Manual de señoritas para ganar la guerra 28
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Las campanas de victoria repicaron en todo el mundo en mayo.

Para Peggy, sin embargo, la palabra «victoria» sonaba hueca.

¿Qué podía haber de victorioso en una guerra que se había cobrado la vida de su abuela y en la que había desaparecido su hermano?

Nada se sabía del paradero de Joe y, a medida que las semanas se convertían en meses, la familia Sparks comenzó a considerar la posibilidad de que pudiera no regresar.

El Día de la Victoria en Europa trajo consigo una gran cantidad de banderines y festejos en todas las calles y avenidas de Edenham.

Cuando Peggy, Frank y Nancy miraron por la ventana del piso superior de la casa de Alice, vieron una hilera de mesas con caballete que se extendía hasta donde alcanzaba la vista y sobre las que las mujeres de la zona colocaban manteles y platos mientras charlaban y reían, libres al fin de preocupaciones después de tantos años viviendo a escondidas.

Casi todas las casas de la calle tenían una bandera británica colgada en alguna ventana y los niños iban de un lado para otro con coronas de papel hechas en casa y luciendo amplias sonrisas.

—No quiero ir a la fiesta, tía Peg —dijo Nancy—. No me parece bien divertirme mientras papá sigue desaparecido.

Peggy miró a Frank y le rodeó los hombros con un brazo.

—Sé dónde podemos ir. Preguntémosles a tu madre y a tu abuela si también quieren venir.

Aunque era un día festivo, Peggy sabía que el señor Alderman estaría en la biblioteca.

Para la mayoría, el final de la guerra en Europa era motivo de gran celebración.

Sus maridos y seres queridos iban a regresar a casa y sentían un enorme alivio al saber que los días oscuros habían llegado a su fin.

Había otros, sin embargo, para quienes la guerra, ya fuera esta o la anterior, ya nunca terminaría.

Y si bien algunos podían cantar sobre una «tierra de esperanza y gloria», como reza el título de la canción, lanzar vítores y bailar toda la noche, para otros, en cambio, el Día de la Victoria era en realidad un día de triste introspección.

Peggy sabía que el señor Alderman se contaba entre estas personas.

Las últimas veces que había ido a la biblioteca, había aprovechado para ir a visitarlo.

Su benevolente presencia le recordaba a la del señor Beecher, y las conversaciones que mantenía con él le resultaban de lo más reconfortantes.

Un día, al asomarse por la puerta de su despacho, vio que estaba mirando fijamente una fotografía con una suave sonrisa en el rostro.

Peggy carraspeó para anunciar su presencia. Él levantó la mirada y la hizo entrar.

—Espero no interrumpirle —dijo ella.

Él volvió a mirar la fotografía y vaciló como si no supiera si compartir con ella una confidencia. Algo le convenció de que debía hacerlo y deslizó la fotografía sobre la mesa hacia ella.

—Mi esposa y mi hijo —dijo.

Peggy miró a la pareja. La señora Alderman lucía un bonito vestido con volantes blancos, llevaba un collar de perlas en el cuello y tenía a su hijo en el regazo. Parecían devolverle la mirada con tanta alegría y felicidad que no pudo evitar esbozar una sonrisa.

—Es una fotografía muy bonita —dijo ella.

—Hoy habría sido el septuagésimo segundo cumpleaños de mi esposa —dijo—. Falleció poco después del final de la Primera Guerra Mundial. Los médicos dijeron que se había debido a su corazón, y yo concuerdo. Se le rompió cuando Monty murió en el frente en 1916.

—Lo siento, señor Alderman.

Él esbozó una suave sonrisa.

—Tuve suerte de poder conocerlos —dijo—. Y de tener ahora estos recuerdos.

—¿Podemos pasar, señor Alderman? —preguntó Nancy—. Hoy no nos sentimos con ganas de celebrar nada.

El rostro del bibliotecario se iluminó y se hizo a un lado para dejarlas entrar.

—Claro que sí. Me alegro mucho de verlas. Normalmente no permitiría a nadie tomar té en la biblioteca, pero creo que hoy podemos hacer una excepción.

—Esperaba que dijera eso —dijo Alice, y, alzando el cesto que llevaba, añadió—: He horneado algunos pastelitos como los que hacía mamá.

—Magnífico —contestó el señor Alderman.

—Yo prepararé un poco de té —dijo Peggy.

—Yo te ayudaré —dijo Flo.

—Y yo me comeré los pastelitos de Emily —dijo Dulcie.

—Y yo te ayudaré —dijo Nancy, y todo el mundo se rio.

