Manual de señoritas para ganar la guerra 1 #2
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—No ha contestado a mi pregunta.

—¡Mamá! —le advirtió Alice—. Sir James es nuestro invitado. ¿No podríamos al menos disfrutar del té antes de que comiences con tu interrogatorio?

—A él le gusta. ¿No es así, querido?

—Así es. Cuando uno se pasa el día lidiando con las ambigüedades del discurso político, resulta extremadamente reconfortante.

—Asegúrese de hacerle saber a Churchill que estoy esperando su llamada —dijo Emily.

Peggy le tendió una taza y un platillo a sir James.

—Con leche y un azúcar.

—Me conmueve que te acuerdes. Gracias.

—¿Un bollo de frambuesa?

Sir James miró a Emily.

—¿Hecho con sus propias manos?

—Por supuesto.

—En ese caso lo acepto agradecido. En estos momentos, mi esposa me tiene sometido a un severo plan alimenticio. Está aprovechando el racionamiento para privarme de todo antojo dulce.

Emily soltó un resoplido.

—Menuda ridiculez.

Sir James aceptó el plato y, tras coger el bollo, se lo acercó a la nariz e inhaló su azucarada fragancia.

—No podría estar más de acuerdo, querida señora. Y ahora, permítanme que vaya al grano. Si no es demasiado indiscreto por mi parte, Peggy, ¿puedo preguntarte qué edad tienes?

—Veintinueve.

—¿Y todavía trabajas en la biblioteca?

—Sí, señor.

Sir James asintió satisfecho.

—Nuestro estimado líder siempre afirma que los libros tienen el poder de hacer avanzar triunfalmente la civilización, y me siento inclinado a estar de acuerdo.

—¿Es que acaso van a comenzar a arrojar ejemplares de la Biblia del rey Jacobo sobre la cabezota de Hitler? —bromeó Emily.

—¡Mamá, por favor! —dijo Alice, tomando un sorbo de su té—. Lo siento, sir James. ¿Qué estaba diciendo?

Él se volvió hacia Peggy.

—¿Y sigues escribiendo tus diarios del proyecto de Observación de Masas?

—Y tanto que lo hace —dijo Emily—. Me pone nerviosa cada vez que la veo escribiendo en ese cuaderno. No me gusta nada de nada que cualquiera pueda enterarse de mis asuntos.

Alice se volvió hacia ella.

—Mamá, ya hemos hablado de esto. Peg, vuelve a explicárselo a tu abuela.

Peggy sonrió.

—No son más que informes de lo que la gente corriente como nosotros piensa y siente, yaya. Comenzó como un experimento de tres estudiantes de Cambridge y permite que nuestras voces sean escuchadas.

—Hum, bueno. Así visto puede que no sea algo tan malo —dijo Emily.

Peggy se volvió hacia sir James.

—Pero ¿cómo se ha enterado usted de mis escritos, señor? —preguntó.

—Tus diarios han llamado la atención de las altas instancias del Ministerio de Información. Creen que serías una buena incorporación al equipo.

Peggy y Alice se quedaron mirándolo asombradas.

—¿Nuestra Peggy trabajando para el Ministerio de Entrometidos? —dijo Emily, cruzándose de brazos.

—Puedo asegurarle, querida señora, que el Ministerio ha sido creado con el más loable de los objetivos.

—Como, por ejemplo, decirnos a los trabajadores lo que tenemos que hacer todo el tiempo.

A sir James pareció divertirle ese comentario.

—Le aseguro que las autoridades nunca se atreverían a decirle a la señora Emily Marsh lo que tiene que hacer.

—Debería ser alguien muy valiente el que lo intentara —murmuró por lo bajo Alice mientras se llevaba la taza a los labios.

—¡Qué descaro! —dijo Emily.

—Entonces, Peggy, ¿qué te parece? No tienes que decidirlo ahora mismo.

Peggy le echó una mirada a su madre, que enarcó las cejas para animarla.

—Bueno, no estoy segura. Me gusta trabajar en la biblioteca. Y no sé si encajaría en un lugar como ese. No sé nada sobre el Gobierno.

—El Ministerio actúa con independencia del Gobierno y se ocupa básicamente del flujo de información que se transmite a la gente.

Trabajarías en el Departamento de Publicaciones, que es donde se producen todos los libros y panfletos.

No lleva mucho en funcionamiento, pero tengo grandes esperanzas en lo que respecta al impacto que puede causar en el esfuerzo bélico.

—¿En serio? —dijo Peggy, pensando inmediatamente en Joe y en todo aquello que podría hacerse para tratar de que regresara antes a casa.

Sir James asintió.

