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A la mañana siguiente, animada por las palabras de su madre, Peggy llegó temprano al Ministerio.
Estaba decidida a causar una buena impresión y mostrar su disposición a realizar cualquier tarea que le asignaran.
En cuanto llegó a la puerta de la oficina, sin embargo, se detuvo de golpe.
Había montones de cajas sobre los escritorios y por el suelo.
En medio de ese caos, Sheldrake estaba metiendo cosas en una de las cajas con su habitual mueca de impaciencia.
—¿Va todo bien, señor Sheldrake? —preguntó Peggy.
—Si considera que trasladar toda nuestra oficina y su contenido a otra planta es estar bien, pues sí, estamos de maravilla —respondió él.
—¡Vaya! —dijo Peggy, quitándose el sombrero y cogiendo una caja—. Deje que lo ayude.
Él se lo agradeció con un gruñido.
—Al parecer, no es suficiente que la División de Noticias ocupe la planta baja. También necesitan esta.
—¿Y adónde iremos?
—Por alguna razón que solo conocen los mandamases, nos trasladamos a la biblioteca.
—¿A la biblioteca? —A Peggy le hizo ilusión la idea de trabajar cerca de su nuevo amigo, Laurie—. ¿Y los libros?
—Seguirán en su sitio. Supongo que tiene más sentido que el Departamento de Publicaciones esté en la biblioteca. Al menos será un lugar tranquilo —añadió mientras se oía una carcajada al fondo del pasillo—. Tiene que empaquetar sus cosas y coger lo que pueda. Los mozos traerán el resto más tarde.
—¿Y qué hay de Marigold? —preguntó Peggy, echándole un vistazo a su caótico escritorio.
—Bueno, la culpa es suya por no llegar a la hora. Ya se las arreglará.
Cuando todo estuvo empaquetado, subieron por la escalera en dirección a la biblioteca. En la entrada los esperaba un hombre mayor delgado como un palo y con la mirada desquiciada que, nada más verlos, comenzó a agitar los brazos frenéticamente.
—¡Fuera! ¡Fuera! —exclamó—. Me niego a permitir la anexión de la biblioteca. ¡Es como si volviéramos a estar en 1938!
—Profesor Minton —dijo Laurie, saliendo a toda prisa del despacho de los bibliotecarios—. No pasa nada, señor Minton. Yo me aseguraré personalmente de que ningún libro sufra daño alguno.
El profesor se lo quedó mirando con ojos tristes y lechosos.
—Son mi vida, ¿sabe?
Peggy intercambió una mirada con Laurie y se acercó al hombre mayor.
—No dañaremos nada, señor. Se lo prometo. Yo misma trabajaba antes en una biblioteca. Soy perfectamente consciente de lo valiosos que son los libros.
El profesor Minton asintió con resignación y cansancio.
—Gracias —dijo, antes de marcharse arrastrando los pies.
—Lo siento —dijo Laurie—. Algunos de los académicos más veteranos se han mostrado algo reacios a...
—La invasión del Ministerio —dijo Beecher, entrando detrás de ellos—.
Algo que comprendo perfectamente. El profesor Minton es uno de los historiadores más respetados de Europa.
Me aseguraré personalmente de tranquilizarlo.
Como departamento —añadió, dirigiéndose a Laurie— le agradecemos a usted y a sus colegas que nos permitan compartir su espacio.
Nos comportaremos en todo momento con el más absoluto respeto.
—Extendió una mano—. Soy Clarence Beecher, uno de los directores del Departamento de Publicaciones, y estos son el señor Sheldrake y la señorita Sparks.
—Laurie Parker —dijo este, estrechándole la mano a Beecher—. Me alegro de conocerlos a todos, aunque en realidad a Peggy ya la conocía. —Ella sonrió tímidamente.
—Excelente —dijo Beecher—. Y sin duda conocerá a la señorita Marigold Cecily cuando se digne a honrarnos con su presencia.
—¡Yuuujuuu! —se oyó entonces que exclamaba una voz.
—¡Ah! —dijo Beecher, mirando su reloj—. Es una mejora de veinte minutos respecto a ayer.
—Lamento llegar tarde. Me ha costado una eternidad encontraros, y, además, mi ama de llaves me ha dejado para unirse al esfuerzo bélico, así que estoy completamente perdida.
—¡Vaya! —dijo Beecher—. ¿Cómo podrá arreglárselas?
—Qué detalle por su parte preocuparse, señor Beecher —dijo ella con una sonrisa angelical, algo ante lo que Sheldrake no pudo evitar poner los ojos en blanco.
—Bueno, si me siguen les enseñaré donde trabajarán a partir de ahora —dijo Laurie, y los condujo a la sala que Peggy había descubierto el día anterior.
Esta miró a su alrededor y sintió que sus hombros se relajaban al admirar las estanterías repletas de libros que iban del suelo al techo y comprobar que todavía había más en un entresuelo superior—.
Y por aquí hay despachos más pequeños —le explicó Laurie a Beecher.
—Gracias, señor Parker. Estoy seguro de que estaremos muy cómodos.
—Me recuerda a la biblioteca de papá en casa —dijo Marigold—.
Aunque en ella, cuando una coge un libro de la estantería, suele encontrar detrás un decantador de whisky.
—Marigold cogió entonces un volumen al azar y, tras hojearlo descuidadamente, lo dejó a un lado y seleccionó otro—. Menudo montón de libros polvorientos.
