La variable #2
Eduardo alcanzó a decir:
—¡Salgan!
No terminó.
El segundo golpe fue más fuerte.
Álex, que ya tenía un pie fuera, fue lanzado contra la pared del corredor.
La puerta se cerró de golpe detrás de él.
El marco se deformó.
Adentro se escuchó metal.
Yeso.
Madera.
Un estruendo que ocupó todo.
Álex cayó de rodillas.
Intentó levantarse.
El piso volvió a moverse.
Se arrastró hacia la pared.
—¡Camila!
No hubo respuesta.
Golpeó la puerta.
—¡Camila!
Del otro lado algo pesado cayó.
Después nada.
No un silencio limpio.
Alarmas.
Gente gritando en otros pisos.
Cristales.
Pasos.
Pero del salón, nada.
Álex empujó la puerta.
No abrió.
Volvió a intentarlo.
—¡Profesor!
El polvo empezó a salir por debajo del marco.
Tosió.
Un estudiante corrió por el pasillo y le gritó que bajara.
Álex no se movió.
—¡Hay gente adentro!
Dos hombres llegaron desde las escaleras.
Uno intentó jalarlo.
Álex lo empujó.
—¡Hay dieciséis!
No sabía por qué dijo el número.
Tal vez porque los había visto.
Tal vez porque acababa de entrar y, sin querer, los había completado.
La estructura volvió a crujir.
Esta vez los tres retrocedieron.
Una parte del plafón cayó donde Álex había estado arrodillado.
Lo obligaron a bajar.
Mientras descendía las escaleras, seguía mirando hacia arriba.
No volvió a ver a ninguno.
* * *
INTERLUDIO — Roma, 1893
La mujer tenía el cabello oscuro recogido, el rostro redondo y una sonrisa leve que no parecía pertenecer a ninguna edad concreta.
Esperó a que los jóvenes terminaran de hablar.
Eran estudiantes de distintas edades.
Algunos llevaban cuadernos.
Otros solo escuchaban.
Afuera, la ciudad discutía otra cosa.
Esa noche los relojes cambiarían.
Diez minutos.
Cuatro segundos.
Nada enorme.
Nada que pudiera sentirse en la piel.
Solo una decisión humana para hacer que una hora coincidiera mejor con otra.
Uno de los muchachos preguntó:
—Entonces, ¿el tiempo va a adelantarse?
La mujer sonrió.
—No.
Tomó una tiza.
—El reloj va a adelantarse.
Escribió en el pizarrón:
XVII
—¿Qué ven?
—Diecisiete.
Ella cambió el orden de las letras.
VIXI.
—¿Y ahora?
Nadie respondió.
—“He vivido”.
Una muchacha de la segunda fila entendió.
—En pasado.
—Sí.
—Como si ya estuviera muerto.
La mujer dejó la tiza.
—Por eso algunos le temen al diecisiete. No porque el número haga nada. Porque nosotros hacemos cosas con los números.
—Entonces es superstición.
—Claro.
El muchacho de antes sonrió, satisfecho.
La mujer añadió:
—Eso no significa que todo lo que una superstición intenta nombrar sea falso.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué intenta nombrar ésta?
Ella miró las ventanas.
—Que la gente necesita creer que la muerte tiene reglas.
—¿Las tiene?
La mujer regresó al pizarrón.
Debajo de XVII dibujó diecisiete líneas.
—A veces.
Un estudiante contó.
—Son diecisiete.
—Sí.
—¿Mueren los diecisiete?
La mujer negó.
Borró una.
Quedaron dieciséis.
—Estos se van.
Señaló la línea borrada.
—Éste queda.
—¿Por qué?
—Para que alguien recuerde.
—¿Y quién elige al que queda?
La mujer lo observó.
—Ésa es la parte que más les cuesta aceptar.
—¿Cuál?
—Que no tiene por qué quedar el mejor.
Nadie habló.
—Ni el más inteligente.
Pausa.
—Ni el más bueno.
La muchacha preguntó:
—¿Entonces quién?
—El que queda.
—Eso no explica nada.
—La muerte tampoco tiene obligación de hacerlo.
Otro estudiante intervino:
—¿Y cuándo termina?
La mujer volvió a mirar las diecisiete líneas.
Dieciséis visibles.
Una borrada.
—Cuando ya no quede ninguno.
—¿Cuando muera el último?
—Entonces esa cuenta se cierra.
—¿Y mientras viva?
La mujer limpió la tiza de sus dedos.
—Mientras viva, esa cuenta sigue abierta. Existe un testigo de que ocurrió.
—¿Y puede volver?
La mujer tardó un poco.
—La muerte siempre vuelve.
Afuera sonó una campana.
Uno de los estudiantes sacó un reloj.
—Faltan horas para el cambio.
La mujer sonrió.
—No confundan el reloj con el tiempo.
Después borró el pizarrón.
Todo.
Menos una palabra.
VIXI.
