La noche antes #2
—No sé qué pasa mañana. Solo sé que tú no eres de avisar dónde estás a menos que algo te preocupe.
Sofía no quiso explicarle el diecisiete.
No porque fuera secreto.
Porque no quería convertir la conversación en otra cadena de asociaciones.
—Hay una fecha que estamos vigilando más de lo normal. No sabemos si significa algo.
Su hermana se acomodó.
—¿Y qué vas a hacer?
—Lo mismo que tenía planeado. Con algunas precauciones.
—¿Quieres quedarte aquí?
Sofía estuvo a punto de decir sí.
También estuvo a punto de decir no demasiado rápido.
Pensó en lo que había aprendido de Andrés.
En cómo una intención de proteger podía convertirse en permiso para decidir por otro.
—No sé todavía.
—Pues cuando sepas me dices.
Sofía la miró.
—¿Ya?
—¿Qué quieres que haga? ¿Que te encierre?
La pregunta la golpeó por razones que su hermana no conocía.
—No.
—Entonces.
Quedaron calladas.
Sofía respiró.
—Hay otra cosa que quería decirte.
Su hermana esperó.
Sofía tardó más con eso que con la amenaza.
—Cuando empezó todo lo tuyo...
La expresión de la otra cambió apenas.
No rechazo.
Preparación.
—¿Qué?
—Me dio coraje.
Su hermana no preguntó con quién.
Sofía siguió.
—No con él. O sí, con él también. Pero contigo. Con todos.
La vergüenza le subió hasta la cara.
—Todo giraba alrededor de ti. Si estabas bien. Si te había escrito. Si ibas a regresar con él. Si habías comido. Si dormiste. Si contestabas. Yo llegaba y nadie preguntaba nada porque, pues, yo estaba bien.
Su hermana bajó la vista.
Sofía habló antes de arrepentirse.
—Y luego me sentí una mierda por pensar eso.
—Yo sabía.
Sofía se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No todo. Pero sabía que estabas enojada.
—Nunca te dije.
—No necesitabas.
Sofía exhaló.
—Qué bonito. Me guardé meses algo para protegerte y de todos modos se notaba.
—No me protegiste. Solo no me lo dijiste.
La frase no fue cruel.
Precisamente por eso entró más hondo.
Sofía miró sus manos.
—Sí.
Su hermana tomó una blusa nueva.
No la dobló.
—Yo también estaba enojada contigo.
Sofía alzó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque me tratabas como si cada decisión mía tuviera que pasar por un comité.
—Estabas regresando con un cabrón que te...
Se detuvo.
Su hermana no.
—Ya sé lo que hizo.
Sofía cerró la boca.
—Ese es el punto —continuó ella—. Yo también lo sé.
—Entonces ¿qué querías que hiciera?
—Que me dijeras que tenías miedo. Que me dijeras que creías que estaba en peligro. Que me ayudaras si te lo pedía.
—¿Y si no te lo pedías?
—No leer mi teléfono. No escribirle por mí. No decidir que porque me quieres ya sabes lo que tengo que hacer.
Sofía pensó en Andrés escribiéndole al hombre a espaldas de ambas.
Pensó en su propia furia cuando lo descubrió.
Y en la parte que había preferido no mirar: antes de confrontarlo, ella había revisado el teléfono de Andrés.
Todos habían cruzado una línea creyendo tener una razón mejor que la del otro.
—Tienes razón.
Su hermana la miró con sospecha.
—¿Así de fácil?
—No. Me caga que tengas razón.
Eso sí hizo que ambas sonrieran.
La sonrisa duró poco.
Sofía agregó:
—Pero también necesito algo de ti.
—Dime.
—Si vuelve a buscarte y tienes miedo, no me digas que no pasa nada para que yo no me meta.
Su hermana sostuvo la mirada.
—Está bien.
—No tienes que contarme todo.
—Ya sé.
—Solo no me dejes enterarme cuando ya estés en una situación donde no pueda ayudarte.
La otra mujer asintió.
