy se había sentido intimidada por la actitud autoritaria de Sheldrake, y así se lo había confesado a su abuela.
—¿Qué aspecto tiene ese tipo?
Peggy se encogió de hombros.
—Delgado, bajo, lleva gafas y luce un bigote fino. ¿Por qué?
Emily se cruzó de brazos.
—Lo sabía. Nunca te fíes de un hombre bajo con bigote. Tienes que plantarles cara. No estaríamos en esta situación si le hubiéramos plantado cara a ese otro lunático.
—No creo que se pueda comparar a Cyril Sheldrake con Adolf Hitler, yaya.
—No estoy comparando a nadie con nadie. Solo estoy diciendo que no debes amilanarte, Peg. Eres una chica inteligente y tienen suerte de contar contigo. No dejes que nadie te diga lo contrario, sea bajo o no.
Peggy sabía que su abuela tenía razón. En ese tranquilo refugio que era la biblioteca de Edenham no había necesitado poseer una voz propia, pero el Ministerio era un lugar muy distinto. Si quería serle de alguna utilidad a Joe, tenía que seguir el consejo de Emily Marsh.
—Claro que sí, señor Sheldrake —dijo ella, cogiendo su cuaderno y una pluma mientras observaba con satisfacción cómo él la miraba con aprobación enarcando una ceja.
—Creo que a mí también me necesitan —dijo Fairchild, yendo tras ellos como un cachorrillo obediente.
—Necesitar es mucho decir —murmuró Sheldrake mientras Peggy se apresuraba a seguirle el paso por el pasillo, de camino al ascensor que los había de llevar a la planta baja.
Ya en esta, se detuvieron ante una amplia e imponente puerta de roble.
Sheldrake le dio entonces una pila de papeles—.
Reparta esto, y ya le aviso de que en estas reuniones Beecher suele estar de un humor de perros.
«Oh, genial», pensó Peggy cuando entraron en una espaciosa sala tenuemente iluminada cuyas paredes parecían tener el color de un té demasiado hecho.
Si en ese momento hubiera llegado un alienígena del espacio exterior, se le podría haber disculpado que pensara que el mundo estaba poblado únicamente por hombres.
La gran mesa de madera de nogal muy pulido estaba rodeada por varios tipos con el ceño fruncido, algunos de los cuales fumaban como si les fuera la vida en ello.
Una densa humareda de tabaco nublaba la estancia, y nadie parecía tener intención alguna de abrir una ventana.
—Al fin —dijo Beecher, levantando la mirada bruscamente hacia los tres—. Aunque esperaba a la señorita Cecily.
Peggy evitó su mirada y se concentró en mostrarse útil y repartir el orden del día que le había dado Sheldrake (aprovechando también para abrir disimuladamente una ventana).
—Lo siento, señor. Vuelve a llegar tarde —dijo Sheldrake.
Beecher suspiró.
—¿Sabe qué odio más que la impuntualidad, joven?
—¿Señor?
—La adulación, Sheldrake. No soporto a los aduladores. —Se volvió hacia Peggy—. Señorita Sparks, ¿sabe dónde está hoy la señorita Cecily?
Peggy sabía que la estaba poniendo a prueba y no debía fallar.
—Creo que la han llamado por un asunto urgente, señor Beecher.
Beecher se volvió hacia Sheldrake.
—¿Lo ve? Así es como se supone que deben coexistir los seres humanos, Sheldrake. Con diplomacia. Es muy importante, sobre todo ahora que estamos en medio de una guerra que desearíamos que terminara cuanto antes. ¿Entiende lo que quiero decir?
—Sí, señor —dijo Sheldrake, asintiendo secamente y lanzándole luego una fulminante mirada de reojo a Peggy.
—Bueno, tomen asiento —dijo Beecher, consultando la hora en su reloj—. Señor Lear, ¿tiene idea de cuánto tardará el señor Longforth? —añadió con tono impaciente.
Un hombre alto y delgado que lucía una mata de pelo gris y sostenía una pipa entre los labios —causante en gran medida del humo de tabaco que invadía la sala— levantó la mirada de los papeles y se encogió de hombros.
—Sé que tenía una reunión con Lord Candleford, pero...
—Beecher, caballeros, mil disculpas —dijo de repente Henry Longforth cruzando la puerta de la sala—.
Mi reunión con Winslow se ha alargado. Nos hemos puesto a recordar nuestros días en Eton y Oxford y hemos perdido la noción del tiempo.
Ya sabe cómo es, Beecher. ¡Ah, no...! Se me olvidaba que usted no fue a una escuela privada, ¿verdad?
—Beecher bajó la mirada a sus papeles y optó por no responder.
