Manual de señoritas para ganar la guerra 4 #2
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—Por supuesto, señor. —Se volvió hacia Peggy—.

Señorita Sparks, el Servicio Voluntario Femenino ha solicitado un folleto sobre la incontinencia nocturna para distribuir a todas las familias que acogen evacuados.

¿Sería tan amable de revisar su versión y llevar a cabo las correcciones que considere oportunas?

—Por favor —murmuró Beecher.

—Por favor —dijo Sheldrake con una tirante sonrisa.

—Por supuesto —dijo Peggy—. Pobres criaturas. Deben de extrañar sus casas. Lo que haga falta para que se sientan mejor.

Pensó en Nancy y Flo, y en la reacción de Emily cuando les dijeron que el ayuntamiento estaba planeando evacuar la escuela de Nancy.

—Permaneceremos juntas y cuidaremos unas de otras —dijo Emily—. Ya hay suficientes familias separadas con todos esos padres e hijos yendo a la guerra. En el campo no estarás más segura que aquí. Joe construyó el refugio para mantenernos a salvo mientras él estaba fuera. No nos pasará nada.

Beecher ya estaba a punto de desaparecer en su despacho cuando Marigold entró desenfadadamente por la puerta.

—Buenas tardes, señorita Cecily. ¿Se ha perdido de camino a la oficina?

Ella le dedicó una sonrisa deslumbrante. Peggy supuso que debía de ser el tipo de sonrisa con la que salía del paso habitualmente.

—Mi querido señor Beecher. Es posible que me haya quedado dormida. Mi nueva ama de llaves no me ha despertado.

—Espero que la haya despedido en el acto.

Marigold se rio. Se trataba de una risa brillante y cristalina que evocaba imágenes de copas de cristal llenas de champán.

—¡Oh, señor Beecher, es usted muy gracioso!

—Espero que siga opinando lo mismo cuando hayamos terminado nuestra conversación, señorita Cecily. ¿Le importaría pasar a mi despacho, por favor?

Marigold se volvió hacia Peggy e hizo una mueca cómica antes de seguir al señor Beecher.

Aunque la puerta del despacho estaba cerrada, no resultaba difícil oír las firmes aseveraciones del director del departamento y las quejumbrosas protestas de Marigold.

En un momento dado, Peggy se volvió hacia Sheldrake, que mantenía la mirada puesta en el documento que tenía delante aunque claramente no estaba leyendo una sola palabra.

Cuando Marigold salió, Peggy volvió a enfocar la atención en su trabajo, concentrándose en la primera página del documento que Sheldrake le había dado y en las palabras «educar al niño».

No levantó la mirada cuando Marigold se abrió paso hasta su escritorio y, tras sentarse pesadamente en su silla, exhaló un suspiro y dejó caer una carpeta sobre el escritorio.

A Peggy le recordó a Nancy cuando cogía una rabieta.

Mientras comenzaba a revisar los documentos, Marigold chasqueó la lengua y, rascándose la cabeza, murmuró por lo bajo:

—Qué hombrecito tan malhumorado.

Como nadie respondió, se inclinó hacia Peggy y le susurró:

—¿Qué le pasa al viejo Beecher?

Peggy se encogió de hombros.

—Solo está haciendo su trabajo —dijo, resistiendo el impulso de añadir: «Deberías probarlo alguna vez». ¿Para qué?

—Es un gruñón —dijo Marigold, estudiándose las uñas—. Peor que mi padre, que ya es decir. —Y, a continuación, miró a Peggy de reojo—. Me aburro. ¿Qué estás haciendo?

—Editando un folleto sobre la incontinencia nocturna para el SVF. ¿Quieres hacerlo tú?

Marigold arrugó su perfecta nariz.

—Ni hablar.

—¿Señorita Cecily? —dijo Sheldrake.

Marigold hizo una mueca de disgusto antes de volverse.

—¿Sí, señor Sheldrake?

—Uno de nuestros editores ha solicitado una selección de fotografías de aviadores de la RAF y, por desgracia, en estos momentos estoy muy ocupado...

Los ojos de Marigold se iluminaron y se puso de pie de un salto.

—¡Entendido! —exclamó, fingiendo un saludo militar—. Déjelo en mis manos.

Él le dio la lista y, unos segundos después, ella ya se había marchado.

Peggy miró interrogativamente a Sheldrake, que se encogió de hombros.

—Al menos ahora podremos trabajar un poco.

Marigold apenas llevaba fuera unos minutos cuando alguien llamó suavemente a la puerta de la oficina. Al volverse, Peggy vio a un hombre de pelo castaño claro con aspecto desconcertado y un ejemplar de la revista The Author bajo el brazo.

—Otro más no —murmuró Sheldrake antes de volverse y decirle—: ¿Podemos ayudarle en algo?

—Oh —dijo el hombre, mirando por encima del hombro como si buscara consejo—. Verá, me han enviado...

—¿El departamento de Henry Longforth?

—¿Cómo lo ha sabido? —preguntó el hombre, sorprendido.

—Una mera suposición.

—Han creído que...

—¿... aquí encajaría?

El hombre se lo quedó mirando asombrado.

—Es usted como un adivino.

Sheldrake cogió un archivo y se lo tendió al hombre.

—Me han llamado cosas peores. Tenga esto. —Y, cogiendo un lápiz azul del bote que tenía delante—: Y también esto. Siéntese en ese escritorio y revise el contenido.

