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—Otra vez con la nariz metida en un libro, ¿eh? —dijo una voz con un marcado acento del sur de Londres.
Peggy Sparks levantó la mirada de la página que tenía delante y vio el rostro lleno de desaprobación de Elsie Cooper, que acababa de subir al abarrotado tren matutino y en esos momentos se dirigía directamente a ella.
Peggy conocía a la señora Cooper de toda la vida y no recordaba haberla visto nunca sonreír o reír, ni tampoco hacer otra cosa que no fuera mostrarse constantemente decepcionada con el mundo.
—Es tan entrometida como un cuervo, esa mujer —solía decir su abuela siempre que veía moverse las cortinas de la señora Cooper—. Y tan agria como una bolsa de caramelos de limón.
—¡Oh, vamos, mamá! —le dijo un día la madre de Peggy, reprendiéndola suavemente—: Perdió a sus dos hijos en la Primera Guerra Mundial. Ya sabes lo duro que es eso.
Emily se cruzó de brazos.
—Tú perdiste a tu marido en la Primera Guerra Mundial y no te veo deambulando por ahí con cara de funeral, Alice. Conozco a Elsie Cooper desde que era una chiquilla. Siempre ha sido una amargada.
—Tal vez, pero es importante ser considerado con los vecinos —respondió Alice—. Ella y el señor Cooper deben de estar muy solos en esa casa sin los chicos.
—Dudo mucho que Ted Cooper se sienta solo. Siempre está en el pub.
—¡Mamá!
Emily se encogió de hombros.
—Es cierto. Puede que ser considerado con los vecinos tenga su importancia, pero también la tiene decir la verdad —concluyó ella guiñándole un ojo a su nieta.
Peggy cerró el libro.
—Buenos días, señora Cooper.
—No estoy segura de que puedan considerarse buenos —contestó ella, sentándose al lado de Peggy y echando un vistazo por la ventanilla.
En esos momentos estaban pasando por delante de unas pulcras casas adosadas y reparó en los tendederos con sábanas que había en los jardines traseros—.
Este tiempo está haciendo estragos en mi reumatismo. ¿Adónde vas?
Peggy dejó vagar la mirada por los demás pasajeros del bus. Estaba lleno de hombres mayores de rostro severo y sombrero y de mujeres serias que debían de rondar la edad de Peggy, todos pensando en sus cosas.
—Hoy comienzo mi nuevo trabajo en el Ministerio.
—Ah, sí —dijo la señora Cooper con un brillo en la mirada—.
Algo había oído. —La voz de la abuela de Peggy resonó alta y clara en su cabeza.
«Sin duda la señora Cooper ha estado cotilleando», pensó—.
Tu madre está muy orgullosa de ti y de tu querido hermano Joe, allá donde se encuentre con su regimiento de tanques.
Y ahora tú trabajarás para el Gobierno. Seguro que dentro de poco estarás tomando té con Churchill.
Peggy sonrió.
—Solo espero ser suficientemente buena para ellos.
La señora Cooper le dio unas palmaditas en la mano.
—No te habrían dado el trabajo si no pensaran que estás capacitada, querida.
Peggy esperaba que tuviera razón, y recordó el día en que se enteró de la existencia del puesto. No llevaba mucho tiempo en casa tras su turno en la biblioteca local cuando la puerta de entrada se abrió y Badger, el terrier con cara de osito de peluche de la familia, salió disparado por el pasillo.
—Pon el hervidor de agua al fuego, ¿quieres, Peg? —exclamó su abuela desde la puerta—. Dos horas en la cola de racionamiento dan mucha sed.
—Ahora mismo —respondió ella, cogiendo el hervidor de la cocina.
—Hola, querida —dijo su madre cuando apareció con Emily detrás. Iban cargadas cada una con un gran cesto de mimbre.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó Peggy, inclinándose para darle un beso a su madre.
—Un poco lo de siempre, pero a tu madre le ha ido especialmente bien —dijo Emily.
—Tres arenques por nueve peniques —confirmó Alice con orgullo.
—Bien hecho, mamá —dijo Peggy, sonriéndoles a ambas. Echaba mucho de menos a su padre y anhelaba el regreso de su hermano, pero, en su ausencia, Peggy disfrutaba enormemente de la presencia de esas dos mujeres.
Emily Marsh había sido tan constante en la vida de Peggy como el cielo nocturno.
Cuando esta era una niña, su abuela vivía en una pequeña casita de campo con su abuelo, Charlie, y un perro ciego de tres patas llamado Silver.
Ella no la recordaba, pero podía imaginársela gracias a la descripción de su madre: «Siempre impecable, cálida como una tostada y con olor a pan recién hecho».
Al día siguiente del fallecimiento de Charlie, Emily había cogido las maletas y se había presentado con Silver en la puerta de la casa de su hija.
Justo es decir que el padre de Peggy los recibió a los dos con los brazos abiertos.
Emily siempre lo había hecho reír y a ambos los unía la adoración que sentían por Alice.
Además de ser testaruda y obstinada, Emily hacía el mejor bizcocho Victoria que Peggy hubiera probado nunca.
Alice Sparks, por otro lado, era una persona de trato gentil.
A Peggy siempre le había parecido que Emily ya tenía opiniones suficientes para las dos, aunque eso tampoco significaba que a su madre le faltara carácter.
