Manual de señoritas para ganar la guerra 2 #2
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—Se ha dejado un error tipográfico aquí —dijo, cogiendo un lápiz del bolsillo de su camisa y marcándolo—. Y otro gramatical aquí.

—Es cierto —dijo ella—. Lo siento.

—Y la próxima vez, use un lápiz azul.

—Entendido —contestó ella. Sheldrake emitió un gruñido y, tras sentarse en un gran escritorio situado a la izquierda de la puerta del despacho de Beecher, comenzó a leer un documento—. ¿Qué podría hacer ahora? —preguntó ella entonces.

Sheldrake suspiró.

—Bueno, en realidad se supone que su superior es Lady Marigold Cecily, pero lamentablemente a ella le gusta más pasarse la guerra bailando en el Café de Paris que presentarse a la hora a trabajar.

A Peggy le sorprendió esa sinceridad y, teniendo en cuenta la descripción que Sheldrake acababa de hacer de su nueva jefa, no tenía demasiada prisa en conocerla.

—Tal vez podría hacer algo de té mientras espero a que llegue —dijo ella—. Imagino que esta mañana no habrá tenido usted tiempo de tomarse una taza.

Sheldrake pareció quedarse momentáneamente desconcertado. «Con amabilidad se desarma a cualquiera, Peg», solía decir su abuela.

—Pues la verdad es que no. Eso sería muy... Gracias.

Peggy asintió.

—De camino aquí me ha parecido ver la cocina. Vuelvo enseguida.

Mientras recorría de vuelta el estrecho pasillo, tuvo que detenerse varias veces para ceder el paso a otros empleados y no pudo evitar que le molestara que ninguno se dignara a saludarla o a darle las gracias.

«Malditos señoritingos», como diría su abuela.

Finalmente, llegó a la cocina. De inmediato, un hombre se le acercó y se hizo a un lado para dejarla entrar.

—Por favor, pase, señora —dijo con una cortés reverencia.

—Gracias —dijo ella, aliviada por encontrar al fin a alguien con modales.

El hombre se quedó en la puerta de la cocina mientras ella colocaba las tazas en una bandeja y buscaba en vano alguna cucharilla en los cajones vacíos.

—Por más que busque no encontrará ninguna —le dijo él al tiempo que metía la mano en el bolsillo de su camisa y sacaba una reluciente cucharita de plata—. Pero puede tomar prestada la mía si me dice su nombre.

Peggy se sonrojó un poco al encontrarse bajo su escrutinio. Era lo que su abuela llamaría un dandi, con su traje cuidadosamente planchado, el pelo también impecablemente peinado y unos ojos de color azul peltre que la observaban con atención. Ella se aclaró la garganta.

—Peggy Sparks. Es mi primer día en el Departamento de Publicaciones —dijo con la vista puesta en la cucharilla.

El hombre se la tendió inclinando levemente la cabeza, como si fuera un caballero ofreciendo su espada.

—Señora mía. Es un gran honor para mí conocerla y ofrecerle el pleno uso de mi cucharilla. Wallace Dalton, a su servicio.

Ella no pudo evitar reírse.

—Gracias, señor Dalton.

Él sonrió.

—El placer es mío, Peggy Sparks. Tengo la sensación de que vamos a ser grandes amigos. ¿Ha conocido ya al viejo Beecher? Es un buen tipo. Va algo sobrecargado de trabajo, pero es buena gente.

—Parece agradable. Y también he conocido al señor Sheldrake.

Dalton enarcó una ceja.

—Sheldrake es tan arisco como una tortuga y un entrometido de mucho cuidado. No le haga caso. Nadie se lo hace. ¿Permite que se la lleve yo? —dijo, señalando la bandeja con las tazas de té.

A ella ese gesto la reconfortó.

—Gracias.

Oyeron el rapapolvo nada más acercarse a la oficina. Dalton miró de reojo a Peggy.

—¡Bueno, al lío! —dijo antes de entrar en la estancia.

La joven sentada en el borde de uno de los escritorios tenía unos cuantos años menos que Peggy y parecía que acababa de salir del set de una película de Hollywood.

Llevaba un entallado vestido de seda rosa y un collar de perlas que acariciaba distraídamente mientras Sheldrake la reprendía.

Las palabras de este, sin embargo, no parecían afectarla lo más mínimo, y cuando vio entrar a Dalton y Peggy por la puerta les dedicó una deslumbrante sonrisa.

—Habéis hecho té. Sois un encanto —dijo ella, poniéndose de pie para saludarlos.

—No he terminado, Lady Cecily —insistió Sheldrake.

Mirando a Peggy y Dalton, Lady Cecily puso los ojos en blanco y luego se volvió hacia Sheldrake con una expresión angelical.

—Querido señor Sheldrake. Ya se lo he dicho, debe llamarme señorita Cecily. Que mi padre sea lord no significa que deba quitarse el sombrero ante mí. En cuanto a mi pequeño retraso, solo puedo disculparme y asegurarle que no volverá a pasar.

—Eso ya lo prometió la semana pasada. Cada día —dijo Sheldrake.

—Bueno, esta semana lo haré mejor. Le doy mi palabra —dijo ella, llevándose una mano al corazón.

Peggy observó entonces cómo se servía una taza de té sin ofrecerle a nadie—.