Peggy sintió de inmediato una punzada de aversión por Henry Longforth y su rostro rubicundo y satisfecho, recordando asimismo sus pésimos modales por teléfono el día que ella comenzó a trabajar en el Ministerio.
Longforth se sentó pesadamente en el lado opuesto de la mesa, frente a Beecher—. ¿Tenemos algún orden del día?
—Aquí tiene, señor —dijo Peggy, entregándole un folio.
Él levantó la mirada hacia ella.
—Hummm. Y tomaré una taza de té, si es tan amable.
Beecher carraspeó.
—La señorita Sparks no está aquí para hacer té.
Es la encargada de tomar acta y, teniendo en cuenta que ya llevamos diez minutos de retraso, sugiero que comencemos cuanto antes.
—Ni esperó una respuesta ni prestó atención al ceño fruncido de Longforth—.
El primer punto se refiere a las existencias de papel.
Tenemos razones para creer que algunas editoriales están acaparando cantidades de papel que de otro modo podrían usarse para un bien mayor.
—¡Oh, vamos, Beecher! —dijo Longforth—. Seguro que hay asuntos más apremiantes. Hay papel más que suficiente para todos. Debemos mantener a los editores de nuestro lado. Sugiero que no alborotemos el avispero.
—Estoy de acuerdo en que debemos mantener buenas relaciones, pero también es necesario asegurarse de que todo se hace de forma justa —dijo Beecher—. Y parece que algunas editoriales reciben un trato favorable.
—Lo cual no estaría nada bien —lo interrumpió Longforth mirando de reojo a Lear, que resopló divertido.
Peggy contuvo el aliento al ver cómo se desarrollaba la escena y el modo en que crecía la irritación del señor Beecher.
Había algo en este que le recordaba al señor Alderman, lo cual a su vez provocó que sintiera hacia él una inmediata oleada de lealtad. Longforth miró a los ojos a Beecher.
—Mire, viejo amigo, es posible que no comprenda cómo funcionan estas cosas realmente, pero Lord Candleford estaría de acuerdo en que deberíamos dejar que los tipos del Departamento de Racionamiento de Papel se encarguen de controlar las cantidades que usamos mientras nosotros nos ocupamos del asunto de las publicaciones. ¿No le parece?
Esa pregunta fue formulada como un desafío. Y Beecher lo aceptó sin la menor vacilación.
—Muy bien. ¿Pasamos entonces al segundo punto del orden del día?
Está relacionado con este tomo —dijo, sosteniendo en alto un cuadernillo de color naranja titulado Cómo Hitler provocó la guerra .
Peggy reparó en que Lear se removía incómodamente en su asiento—.
Como primera incursión del departamento en el asunto de las publicaciones podría decirse que ha sido un auténtico fracaso.
Longforth negó con la cabeza.
—Ha habido algunos malentendidos con los libreros y también algún problema con los derechos de autor, pero...
—He oído decir que el ministro está muy decepcionado —dijo Beecher.
Longforth se cruzó de brazos.
—Bueno, Beecher, viejo amigo. Le hago una propuesta. ¿Qué le parece si mi departamento sigue ocupándose de las relaciones con las editoriales mientras el suyo se dedica a producir sus propios libros y folletos?
Beecher le sostuvo la mirada con un brillo desafiante en los ojos.
—Acepto el reto.
Longforth le devolvió la mirada con una ceja enarcada.
—Muy bien.
Después de eso, la reunión apenas duró cinco minutos más. Longforth la terminó poniéndose de pie seguido de Lear y otro hombre. Antes de marcharse, se detuvo en la puerta de entrada.
—Buena suerte, Beecher —dijo con una sonrisita de suficiencia—. La necesitará.
—¿Son siempre así estas reuniones? —preguntó Peggy cuando subía en el ascensor con Sheldrake y Fairchild de vuelta a la oficina. Beecher había preferido tomar la escalera.
—Más o menos —contestó Sheldrake, encogiéndose de hombros.
—Henry Longforth tiene fama de ser una de las personas más aterradoras del mundo de la edición —dijo Fairchild con mirada temerosa—.
Uno de mis amigos de Oxford trabaja para él y dice que es como estar constantemente al borde de un volcán activo.
Yo lo evitaba por completo cuando trabaja en ese lado de la plaza.
—Es cierto —añadió Sheldrake—. Sé de tres personas que han dimitido tras ser víctimas de sus arrebatos, y he oído el rumor de que una vez, cuando era más joven y trabajaba en el Daily Messenger , desafió a un colega editor a un duelo.
—El señor Beecher no parecía intimidado —dijo Peggy.
—Es un buen hombre —contestó Sheldrake.
