Manual de señoritas para ganar la guerra 4 #3
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El hombre, en cambio, no habría podido mostrarse más indiferente aunque lo hubiera intentado, y se limitó a dedicarles una cortante sonrisa.

—Rosa, querida. Deberíamos ir tirando. Adiós, señor Beecher —dijo, tendiéndole la mano.

—Adiós, Frank. Rosa. Buen viaje. Lamento que Longforth no haya podido asistir a la reunión. Espero que vuestra visita no haya sido en vano.

Frank Bauman no contestó.

—Claro que no —dijo Rosa—. Siempre es un placer verte, Clarence. Y me alegro de haberles conocido a ustedes —añadió, volviéndose hacia Laurie y Peggy. Esta contempló cómo se alejaban sin poder evitar sentir lástima por el hecho de que esa pobre mujer tuviera que soportar a un marido tan maleducado.

—¡Ya estoy en casa! —exclamó Peggy horas después al abrir la puerta principal, y Badger salió disparado por el pasillo para recibirla. Nada más entrar, sin embargo, vio que Flo estaba llorando, y, tras dejar caer su bolso, se apresuró a llegar a la cocina—. ¿Qué ha pasado? ¿Se trata de Joe?

Nancy estaba sentada en el regazo de Emily, ambas con el rostro ceñudo. Alice, por su parte, sostenía al bebé Charlie en brazos mientras Florence lloraba.

—No va a venir a casa, Peg. No van a darle ningún permiso antes de enviarlo Dios sabe dónde.

Peggy envolvió con los brazos a su amiga.

—¡Oh, querida Flo! ¡Lo siento mucho! Te diré qué haremos.

Le enviaremos un paquete lleno de sus cosas favoritas.

—Peggy se sentó a la mesa—. Nancy puede hacerle un dibujo, nosotras usaremos nuestras raciones y la abuela le preparará un buen bizcocho, ¿de acuerdo?

—Flo asintió y Peggy le dio un beso en la coronilla—. Todo irá bien. Te lo prometo.

Nancy descendió de la rodilla de su abuela y luego se acercó a Peggy.

—¿Tía Peg?

—¿Sí, Nancy? —dijo, sentándola en su regazo.

—Echo de menos que trabajes en la biblioteca. No es lo mismo con la señorita nosecuántos trabajando allí en tu lugar.

—Pensaba que te gustaba la señorita Bunce.

Nancy arrugó la nariz.

—Y me gusta, aunque huele a naftalina, mientras que tú... —Nancy olisqueó su cuello— hueles a casa.

Peggy intercambió una mirada con su madre y atrajo a su sobrina hacia sí.

—La señorita Bunce era la bibliotecaria cuando yo era pequeña. Es muy buena eligiendo libros.

—Cierto —dijo Nancy—. Aunque me aseguró que me gustaría Pollyanna y no fue así, así que se lo hice saber.

—¿Y qué te dijo la señorita Bunce?

—Sonrió y me preguntó por qué.

—¿Y qué le dijiste a eso?

Nancy se cruzó de brazos.

—Le dije que está demasiado contenta todo el tiempo. Nadie puede estar siempre tan contento. Al menos eso es lo que dice la bisabuela.

—Me alegro de que mis píldoras de sabiduría calen en alguien, Nancy Sparks —dijo Emily con satisfacción.

—¿Y qué respondió la señorita Bunce a eso? —inquirió Peggy, intercambiando una mirada divertida con Flo.

—Me preguntó si yo estaba de acuerdo con la bisabuela —dijo Nancy.

—¿Y? —Peggy reparó en que su abuela colocaba los brazos en jarra, expectante.

—Le dije que me gusta estar contenta, pero que me pongo triste cuando pienso que papá no está con nosotros, así que me parece que la bisabuela tiene razón porque, en realidad, ¿cómo puedes saber que estás contenta si nunca has estado triste?

—Peggy y Emily se la quedaron mirando asombradas—.

Y entonces el señor Alderman dijo que yo era como una Bernard Russell en miniatura o algo así, y me preguntó si me gustaría formarme para ser bibliotecaria.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó Alice con una risa ahogada.

—Le di las gracias, pero le recordé que solo tengo siete años. —Todo el mundo se rio y Peggy le dio un beso en la coronilla—. Creo que el señor Alderman te echa de menos, tía Peg —añadió Nancy.

Peggy exhaló un suspiro. Ella también lo echaba de menos.

Wilberforce Alderman había llegado a Edenham en 1920 y, sin fanfarria ni explicaciones, se había hecho cargo de la biblioteca recién construida.

Esto había dado lugar a todo tipo de rumores, como que era un asesino, un espía fugitivo o incluso un conde ruso exiliado.

Estas habladurías se acallaron en gran medida cuando el señor Alderman comenzó a proporcionarles a esas almas imaginativas las mejores novelas policiacas y de espionaje disponibles, y Emily Marsh les dijo a los demás que si no tenían nada bueno que decir, sería mejor que mantuvieran cerradas sus malditas bocas.

