Buenos días, alumnos
La facultad volvió a llenarse.
No de golpe.
Primero regresaron los trabajadores de mantenimiento. Después los administrativos. Luego los profesores que habían tenido que cambiar de edificio durante meses y que hablaban del regreso como si solo se tratara de recuperar oficinas, proyectores y salones.
Los estudiantes fueron los últimos.
Llegaron con mochilas nuevas, vasos de café, horarios impresos y esa seguridad breve de quien todavía no sabe qué lugar va a terminar recordando durante años.
El edificio P tenía pintura reciente en algunos muros.
No en todos.
Habían cambiado dos cámaras del pasillo principal, reforzado una puerta de emergencia y colocado un letrero junto a las escaleras:
NO OBSTRUIR RUTAS DE EVACUACIÓN.
La mayoría pasaba frente a él sin leerlo.
No había razón para hacer otra cosa.
Las jardineras seguían mal colocadas.
La gente seguía golpeándose las rodillas con las esquinas de concreto.
La cafetería seguía vendiendo café demasiado caliente.
Y Rosita seguía ahí.
—Buenos días.
Lo decía a cada grupo que entraba como si llevara apenas una semana trabajando en la facultad.
Nadie preguntaba cuántos años llevaba.
A esa hora tenía una carpeta azul contra el pecho y una bolsa de pan dulce colgando de dos dedos. Caminó desde servicios escolares hasta el edificio P saludando a quien la saludaba y corrigiendo con paciencia a tres alumnos que buscaban el edificio C.
—Es del otro lado del patio.
—¿Seguro?
—Si no, llevo media vida mandando gente al edificio equivocado.
Los muchachos rieron.
Rosita también.
Siguió caminando.
En la entrada del edificio había una placa nueva.
No tenía nombres.
La universidad había discutido durante meses qué escribir y, al final, había elegido algo que no afirmaba demasiado:
EN MEMORIA DE QUIENES PERDIERON LA VIDA EN LOS ACONTECIMIENTOS OCURRIDOS EN ESTE EDIFICIO.
Debajo aparecía la fecha.
Flores secas ocupaban una esquina del marco.
Rosita se detuvo solo para recoger un envoltorio de plástico que el viento había llevado hasta ahí.
Lo tiró en el bote.
Entró.
En el segundo piso, un joven estaba sentado en una banca pegada a la pared.
No dormía.
Miraba el teléfono.
Tenía el horario abierto en la pantalla y una libreta nueva sobre las piernas.
Rosita redujo el paso.
—¿Buscas algún salón?
El joven levantó la cabeza.
—P-04.
Ella señaló la puerta que tenía enfrente.
—Ese.
El muchacho miró el letrero.
P-04.
—Ah.
—Buen comienzo.
Él sonrió con vergüenza.
—Pensé que era otro pasillo.
—A todos les pasa.
Rosita iba a seguir cuando él preguntó:
—¿Aquí fue...?
No terminó.
No hacía falta.
Rosita miró la puerta.
—Sí.
El joven bajó la vista al horario.
—Pensé que ya no usaban este salón.
—Lo cerraron un tiempo.
—¿Y ya?
—Ya qué.
—¿Ya está bien?
Rosita sostuvo la pregunta.
No respondió de inmediato.
—El salón funciona.
El muchacho soltó una risa corta.
—No preguntaba eso.
—Ya sé.
Hubo pasos al fondo del pasillo.
Otro grupo venía subiendo.
Rosita acomodó la carpeta.
—Si estás inscrito, entra cuando abran. Si no quieres entrar, también puedes pedir cambio.
—No quiero cambio.
—Entonces ya decidiste.
Se alejó.
El joven la siguió con la mirada hasta que dobló en la esquina.
Después observó la puerta.
No había nada extraño en ella.
Pintura nueva.
Una cerradura distinta.
Un pequeño círculo oscuro en la parte superior donde habían instalado otro sensor.
Nada más.
Guardó el teléfono.
Esperó.
* * *
La universidad había aprendido a hablar del caso sin hablar del caso.
En los comunicados aparecían palabras como incidente, investigación, hechos, protocolo, acompañamiento y revisión.
En internet aparecían otras.
Masacre.
Envenenamiento.
Secta.
Experimento.
Suicidio colectivo.
Homicidio.
