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Con la oficina libre de aristócratas engreídas y compañeros con mal genio, Peggy pronto se sumergió felizmente en un Manual de seguridad ante bombardeos aéreos .
Al poco ya se había olvidado de dónde se encontraba e incluso se sorprendió a sí misma ignorando momentáneamente la sensación de que no pertenecía a ese lugar.
Con cada marca de su lápiz azul —con cada punto, cada guion y cada corrección— se sentía más segura de sí misma.
Era como si todas esas pequeñas marcas que dejaba en el papel fueran para Joe.
Eso no se lo habría reconocido a nadie por miedo a parecer tonta.
Simplemente, le bastaba con dejar que la idea germinara en su corazón cual semilla en la cálida tierra.
Para la hora del almuerzo, Peggy había terminado un tercio del documento y notó que su estómago comenzaba a protestar.
Al no haber nadie que le dijera que no podía hacerlo, decidió coger los sándwiches de paté de pescado que su madre había insistido en prepararle («Por si acaso el ministro no te invita a almorzar en tu primer día», le había dicho con una sonrisa), y estirar un poco las piernas.
Temía alejarse demasiado de la oficina por si luego no sabía regresar, de modo que deshizo el camino de vuelta hasta el ascensor pero decidió descender por la escalera en vez de arriesgarse a usar ese chirriante mecanismo.
Al acceder al hueco de la escalera, oyó el alegre e inesperado canto de un pájaro.
Levantó la mirada hacia la amplia y luminosa escalera que se alejaba de ella dando vueltas a lo largo de las paredes.
Fue entonces cuando vio las palabras «A la biblioteca», y le pareció asimismo que las oía en su cabeza como si alguien le susurrara una orden.
Tras ascender instintivamente dos tramos más, se detuvo ante una puerta acristalada.
Como Alicia a través del espejo, echó un vistazo al otro lado y descubrió un mundo revestido del suelo al techo con estanterías de caoba repletas de lomos forrados de tela de colores castaño, ciruela y jade, y cuyas letras doradas suponían una reluciente tentación.
Peggy notó que sus nervios se disipaban y, por primera vez en todo el día, se dio cuenta de que estaba sonriendo.
Sin cuestionarse lo que hacía, abrió la puerta y entró.
En sus veintinueve años en la Tierra, nunca había conocido nada que pudiera compararse a la silenciosa tranquilidad de una sala repleta de libros.
Estar en presencia de tantos volúmenes e ideas hacía que el corazón se le hinchiera de esperanza y a menudo tenía la sensación de que, si cerraba los ojos y prestaba atención, podría oír su sabiduría.
Le encantaba la idea de que escritores de la talla de Charles Dickens, Jane Austen y Agatha Christie compartieran sus palabras como una orquesta de gorriones cuentacuentos.
Peggy pensó entonces en la Biblioteca Pública de Edenham, donde trabajaba antes.
A juzgar por su anodina estructura, parecía que el arquitecto se había inspirado en los dibujos de un niño para diseñar un edificio de tejado hexagonal completamente simétrico, y en el que puertas y ventanas parecían haber sido añadidas en el último momento.
«Es como si sonriera —había dicho una vez Nancy—.
Las ventanas son sus grandes ojos y la puerta una boca sonriente. ¿No te parece, tía Peg?».
A pesar de ese exterior tan poco destacable, el interior siempre le conmovía.
En primer lugar, por el silencio. Habiéndose criado en una familia en la que únicamente los muertos permanecían callados, ella veneraba el silencio.
Aunque la sección infantil estuviera llena de entusiastas jóvenes lectores, su sosegada atmósfera conseguía acallar al niño más revoltoso.
Peggy sabía de madres que traían a sus hijos solo para calmarlos.
En segundo lugar, estaban los suelos, con su patrón de espiga hecho de madera de roble de color miel, y que desprendían un balsámico aroma gracias a la cera de abejas y el aceite de linaza que la señora Cooper aplicaba cada semana.
Y en tercer lugar y por encima de todo, los libros.
Estante tras estante, del suelo al techo, sobre cualquier tema imaginable y que contaban todos los tipos de historia que una pudiera desear.
La familia Sparks no tenía espacio en casa para libros, de modo que la biblioteca siempre había sido un santuario para Peggy.
Recordaba bien su primera visita, de la mano de su madre, y la emoción cuando la señorita Bunce, la bibliotecaria de entonces, le tendió su preciado carné de lectora.
Para Peggy, fue como si alguien hubiera extendido la mano hacia el cielo nocturno y estuviera ofreciéndole la estrella más brillante.
—¿Quieres que te ayude a elegir un nuevo libro? —le preguntó la bibliotecaria, de rostro pecoso.
Peggy se volvió hacia su madre y esta asintió, animando a su hija a aceptar el ofrecimiento.
—Sí, por favor —susurró la niña.
Cuando la joven bibliotecaria la condujo a la sección infantil, Peggy percibió el aroma de su perfume de rosas, pero más embriagador todavía le pareció el aroma de los libros.
No sabía a qué le recordaba exactamente.
Era dulce, pero a la vez también mohoso y preñado de esperanza.
Peggy inhaló profundamente y decidió que desearía poder alargar ese momento para siempre.
—Aquí tienes —dijo la señorita Bunce, cogiendo tres volúmenes de las estanterías.
Peggy volvió la cabeza hacia los demás libros con una punzada de pánico.
«¿Y si hay otro que me gusta más?». Pero la bibliotecaria pareció leerle los pensamientos—.