Para Peggy era el mejor lugar en el que podía estar un día como ese.

El apagado murmullo de las alegres celebraciones que tenían lugar en la calle les recordaba que ahora vivían tiempos de paz, pero había algo reconfortante en el hecho de estar todos juntos, bebiendo té en ese santuario repleto de libros.

El señor Alderman se unió a ellas para tomar una taza y luego desapareció en su despacho con un libro de poemas de Robert Graves debajo del brazo.

—Ahora entiendo por qué te gusta tanto estar aquí —dijo Flo mientras ella y Charlie pasaban las páginas de un libro de las fábulas de Esopo—. Hacía semanas que no me sentía tan relajada.

Peggy sonrió. La guerra le había pasado factura a todo el mundo, pero a ella le dolía profundamente ver sufrir a su amiga más antigua.

Alice hacía todo lo posible para animar a Flo, pero ella también había perdido a su marido, a su madre y ahora, con toda probabilidad, a su hijo.

Eso hacía que Peggy deseara tener una varita mágica con la que poder arreglarlo todo, por imposible que fuera.

Miró a Frank, que estaba leyéndole Emil y los detectives a una fascinada Nancy y sintió entonces que el bebé le daba una patada, recordándole que había pequeñas semillas de esperanza y razones para seguir adelante.

Dulcie cerró la novela de Agatha Christie que había estado leyendo y la dejó a un lado.

—¡Lo sabía! —declaró—. Sabía que había sido él. Desde el principio me di cuenta de que no era de fiar.

Emily Alice Bauman nació un día de julio tan brillante y esperanzador como su llegada.

La comadrona declaró que nunca había visto un bebé con «unos pulmones tan potentes», lo cual provocó que Peggy y Alice derramaran lágrimas de alegría por el hecho de que el espíritu de Emily Marsh siguiera vivo.

Cuando le entregó a su nueva hija a Frank y vio la ternura con la que él la miraba, Peggy sintió que el corazón se le henchía con una felicidad únicamente empañada por la ausencia de Joe.

Con cada día que pasaba, la falta de noticias los acercaba más a un mundo sin él.

Esto solo les resultaba soportable porque no había habido ningún comunicado oficial que sofocara ese último germen de esperanza.

El bebé trajo consigo una renovada motivación.

Frank trabajaba sin descanso por las noches y los fines de semana para terminar las obras mientras Peggy seguía en casa de su madre, saboreando los preciosos momentos con su nueva hija.

Marigold pasó a verla un día y la informó de que estaban clausurando las operaciones en el Ministerio.

—Es un poco triste, pero supongo que todo lo bueno debe llegar a su fin —le dijo.

—Cierto —dijo Peggy—. ¿Qué harás ahora que ha terminado todo?

—Rosa y yo vamos a viajar a Europa.

Peggy se mostró sorprendida.

—¿En serio?

Marigold esbozó una sonrisa inusualmente tímida en ella.

—Nos hemos vuelto muy amigas.

Peggy sobrentendió la verdad al reparar en la secreta felicidad de la expresión de su amiga. Irradiaba una alegría que había estado ausente desde la muerte de Cordelia.

—Me alegro mucho por ti, Marigold.

—Y yo me alegro por nosotras dos, Peggy. ¡Ah, por cierto! He pensado que te gustaría tener una de estas. Les he dado una a todos los del departamento. —Metió la mano en el bolsillo y sacó una fotografía—. ¿Lo recuerdas? Esa Navidad puse el temporizador e hice que todo el mundo posara.

Peggy contempló la fotografía. En ella se veía al señor Beecher de pie junto a la señora Pyecroft, ambos con los ojos relucientes; a Sheldrake frunciendo ligeramente el ceño; a Dalton con una sonrisa de tonto en la cara junto a Fairchild, que sonreía benévolamente; y a ellas dos, que compartían una broma justo cuando la cámara captaba el momento.

—Parecemos una pequeña y extraña familia —dijo.

Marigold se rio.

—Eso es exactamente lo que éramos. Una pequeña y extraña familia. —Y, sonriendo a Peggy, añadió—: No se lo digas a los demás, pero siempre fuiste mi hermana favorita.

Peggy se abrazó con fuerza a su amiga.

—Sé feliz, Marigold. Te lo mereces.

Marigold le dio un beso en la mejilla.

—Ya sabes que no soy religiosa, pero rezo todas las noches por Joe.

Unos pocos días después, Peggy se encontraba sola en casa de su madre.

