MANUAL DE PSICOLOGÍA La noche antes #3
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La noche antes #3

—Traje tortas.

Álex abrió el cuaderno otra vez.

—Te perdono.

Se sentaron en una banca cerca del lugar donde habían empezado a verse sin ponerse de acuerdo en que se estaban viendo.

El día estaba nublado.

No amenazante.

Solo nublado.

Camila sacó las tortas.

Álex guardó el lápiz.

—¿Cómo están los demás?

—Nerviosos.

—¿Tú?

—También.

—Qué respuesta tan madura.

—Cállate.

Comieron un rato.

Camila había decidido antes de llegar que no hablaría del diecisiete hasta que él lo hiciera.

Duró siete minutos.

—¿Qué vas a hacer mañana? —preguntó Álex.

—No sé exactamente. Lo normal, con lo que ya acordamos.

—Eso suena a folleto.

—Eduardo se pega.

Álex mordió la torta.

—Yo voy a estar con gente.

Camila lo miró.

—¿Quién?

—Gente.

—Excelente nivel de precisión.

—No quiero darte nombres para que vayas a investigar.

—No soy Gael.

—Gracias a Dios.

Camila soltó una risa de alivio.

Después se puso seria.

—¿De verdad no vas a estar solo?

—De verdad.

—¿Y si te llega algo?

—No voy.

—¿Aunque parezca de Eduardo?

—Verifico con Eduardo.

—¿Aunque parezca mío?

Álex dejó de masticar.

—Te marco.

—¿Y si no contesto?

—No voy.

—Bien.

—¿Tú?

Camila entendió.

—Lo mismo.

Álex siguió comiendo.

El acuerdo estaba hecho.

No necesitaban jurarlo.

Camila observó el cuaderno.

—¿Has pensado en consumir?

Él no se ofendió.

Tampoco fingió no entender.

—Sí.

La respuesta llegó demasiado rápido para ser cómoda.

—¿Hoy?

—Hoy.

Camila sintió el cuerpo tensarse.

—¿Mucho?

Álex miró hacia la calle.

—Lo suficiente para darme cuenta de por qué.

—¿Por qué?

—Porque estoy cansado de pensar.

Lo dijo sin ningún efecto teatral, como quien reporta un dato.

—No es que extrañe una noche específica. Ni una sensación bonita. Quiero apagar todo unas horas.

Camila sostuvo la bolsa de papel entre las manos.

—Eso sí lo entiendo.

Álex ladeó la cabeza.

—¿Tú también?

—Sí.

No necesitaba aclarar de qué lado de su propia historia venía la respuesta.

Él tampoco preguntó.

—¿Vas a hacerlo?

—No.

—Yo tampoco.

Camila dejó escapar el aire.

—Qué conversación tan romántica.

—Somos buenísimos.

Ella apoyó la espalda.

—Te iba a pedir que mañana te quedaras conmigo.

Álex no reaccionó de inmediato.

—¿Por qué no lo hiciste?

Camila pensó.

—Porque no sé si quiero estar contigo mañana porque quiero estar contigo o porque tengo miedo de que pase algo y no sepa dónde estás.

Álex bajó la vista al cuaderno.

—Las dos pueden ser verdad.

—Sí.

—¿Y eso invalida una?

—No sé.

Él dibujó una línea sin mirar el papel.

—Eduardo diría que motivos mixtos.

—Eduardo también diría que dejes de usar sus conceptos para ligar.

—No estoy ligando.

Camila le lanzó una mirada seca.

—Pendejo.

Álex sonrió.

Luego la sonrisa desapareció.

—A mí también me dieron ganas de decirte que mañana no te separes de mí.

Camila esperó.

—¿Y?

—Y me escuché.

—¿Qué escuchaste?

—Que sonaba como si estar conmigo te hiciera más segura.

—Podría.

—O no.

—También.

Álex cerró el cuaderno.

—No quiero que el miedo decida algo que nosotros no hemos decidido.

Camila sintió que la frase le molestaba y le gustaba al mismo tiempo.

—Qué culero que seas razonable justo ahorita.

—A veces me pasa.

—Muy poco.

Él la miró.

—Si pasado mañana quieres verme, me escribes.

Camila hizo una mueca.

—¿Pasado mañana?

—Sí.

—¿Así nada más?

—Así nada más.