No te preocupes. Puedes devolver estos la semana que viene y coger otros.
Peggy se sintió mareada, pero no de un modo confuso, como aquella vez que se cayó del tiovivo del parque. Se trataba de un mareo feliz, como si alguien hubiera abierto el cielo sobre su cabeza y le hubiera revelado los secretos del universo.
—Gracias —susurró, aceptando con cuidado los libros.
A Peggy le encantó El jardín secreto , no le entusiasmó demasiado Rebecca de la granja Sunnybrook , y después de leer El maravilloso mago de Oz le preguntó inmediatamente a su madre si podía tener un león como mascota.
Ahora caminaba junto a las estanterías de esta biblioteca mucho más grande, dejando que su mano acariciara los lomos de los libros al avanzar.
Vio textos sobre la guerra civil inglesa, la Revolución francesa o los zares de Rusia.
Después de la atmósfera oscura y cerrada de los pasillos y las oficinas, este era un espacio abierto y lleno de luz.
Peggy se sintió atraída por la ventana que había al fondo, junto a la cual había un pequeño escritorio y que tenía vistas de lo que parecía un castillo.
Sus dos chapiteles de color verde jade le hicieron pensar en historias de dragones, caballeros y princesas de pelo excepcionalmente largo.
Peggy se volvió hacia la puerta y decidió que intentaría convertir este lugar en su refugio para la hora del almuerzo.
En circunstancias normales, claro está, no contemplaría siquiera la idea de comer en una biblioteca, pero se dijo a sí misma que en tiempos de guerra había que adaptarse, y, además, se aseguraría de no dejar ni una sola miga.
Junto con los sándwiches, sacó de su bolso un cuaderno y un bolígrafo.
Iba a escribirle una carta a Joe para contarle todo lo que había pasado ese día.
Estaba impaciente por hablarle de Sheldrake y Lady Marigold.
Se sumergió tanto en su escritura que no se dio cuenta de que había alguien a su lado hasta que esa persona carraspeó.
Peggy se volvió con las mejillas sonrojadas y presa de la misma sensación que había tenido cuando, a los seis años, las sorprendieron a ella y a Flo probándose los sombreros y zapatos de su madre.
Peggy reconoció al hombre de gafas de cristales gruesos que estaba a su lado.
Era el que le había sonreído amablemente mientras ella esperaba en recepción.
Ahora, sin embargo, ya no sonreía, y tenía el aspecto de alguien que intentaba parecer enfadado pero que no tenía demasiada práctica en ello.
Por más que frunciera el ceño, sus ojos azules transmitían afabilidad, y no dejaba de cruzar y descruzar los brazos como si no pudiera controlarlos.
—Lo siento —dijo Peggy, poniéndose de pie y decidiendo que el arrepentimiento era su mejor y única defensa—. He visto los libros y no he podido resistirme. Verá, yo antes trabajaba en una biblioteca y me encantan los sitios como este.
El hombre vaciló como si no quisiera decir lo que estaba a punto de decir.
—En ese caso odio tener que mencionarle esto, pero debería usted saber perfectamente que no se debe comer en una biblioteca —dijo, señalando el sándwich a medio terminar.
El rubor en las mejillas de Peggy se intensificó, pasando de una tonalidad escarlata a otra carmesí. Rápidamente, envolvió de nuevo su almuerzo y se lo guardó en el bolso.
—Tiene razón. Lo siento. Me marcharé.
—No —dijo el hombre—. No pasa nada. Puede quedarse. Para serle sincero, resulta agradable que alguien visite la biblioteca. Últimamente está algo desierta sin los estudiantes.
—¿Trabaja usted aquí?
Él asintió.
—Me llamo Laurie Parker. Soy bibliotecario. Uno de los pocos que quedan, de hecho. Todos los demás se han ido a la guerra. A mí no me quisieron a causa de mi mala vista.
—Peggy Sparks —dijo ella—. Me alegro de conocerte, Laurie.
Él esbozó la sonrisa que ella recordaba de antes.
—Si quieres puedes comer tus sándwiches en el despacho de los bibliotecarios. Podría preparar algo de té, si no es una sugerencia demasiado atrevida.
Peggy le devolvió la sonrisa.
—Es la mejor oferta que me han hecho desde que he llegado.
—¿Qué tal te ha ido el primer día? —preguntó Alice cuando esa noche se sentaron a cenar.
—Mejor de lo que esperaba —dijo Peggy.
—¿Has conocido a Winston Churchill? —preguntó Nancy.
Peggy y Flo intercambiaron una mirada.
—No —contestó Peggy—. Creo que tenía el día libre.
Nancy frunció el ceño.
—No debería tener días libres. Estamos en guerra.
—Tienes razón —dijo Emily—. ¿Qué tal los ricachones esos? ¿Los has puesto en su lugar?
—No exactamente —dijo Peggy.
—Déjale algo de tiempo, mamá. Solo ha sido su primer día —dijo Alice.
—He encontrado la biblioteca del Ministerio.
—¡Cómo no! —bromeó Emily.
—Y he conocido al bibliotecario, un hombre muy amable llamado Laurie.
—¡Como el Laurie de Mujercitas ! —dijo Nancy—. ¿Vas a casarte con él?
Esta era la pregunta que hacía habitualmente Nancy siempre que Peggy mencionaba a alguien del sexo opuesto. Se rio.
—No lo creo, pero es agradable tener un amigo.
Alice le dio un beso en la coronilla.
—Estoy orgullosa de ti, Peg. Y Joe también lo estará.