—Nunca subestimes el poder de las palabras, Peggy. Aunque sé que no hace falta que te lo diga, teniendo en cuenta el poder de las que tú misma escribes. ¿Por qué no te lo piensas y lo hablas con tu madre y tu abuela antes de darme una respuesta?

—Muy bien. Gracias, señor.

—¡Estupendo! —dijo sir James, dándole un mordisco a su bollo. Cerró los ojos un momento y luego exclamó—: Es como si mil ángeles estuvieran bailando una dulce giga en mi lengua. Exquisito, señora Marsh.

Emily lo miró fijamente.

—Y ahora dígame cuándo va a terminar esta guerra para que mi nieto pueda regresar a casa. Está a punto de nacer un bebé que necesita a su padre.

El nacimiento del bebé, Charles Reginald Sparks, o Charlie, como se lo conocería siempre, le confirmó a Peggy que debía aceptar la oferta de sir James.

El bebé nació el día antes de que su padre volviera a casa de permiso y llegó al mundo sin lloros ni gimoteos.

De hecho, la matrona se alarmó tanto por su despreocupada indiferencia al nacer que le dio una firme palmada en la espalda, lo cual provocó en el bebé un llanto quejumbroso que solo se calmó cuando se reunió con su madre.

En cuanto Joe llegó a casa, subió corriendo al primer piso y se encontró a Florence sentada en la cama con Charlie en los brazos y Nancy a su lado. Peggy, Alice y Emily entraron tras él.

—¡Papá! —exclamó Nancy saltando a sus brazos.

—Hola, cielo —dijo, dándole un beso en la coronilla antes de inclinarse para abrazar a su esposa y acariciar el suave cabello de su hijo—. Bien hecho, amor mío —le susurró a Florence.

—¿Te gustaría cogerlo en brazos? —preguntó ella.

—Más que nada en el mundo. —Flo le tendió el bebé a Joe con mucho cuidado y él se sentó en el borde de la cama. Nancy rodeó los hombros de su padre con un brazo y le dio un beso en la mejilla—. ¿Qué piensas de tu nuevo hermanito, Nance? —le preguntó él a su hija.

—Me gusta cómo huele. —Y, volviéndose hacia Florence con los ojos abiertos como platos, añadió—: La mayor parte del tiempo, claro. —Todo el mundo se rio.

Peggy permanecía mientras tanto de pie a un lado, cogida del brazo a su madre y su abuela, observando la nueva familia con una mezcla de felicidad desbordante y profunda tristeza, y fijándose en el modo en el que Joe miraba a su hijo, animaba a Nancy a que acariciara con suavidad su mejilla con un dedo y rodeaba a Flo con un brazo, envolviéndolos a todos con amor.

Llamó a sir James esa misma tarde.

—He tomado una decisión, señor. Acerca del trabajo. Si aún están interesados en mí, me gustaría aceptar su oferta.

Ella percibió la alegría de él en su tono de voz.

—Me alegro mucho de que hayas decidido aceptar, Peggy. Creo que lo harás estupendamente.

«Lo haré mucho mejor que eso —pensó Peggy mientras su cuerpo palpitaba con secreta determinación—. Voy a ayudar a poner fin a esta guerra. No volverá a haber niños sin padre en mi familia».

—¡Peggy! ¡Peggy! —Esta volvió al presente con un parpadeo y vio ante sí el rostro ceñudo de la señora Cooper—. Te has quedado ensimismada, querida. Ya hemos llegado.

—¡Oh, lo siento, señora Cooper! —dijo, poniéndose de pie y siguiéndola mientras la muchedumbre se dispersaba por el vestíbulo.

Del techo colgaban numerosas banderas del Reino Unido y las paredes estaban cubiertas de carteles en los que se insistía en que «Las conversaciones imprudentes cuestan vidas».

—Bueno, adiós y buena suerte, querida —dijo la señora Cooper, despidiéndose de ella con la mano por encima del hombro antes de desaparecer entre la multitud.

—Adiós —dijo Peggy.

Después de la tranquila rutina de la biblioteca de Edenham, Londres parecía un lugar tan vibrante y lleno de vida que no tuvo más remedio que seguir caminando.

Sir James le había asegurado a Peggy que la Casa del Senado, el edificio en el que se encontraba el Ministerio, no tenía pérdida.

—Es una mole fea y enorme —le había dicho.

Cuando media hora después apareció ante ella una imponente incongruencia en medio de la grandeza del distrito de Bloomsbury, se dio cuenta de que sir James tenía razón.

La intimidante estructura de piedra y ladrillo era sin duda impresionante.

A medida que se acercaba, iba cerniéndose más sobre ella, elevándose cientos de metros sobre su cabeza.

Las pequeñas ventanas grises que salpicaban la fachada del edificio apenas suavizaban su aspecto.