Fenómeno paranormal.
Ninguna explicación había conseguido quedarse con todo.
Los informes médicos describían cuerpos.
Los reportes de seguridad describían horarios.
Las cámaras describían movimientos.
Los teléfonos conservaban mensajes.
Cada documento parecía capaz de explicar una parte.
Ninguno explicaba el conjunto.
Con el tiempo, la falta de una respuesta definitiva hizo lo que suele hacer.
Produjo demasiadas.
Un canal de videos aseguró que el edificio se había construido sobre un antiguo cementerio.
Era falso.
Una cuenta anónima publicó que todos pertenecían a una secta.
También era falso.
Alguien afirmó que el profesor había realizado pruebas psicológicas ilegales.
No había evidencia.
Otro aseguró que el participante sobreviviente había confesado y que la universidad ocultaba la grabación.
La grabación nunca apareció porque probablemente nunca existió.
Durante meses, personas que jamás habían pisado la facultad supieron con absoluta certeza lo que había ocurrido dentro.
Después llegó otra noticia.
Luego otra.
El caso dejó de ocupar la primera página.
No desapareció.
Se convirtió en archivo.
* * *
La biblioteca conservaba tres cajas con copias públicas del expediente.
Una estudiante de primer semestre las encontró por accidente mientras buscaba información para una tarea sobre percepción de riesgo.
No estaba investigando las muertes.
Buscaba un artículo citado en un programa antiguo.
El catálogo la llevó a un fondo digitalizado.
Abrió un boletín.
Después otro.
La interfaz era mala y las páginas cargaban lentamente.
Encontró fotografías de congresos, listas de profesores, jornadas de bienvenida y cursos que ya no existían.
En una imagen, varias personas posaban frente a una mesa larga.
La estudiante amplió la foto porque reconoció el edificio.
Leyó la fecha.
Más de treinta años antes.
Siguió recorriendo los rostros.
Se detuvo en una mujer del extremo derecho.
Cabello oscuro.
Cara redonda.
Una sonrisa leve.
La imagen tenía demasiado grano para asegurar nada.
La estudiante acercó más.
La cara se deformó en cuadrados.
—No puede ser.
Su compañera, sentada enfrente, levantó la vista.
—¿Qué?
Giró la computadora.
—¿No se parece a la señora de servicios escolares?
La otra miró.
—¿A cuál?
—La que siempre está en el edificio P.
—¿Rosita?
—Sí.
Su compañera acercó la cara a la pantalla.
—Un poco.
—Un chingo.
—La foto está horrible.
—Pero se parece.
La otra se encogió de hombros.
—Será su mamá.
—Tiene la misma cara.
—Las mamás se parecen a sus hijas. Es como funciona la genética.
La estudiante rió.
—Pendeja.
Volvió a la página.
Debajo de la fotografía no había nombres.
Solo:
JORNADA DE BIENVENIDA — PERSONAL DE APOYO Y COORDINACIÓN.
Nada más.
La estudiante cerró la imagen.
Tenía una tarea que entregar.
No anotó la fecha.
No buscó otra fotografía.
No preguntó nada.
A la mañana siguiente vio a Rosita en el patio y recordó durante unos segundos el rostro borroso.
Luego alguien la llamó desde la cafetería.
Se olvidó.
* * *
El joven del fondo sí había leído sobre el caso.
No todo.
Lo suficiente.
La noche anterior a inscribirse buscó el nombre del edificio y terminó en una nota periodística que todavía circulaba cada vez que alguien compartía el aniversario.
Dieciséis personas muertas.
Un sobreviviente localizado fuera del área principal.
Varias investigaciones.
Ninguna acusación capaz de explicar el conjunto.
El artículo tenía fotografías de ambulancias, familiares detrás de una cinta de seguridad y periodistas frente a una entrada que ahora parecía mucho más pequeña.
También tenía una frase repetida en otras notas:
CAUSA BAJO INVESTIGACIÓN.
Años después seguía siendo, en buena medida, cierto.
El muchacho cerró la página.
Luego la abrió otra vez.
No le interesaban los fantasmas.
Al menos eso se dijo.
Le interesaba la falta de una respuesta.
Había algo irritante en aceptar que dieciséis personas podían morir en el mismo lugar y que una institución llena de psicólogos, médicos, policías, técnicos y administradores terminara produciendo cientos de páginas sin una explicación que pudiera contenerlas a todas.