Esta recibía una pensión de viudedad que apenas era suficiente para que llegaran a fin de mes, de modo que, desde que Peggy era pequeña, trabajaba de día en la verdulería del barrio y por las tardes en un pub local, el White Bear, mientras Emily cuidaba de los niños.
Algunas personas criticaban el hecho de que una mujer viuda trabajara en un local lleno de hombres, pero, como se les ocurriera murmurar ese tipo de cosas cerca de Emily y esta oyera sus reproches, ya no se atrevían a volver a hacerlo.
A pesar de tantos esfuerzos la familia no tenía mucho, pero Peggy no podía imaginarse una infancia más feliz.
—El señor Harris asegura que dentro de poco también racionarán el té. Cuando eso suceda perderemos definitivamente la maldita guerra —declaró Emily mientras vaciaba su cesto.
—No digas eso, mamá —la regañó Alice.
—Lo siento, querida —dijo Emily, levemente escarmentada—. El pobre hombre tuvo que contar más de siete mil cupones la semana pasada. Dice que al terminar tenía los dedos en carne viva.
—¿Dónde están Flo y Nancy? —preguntó Peggy—. Pensaba que a estas horas ya habrían llegado a casa.
—Han ido al parque después de la escuela. A ver si así la pequeña se cansa. Esa niña tiene más energía que una bolsa de ranas —dijo Emily.
—Flo sí que parece cansada —dijo Peggy.
—Va a dar a luz de un momento a otro —dijo Emily—. El bebé nacerá dentro de una semana como mucho. A no ser que sea un niño. En ese caso llegará tarde. Los niños son unos vagos.
—Al menos la carta que recibió ayer de Joe la animó un poco —dijo Alice.
—No me extraña que esté cansada —repuso Emily—. Esa mocosa no deja de hablar. Una pregunta tras otra. Es interminable. Y toda ideas y opiniones.
—Me pregunto a quién habrá salido —dijo Alice, mirando con complicidad a Peggy. Emily soltó un resoplido, pero sin demasiada convicción.
Peggy sonrió.
—¿Sirvo el té?
—Sí, por favor, y trae también tres de esos bollos de frambuesa que hice el otro día —dijo Emily, dejándose caer en su sillón de color verde salvia y colocando los pies en el escabel rosa.
La sesión de té se vio interrumpida de repente por una rápida sucesión de ladridos cuando Badger se levantó de un salto y salió corriendo por el pasillo al oír tres decididos golpes del picaporte de la puerta.
—¡Por el amor Dios! —exclamó Emily cuando los persistentes ladridos del perro se transformaron en gruñidos—. Se diría que el mismísimo Hitler ha llamado a la puerta. Ve a ver quién es, ¿quieres, querida Peggy?
—Voy.
Peggy llevó al renuente perro de vuelta a la cocina y luego fue a abrir la puerta. Era un hombre alto y gallardo que lucía un bigote cuidadosamente recortado e iba ataviado con un traje de Savile Row.
—¡Qué sorpresa, sir James! —dijo ella, echándole un vistazo al elegante coche negro con chófer que había detrás del hombre.
Él la saludó alzando levemente el ala de su sombrero de fieltro.
—Buenas tardes, Peggy.
Peggy tenía siete años cuando conoció a James Miles.
Este había sido el oficial al mando del regimiento de su padre en la Primera Guerra Mundial, y el hecho de que muchos de sus hombres no hubieran vuelto y él hubiera sobrevivido le había afectado profundamente.
Desde entonces, había asumido una especie de papel de ángel de la guarda para esas familias.
Peggy recordaba visitas al zoo y vacaciones en Clacton pagadas por este hombre benevolente.
Ahora que contaba con más de sesenta años, no había perdido ni un ápice de su encanto o influencia.
Ostentaba un alto cargo en el Gobierno, aunque nunca había llegado a revelar qué hacía exactamente.
A Peggy le encantaba ese aire de misterio.
Le recordaba a un personaje de una novela de John Buchan.
—Vaya, si es su señoría en persona —dijo Emily, que apareció detrás de Peggy. A continuación lo hizo Alice con Badger pisándole los talones.
—Siempre es un placer verlas, señoras —declaró, esbozando una sonrisa que hizo que su bigote se moviera graciosamente.
El perro se detuvo de golpe cuando el hombre extendió una mano para saludarlo—.
Hola, Badger, viejo amigo —dijo, y fue rápidamente recompensado con frenéticos lametones y meneos de cola del animal.
Luego el hombre volvió a erguirse, se alisó la corbata de seda de color esmeralda y sonrió antes de posar la mirada sobre Alice—.
Disculpe la intrusión, pero me preguntaba si podría hablar un momento con Peggy.
—Por supuesto —dijo Alice—. Entre. Justo en estos momentos Peggy estaba preparando té. ¿Quiere una taza?
—Se lo agradecería, gracias. —Las siguió a la cocina—. ¿Cómo está, señora Marsh? —preguntó mientras Emily se acomodaba otra vez en su sillón mirándolo con recelo.
—¿Cuándo va a terminar esta guerra, jovencito? —preguntó ella.
—He de reconocer que me encantan estas visitas, señora Marsh. Siempre me hace sentir usted veinte años más joven.