Manual de señoritas para ganar la guerra 2
6%

2

Al entrar en el resonante vestíbulo de mármol, Peggy hizo todo lo posible por mostrarse más confiada de lo que se sentía y comenzó a respirar profundamente para calmar los fuertes latidos de su corazón.

Por suerte, la bulliciosa multitud de hombres trajeados y elegantes mujeres jóvenes que había a su alrededor no le prestaba la menor atención.

Estaban todos demasiado ocupados en llegar cuanto antes a la gran escalera de piedra o metiéndose en los ascensores.

Peggy no podía imaginarse a sí misma recorriendo esos pasillos con semejante determinación.

Se acercó al amplio mostrador de recepción, donde una mujer que era al menos cinco años más joven que ella le dedicó una fría mirada.

—¿Sí?

Peggy oyó la voz de su abuela bien alta y clara en su cabeza: «No te dejes intimidar». A continuación, se tragó los nervios que sentía y habló con una claridad y volumen similares, haciendo que sus palabras resonaran en los altos techos.

—Me llamo Peggy Sparks y hoy es mi primer día en el Departamento de Publicaciones.

—Está bien, no hace falta que grite —dijo la recepcionista lanzando una mirada de reojo a la mujer que tenía al lado, quien soltó una risotada.

«Es como estar de vuelta en la escuela con Sid Kemp y los de su calaña —pensó Peggy—, salvo que Joe ya no está aquí para defenderme».

—Lo siento —dijo, bajando la voz y con la esperanza de que sus mejillas no estuvieran tan sonrojadas como las sentía—. Aquí tiene mi carta de presentación.

La mujer le arrebató el documento de las manos y enarcó ligeramente las cejas cuando descubrió que el firmante era sir James Miles. Acto seguido, descolgó el auricular del teléfono y marcó un número.

—Sí, hola. Llamo de recepción. Tengo aquí a una tal Peggy Sparks. Muy bien. Gracias. —Le deslizó la carta de vuelta—. Siéntese. Alguien bajará a buscarla en breve.

—Gracias —dijo Peggy, y se dirigió a los asientos bajos de cuero que bordeaban el área de recepción mientras trataba de hacer oídos sordos al comentario en voz baja de la otra mujer a su amiga, que reía por lo bajo.

—Sinceramente, Mary, te juro que las secretarias son cada día menos agraciadas.

Peggy recordó que su madre le había aconsejado que ignorara a todo aquel que no tuviera algo bueno que decir y optó por concentrarse en su entorno.

El vestíbulo bullía de actividad y en sus paredes de piedra resonaban acentos muy distintos al suyo.

Ese lugar poseía asimismo una atmósfera fría y cerrada que, por alguna razón, hacía que quisiera salir corriendo y gritar.

Estaba acostumbrada al ambiente silencioso de la biblioteca.

Aquí, en cambio, reinaba un aire de secretos e intriga.

En un momento dado, vio que entraba en el edificio un joven con unas gafas de cristales gruesos y clips para ir en bici.

Al verlo, las dos mujeres de la recepción comenzaron a darse pequeños codazos entre sí.

Él no les hizo caso, se dirigió a los ascensores y pulsó el botón de llamada.

Luego miró en dirección a Peggy y le ofreció una tímida sonrisa que ella le devolvió, agradecida por esta pequeña pero alentadora interacción humana.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, un hombre de expresión iracunda y que debía de tener más o menos la misma edad que el primero, salió disparado de su interior y estuvo a punto de tirarlo de un empujón, pero no se disculpó.

El hombre de las gafas negó con la cabeza y se metió en el ascensor.

«Por favor, que no sea este el tipo que viene a buscarme», pensó Peggy mientras el hombre enojado miraba a su alrededor.

—¿Señorita Sparks? —exclamó él con un gruñido.

Intimidada, Peggy se puso de pie.

—Soy yo.

El hombre la miró sin apenas pestañear.

—Venga conmigo, pues —dijo, presionando frenéticamente el botón para llamar otro ascensor al tiempo que levantaba su ceñuda mirada hacia las luces.

Peggy se acercó a él y se colocó a su lado. A pesar de su timidez, siempre hacía lo posible por mostrarse educada, de modo que extendió una mano.

—Peggy Sparks —dijo—. ¿Y usted es?

El hombre exhaló un suspiro y sacudió la cabeza con resentida impaciencia.

—Soy Cyril Sheldrake y estoy increíblemente ocupado. Ir a buscar secretarias es algo que está muy por debajo de mis competencias, ¿sabe?

Las puertas del ascensor se abrieron deslizándose hacia los lados y Sheldrake la hizo pasar.

Ella entró en la cabina notando cómo las mejillas le ardían de vergüenza.

Cuando las puertas ya volvían a cerrarse, tuvo tiempo de ver a las dos mujeres de recepción observándola con expresión divertida.

Ella y Sheldrake permanecieron en silencio hasta que las puertas se abrieron de nuevo con un tintín y él se apresuró a salir.

—Por aquí —dijo, alejándose a una velocidad tal que Peggy tuvo que correr para no quedarse atrás.

