Manual de señoritas para ganar la guerra 2 #3
10%

2 #3

—¡Qué gracioso! ¡Ya verás cuando le cuente a Cordy que alguien trabaja para mí!

—Volvió a bajar la mirada a la revista que estaba leyendo—.

De acuerdo. En primer lugar, me gustaría saber si en tu opinión este conjunto me quedaría bien.

—Señaló una estilosa fotografía de Katharine Hepburn ataviada con una camisa de seda blanca metida por dentro de unos pantalones anchos.

—No estoy segura de qué tiene eso que ver con este trabajo.

—Oh, no tiene nada que ver con el trabajo. Lo pregunto solo por diversión.

Peggy quiso decirle que ella no estaba allí para divertirse.

Estaba allí para contribuir al esfuerzo bélico, terminar con la pesadilla de la guerra y que su hermano regresara a casa.

En ese momento, sin embargo, comenzó a sonar el teléfono que había sobre el escritorio de Sheldrake, interrumpiéndolas.

—¿Contesto? —preguntó Peggy.

Marigold se encogió de hombros. Exasperada, Peggy se acercó al teléfono y descolgó el auricular.

—Publicaciones.

—¿Dónde está Sheldrake? —ladró una voz.

—Pues..., en estos momentos se encuentra en una reunión. ¿Quiere dejarle algún mensaje? —preguntó, buscando con la mirada algún bloc.

—Mensaje para Beecher. Dígale que lo ha llamado Longforth y que Wilfred Buchan ha dicho que sí.

—¿Wilfred Buchan? ¿El escritor?

—¿Hay otro Wilfred Buchan?

—No, creo que no.

—Muy bien. Dígale que me llame para hablarlo.

Antes de que a Peggy le diera tiempo de preguntarle si Beecher tenía su número, el hombre colgó. Ella se quedó mirando un momento el auricular y luego volvió a dejarlo en el aparato. Marigold levantó la mirada y reparó en su expresión preocupada.

—¿Sucede algo? ¿Alguien te ha hablado mal? Dímelo y haré que lo sometan a un consejo de guerra.

—Era un hombre llamado Longforth.

—¿Henry Longforth?

—Supongo.

—Si ha llamado por algún escritor, era Henry. Dirige las cosas al otro lado de la plaza. Es un tipo horrible. Le gusta aterrorizar a los trabajadores sin demasiada experiencia. Mi padre y él son miembros del mismo club.

Eso no sorprendió a Peggy. Estaba a punto de volver a su mesa cuando vio una carpeta en el escritorio de Sheldrake con la etiqueta «Pendiente de corrección».

—¿Cree que el señor Sheldrake querría que revisara algunos de estos documentos? —preguntó.

Marigold volvió a encogerse de hombros.

—Probablemente. Siempre está pidiéndome que les eche un vistazo, pero son mortalmente aburridos.

Lleva semanas intentando que me lea un insoportable informe sobre forraje ensilado.

—Bostezó, estirando sus elegantes brazos por encima de la cabeza—.

Yo suelo encargarme de tratar con los divinos miembros del Departamento de Fotografía para que nos suministren imágenes apropiadas para nuestras publicaciones. Adoro la fotografía, ¿tú no?

—¡Yuuujuuu! —exclamó de repente una voz desde la puerta.

Peggy se volvió y vio a una alta y sonriente joven con el pelo de color canela que iba ataviada con unos elegantes pantalones anchos y una entallada blusa de color verde azulado.

—¡Cordy, querida! ¡Llevas el look de la Hepburn y te queda genial!

—exclamó encantada Marigold, poniéndose de pie de un salto y adoptando momentáneamente una pose de estrella de cine antes de soltar una alegre risita—.

Justo estaba hablando de tu divino Departamento de Fotografía.

Ven a conocer a la sublime Peggy Sparks.

A Peggy nunca en su vida la habían descrito como sublime y notó cómo le subían los colores a las mejillas cuando la amiga de Marigold se acercó a ella y extendió una mano con una manicura perfecta.

—Encantada de conocerte, Peggy. Soy Cordelia Fitzwilliam, pero todos mis amigos me llaman Cordy.

—Me alegro de conocerla —dijo Peggy.

—¡Oh, qué acento más encantador! ¿De dónde eres?

Peggy se removió, ligeramente incómoda.

—De Edenham. Al sur del río.

Cordelia se volvió hacia Marigold.

—¿No fuimos una vez a una fiesta al sur del río?

Marigold asintió.

—A Greenwich.

—Ah, sí. A la Queen’s House. Un baile maravilloso. ¿Has estado alguna vez, Peggy?

—Creo que no.

—¡Oh, qué pena! Bueno —prosiguió Cordelia—, solo pasaba por aquí para...

—¿Invitarme a un almuerzo temprano para hablar sobre esas fotografías que necesito? —la interrumpió Marigold, enarcando las cejas con picardía.

Cordelia se rio.

—Exactamente. Un placer haberte conocido, Peggy. Deberías venir a alguna de nuestras soirées , ¿no, Marigold?

—¡Oh, sí! ¡Eso sería maravilloso! —dijo Marigold al tiempo que cogía el bolso de debajo de su escritorio—. Bueno, hasta luego, Peggy Sparks. Estarás bien, ¿no?

—Por supuesto —dijo Peggy, encantada con la idea de tener la oficina para ella sola y poder librarse de esas irritantes mujeres con sus aires y sus afectaciones.

Ya sabía que el personal del Ministerio sería diferente a ella, pero no esperaba tener que trabajar con alguien tan descaradamente perezoso como Lady Marigold Cecily.

¿Acaso no era consciente de que estaban en guerra?

Se comportaba como si todo esto no fuera más que un pasatiempo para ella.

Algo con lo que entretenerse mientras sus criados hacían el trabajo duro.

Estaba claro que Lady Marigold no había trabajado un solo día en su vida.

A Peggy no le costaba nada imaginarse a su abuela cantándole las cuarenta a esta holgazana de clase alta y habría deseado contar con el valor necesario para hacer lo mismo.