—En realidad —comenzó a decir Laurie, cogiendo el volumen que ella había descartado—, sería mejor que no hiciera eso. Todos los libros están guardados siguiendo un orden específico.
Marigold se lo quedó mirando maravillada como una niña, y luego colocó el libro que sostenía en el primer hueco que encontró.
—¿En serio? Qué ingenioso. Eso debe de hacer que sea más fácil encontrarlos.
—Así es como suelen funcionar las bibliotecas —murmuró Sheldrake.
—Fascinante —dijo Marigold, ajena al hecho de que Laurie había cogido el libro que ella acababa de dejar descuidadamente en el estante y lo había colocado en su sitio.
—Bueno, escúchenme todos —dijo Beecher—.
Me han informado de que más tarde los teléfonos ya funcionarán, así que aprovechemos para disfrutar de algo de paz mientras nadie sabe todavía dónde estamos.
Trataremos la biblioteca con el respeto que se merece.
¿Alguna pregunta? —Como nadie contestó, él asintió secamente—. Estupendo. Siempre adelante.
A lo largo de los siguientes meses, Peggy procuró entregarse a su trabajo en el Ministerio sin cuestionar en ningún momento el tedio de las tareas que le asignaban.
A ella le parecía que los hombres —es decir, Beecher y Sheldrake— se pasaban la vida asistiendo a reuniones que les ponían de mal humor mientras que las mujeres —es decir, Peggy, ya que Marigold estaba siempre ausente— tenían que preparar el té y tomar notas, o se les asignaban una serie de tareas derivadas de esas reuniones que habrían podido aburrir hasta a las piedras.
Durante días, Peggy hizo lo posible para mostrarse entusiasmada con folletos como Guía formativa de la Guardia contra Incendios o Cómo conservar tomates , hasta que, un día, Sheldrake salió de una reunión todavía más irritado de lo habitual.
—Incontinencia nocturna —dijo, arrojando un documento al escritorio de Peggy sin más explicación.
A ella se le secó la boca mientras se quedaba mirando las páginas en cuestión y, de repente, oyó en su cabeza la voz de Emily Marsh: «Bueno, Peggy Sparks, ¿vas a permitir que este hombre te hable así?». Se aclaró la garganta.
—¿Señor Sheldrake?
Él la miró con cara de pocos amigos.
—¿Sí? ¿Qué pasa?
Peggy tragó saliva. «Vamos, Peggy. Suéltalo».
—Es solo que su comportamiento...
Sheldrake se cruzó de brazos.
—¿Mi comportamiento?
«Vamos, Peggy. Ahora no te quedes callada».
—Sí, su comportamiento es a veces...
—¿Algo brusco? —dijo una voz—. ¿Descortés? ¿Directamente maleducado?
Peggy y Sheldrake se volvieron. En la puerta estaba Beecher.
—Disculpe al señor Sheldrake —dijo—. Posee una naturaleza algo belicosa gracias, sin duda, al hecho de haber estudiado en una escuela privada.
—Fui a una escuela pública, señor Beecher.
—Pues en ese caso no tiene excusa alguna. Señorita Sparks, lamento no haber tenido tiempo de hablar con usted y explicarle formalmente el funcionamiento del Ministerio. A decir verdad, ninguno de nosotros está seguro de cómo funciona exactamente.
—En realidad, el señor Sheldrake me explicó el papel que desempeñamos como parte del Departamento de Publicaciones situado al otro lado de Russell Square.
Según me dijo, somos responsables de todos los libros, panfletos y folletos que se publican como parte del esfuerzo bélico —dijo Peggy echándole un vistazo a Sheldrake, que se limitó a fruncir el ceño.
—Bueno, ya es algo. Como sabe, yo dirijo esta sección editorial y el señor Longforth dirige la otra.
La suya cuenta con algunos de los mejores escritores de Inglaterra.
Estoy seguro de que los conoce. —Peggy asintió—.
Por supuesto, muchos de ellos consideran que trabajar para una organización gubernamental no encaja con sus sensibilidades creativas y no duran demasiado.
Y luego está el problema de que pueden llegar a ser un poco.
.. ¿Cómo lo diría...? —Alzó la mirada en busca de la palabra adecuada—.
¿Vanidosos? —A Sheldrake eso le hizo gracia y soltó un resoplido.
Beecher enarcó una ceja antes de proseguir—.
Esto no es una crítica, claro está, pues no debe criticarse a los grandes artistas.
Solo expongo la realidad con la que nos encontramos.
En consecuencia, nuestro departamento es pequeño pero está sobrecargado, pues tenemos el dudoso placer de ocuparnos de todo aquello que el señor Longforth considera indigno de los grandes escribas de su sección.
¿Le da esto una visión más completa de la que quizá tenía antes?
—Sí —dijo Peggy—. Gracias, señor. Y, por favor, no piense que no estoy dispuesta a hacer aquello que se me pida.
—Lo comprendo. El problema es simplemente la forma en que se lo piden —dijo, y se quedó mirando fijamente al señor Sheldrake—. ¿Sería tan amable de tratar a la señorita Sparks con la misma cortesía que me dedicaría a mí o a cualquier otro miembro de nuestro equipo, señor Sheldrake?
Sheldrake cambió ligeramente el peso del cuerpo.