Manual de señoritas para ganar la guerra
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Prólogo
—Otra vez con la nariz metida en un libro, ¿eh? —dijo una voz con un marcado acento del sur de Londres.
Peggy Sparks alzó la cabeza del libro de cuentos que estaba leyendo y su mirada pasó de un dragón que exhalaba una impresionante columna de humo plateado a la cara de bulldog de Sid Kemp, el chico más malvado de la calle. Asustada, miró a derecha e izquierda buscando desesperadamente a Joe.
—Y-yo...
—Y-y-yo... —se burló Sid con voz cantarina al tiempo que le arrebataba el libro de las manos. Hojeó las páginas con ceñudo recelo—. Mi padre dice que solo los mariquitas leen libros.
—¡No, por favor! —suplicó Peggy, mientras él sostenía descuidadamente el libro por una página de tal forma que un minúsculo rasgón comenzó a serpentear por su borde cual hielo agrietándose en un estanque helado.
—No ¿qué? —preguntó el chico, dándole una pequeña sacudida a la página para que se rasgara del todo. Luego se quedó mirando a Peggy con triunfal satisfacción, sosteniendo la página arrancada en su mano mientras el libro caía al suelo—. ¡Uy! —dijo—. Lo he roto.
Ella trató de contener las lágrimas, pero precisamente ese día le resultaba francamente imposible.
Había asistido al funeral de su padre. Acariciándole la mejilla, su madre le había dicho que debía ser valiente.
Y lo había conseguido mientras llevaban el ataúd de su padre a la parte delantera de la iglesia.
En un momento dado, había reparado en que su abuela le daba un fuerte apretón en la mano a su madre y ella había tratado de imitar su expresión, con la mirada hacia delante y la mandíbula contraída en gesto de feroz desafío mientras a su alrededor los demás sollozaban.
Así pues, había logrado guardárselo todo en su interior durante el servicio como una de esas cajas sorpresa con muñeco dentro, pero en ese momento ya no pudo soportarlo más y los ojos se le llenaron de lágrimas cálidas mientras suplicaba a Sid:
—Devuélveme el libro, por favor.
El niño sopesó la pregunta como un gato observando despreocupadamente un ratón con la cola atrapada bajo su cruel garra que trata de huir. Exhaló un suspiro.
—Creo que no. Me parece que voy a arrancar otra página —dijo, cogiendo el libro del suelo—. De hecho, es posible que las arranque todas. ¿Y sabes lo mejor? —Compungida, Peggy negó con la cabeza. Sid sonrió con malicia—. Tú no me detendrás. Ni nadie lo hará.
—Yo sí —dijo de repente una voz.
Ambos se volvieron y vieron al hermano gemelo de Peggy, Joe, de pie en la puerta y con la mejor amiga de ella, Florence, a su lado. Sid adoptó una expresión de aburrimiento.
—Lo que faltaba. El hermano estúpido y la amiga estúpida de la ratona de biblioteca vienen a su rescate.
—Devuélvele el libro, Sid —dijo Joe.
—Sí, Sid —añadió Flo—. Devuélveselo.
—Bla, bla, bla... —se burló Sid dedicándole una mueca a Flo.
—No hagas eso —dijo Joe, dando un paso adelante.
Sid suspiró e irguió la espalda hasta alcanzar toda su altura, más que considerable.
—¿O qué?
—O te partiré la cabeza.
Sid encaró a Joe. Era cinco años mayor que él y un buen palmo más alto, además de contar con unos puños del tamaño de un pastel de carne.
—Me gustaría ver cómo lo intentas —dijo, dándole un fuerte empujón en el pecho a su contendiente. Joe retrocedió unos pasos. Sid hizo una mueca—. No podrías derribar ni una margarita. Los Sparks sois unos debiluchos. Tu hermana es una llorona y a tu padre le volaron la cabeza en Francia...
Peggy tardó un segundo en darse cuenta de que el fuerte crujido que oyó era el sonido de la nariz de Sid rompiéndose a causa del diestro puñetazo que Joe le había propinado al matón en pleno centro de la cara.
Flo soltó un grito, aunque más de alegría, lo cual a su vez hizo que irrumpiera por la puerta la abuela de Peggy y Joe, Emily.
—¿Se puede saber qué diantre está pasando? —preguntó.
—Sid estaba metiéndose con Peggy y ha dicho cosas horribles sobre el señor Sparks, que Dios lo tenga en su gloria —dijo Flo, santiguándose.
—¿Es eso cierto? —dijo Emily, arrugando el entrecejo y entornando los ojos.
Sid apretó con fuerza un pañuelo ensangrentado contra su nariz lastimada y miró aterrorizado a la mujer.
Puede que no le tuviera miedo a mucha gente, pero todo el mundo temía a Emily Marsh.
Esta extendió una mano y lo agarró de una oreja—.
Vamos a ver qué dice tu madre al respecto, ¿te parece, Sidney Kemp?
—dijo, ignorando los chillidos de cerdito que el niño profería a modo de protesta—.
Tu padre era un sinvergüenza y parece que tú has salido igual.
—Y, volviéndose hacia Joe, le dijo—: Sé un buen chico y cuida de tu hermana.
Cuando se hubieron marchado, Joe y Flo se arrodillaron a cada lado de la sollozante Peggy.
—No pasa nada, Peg —dijo Joe, tendiéndole el libro—. Podemos arreglarlo.
La niña se secó los ojos con el pañuelo recién planchado que su madre le había dado esa mañana.
—No es por eso por lo que estoy llorando. Estoy pensando en papá.
Joe le rodeó los hombros con un brazo.
—Yo también lo echo de menos, pero ¿sabes qué?
—¿Qué?
—No tienes que preocuparte de nada porque siempre estaré aquí para cuidar de ti.
Ella levantó la cara hacia su hermano.
—¿Siempre?
—Claro que sí. No pienso irme a ningún sitio.
Peggy entrelazó sus brazos primero con Joe y luego con Flo.
—Siempre estaremos juntos, nosotros tres —dijo—. Y vosotros dos os casaréis y yo seré la tía de todos vuestros hijos.
Florence y Joe se sonrieron.
—Vamos, Peg —dijo Joe, colocándole el libro en el regazo—. Léenos este cuento. Ya sabes que a mí me cuesta leer. Tú en cambio siempre consigues que las palabras cobren vida.
—Sí, vamos, Peg —dijo Flo, acurrucándose a su lado—. ¿Es este el del dragón que no quería pelear?
Peggy asintió.
—Es un dragón muy amable y gentil al que le encanta componer poesía.
—Léenos otra vez esa parte en la que el chico lleva a san Jorge a conocer al dragón —dijo Joe—. Es muy divertida. Me encanta cómo habla el dragón.
Peggy sonrió mientras pasaba las páginas, abriendo bien el libro para que pudieran ver las ilustraciones. Cuando comenzó a leer, pensó en su padre y en cómo solía leerles a ella y a Joe. Lo echaba mucho de menos, pero sabía que, mientras estuviera con su hermano y tuviera libros, todo iría bien.