—¿Y si mañana pasa algo?

Álex sostuvo su mirada.

—Entonces lo que pase mañana será mañana.

Camila sintió enojo.

—Qué fácil.

—No dije que fuera fácil.

La voz de Álex bajó.

—Dije que no quiero convertir hoy en una despedida por algo que no sabemos.

Eso la detuvo.

Él continuó:

—Si te digo una cosa enorme ahorita porque tengo miedo, ¿cómo sabes si te la estoy diciendo a ti o al miedo?

Camila no respondió.

Álex abrió el cuaderno otra vez.

—Yo tampoco sabría.

Ella vio el perro con cuernos.

—Está bien.

—¿Qué?

—Pasado mañana.

Él la observó.

—¿Qué pasa pasado mañana?

—Café.

—¿Ya lo decidiste?

—Sí.

—¿Y si no quiero?

—Te chingas.

Álex soltó una risa.

Camila también.

La risa terminó cerca.

Más cerca de lo que habían estado.

Álex no avanzó.

Camila sí.

Lo besó.

Breve.

Sin música.

Sin promesa.

Cuando se separó, Álex seguía con la misma cara de alguien que acababa de olvidar qué iba a decir.

Camila levantó una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

—No digas “nada”.

—Estoy procesando.

—Qué romántico.

—Cállate.

Ella sonrió.

No volvió a besarlo.

No necesitaba convertirlo en una escena de despedida.

Antes de irse, Álex arrancó una hoja del cuaderno.

Camila lo detuvo.

—¿Qué haces?

—Te iba a dar el perro.

—No quiero esa madre.

—Qué bueno.

Volvió a meter la hoja.

Camila se rió.

—Guárdalo.

—Eso iba a hacer.

Caminaron juntos hasta la esquina.

Después tomaron direcciones distintas.

Ninguno prometió salvar al otro.

Ambos confirmaron dónde estarían.

Y esa tarde, para los dos, no consumir fue suficiente.

Por hoy.

* * *

Tomás llegó al ensayo con la guitarra en una mano y el amplificador en la otra.

Checo lo vio desde la puerta.

—Dame eso.

Tomás miró el amplificador.

Después la guitarra.

El gesto duró tan poco que cualquiera que no supiera lo ocurrido habría pensado que solo calculaba el peso.

Checo sí sabía algo.

No todo.

Lo suficiente.

—Dame el ampli —repitió.

Tomás se lo entregó.

—Gracias.

Checo no celebró.

Lo cargó hasta adentro y lo dejó junto a la pared.

—Mira nada más.

—¿Qué?

—Nada. Creí que ibas a morir abrazado a las dos cosas.

Tomás hizo una mueca.

—No uses esa palabra ahorita.

Checo perdió la sonrisa.

—Perdón.

—No pasa nada.

Prepararon cables.

Afinaron.

Durante el descanso, Checo salió por agua y Tomás se quedó con la guitarra apoyada en un soporte.

La vio.

La puerta estaba a seis metros.

Podía llevársela.

No lo hizo.

Cuando Checo regresó, encontró a Tomás mirando el instrumento.

—¿Qué?

—Estoy tratando de no volverme pendejo.

—Vas tarde.

—Si mañana hago algo raro porque me entra miedo, me dices.

Checo destapó la botella.

—Define raro.

—Cambiar de ruta sin razón. No querer soltar la guitarra ni para ir al baño. Cargar todo solo. Ir a buscar a alguien porque creo que me está siguiendo.

Checo lo observó.

—Eso último sí está cabrón.

—Por eso.

—¿Y qué hago? ¿Te pego?

—No.

—Entonces no sé si puedo ayudarte.

Tomás se rió.

Después se puso serio.

—Nomás pregúntame por qué.

Checo asintió.

—Eso sí.

Tomás tomó la guitarra.

—Y si te digo “porque sí”, no me hagas caso.

—Perfecto. Mi especialidad.

Volvieron a tocar.

No ocurrió nada extraordinario.

Tomás se equivocó en una entrada.

Checo también.

Repitieron.

Al terminar, Checo cargó el amplificador.

Tomás cargó la guitarra.

Esta vez no sintió que aceptar ayuda significara perder control.

Solo significaba no bajar una escalera con demasiadas cosas en las manos.

* * *

Gael cerró la computadora a las ocho con cuarenta y tres.