—Es solo que yo soy más bien un escritor —dijo el hombre, mordisqueando pensativamente el lápiz—. Ya sabe, alguien creativo.

—Bueno, siéntase libre de ser tan creativo como quiera con esas enmiendas, siempre que sean correctas y no cambie las palabras.

—Está bien —dijo el hombre, echándole un vistazo a Peggy.

—Hola —dijo ella, tratando de mostrarse más cordial que Sheldrake—. Me llamo Peggy Sparks.

—Gideon Fairchild. Encantando de conocerla —dijo él, sentándose detrás de su escritorio, y, en cuanto sacó el primer documento, frunció el ceño como si las palabras que leía le hirieran profundamente.

Para la hora del almuerzo, Peggy había terminado con su folleto, en el que había añadido consejos como «Sean amables y pacientes» y «Traten a estos niños como si fueran suyos.

Están muy lejos de casa». Se recostó en la silla, contemplándolo satisfecha.

Puede que no tuviera un efecto directo en el rumbo de la guerra, pero quizá hiciera más llevadera la vida de alguien mientras esperaba a que terminara.

—Ya he acabado, así que iré ahora a almorzar, señor Sheldrake —dijo.

—Muy bien. ¿Y usted ha acabado, señor Fairchild?

Este alzó la mirada con los ojos como platos.

—Todavía estoy en la primera página —dijo.

Sheldrake alzó la mirada al cielo como si pidiera que un rayo lo fulminara y luego se acercó al escritorio de Fairchild. Peggy todavía podía oír su voz cuando ya estaba llegando al final del pasillo.

—No es más que un folleto informativo sobre cómo mantenerse sano durante el invierno, señor Fairchild. No necesita que le insufle tensión dramática.

Ella rio para sus adentros mientras cruzaba la biblioteca y le sorprendió agradablemente ver a Laurie esperándola en la puerta.

—He pensado que podríamos aprovechar el sol primaveral —dijo él. Peggy se volvió hacia los libros, mirándolos por encima del hombro—. No te preocupes —añadió—. No se irán a ninguna parte.

Tenía que confesar que conocer a Laurie había sido lo mejor de trabajar en el Ministerio.

Al principio, ambos se habían mostrado algo reservados, pero en cuanto comenzaron a hablar sobre libros y, en particular, de la pasión de Laurie por la poesía, su amistad floreció.

Con Joe ausente, ella disfrutaba de la sincera compañía del bibliotecario.

No se había dado cuenta de hasta qué punto echaba de menos a su hermano, y, si bien Laurie era distinto a Joe, ambos poseían un corazón bondadoso y una franqueza que hacían que Peggy sintiera que podía contarles cualquier cosa.

—Ya hemos llegado —dijo Laurie después de dejar atrás los bulliciosos pasillos del Ministerio y recorrer la calle que conducía a Russell Square.

Era una plaza ajardinada pequeña pero bien diseñada, atravesada por senderos salpicados de árboles de hoja perenne, robles, tilos y tejos, todos ellos rebosantes de vida bajo el sol de primavera—.

Este jardín fue diseñado por un hombre llamado Humphrey Repton para uso privado de los residentes y sus invitados —dijo Laurie, señalando las elegantes casas adosadas que rodeaban la plaza.

—Bueno, en ese caso me alegro de que permitan entrar a gentuza como nosotros —bromeó Peggy, sentándose en un banco y alzando el rostro hacia el sol.

Laurie se sentó a su lado e inhaló profundamente.

—Si tienes un jardín y una biblioteca, ya no te hace falta nada más.

—Sabias palabras.

—Son de Cicerón, no mías, lamentablemente.

—Estoy segura de que a ti podría ocurrírsete algo igual de bueno —dijo Peggy.

Laurie se rio.

—Tienes más fe en mí de la que ni yo mismo tengo.

—Nunca lo sabrás si no lo intentas. O, al menos, eso es lo que me digo siempre a mí misma.

—Bueno, tú ya sabes que escribes bien. Esa es la razón por la que te contrataron aquí.

—Cierto. Aunque ahora ya no escribo los diarios del proyecto de Observación de Masas. Lo que solía incluir en ellos lo escribo en las cartas que envío a mi hermano.

Laurie se la quedó mirando.

—Debes de echarlo mucho de menos.

—Él es la razón por la que acepté este trabajo. —Y, lanzándole una mirada furtiva, le preguntó—: ¿Puedo decirte algo que no le he contado a nadie?

Él se llevó una mano al corazón.

—Sería un honor.

—Voy a asegurarme de que regrese a casa. Él y todos los demás. Voy a hacer todo lo que esté en mi poder para poner fin a esta guerra.

Peggy se sintió sin aliento tras decir en voz alta esas palabras que había estado albergando en su corazón, pero también eufórica, sobre todo cuando Laurie contestó:

—No se me ocurre una razón mejor para hacer algo, Peggy. Ojalá estuvieras tú dirigiendo el país.

Regresaron al Ministerio justo cuando Beecher salía por la puerta acompañado por un hombre y una mujer.

—¡Ah, señorita Sparks, señor Parker! Permítanme que les presente a Frank y Rosa Bauman. Dirigen la imprenta en la que producimos muchas de nuestras publicaciones.

—Encantada de conocerlos a ambos —dijo la mujer, extendiendo una mano primero a Peggy y luego a Laurie. La naturalidad de ese gesto y el modo en el que les sostuvo la mirada a ambos —con unos ojos que irradiaban genuina calidez— hicieron que a Peggy esa mujer le gustara de inmediato.