—Sí —dijo ella—. Estoy comenzando a darme cuenta de ello.
—Bueno —dijo Beecher de vuelta en la oficina—, tenemos una ardua tarea por delante.
—Dejó el folleto naranja sobre un escritorio—.
Échenle un vistazo y díganme qué les parece.
¿Qué le falta? ¿Qué debemos hacer para crear publicaciones que capten la imaginación del público?
Deben inspirar a la gente, informarla y levantarle la moral, por difícil que sea.
—¿Preparo algo de té mientras lo discuten, señor? —preguntó Peggy.
Beecher frunció el ceño.
—Ni hablar. Necesito su opinión, señorita Sparks. Si no tiene usted inconveniente, claro. —A ella se le humedecieron las palmas de las manos al acercarse al escritorio.
—Está bien escrito —admitió Sheldrake, leyendo por encima el texto—. Eso no puede negarse.
—A lo mejor la gente no quiere leer libros sobre Hitler —sugirió Fairchild.
— Mein Kampf fue uno de los libros más vendidos el año pasado en este país —dijo Beecher. Peggy cogió el cuadernillo y hojeó sus páginas—. ¿Alguna idea, señorita Sparks?
—Creo... —comenzó a decir ella, levantando la mirada hacia ellos.
Sheldrake mostraba su habitual expresión ceñuda, pero Beecher y Fairchild la observaban con auténtico interés—.
Necesita ilustraciones. De lo contrario, no es más que una colección de datos áridos y bloques de texto —dijo finalmente, encogiéndose bajo el escrutinio de sus miradas—.
Es solo mi opinión, claro está. Podría estar equivocada.
—No —dijo Beecher—. Creo que ha dado en el clavo.
—Una idea estupenda —convino Fairchild.
—Pero cara —dijo Sheldrake—, y, por lo tanto, arriesgada.
—Bueno —dijo Peggy—. Corríjanme si me equivoco, pero en esta sección hay alguien con contactos en el Departamento de Fotografía.
Lady Marigold Cecily escogió ese momento para aparecer repentinamente por la puerta, ataviada con unas gafas oscuras y un abrigo acampanado de color amarillo mostaza. Alzándose las gafas, los observó como si fuera una estrella de cine a punto de saludar a su público.
—Hola a todos. Lamento mucho llegar tarde, señor Beecher. Tenía una cita ineludible. ¿Qué me he perdido?
Beecher le encargó la producción de un folleto titulado Nuestra poderosa Armada . Estaría completamente ilustrado y se distribuiría entre miembros de la Armada Real y el público general.
—Debe ser algo que galvanice e inspire a esas valientes almas a luchar en nuestro nombre —les dijo—. Cuanto antes terminen su trabajo, antes conseguiremos traerlos de vuelta a casa.
—Disculpe si hablo fuera de lugar, señor Beecher —dijo Sheldrake—, pero ¿cree de veras que estas publicaciones pueden tener alguna influencia?
Beecher se lo quedó mirando un momento antes de contestar:
—¿Sinceramente, señor Sheldrake? No puedo afirmarlo con certeza, pero sí sé que, si bien los carteles, las películas o incluso los programas de radio causan un impacto inmediato, la palabra escrita tiene el poder de perdurar.
A la gente le encanta que Charlie Chaplin la entretenga los viernes por la noche, pero vuelve una y otra vez a Dickens, Austen, Shakespeare.
—Muy cierto, querido señor —dijo Fairchild, con la mirada perdida.
Beecher prosiguió:
—Quién sabe cuánto durará esta guerra, pero no habrá terminado para Navidad, y tampoco creo que lo haya hecho para estas mismas fechas del año que viene.
Debemos, pues, producir obras que nos animen a todos a perseverar.
Cualquiera que tenga un familiar luchando en el extranjero seguro que está de acuerdo.
—Yo lo estoy —dijo Peggy, envalentonada al pensar en su hermano. Los demás la miraron con interés—. Mi hermano gemelo, Joe, está en el regimiento de tanques —explicó.
—¡Oh, tienes un hermano gemelo! —dijo Marigold con una curiosidad poco habitual en ella.
—En ese caso —dijo Beecher—, parece que tenemos una razón aún más imperiosa para que estos folletos sean un éxito.
Marigold se puso de pie e intercambió una mirada rápida con Peggy mientras se dirigía hacia la puerta.
—Iré a hablar con Cordy ahora mismo.
—Muy bien, señorita Cecily —dijo Beecher.
—Vamos, señorita Sparks —dijo Sheldrake—. Comencemos a trabajar en el texto.
—Iré a buscar mi cuaderno, señor Sheldrake —contestó ella con una sonrisa de agradecimiento.