Torció tantas veces a derecha e izquierda por un pasillo tras otro que, cuando entraron finalmente en una oficina grande y mal ventilada con media docena de escritorios, Peggy ya estaba comenzando a sentirse mareada.

No tenía ni idea de cómo se las arreglaría para encontrar el camino en ese confuso laberinto.

—Hogar, dulce hogar —dijo Sheldrake. Peggy se quitó el abrigo y arrugó la nariz al percibir el hedor almizcleño de una estancia que, sin duda, estaba invariablemente llena de hombres.

Cuando volvió a mirarlo, Sheldrake ya estaba dirigiéndose hacia la puerta tras coger un montón de papeles y carpetas—. Tengo una reunión.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? —preguntó ella.

Él se encogió de hombros y le señaló un escritorio situado en un angosto rincón junto a la ventana.

—Puede instalarse ahí, supongo, y... —Echó un vistazo a su escritorio repleto de papeles y cogió un fajo de documentos de una inestable pila—.

Lea esto y marque todos los errores de ortografía, puntuación y demás.

—Le tendió un grueso informe cuyo encabezado rezaba « Forraje ensilado de alta calidad , por el Ministerio de Información y el Ministerio de Agricultura».

Peggy se quedó mirando la primera página del informe.

—Pero yo no sé nada sobre... —comenzó a decir mientras Sheldrake se alejaba— forraje ensilado.

—Tras exhalar un suspiro, se dirigió a su escritorio, pasando junto a otros dos antes de dejar su bolso en la silla—.

Lo siento, Joe —murmuró—. No parece que hoy vaya a poder poner fin a la guerra.

.., a menos que consiga reescribir esto para que puedan arrojar su forraje ensilado de alta calidad sobre el enemigo.

Ahora que Sheldrake se había marchado, aprovechó para observar más atentamente su entorno.

A juzgar por la mezcla de muebles de distintos tipos y las austeras paredes blancas, la oficina parecía haber sido montada a toda prisa.

El escritorio que había a la izquierda del suyo era un auténtico caos en el que destacaban una bandeja desbordada de documentos, una polvorienta máquina de escribir y pilas de lo que le parecieron revistas de moda.

Peggy respiró hondo y cruzó la estancia para abrir la ventana, lo cual le supuso un considerable esfuerzo, ya que claramente nadie la había abierto hasta entonces.

—Listo —dijo, y, tras regresar a su escritorio, cogió un lápiz y se puso a trabajar.

A pesar del hecho de que el contenido del folleto podría haber sido recetado como una eficaz cura para el insomnio, Peggy pronto alcanzó un ritmo de lectura y corrección que consideró satisfactorio.

Puede que hubiera sido el deseo de ayudar a su hermano lo que la había empujado a aceptar este trabajo, pero era suficientemente pragmática para saber que conseguirlo le llevaría un tiempo.

Ya había terminado la tarea cuando Sheldrake regresó de la reunión y entró en la oficina exhibiendo la extraña sonrisa de alguien que no suele usar esos músculos muy a menudo.

Peggy, sin embargo, se dio cuenta rápidamente de que esa sonrisa no iba dirigida a ella, sino al hombre que había entrado con él.

Este debía de tener aproximadamente la edad que habría tenido su padre de seguir vivo, y se trataba de un hombre alto y fornido en cuyo atribulado rostro podía adivinarse el atractivo joven que debía de haber sido.

Sheldrake era varios centímetros más bajo y lo miraba de un modo que dejaba claro que aquel tipo era su superior.

Peggy se puso de pie y rodeó los escritorios para recibirlos.

—Creo que se ha mostrado usted muy firme en esa reunión, señor Beecher. Es importante que no nos dejemos pisotear por los demás departamentos —estaba diciendo Sheldrake.

—Gracias, señor Sheldrake. Me alegra saber que está de mi lado. —Y, dirigiendo su atención a Peggy—: Buenos días. Señorita Sparks, ¿no?

Ella dio un pequeño paso adelante.

—Peggy Sparks.

—Clarence Beecher —dijo—. Dirijo este departamento, a mi pesar. Viene usted muy recomendada, señorita Sparks.

—Gracias, señor.

—Muy bien. Bueno, si me disculpa... Una de las muchas ventajas de mi cargo es la interminable serie de reuniones a las que se espera que asista. El señor Sheldrake la pondrá al corriente de cómo funciona todo.

—Será un placer —dijo Sheldrake con una obsequiosa reverencia.

—Estupendo. —El señor Beecher desapareció por la puerta que conducía a su despacho y volvió a salir unos instantes después con una nueva pila de papeles—. Siempre adelante.

—Siempre adelante, señor Beecher —dijo Sheldrake con una exagerada sonrisa que a Peggy le recordó la de los grotescos payasos que la aterrorizaron de pequeña una vez que fue al circo con su abuela.

En cuanto el señor Beecher desapareció, sin embargo, esa sonrisa se esfumó con él y Sheldrake se volvió hacia ella—.

¿Ha terminado ya de corregir el folleto?

—Sí —dijo ella, cogiendo el informe y tendiéndoselo.

—¿De verdad? ¿Todo?

—Sí —repitió.

Peggy contuvo el aliento mientras Sheldrake hojeaba las páginas con el ceño fruncido.