La noche antes #4
—Ese tardó más.
—Lo notaste porque estabas esperando notarlo.
—No empieces.
Eduardo tomó la silla frente a ella.
—Entonces ¿de qué quieres hablar?
Laura lo observó.
—De por qué estás aquí.
Él miró alrededor.
—Es mi oficina.
—Sabes que no pregunté eso.
Eduardo dejó pasar unos segundos.
—Psicología.
—Sí.
—Ya te dije que la amo.
—Eso fue una respuesta muy Eduardo.
—Era verdad.
—No dije que no.
Laura apoyó los codos sobre las piernas.
—Quiero saber qué te llevó a ella.
Eduardo sintió el impulso de contestar con biografía.
Universidad.
Profesores.
Libros.
Interés por conducta.
Era todo cierto.
También era incompleto.
—Al principio, control.
Laura no se movió.
Eduardo continuó antes de cambiar de opinión.
—No como palabra consciente. No pensaba “quiero controlar a la gente”.
—¿Entonces?
—Creía que si entendías suficientes variables, una conducta dejaba de sorprenderte.
Laura no contestó.
—Si conocías historia, incentivos, miedo, aprendizaje, contexto... podías anticipar.
—Eso suena bastante a ti todavía.
—Sí.
—¿Qué cambió?
Eduardo miró la computadora cerrada.
—Descubrí que entender una explicación no te da propiedad sobre la siguiente decisión.
Laura reconoció la frase.
No exacta.
Cercana.
—El correo.
Eduardo se volvió hacia ella.
—¿Qué?
—El que encontraste en tu cronología. El que decía algo parecido.
Él no había leído el contenido completo delante de ella.
Sí había mencionado que había aparecido un correo antiguo que lo había perturbado.
Laura vio la respuesta en su cara.
—Era de esa época.
—Sí.
—¿De quién?
Eduardo tardó antes de contestar.
—No sé todavía qué derecho tengo a reconstruir esa persona desde lo que recuerdo ahora.
Laura aceptó el límite.
—¿Le hiciste daño?
La pregunta fue directa.
Él no se defendió.
—No de la forma en que probablemente estás pensando.
—No sé qué estoy pensando.
—Yo sí estaba intentando adivinarlo.
Laura sonrió apenas.
Eduardo continuó:
—Hubo alguien a quien yo creí entender mejor de lo que entendía. Convertí cosas que me decía en variables. Conductas en patrones. Pensé que si sabía por qué reaccionaba de cierta manera podía saber qué haría después.
—¿Y no supiste?
—No.
—¿Qué hizo?
Eduardo bajó la mirada.
—Eso es la parte que todavía no voy a contar.
Laura no insistió.
—Está bien.
El silencio no se volvió incómodo.
Eduardo agregó:
—Después entendí algo que me molestó mucho.
—¿Qué?
—Que la psicología bien hecha no te da el derecho a sentirte más listo que la persona que tienes enfrente.
Laura suavizó la expresión.
—A algunos se les olvida.
—A mí también.
—Menos que antes.
—Eso no es una medida.
—No todo necesita serlo.
Eduardo la miró.
Laura sostuvo la mirada.
La conversación cambió sin moverse.
Ella fue quien lo dijo.
—No quiero hacer una confesión de última noche.
Eduardo no preguntó a qué se refería.
—Bien.
Laura soltó aire, molesta.
—A veces eres desesperante.
—¿Qué querías que respondiera?
—Nada específico.
—Entonces “bien” es razonable.
—No.
Eduardo casi sonrió.
Laura no.
—No quiero que mañana se convierta en una excusa —dijo ella—. Ni para decir cosas porque creemos que podríamos morir, ni para callarlas porque nos parece poco profesional admitir que existen.
Eduardo dejó de sonreír.
—Estoy de acuerdo.
—Eso ya es mejor.
—Laura.
—¿Qué?
—Mientras yo siga siendo tu profesor, no voy a convertir lo que sea que existe entre nosotros en otra relación.
Ella no apartó la mirada.
—Ya lo sé.
—Y no quiero que una amenaza cambie esa decisión.
—Tampoco yo.
Eduardo sintió que ahí podía terminar.
Laura no había terminado.
—Pero tampoco quiero que uses esa regla para fingir que no hay nada.
Él respiró.
—No estoy fingiendo.
La frase quedó entre los dos.
Laura bajó los ojos un instante.
Cuando volvió a levantar la vista, parecía menos satisfecha de lo que él esperaba.
—Eso es lo más cerca que has estado de decirlo.
—Probablemente.
—Qué generoso.
—No intento ser generoso.
—Ya sé.
Eduardo se inclinó hacia delante.
—Cuando termine el curso...
Laura levantó una mano.
—No prometas nada.
Él se detuvo.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
—Cuando termine el curso, si seguimos queriendo tener esta conversación, podemos tenerla en un lugar donde yo no esté evaluando nada tuyo y tú no estés sentada en mi oficina a las nueve de la noche.
Laura pensó.
—Eso sí lo acepto.
—No es una promesa de resultado.
—Eduardo.
—¿Qué?
—Cállate un poco.
Él obedeció.
La orden le hizo gracia.
No sonrió.
Laura se levantó.
Caminó hasta la ventana.
El patio estaba casi vacío.
—¿Tienes miedo?
Eduardo respondió sin convertir la palabra en escala.
—Sí.
Laura giró.