* * *
El sismo fue reportado en toda la ciudad.
No fue el más fuerte de la historia.
Ni siquiera estuvo cerca.
Hubo daños.
Vidrios rotos.
Fallas eléctricas.
Dos edificios evacuados.
Un tramo del edificio P quedó cerrado por daño estructural.
Eso explicaba el polvo.
El plafón.
La puerta deformada.
No explicaba todavía todo lo demás.
Los equipos de rescate entraron cuando la estructura dejó de moverse lo suficiente para permitirlo.
Sacaron primero a dos personas.
Después a cuatro.
Después dejaron de contar en voz alta.
A media tarde la cifra oficial era dieciséis.
Dieciséis muertos dentro del mismo salón.
Quince estudiantes.
Un profesor.
La universidad suspendió actividades.
La facultad cerró.
Las autoridades hablaron de colapso parcial, trauma, condiciones del inmueble y una investigación que apenas comenzaba.
No todas las causas de muerte habían sido establecidas.
Eso tardaría.
La televisión necesitaba palabras antes.
“Tragedia universitaria”.
“Dieciséis muertos en la Facultad de Psicología”.
“Sobreviviente único”.
Álex vio uno de los cintillos desde la parte trasera de una ambulancia.
Tenía polvo en el cabello.
Una cortada pequeña en la frente.
La rodilla izquierda vendada.
Las manos temblándole.
No había consumido nada.
Le molestó que su cuerpo no tuviera una manera más digna de demostrarlo.
Una reportera se acercó.
—¿Álex?
Él levantó la cabeza.
—¿Eres el sobreviviente?
Álex la miró.
No entendió la palabra.
—Yo estaba afuera.
—Pero estabas con ellos.
—Acababa de llegar.
—¿Por qué crees que sobreviviste?
Álex soltó una risa corta.
No porque fuera gracioso.
—¿Sobreviví?
La reportera dudó.
—Estás aquí.
Álex miró hacia el edificio.
—Sí.
Volvió a verla.
—Supongo.
—¿Sabes qué ocurrió?
—Tembló.
—Las autoridades investigan si hubo algo más.
Álex no respondió.
—¿Habían recibido amenazas?
Ahí la miró de otra manera.
—¿Quién te dijo eso?
La reportera aprovechó.
—Entonces sí las había.
Álex se puso de pie.
La pierna casi le falló.
Se sostuvo de la ambulancia.
—Ya me voy.
—Una última pregunta. ¿Quién crees que hizo esto?
Álex pensó en Camila.
En Eduardo.
En Gael mirando números como si pudieran obedecer.
En Bruno riéndose.
En el cuaderno que había dejado caer junto a la puerta.
—Nadie hizo nada.
La reportera se acercó con el micrófono.
—Entonces ¿qué pasó?
Álex miró otra vez el edificio.
—Se murieron.
La reportera esperó algo más.
Álex lo dio.
—La muerte no le pide permiso a nadie.
Dejó pasar un instante.
—Es más poderosa que Dios y que el diablo.
La frase fue transmitida esa noche sin contexto.
Pareció fría.
Pareció evasiva.
Pareció la respuesta de alguien que todavía no comprendía lo ocurrido.
Tal vez lo era.
Álex caminó hacia la salida del perímetro.
Cojeaba.
Tenía la sudadera sucia.
Antes de cruzar la cinta amarilla, se metió las manos a las bolsas.
Se puso la capucha.
Un policía tuvo que indicarle por dónde pasar.
Dos personas lo reconocieron por la entrevista.
Una lo grabó con el teléfono.
Parecía el menos preparado para estar vivo.
Eso era lo que más molestaba de mirarlo.
Eduardo había construido una carrera antes de que muchos decidieran qué querían hacer con la suya.
Laura tenía pacientes que confiaban en ella.
Mariana había aprendido qué hacer cuando un cuerpo empezaba a fallar.
Gael convertía el miedo en método. Tomás tenía canciones pendientes.
Bruno buscaba una vida que no necesitara fingir.
Emiliano acababa de dejar de ser el hijo que nunca daba problemas.
Camila apenas imaginaba una versión de sí misma que no estuviera definida por lo peor que había hecho.
Nada de eso compró tiempo.
Álex había consumido, mentido, fallado, recaído, perdido años y llegado tarde.
Y seguía caminando.
No era premio, redención ni justicia.
Era vida.
La parte absurda que nunca firma contratos con el mérito.
Álex llegó a la banqueta, se detuvo por el dolor de la rodilla y después siguió.
Detrás de él, dentro de un edificio acordonado, había dieciséis cuerpos.
Delante, una ciudad que no sabía qué hacer con un hombre que no debía haber estado ahí y que, precisamente por eso, seguía respirando.
Diecisiete habían entrado en la cuenta.
Dieciséis se habían ido.
Uno quedaba.
Y la muerte, por alguna razón que nadie había logrado convertir en ciencia, había vuelto a dejar un testigo.