MANUAL DE PSICOLOGÍA La variable
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La variable

El día llegó sin parecer distinto.

A las ocho de la mañana, el edificio P tenía el mismo olor a café, papel y piso recién limpiado.

Había alumnos corriendo por los pasillos, una secretaria discutiendo por teléfono con alguien de mantenimiento y dos profesores hablando frente a la máquina de agua como si el mundo no tuviera ninguna obligación de terminar ese día.

Eduardo abrió el salón a las siete con cincuenta y dos.

No canceló la clase.

No convirtió la mañana en una vigilia.

Eso había sido una decisión deliberada.

Quince estudiantes fueron llegando poco a poco.

Laura entró con un termo.

Gael con la computadora.

Tomás con la guitarra.

Bruno sin desayuno.

Camila con los brazos cruzados y una expresión que decía que había dormido menos de lo que iba a admitir.

Los demás ocuparon sus lugares.

Quince alumnos.

Eduardo.

Dieciséis personas.

Álex no pertenecía al curso.

No tenía por qué estar ahí.

La hora que habían fijado era las diez con diecisiete.

Gael la había defendido la noche anterior con algo que se parecía demasiado a seguridad para alguien que llevaba semanas enseñándose a desconfiar de ella.

No porque creyera que un número pudiera matar.

Tampoco porque aceptara que una secuencia fuera destino.

Había documentos.

Fechas.

Una referencia italiana.

Una hora repetida en dos materiales que, hasta ese momento, no habían logrado demostrar que tuvieran relación entre sí.

17:17.

Y una conversión que los llevaba a las diez con diecisiete de la mañana en Ciudad de México.

Eso era todo.

O eso creían.

Eduardo escribió en el pizarrón el tema que realmente tocaba ese día.

DECISIONES BAJO INCERTIDUMbrE

Bruno leyó.

—Qué oportuno.

—No lo elegí hoy.

—Eso lo hace peor.

Hubo algunas risas.

No duraron mucho.

Eduardo dejó el marcador.

—No vamos a pasar dos horas mirando un reloj.

Iván revisó el suyo.

—Falta un chingo.

—Precisamente.

—¿Y si pasa algo antes?

—Actuamos sobre lo que ocurra. No sobre lo que imaginamos.

Gael no abrió la hoja donde tenía la hora.

Ya se la sabía.

10:17.

Durante la primera hora trabajaron.

De verdad.

Eduardo habló poco.

Presentó un caso hipotético sobre una evacuación con información incompleta. Qué hacer cuando existe una amenaza posible pero no confirmada. Qué costo tiene actuar demasiado pronto. Qué costo tiene esperar demasiado.

No buscó convertirlo en metáfora.

La metáfora apareció sola.

Mariana fue quien la señaló.

—Entonces no siempre puedes esperar a estar seguro.

—No.

—Pero tampoco puedes correr cada vez que tienes miedo.

—Tampoco.

Bruno levantó una ceja.

—Qué útil.

Eduardo lo aceptó.

—La mayoría de las decisiones importantes son así de incómodas.

A las nueve con cuarenta y nueve, el teléfono de Sofía perdió señal.

No le dio importancia.

A las nueve con cincuenta, el de Andrés hizo lo mismo.

Luego el de Camila.

Después el de Tomás.

En menos de un minuto, comenzaron a aparecer las mismas palabras en pantallas de compañías distintas.

SIN SERVICIO.

SIM NO DISPONIBLE.

SOLO EMERGENCIAS.

Iván se puso de pie.

—No mames.

Eduardo dejó de hablar.

—¿Wi-Fi?

Gael revisó la computadora.

—Funciona.

—¿Internet?

—Sí.

Laura sacó el teléfono.

—Yo tampoco tengo red celular.

Rebeca mostró el suyo.

Nada.

Quince teléfonos.

El de Eduardo también.

Bruno soltó una risa que no tenía humor.

—Bueno. Eso sí está bastante culero.

Gael caminó hasta la ventana.

Afuera, otros estudiantes usaban sus teléfonos con normalidad.

Una muchacha hablaba junto a las escaleras.