Delicioso —declaró, cerrando los ojos mientras le daba un sorbo—.

Nada cura los excesos cometidos la noche anterior como una taza de té.

—Luego se volvió hacia Peggy—. Creo que no te conozco.

—Esta se removió ligeramente bajo su escrutinio, repentinamente consciente de su sencilla falda de tweed, más propia de una bibliotecaria, y de su blusa de color crema.

—Esta es la señorita Sparks, nuestra nueva secretaria. Trabajará para usted, señorita Cecily —dijo Sheldrake.

—¡Oh, qué divertido! —exclamó ella, extendiendo una mano—. Marigold Cecily, pero, por favor, llámame Marigold.

—Peggy Sparks —dijo ella, sintiendo un cosquilleo de aprensión cuando se estrecharon la mano.

—Qué nombre tan encantador —dijo Marigold—. Transmite mucho vigor.

—Gracias —dijo Peggy, sin saber bien qué añadir.

—Dalton —dijo entonces Sheldrake, volviéndose en dirección al hombre—. Parece encontrarse usted en el departamento equivocado. ¿No debería volver a Campañas para darnos aún más trabajo?

Dalton soltó una breve risotada.

—Si insiste, señor Sheldrake. Tenemos algunas ideas maravillosas en mente.

—Estoy seguro de ello —dijo Sheldrake.

Dalton chocó los talones e hizo una reverencia.

—Adiós, señoritas. Como siempre, ha sido un placer, Sheldrake —se despidió en un tono que parecía sugerir todo lo contrario.

Este farfulló algo por lo bajo antes de volver a centrar su atención en el documento que tenía delante.

—Aquí tiene —dijo Peggy, sirviendo leche y té en una taza y tendiéndosela.

Sorprendido, Sheldrake levantó la mirada.

—Oh, gracias.

—¿Serías tan amable de rellenarme la taza, Peggy Sparks? —dijo Marigold—. No solo haces el mejor té que he probado nunca, sino que tienes el nombre más encantador que he oído en toda mi vida.

Peggy evitó la mirada de Marigold mientras le rellenaba la taza. Luego se sirvió otra para ella.

—Chin, chin, y bienvenida a nuestro maravilloso departamento —dijo Marigold, alzando la bebida.

—Como la señorita Sparks acaba de llegar, quizá podría explicarle qué hacemos aquí —dijo Sheldrake como si estuviera desafiando a Marigold.

—Por favor, señor Sheldrake. No hasta que me haya terminado el té —contestó ella.

Él negó con la cabeza y se volvió hacia Peggy.

—Oficialmente, formamos parte del Departamento de Publicaciones que se encuentra al otro lado de Russell Square, pero ahí no hay suficiente espacio para todo el mundo, por lo que nuestra sección, dirigida por el señor Beecher, trabaja aquí.

Nosotros somos los responsables de todos los libros, panfletos y folletos que se publican con el objetivo de mantener alta la moral en casa y ejercer influencia en el extranjero.

—¡Vaya! —dijo Marigold, volviéndose hacia Peggy con una radiante sonrisa—. Parece que hacemos un trabajo de lo más relevante.

Sheldrake frunció el ceño.

—Lady Cecily, usted comenzó a trabajar aquí el mismo día que yo. ¿Acaso no estaba al tanto de nuestros objetivos fundamentales?

Marigold se encogió de hombros.

—No sé, siempre parece haber una cantidad exagerada de folletos sobre alimentación animal o sobre cómo ponerse una máscara antigás.

—Eso es porque se supone que debemos encargarnos de los textos de casi todos los demás departamentos y organizaciones vinculados al Ministerio —dijo Sheldrake con un suspiro.

—¡Oh, querido! —dijo Marigold—, no me extraña que su escritorio esté siempre desbordado.

Sheldrake negó con la cabeza, desesperado.

—He visto algunos de los libros en las estanterías de la librería W. H. Smith —intervino Peggy—. Y en la biblioteca en la que trabajaba solíamos repartir folletos.

Sheldrake asintió.

—Algunos se publican para su venta a través de editoriales o del mismo Ministerio; otros se reparten gratuitamente si son de interés público.

No dejan de decirnos que somos una pieza fundamental de la maquinaria de guerra, aunque la mayor parte del tiempo da la sensación de que nos matamos a trabajar para nada.

—Se volvió hacia la pila de revistas que había sobre el escritorio de Marigold—.

O al menos algunos de nosotros lo hacemos.

—Se terminó el té y consultó la hora en su reloj—.

Bueno, tengo otra reunión —dijo, cogiendo un montón de papeles y marchándose rápidamente por la puerta.

—Siempre con prisas —dijo Marigold, negando con la cabeza—. Qué tipo más curioso.

A continuación, se sentó al escritorio que había junto al de Peggy, cogió un ejemplar de Tatler de lo alto de la pila y comenzó a hojearlo, deteniéndose un momento para darle otro sorbo a la taza de té.

—Bueno, ¿qué debo hacer ahora? —preguntó Peggy.

Marigold levantó la mirada hacia ella como si le hubiera pedido dos billetes para ir a la Luna.

—¿Me lo estás preguntando a mí?

Peggy exhaló un leve suspiro de irritación.

—El señor Sheldrake me ha dicho que iba a trabajar para usted.

Marigold arrugó su atractivo rostro y soltó una carcajada.