Por su parte, el señor Alderman nunca habló con Peggy de la vida que llevaba fuera de la biblioteca, pero ella sabía que vivía solo en una pequeña casita de campo de las afueras porque un día lo había visto a través de una ventana mientras paseaba al perro con su abuela.

Él estaba sentado en un cómodo sillón, leyendo a la luz de una lámpara cuyo resplandor dorado se reflejaba en la estantería repleta de libros que había detrás de él.

—A mí no me parece que tenga pinta de asesino —dijo aquel día Emily, dándole un pequeño codazo a Peggy mientras pasaban por delante de la ventana.

—Asegúrate de darle recuerdos de mi parte cuando vuelvas a verlo en la biblioteca, ¿de acuerdo? —le dijo Peggy a su sobrina.

Nancy asintió enfáticamente y luego examinó el rostro de su tía.

—Tía Peg, ¿has estado enamorada alguna vez?

—¡Nancy! —dijo Alice—. ¿Por qué quieres saber eso?

Nancy miró a su madre con incredulidad.

—Quiero saberlo todo. —Y, volviéndose de nuevo a Peggy—: Entonces..., ¿lo has estado?

Peggy se rio.

—No lo creo.

Nancy rodeó el cuello de su tía con los brazos.

—Creo que deberías encontrar a alguien de quien enamorarte para que yo pueda ser la dama de honor en tu boda.

—Entiendo —dijo Peggy—. Bueno, haré lo que pueda, Nance. —La niña le dio un beso en la mejilla a su tía.

—Bueno, jovencita —dijo entonces Emily—, ya basta de tonterías por hoy. La tía Peggy ha estado trabajando duro todo el día y necesita cenar. Y yo también.

Más tarde, cuando se sentaron para escuchar las noticias, Emily se volvió hacia Peggy.

—Nancy tiene razón, ¿sabes? Te mereces a alguien que te quiera y te haga sentir especial. ¿A que tengo razón, Alice?

Esta le dio un sorbo a su té y miró a su hija.

—No es cosa mía. Lo que haga feliz a Peggy me hará feliz a mí.

Peggy sonrió y dijo:

—Os tengo a vosotras y, por ahora, eso es mucho más que suficiente para mí.

Julio de 1940

Querida Peg:

Gracias por tu carta. ¡Seguro que acabarás trabajando en la biblioteca otra vez!

Me encanta oír las historias de Lady Marigold y el tipo ese, Sheldrake.

Pero no te dejes mangonear, ¿eh? Beecher parece un buen hombre, eso sí, y no tengo la menor duda de que estás haciendo un gran trabajo.

Sigue así y dentro de nada dirigirás el país.

Seguramente Flo ya te ha contado que no me darán permiso antes de que nos traslademos en los próximos días.

Fue un golpe algo duro, la verdad. No soporto la idea de no veros a todos y no poder abrazar a Flo y a los niños antes de marcharme.

No estoy seguro de cómo me siento respecto a lo que viene ahora.

Desearía poder ir a dar un paseo por la colina de Edenham Park para hablarlo contigo.

Tú siempre me haces sentir mejor. Eres sabia, Peg.

Seguramente se debe a todos esos libros que lees.

Supongo que solo quiero hacer lo que sea necesario y regresar a casa lo antes posible.

Intento no pensar en lo que está por venir, pero tengo la sensación de que no podré volver a casa hasta que haya terminado la guerra.

La buena noticia es que he hecho un buen amigo, un tipo llamado Albert Cobb.

Nació en Yorkshire y es todo un personaje.

No deja de hacernos reír. Eso es lo único que nos podemos permitir.

No dejar de sonreír, como dice la canción esa, Smilin’ Through .

Te escribiré siempre que pueda, pero puede que no tengáis noticias mías durante un mes o dos.

Por favor, vosotros seguid enviándome cartas y paquetes.

No puedes imaginarte lo mucho que nos animan a todos, y me llegarán allí donde me encuentre.

¡Que Dios bendiga el Servicio Postal del Ejército!

Pídele a la yaya que me haga uno de sus bizcochos Victoria.

Siempre son un auténtico manjar. Cuidaos mucho.

Sé que Hitler no tardará en poner Londres en su punto de mira y me alegro de haber construido un refugio antes de marcharme.

Si no puedo estar ahí para protegeros en persona, al menos sé que estaréis a salvo.

Por favor, asegúrate de que la yaya lo use.

Mándale todo mi amor a ella y a mamá y guárdate un poco para ti.

Gracias por cuidar de Flo y los niños. Son afortunados de tener a alguien como tú en su vida.

Todos lo somos. Estoy poniéndome algo sentimental, pero si no se pueden decir cosas así en momentos como este, ya no se llegan a decir nunca. Volveremos a vernos.

Te quiere,

Joe