Él continuó:
—No sé de qué exactamente.
—Eso también cuenta.
—Sí.
—¿De morir?
Eduardo se tomó un instante.
—Menos de lo que pensaba.
—¿Entonces?
—De equivocarme de una manera que arrastre a los demás.
Laura regresó a la silla.
—Ahí está el control otra vez.
Eduardo aceptó.
—Sí.
—No puedes garantizar que todos tomen buenas decisiones mañana.
—Lo sé.
—No puedes garantizar que no pase nada.
—Lo sé.
—No puedes garantizar que pase.
—También.
Laura apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Entonces ¿qué sí puedes hacer?
Eduardo miró la computadora.
El archivo.
El protocolo.
Los mensajes.
La historia vieja.
Pensó en todos los cuadros que había intentado construir para que el miedo tuviera bordes.
—No mentirles sobre lo que sabemos.
—Bien.
—No usar la incertidumbre como excusa para no actuar cuando exista riesgo real.
—Bien.
—No tratarlos como variables que tengo que mantener dentro de un modelo.
Laura inclinó la cabeza.
—Ésa me gusta más.
—No era para gustarte.
—Qué lástima.
Eduardo se levantó.
Ella también.
Quedaron cerca.
No demasiado.
Lo suficiente.
Laura le tocó el antebrazo.
No la mano.
No hubo beso.
El gesto duró poco.
—Duerme —dijo.
—Eso ya me lo dijiste.
—Y sigues necesitando que te lo digan.
—¿Tú vas a dormir?
—Voy a intentarlo.
—Eso no es dormir.
—Mira quién habla.
Eduardo abrió la puerta.
Laura tomó su bolso.
Antes de salir se detuvo.
—Mañana no me escribas cada hora para preguntar si estoy bien.
—No pensaba hacerlo.
—Mentira.
Eduardo consideró protestar.
No lo hizo.
—Una vez.
—Dos.
—Una.
—A mediodía y al final del día.
—Eso son dos.
—Sé contar.
Laura dejó escapar una risa.
—Trato.
—Trato.
Salió.
Eduardo la vio alejarse por el pasillo.
No pensó en “si era la última vez”.
La frase apareció.
La rechazó.
No porque fuera imposible.
Porque era una forma de hacer que el miedo escribiera una escena antes de que ocurriera.
Cerró la puerta.
Apagó la computadora.
Y se fue a casa.
* * *
A las diez y media el grupo estaba más silencioso de lo normal.
No completamente.
Bruno mandó una fotografía del elevador donde había ido a la entrevista.
Iván respondió que parecía escenario de secuestro.
Bruno anotó:
ya fui y salí, pendejo
Tomás envió siete segundos de guitarra.
Gael respondió:
Te equivocaste en el cuarto compás.
Tomás:
te odio
Mariana escribió:
DORMIR TAMBIÉN ES MEDIDA DE SEGURIDAD
Camila:
ya empezó la doctora
Mariana:
No soy tu doctora.
Camila:
peor, tienes razón gratis
No hubo cadena de “estoy bien”.
Eduardo había pedido que no convirtieran la noche en una vigilancia colectiva.
Si alguien tenía riesgo concreto, canal directo.
Si no, vida normal.
A las once, Sofía mandó a su hermana un mensaje.
Llegué.
La respuesta:
Bien. Yo también estoy en casa.
Nada más.
Emiliano bajó por agua y encontró a su padre viendo televisión.
El teléfono viejo seguía apagado.
—¿Todo bien?
Su padre lo miró.
—Sí.
Emiliano esperó.
El hombre sonrió.
—De verdad.
—Bien.
Subió.
Camila recibió una fotografía de Álex.
El perro con cuernos.
Más abajo:
mejoré una oreja
Camila respondió:
sigue siendo cabra
Álex:
duerme
Ella escribió:
tú también
No agregó nada más.
Gael dejó el teléfono en modo no molestar, con excepciones para llamadas de su familia, Eduardo y Seguridad Universitaria.
Miró el icono de la hoja de cálculo.
No la abrió.
Bruno puso una alarma.
No para medianoche.
Para levantarse al día siguiente.
A las once y cuarenta y siete, Eduardo estaba sentado en la sala de su casa con un libro abierto que llevaba seis páginas sin avanzar.
Cerró el libro.
Revisó el teléfono.
Ningún mensaje nuevo.
Eso no significaba seguridad.
Tampoco peligro.
Lo dejó boca abajo.
A las once y cincuenta y dos sintió el impulso de abrir el grupo.
No lo hizo.
A las once y cincuenta y seis miró el reloj.
Se molestó consigo mismo.
Lo quitó de la vista.
El tiempo no necesitaba su atención para seguir.
Pensó en la pregunta que había escrito la noche anterior:
¿QUIÉN ERES CUANDO SABES QUE VAS A MORIR?
No la había guardado.
Bien.
Nadie sabía.
Eso importaba.
A las once y cincuenta y nueve el edificio de enfrente apagó una luz.
Un coche pasó por la calle.
Alguien rió en la banqueta.
Un perro ladró dos veces.
Eduardo esperó sin querer admitir que estaba esperando.
El minuto cambió.
Nada sonó.
Nada vibró.
No se abrió ninguna puerta.
No apareció ningún mensaje.
El mundo no hizo una pausa para reconocer el número.
El diecisiete empezó así.
Sin hacer nada.