Después negó.
—No. Espera.
Sofía se tensó.
—¿Qué?
—No quiero prometerte que nunca voy a ocultar algo. Porque a lo mejor me da vergüenza. O me confundo. O hago una pendejada.
Sofía escuchó.
—Entonces prométeme otra cosa.
—¿Cuál?
—Que si te pregunto si estás en peligro, lo intentes contestar de verdad.
Su hermana pensó.
—Eso sí.
Sofía estiró la mano.
No para abrazarla.
Solo la dejó sobre la cama, entre las dos.
Su hermana puso la suya encima.
—Y tú —dijo—. Si mañana tienes miedo, no me digas “estoy bien” nomás para que no me preocupe.
Sofía sintió una presión detrás de los ojos.
—Está bien.
—¿Vas a estar sola?
—No creo.
—Eso no fue respuesta.
—Voy a verificarlo cuando tenga el plan.
—Qué hueva estudiar con ustedes.
Ahora sí rieron.
Desde la cocina, su madre gritó que el café se estaba enfriando.
La conversación terminó sin necesidad de convertir aquello en una reconciliación perfecta.
Se levantaron.
Comieron pan dulce.
Y cuando Sofía salió, su hermana no estaba curada de nada.
Sofía tampoco.
Pero por lo menos habían dejado de llamar protección a todo lo que hacían por miedo.
* * *
Emiliano llegó a casa y encontró a su padre sentado en la mesa con tres teléfonos.
Uno era el suyo.
Otro, el de su madre.
El tercero era viejo.
Muy viejo.
—¿Qué haces?
Su padre levantó la cabeza.
—Nada.
Emiliano señaló los aparatos.
—Eso no parece nada.
Su madre estaba frente a la estufa.
—Lleva una hora buscando audios.
El hombre hizo una mueca.
—No una hora.
—Cincuenta minutos.
—Eso tampoco es una hora.
Emiliano dejó las llaves.
—¿Qué audios?
Su padre no respondió enseguida.
No hacía falta ser Eduardo.
—Los míos.
El hombre movió el teléfono viejo.
—Quería ver si alguna vez mandé algo donde dijera esa frase.
Emiliano se sentó.
—¿“No quiero que termines como yo”?
Su padre bajó el aparato.
—Sí.
La cocina se volvió más quieta.
La frase había entrado a su casa semanas antes a través de una voz que parecía la de su padre y no lo era.
Después el verdadero hombre había admitido que podía haber pensado algo parecido.
Desde entonces, Emiliano había intentado dejar de tratar el misterio como si fuera también una acusación contra él.
No siempre podía.
—¿Encontraste algo?
—No.
Su madre puso tres platos sobre la mesa.
—Porque tiene miles de audios sin nombre.
—No son miles.
—Tienes uno que se llama “audio nuevo 47”.
El padre de Emiliano ignoró el comentario.
—Encontré uno donde le digo a tu tío que no quería que cometieras algunos errores que yo cometí.
Emiliano sintió tensión.
—¿Qué errores?
—Trabajo. Dinero. Enojarme por todo. Creer que pedir ayuda era para gente débil.
Su madre dejó una cuchara frente a él.
—Esa última todavía no la aprende.
—Estoy aquí sentado buscando.
—Eso no es pedir ayuda.
El hombre la miró.
—Qué equipo tan bonito hacen ustedes dos.
Emiliano no sonrió.
—Pa.
Su padre volvió hacia él.
—¿Qué?
—Ya no busques hoy.
La respuesta le salió más firme de lo que esperaba.
—Puede servir.
—Puede.
—Entonces.
—También puede hacer que pases toda la noche intentando demostrar que una llamada que no hiciste salió de alguna parte de tu vida.
Su padre apretó la boca.
Emiliano siguió.
—Si encuentras un audio real, lo guardamos. Se lo damos a Eduardo. Pero no quiero que conviertas cada conversación vieja en una investigación.
—¿Y si sí está?
—Entonces mañana también va a estar.
Su madre se sentó.