Ella y Frank tenían planeado mudarse a su nueva residencia el fin de semana siguiente y estaba revisando los libros y fotografías que iban a meter en las cajas de comestibles que el señor Miller les había prestado.

En un momento dado, Peggy cogió una fotografía en la que se les veía a ella y Joe y limpió el marco.

No debían de tener más de cinco años. Peggy recordaba que él estaba enfadado porque el fotógrafo le había dicho que mirara a la cámara en vez de a su hermana.

Esa era la razón por la que tenía esa mueca de enojo que siempre les hacía reír a ella y a Alice.

Estaba a punto de guardar con cuidado la fotografía en la caja cuando sonó el teléfono.

Corrió al salón y descolgó el auricular.

—Edenham 3175.

—Peggy.

La voz que esta oyó al otro lado de la línea era como la de un niño pidiendo un abrazo.

La conocía bien, pero resultaba tan inesperada como si hubiera encontrado un tesoro que ya nunca esperara volver a ver.

Soltó un grito y se llevó una mano a la boca al tiempo que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.

Había anhelado este momento, lo había soñado todas las noches, pero había empezado a temer que ya nunca llegaría.

De algún modo, consiguió recuperar la voz.

—¿Joe? —susurró bañada en lágrimas—. ¿Eres tú de verdad, Joe?

Él soltó una risa ahogada, un suave sonido que era a la vez de amor, alivio y alegría.

—Ya te dije que volveríamos a vernos, Peg. No pensarías que iba a defraudarte, ¿verdad? Gracias por la brújula, por cierto. Me resultó muy útil.

Edenham 12 de marzo de 1946

Mi querida Marigold:

Gracias por tu carta y las fotografías. Me alegra mucho que tú y Rosa os hayáis instalado en París.

Tu trabajo documentando las secuelas de la guerra suena extremadamente interesante.

Y me hace muy feliz ver la alegría en vuestros rostros.

Merecéis ser infinitamente felices. También me alegra saber que tu madre está planeando ir a visitarte.

Espero que sea el inicio de un mayor entendimiento entre ambas.

Por aquí todo va bien. Emily es un bebé maravilloso y está creciendo muy rápido.

Ya gatea y parece deseosa de moverse libremente.

Me recuerda mucho a mi abuela, algo que, a pesar de ser un gran consuelo, también está teñido de cierta tristeza por el hecho de que no hayan podido llegar a conocerse.

Tengo la sensación de que habrían sido grandes amigas.

Nos estamos adaptando bien a la nueva casa.

Frank ya casi ha terminado de decorarla y es todo lo que yo había soñado.

Nancy nos visita con frecuencia y adora a su nueva prima.

Además, está muy emocionada porque Flo espera otro bebé.

A Joe le gustaría que fuera un niño, pues quiere llamarlo Albert por el amigo que perdió.

Ha vuelto a trabajar en el taller. A veces me cuenta algunas de las cosas que vio y creo que eso le ayuda, pero otras veces me doy cuenta de lo atormentado que se siente por dentro.

Sé que le alegra estar en casa con Flo y los niños, pero, como todos sabemos, la guerra cambia a las personas.

Creo que nos ha cambiado a todos y que el mundo ya no volverá a ser el mismo.

Sé que a mí me ha cambiado, para bien y para mal.

Todos hemos sufrido, pero sé que tuve suerte de trabajar en el Ministerio.

El señor Beecher vino a verme con su esposa hace poco.

Él y Frank se han hecho muy amigos y ambos son maravillosos con Emily.

Tengo la sensación de que los Beecher seguirán formando parte de nuestras vidas para siempre y eso me hace muy feliz.

Laurie y Sheldrake también están en contacto con nosotros y he oído que están planeando ir a visitarte a París.

¡Ya puedo imaginar lo bien que os lo pasaréis!

Me intrigó enterarme de que la señora Pyecroft desapareció después de la guerra.

Me atrevería a decir que la han enviado a algún lugar en el que es necesaria su magia silenciosa.

¿No fuimos afortunadas de poder trabajar con estas personas?

Tengo tu fotografía en la repisa de la chimenea y no puedo evitar sonreír al verla cada día.

Por supuesto, la tuya es la amistad que más valoro, aunque jamás hubiera podido imaginarlo cuando nos conocimos.

Vivimos algunas aventuras maravillosas, y recordarlas me anima y me impulsa a seguir adelante.

Me siento orgullosa de nosotras, Marigold, y de todo lo que conseguimos.

Ofrecimos esperanza al mundo cuando este más la necesitaba. No se me ocurre nada mejor que eso.

Siempre tuya, tu amiga que te quiere,

Peggy