Su padre le había preguntado por qué quería tomar un curso en ese edificio.
—Porque lo dan ahí.
Era una respuesta cierta.
También incompleta.
La noche antes de comenzar abrió una entrevista vieja al sobreviviente identificado públicamente.
El video duraba menos de dos minutos.
El joven aparecía cansado, con la mirada fuera de cámara. Un reportero le preguntaba qué había visto.
—Nada.
—¿Nada?
—Nada que les sirva.
Después le preguntaban por qué él estaba vivo.
El sobreviviente tardaba demasiado.
—No sé.
La respuesta había sido convertida en cientos de teorías.
El muchacho cerró el video antes de terminar.
No sabía que una respuesta insuficiente pudiera volverse tan atractiva.
Esa fue la parte que lo llevó a inscribirse.
No las muertes.
No los rumores.
La incomodidad de que algo hubiera ocurrido y nadie pudiera decir todavía qué significaba.
Se prometió que no iría buscando señales.
No iba a convertir cada ruido en prueba.
No iba a mirar a los profesores como sospechosos.
No iba a hacer lo mismo que la gente de internet.
La promesa le pareció razonable.
No sabía todavía lo fácil que era confundir una intención con una garantía.
* * *
El curso nuevo no tenía el mismo nombre.
La universidad había revisado programas, objetivos, responsables y procedimientos antes de permitir otra actividad en ese salón.
Ahora se llamaba:
SEMINARIO DE CONDUCTA Y TOMA DE DECISIONES.
No era el mismo curso.
Eso decían los documentos.
La profesora tampoco era la misma.
Era una mujer de cuarenta y tantos años, investigadora en comportamiento organizacional, con quince años de experiencia docente y la costumbre de llegar diez minutos antes.
A las ocho menos cinco abrió P-04.
Los alumnos comenzaron a entrar.
El joven que había hablado con Rosita eligió una silla al fondo.
No por miedo.
Llegó antes que los demás y le gustaba mirar la puerta.
Dejó la libreta sobre la mesa.
En la primera página había escrito su nombre.
Debajo:
¿POR QUÉ ESTOY AQUÍ?
La pregunta venía en el correo de bienvenida del curso.
La profesora la había enviado a todos como actividad inicial.
El muchacho todavía no tenía respuesta.
A las ocho en punto, la profesora cerró la puerta.
—Buenos días.
Las conversaciones bajaron.
—Antes de presentarnos quiero pedirles algo sencillo.
Tomó un marcador.
El joven del fondo sonrió.
No sabía por qué.
La profesora escribió:
OBSERVAR ANTES DE EXPLICAR.
—Durante este seminario vamos a hablar mucho de decisiones. De miedo. De riesgo. De la forma en que construimos explicaciones cuando no tenemos toda la información.
Algunos comenzaron a tomar notas.
—Y quiero que recuerden una regla desde hoy.
Se apartó del pizarrón.
—Que algo tenga sentido no significa que sea verdad.
El joven dejó de sonreír.
No por la frase.
Por el teléfono.
Había vibrado dentro de su mochila.
Intentó ignorarlo.
Volvió a vibrar.
La profesora siguió hablando.
Él abrió la mochila con cuidado y sacó el aparato debajo de la mesa.
NÚMERO DESCONOCIDO.
No era un mensaje.
Era una llamada.
La rechazó.
Guardó el teléfono.
Cinco segundos después volvió a sonar.
La compañera sentada a su lado lo miró.
Él hizo un gesto de disculpa y se levantó.
La profesora se detuvo.
—¿Todo bien?
—Sí. Perdón.
—Puedes salir.
El joven abrió la puerta y caminó unos metros por el pasillo antes de contestar.
—¿Bueno?
No escuchó nada.
Miró la pantalla para comprobar que la llamada seguía conectada.
—¿Bueno?
Una respiración tenue cruzó la línea.
El joven apartó el teléfono un poco.
—¿Quién habla?
Al fondo del pasillo, Rosita salió de una oficina con una carpeta azul contra el pecho.
Lo vio.
No se detuvo.
Siguió caminando.
La voz del teléfono llegó baja.
Casi amable.
—¿Te acuerdas de mí?