—Gracias.
El padre la miró.
—Tú no te metas.
—Vivo aquí.
—Ese es tu argumento para todo.
—Es bastante bueno.
Emiliano dejó escapar una risa.
Pequeña.
Su padre recogió los teléfonos.
No los guardó todavía.
—Me preocupa mañana.
Ahí estaba.
Sin rodeos.
Emiliano había esperado que lo disfrazara.
—A mí también.
—Puedo llevarte.
—No necesito...
La frase murió antes de terminar.
El que no da problemas.
El que no necesita.
El que resuelve solo para que nadie tenga que preocuparse.
Emiliano se recargó en la silla.
—¿A qué hora puedes?
Su padre tardó en responder.
—A la que necesites.
—No quiero que cambies todo tu día.
—No lo cambio. Tengo una entrega temprano. Después estoy libre.
Emiliano pensó en la regla de Eduardo: no modificar planes sin una razón específica; no rechazar medidas razonables solo para demostrar independencia.
—Está bien. Si mañana sigo con el mismo plan, me recoges al salir.
Su padre asintió.
No convirtió aquello en victoria.
Eso ayudó.
Comieron.
La conversación se movió hacia otras cosas.
Una fuga de agua en el edificio.
El precio de una refacción.
Un vecino que llevaba tres días estacionándose donde no debía.
A mitad de la comida, el padre de Emiliano dejó el tenedor.
—No quiero que termines como yo.
Emiliano sintió que algo se cerraba dentro del pecho.
Su madre también quedó quieta.
El padre levantó una mano.
—Ahora sí lo dije yo.
Emiliano no supo si reír o enojarse.
—No mames.
—No estoy jugando.
—Ya sé.
El hombre apoyó ambos brazos en la mesa.
—Y no me refiero a una frase misteriosa. Me refiero a una cosa.
Buscó las palabras.
—Yo pasé muchos años creyendo que ser fuerte era no avisarle a nadie cuando ya no podía con algo. Luego terminaba explotando, tomando decisiones de la chingada o haciendo sentir a todos que tenían que adivinarme.
Su esposa no lo contradijo.
Eso dijo suficiente.
—No quiero que termines así.
Emiliano tragó saliva.
—Está bien.
—No. No te estoy dando una orden.
El padre sonrió sin alegría.
—Supongo que esa también es una diferencia.
Emiliano bajó la vista.
—Yo tampoco quiero terminar así.
Su madre tomó agua.
—Qué bueno. Ahora los dos pueden empezar por dejar de hablar como si “terminar como alguien” fuera una sentencia.
Ambos la miraron.
—¿Qué? —dijo ella—. También escucho cuando me cuentan sus clases.
Emiliano soltó una risa.
Su padre también.
La tensión perdió un poco de tamaño.
Después de cenar, el hombre tomó el teléfono viejo.
Emiliano creyó que volvería a buscar.
Lo apagó.
—Mañana seguimos si hace falta.
—Sí.
—Y mañana te recojo.
—Si el plan no cambia.
—Si el plan no cambia.
Su madre levantó un dedo.
—Y si cambia, se avisa. No me van a salir con que decidieron otra cosa entre ustedes dos.
—Sí, jefa —dijo Emiliano.
Ella lo apuntó con la cuchara.
—A mí no me digas jefa cuando quieres que deje de hablar.
Emiliano sonrió.
Subió a su cuarto.
No necesitaba convertir aquello en un momento excepcional.
Solo abrió el grupo.
No había mensajes nuevos.
Dejó el teléfono cargando.
Y abajo, por una noche, su padre no siguió buscando una voz que quizá nunca hubiera grabado.
* * *
Camila encontró a Álex dibujando un perro.
O algo que Álex afirmaba que era un perro.
—Eso tiene cuernos.
—Son orejas.
—No mames.
—Estoy mejorando.
—Estás desarrollando una especie nueva.
Él cerró un poco el cuaderno.
—Si vas a venir a humillarme, mínimo trae café.
Camila levantó una bolsa.