La volvió a abrir a las ocho con cuarenta y cuatro.

Tomás, que estaba en videollamada con él por una razón completamente distinta, lo vio.

—No.

Gael frunció el ceño.

—¿Qué?

—Ciérrala.

—Tengo que revisar una cosa.

—No tienes que revisar ni madres.

—Es una copia del correo del Archivo Histórico.

—Mañana va a seguir existiendo.

Gael se quedó con la mano sobre el touchpad.

La frase le sonó demasiado familiar.

—Eso dijo Emiliano.

—No sé qué dijo Emiliano.

—Nada.

Tomás apareció en la pantalla sosteniendo una guitarra.

—Mira.

Tocó tres acordes.

Gael esperó.

—¿Y?

—Nada. Quería comprobar que todavía sirve.

—¿La guitarra?

—Sí.

—¿Por qué no serviría?

Tomás lo miró con decepción.

—A veces me pregunto si naciste así.

Gael cerró la laptop.

—Listo.

—Gracias.

—¿Eso era todo?

—No. Mañana tengo ensayo.

—¿Vas a ir?

—Sí.

—¿La ubicación es la de siempre?

—Mira quién empezó.

Gael se recargó.

—Estoy preguntando.

—Sí. Mismo lugar. Checo sabe lo que pasa, sin detalles. No voy solo. No voy a cargar todo yo. ¿Algo más, mamá?

Gael ignoró la última palabra.

—No.

—¿Tú qué vas a hacer?

—Trabajar desde casa.

—Eso suena sospechosamente cómodo.

—Lo tenía planeado desde antes.

—Bien.

Gael miró la computadora cerrada.

—Quiero revisar la tabla del diecisiete una vez.

Tomás negó.

—¿Para qué?

Gael abrió la boca.

No encontró una razón que no fuera ansiedad.

La cerró.

—No sé.

—Excelente. Avances.

—No necesito que me felicites.

—También avances.

Gael dejó el teléfono apoyado contra un libro.

Tomás empezó a tocar otra cosa.

No era concierto.

Solo práctica.

Gael escuchó.

A los cinco minutos notó que llevaba cinco minutos sin pensar en una columna.

Eso le molestó menos que antes.

A los nueve, Tomás se equivocó.

—Eso estuvo mal.

—Vete a la chingada.

—Preguntaste.

—No pregunté.

—Entonces fue gratis.

Tomás volvió a tocar.

Gael no abrió la computadora.

Cuando terminaron la llamada, dejó el equipo cargando en otra habitación.

No para evitar investigarlo.

Para dormir.

Había pasado semanas creyendo que su función era encontrar estructura antes que los demás.

Esa noche aceptó una posibilidad más simple.

Una persona también podía ser útil cuando sabía dejar una pregunta sin resolver hasta la mañana.

* * *

Laura llegó a la oficina de Eduardo a las nueve y diez.

No llevaba carpeta.

Él lo notó.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Eduardo esperó.

Laura dejó el bolso sobre una silla.

—Y esta vez sí significa nada.

—Eso es estadísticamente improbable.

—Qué bueno que todavía haces chistes malos.

—No era un chiste.

—Peor.

Eduardo estaba frente a la computadora.

Tenía abierto el documento con las medidas para el día siguiente.

Laura se acercó.

—¿Cambiaste algo?

—No.

—¿Entonces qué estás haciendo?

—Revisando que no haya una contradicción.

—¿La había?

—No.

Laura cerró la laptop.

Eduardo la miró.

—No terminé.

—Sí terminaste.

—Laura.

—Eduardo.

Él apoyó las manos sobre el escritorio.

—Ésa es mi computadora.

—Y ésta es mi intervención clínica no solicitada.

—No eres mi terapeuta.

—Gracias a Dios.

Se sentó.

Eduardo no volvió a abrir la laptop.

La facultad estaba casi vacía.

Las actividades reducidas habían dejado menos luces encendidas y menos pasos en el pasillo.

Afuera, alguien arrastró una silla.

Después nada.

Laura miró la oficina.

—No quiero hablar del diecisiete.

Eduardo se quedó de pie.

—Bien.

—Ni del seminario viejo.

—Bien.

—Ni de Rosita.

Él tardó un segundo.

—Bien.

Laura alzó apenas las cejas.