Un hombre de rostro serio y cejas pobladas salió de la puerta principal silbando de forma distraída y se llevó una mano al ala del sombrero para saludar a Peggy en cuanto la vio.

—Parece una prisión art déco , ¿verdad? —dijo, levantando la mirada hacia la bandera del Reino Unido que ondeaba sin ganas en lo alto del edificio—.

El arquitecto, un tipo llamado Holden, quería combinar lo moderno con lo clásico.

—El hombre negó con la cabeza—. Es como pedirle a Glenn Miller que toque una pieza de Mozart.

—Peggy no estaba segura de cómo contestar, pero, sin esperar ninguna respuesta, el hombre se limitó a añadir con un suspiro—: Un terrible desperdicio de piedra de Portland.

—Disculpe, ¿trabaja usted aquí?

El hombre la miró.

—Lo hacía, pero recientemente me han relevado de mis funciones.

—Oh, lo siento.

—No se preocupe —contestó él, estudiando el rostro de Peggy—. Es su primer día, ¿verdad?

Ella notó que le ardían las mejillas.

—Sí. ¿Sabe adónde debería dirigirme?

—Si fuera usted, daría media vuelta y regresaría por donde he venido —le dijo, y soltó una carcajada antes de volverse hacia la garita que había junto a la puerta de entrada—. Jarvis, ¿podrías indicarle a esta joven adónde debe ir? La pobrecilla empieza hoy a trabajar aquí.

Un hombre uniformado de pelo grisáceo y mirada amable emergió de la garita.

—Por supuesto, señor Greene. Es por aquí, señorita.

—Gracias —dijo Peggy.

—¡Buena suerte! —dijo el hombre por encima del hombro.

Peggy le echó un último vistazo antes de seguir a Jarvis.

—Disculpe —le dijo a este—, pero ese hombre, ¿no era...?

—Graham Greene —dijo Jarvis—. El mismísimo. Un escritor magnífico.

—¡Oh, Dios mío! —dijo Peggy, sintiendo cómo los oídos le palpitaban. Sabía que en el Ministerio de Información trabajaban algunos escritores famosos, pero no había contado con que uno de los autores cuyos libros solía colocar en las estanterías de la biblioteca la saludara en su primer día.

Peggy siguió a Jarvis al interior del vestíbulo de entrada y no pudo evitar la sensación de estar cruzando un templo romano que conducía a una arena de gladiadores en la que, sin duda, de un momento a otro soltarían a los leones para que la devoraran.

—Es por aquí, señorita.

—Gracias —dijo Peggy, buscando en su bolsillo la carta que su abuela le había dado la noche anterior con la esperanza de que le proporcionara el valor que necesitaba para cruzar la puerta que Jarvis le indicaba.

Febrero de 1940

Querida Peg:

Le he pedido a la yaya que te dé esta carta en tu primer día en el Ministerio, pues no podré estar ahí en persona para desearte suerte.

Espero que después del entrenamiento nos destinen a un lugar remoto, lejos del frente, alejándonos así de los combates.

Ya me conoces. Cumpliré con mi deber, pero soy un poco como ese dragón reticente del cuento que nos solías leer a Flo y a mí.

Preferiría no luchar. Aunque hoy en día no puedo decir eso en voz alta.

«Inglaterra espera que todos los hombres cumplan con su deber» y todo eso.

Despedirme de vosotros ha sido lo más difícil que he hecho nunca.

Cada noche cuando cierro los ojos aún puedo ver el triste rostro de Nancy, y llevo el dibujo que hizo de todos nosotros en el bolsillo de la chaqueta.

Lo saco de vez en cuando para darme ánimos.

No sé qué es lo que me espera y quizá es mejor no pensar en ello.

Quizá es mejor que me limite a seguir adelante como haría la abuela.

Pero estoy asustado, Peg. Sé que a ti puedo confesártelo.

Quiero que estéis orgullosos de mí y quiero asimismo que sepas lo orgulloso que yo estoy de ti.

Eres muy lista, Peg. Más que todos nosotros juntos.

Como te dije cuando fuimos a pasear con Badger y Nance antes de marcharme, en la biblioteca estabas desperdiciando tu talento.

Tienes que aprovechar la oportunidad que te han brindado.

Sé que les enseñarás un par de cosas a estos tipos del Ministerio.

Me emocioné mucho cuando dijiste que te propondrías como objetivo que yo regresara a casa.

Pensar en eso me ayudará a seguir adelante.

Me animará saber que mi hermana está luchando por mí mientras yo lucho por ella.

Escríbeme pronto y cuéntamelo todo. Yo prometo escribirte tan a menudo como sea posible y ser tan sincero como pueda en mis cartas, tal y como me pediste.

Siempre me despediré diciendo que volveremos a vernos porque sé que así será.

Te quiere,

Joe