Un hombre sostenía el celular contra la oreja mientras cruzaba el patio.

Gael volvió.

—No parece caída general.

Camila deslizó el dedo varias veces sobre su pantalla.

—¿Nos bloquearon las líneas?

—No sabemos —dijo Eduardo.

—A todos al mismo tiempo.

—Eso es una observación.

—Profesor, ahorita sí puede decir que está de la chingada.

Eduardo la vio.

—Sí.

Camila no esperaba que aceptara tan rápido.

El salón cambió.

A las diez faltaban diecisiete minutos.

Nadie volvió a fingir que el reloj no importaba.

Eduardo no intentó obligarlos.

—Dejen los teléfonos sobre la mesa.

—¿Para qué? —preguntó Nicolás.

—Para que no conviertan cada actualización de pantalla en otra amenaza.

—¿Y si entra una llamada?

—La vamos a escuchar.

Quince teléfonos quedaron a la vista.

Eduardo puso el suyo junto al portafolio.

Gael anotó la hora exacta en la computadora.

10:01.

Después cerró el documento.

No necesitaba registrar cada segundo.

A las diez con nueve, Tomás preguntó:

—¿Qué se supone que pasa a las diez diecisiete?

Nadie contestó.

Porque esa era la parte que no sabían.

No había una amenaza que dijera vas a morir.

No había un documento que dijera a tal hora.

Habían llegado hasta ahí por reconstrucción.

Patrones.

Fechas.

El diecisiete.

Una hora.

Y algo que podía ser una cadena extraordinaria de coincidencias.

Eduardo fue quien respondió.

—No tenemos una predicción válida.

Bruno giró.

—Llevamos una semana actuando como si sí.

—Tenemos una hipótesis.

—Que es una forma elegante de estar cagados.

Eduardo no discutió el fondo.

—Sí.

A las diez con quince nadie estaba sentado cómodamente.

A las diez con dieciséis el salón quedó callado.

Gael miró el reloj de la computadora.

10:16:41.

10:16:52.

10:16:58.

El cambio de minuto ocurrió sin ceremonia.

10:17.

Nada.

Pasaron cinco segundos.

Diez.

Veinte.

Bruno miró el techo.

—¿Ya?

Nadie respondió.

10:17:30.

Camila respiró por la boca.

10:17:48.

Un teléfono vibró.

Todos reaccionaron.

Era el de Valeria.

Las barras de señal habían regresado.

Después el de Mateo.

El de Rebeca.

El de Iván.

Uno por uno, casi al mismo tiempo, las líneas celulares volvieron.

Eduardo tomó el suyo.

Red.

Llamadas disponibles.

Datos móviles.

Nada más.

10:18.

Bruno empezó a reír.

No fuerte.

Como alguien que acababa de descubrir que llevaba una hora apuntando con un arma descargada hacia su propia cabeza.

Tomás se sentó.

—No pasó nada.

Camila seguía mirando el teléfono.

—Se desbloquearon.

Iván marcó a su propio buzón.

La llamada salió.

—Funciona.

Mariana exhaló.

—Entonces ya.

Gael no dijo nada.

Laura rompió el silencio.

—Gael.

—La predicción falló.

—Eso es bueno.

—Sí.

Pero tardó demasiado en decirlo.

Bruno lo señaló.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Buscar cómo salvar la teoría.

Gael cerró la computadora.

—No la estoy salvando.

Eduardo intervino.

—Bruno tiene razón en algo.

Gael lo vio.

—Si una predicción falla, no modificamos las reglas después solo para conservarla.

—Lo sé.

—Bien.

Eduardo miró al grupo.

—Seguimos.

Bruno abrió las manos.

—¿Así nada más?

—Así nada más.

—¿Y todo lo de los teléfonos?

—Lo documentamos.

—¿Y si fue una broma?

—Lo investigamos.

—¿Y si se acabó?

Eduardo tardó un instante.

—Entonces se acabó.

Eso produjo algo que no habían sentido en semanas.

No tranquilidad.

Todavía no.

Pero una versión pequeña de ella.

Una posibilidad.

Volvieron a sus lugares.

A las diez con veintitrés Eduardo había retomado la clase.

A las diez con veintiséis alguien golpeó la puerta.

Camila giró.

Álex asomó la cabeza.

Traía el cuaderno de dibujos bajo el brazo y una sudadera demasiado grande.

—¿Puedo pasar?

Camila lo miró como si hubiera aparecido un muerto.

—¿Qué haces aquí?

—Qué bonito recibimiento.

—Te dije después.

—Estaba abajo.

—¿Desde cuándo?

—Un rato.

Bruno soltó:

—Pasa, güey. Ya se acabó el apocalipsis.

Álex no entendió.

—¿Qué?

—Nada —dijo Camila demasiado rápido.

Álex entró.

No se sentó.

Se quedó cerca de la puerta.

Eduardo lo reconoció con un gesto.

—Buenos días.

—Profesor.

Gael volvió a abrir la computadora.

No por Álex.

Por una frase.

Estaba seguro de haber leído algo la noche anterior y haberlo tratado como una nota histórica sin relevancia práctica.

Buscó.

Documento italiano.

La reproducción del registro más antiguo que habían consultado.

Fecha.

Hora.

Una abreviatura junto al margen.

R.M.T.

Gael dejó de respirar un segundo.

Laura lo vio.

—¿Qué?

Él no respondió.

Abrió otra pestaña.

Buscó la nota que había guardado sobre el sistema horario del documento.

Roma.

Antes de la adopción del tiempo estándar italiano.

Eduardo notó su cara.

—Gael.

—La hora está mal.

Nadie se movió.

Bruno soltó una risa nerviosa.

—No. No hagas eso. Acabas de decir que no íbamos a salvar la teoría.

—No la estoy salvando.

—Entonces qué.

Gael giró la computadora.

—La convertimos mal.

Eduardo se acercó.

En pantalla aparecían dos líneas.

ROME MEAN TIME.

UTC+00:49:56.

Gael habló rápido.

—Usamos una hora estándar de una hora sobre Greenwich para convertir el registro. Pero el documento es anterior a que Italia estandarizara sus relojes.

Laura se acercó.

—Explícalo sin brincar pasos.

Gael señaló la pantalla.

—Antes de que Italia adoptara el tiempo estándar, a finales de octubre de 1893, Roma no estaba exactamente una hora adelante de Greenwich. Usaba su propio tiempo medio: cuarenta y nueve minutos, cincuenta y seis segundos.

Bruno negó.

—Me estás diciendo que estamos jodidos por diez minutos.

—Te estoy diciendo que nuestra conversión tenía diez minutos con cuatro segundos de error.

Eduardo ya estaba haciendo la cuenta.

Gael la dijo en voz alta.

—Diecisiete horas con diecisiete minutos en hora media de Roma, menos cuarenta y nueve minutos con cincuenta y seis segundos...

Escribió:

16:27:04 UTC.

Debajo:

10:27:04 CDMX.

Todos miraron el reloj.

10:26:31.

Camila se puso de pie.

—No mames.

Eduardo no necesitó más.

—Todos afuera.

Las sillas se movieron.

—Ahora.

Álex seguía junto a la puerta.

La abrió completamente.

Gael desconectó la computadora sin apagarla.

Laura tomó su bolsa.

Tomás agarró la guitarra.

Bruno no hizo ningún comentario.

10:26:46.

Eduardo señaló el pasillo.

—Sin correr.

10:26:51.

El edificio emitió un sonido grave.

No la alarma sísmica.

Algo más corto.

Metálico.

Como si una estructura enorme hubiera cedido en algún punto que todavía no podían ver.

Álex dio un paso hacia afuera.

10:26:57.

El piso golpeó hacia arriba.

No se movió de lado.

Subió.

Una sola sacudida vertical que lanzó teléfonos, cuadernos y cuerpos unos centímetros antes de devolverlos contra el suelo.

Alguien gritó.

Después llegó el movimiento lateral.

Brutal.

Las lámparas chocaron contra el techo.

Un vidrio se rompió en el pasillo.