La noche antes
Bruno llegó dieciocho minutos antes a la entrevista.
No porque hubiera salido con tiempo.
Había salido cuarenta y cinco minutos antes de lo necesario.
Verificó la dirección en el correo de la empresa, la comparó con el sitio oficial y, todavía en el transporte, abrió el mapa una vez más para confirmar que no había terminado siguiendo una ubicación que alguien pudiera haberle mandado después.
Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, guardó el teléfono.
La dirección era real.
La empresa era real.
Había tenido una videollamada con una mujer real que esa mañana le había escrito desde el mismo dominio.
Nadie le había pedido que cambiara de ruta.
Nadie le había mandado un número privado.
Era una entrevista de trabajo.
Nada más.
Se quedó frente al edificio mirando a la gente entrar con gafetes, cafés y cara de lunes aunque no fuera lunes.
Su madre le había escrito:
Avísame cuando llegues.
Bruno respondió:
Ya llegué.
Ella tardó poco.
Suerte. Y no inventes que sabes Excel si no sabes.
Sí sé.
Mentiroso.
La conversación terminó ahí.
Le gustó que terminara ahí.
No había flores.
No había un audio sobre el futuro.
No había una frase sobre demostrar nada.
Solo su madre recordándole que una vez había inflado una habilidad en un currículum y luego había tenido que aprenderla a marchas forzadas para no quedar como pendejo.
Entró.
La recepcionista le pidió identificación.
La entregó.
Un guardia le indicó el elevador.
Subió al quinto piso.
Durante el trayecto pensó en cancelar.
La idea apareció limpia.
Todavía podía decir que se sentía mal.
Podía fingir una falla de transporte.
Podía inventar cualquier cosa y regresar a casa, cerrar la puerta y decirse que había sido prudente.
Entonces recordó a Eduardo:
¿La ubicación llegó por un canal verificable?
Sí.
¿Existe un riesgo específico relacionado con los incidentes?
No.
No canceles solo por el número.
Bruno soltó aire.
—Pinche profesor.
La mujer que esperaba junto al elevador lo miró.
—¿Perdón?
—Nada. Perdón.
Ella sonrió con incomodidad y se alejó medio paso.
Bruno quiso explicar.
No lo hizo.
Eso también era progreso.
La entrevista duró cuarenta minutos.
Le preguntaron por experiencia.
Respondió sin convertir cada trabajo temporal en una carrera ejecutiva.
Le preguntaron por una etapa en la que había estado sin empleo.
No dijo que “estaba explorando proyectos”.
Dijo:
—Me tardé más de lo que esperaba en encontrar algo estable y durante un tiempo me dio vergüenza admitirlo.
La entrevistadora dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Y qué cambió?
Bruno pensó.
Había una respuesta divertida.
La dejó pasar.
—Que mentir sobre eso me estaba costando más que decirlo.
No sabía si era una buena respuesta de entrevista.
Era cierta.
Al salir, el puesto seguía sin ser suyo.
Tampoco lo habían rechazado.
Le dijeron que lo contactarían.
Por alguna razón le pareció suficiente.
En la calle abrió el grupo de WhatsApp.
Anotó:
fui a la entrevista
Iván respondió casi de inmediato:
sobreviviste al capitalismo?
Bruno:
apenas
Tomás:
te contrataron?
Bruno:
todavía no
Valeria:
Entonces todavía no inventes que sí.
Bruno:
chinga tu madre
Camila reaccionó con una risa.
Eduardo no escribió.
Bruno guardó el teléfono.
Mientras caminaba hacia la estación sintió algo que no esperaba.
Miedo.
No grande.
No paralizante.
Solo presente.
Mañana sería diecisiete.
La idea seguía ahí.
Pero también estaba la posibilidad de recibir una llamada sobre un trabajo.
Las dos cosas cabían en el mismo día.
Y por esa mañana decidió no regalarle a una fecha el derecho de borrar la otra.
* * *
Bruno llegó a casa antes de las cuatro.
Su madre estaba en la mesa con una taza de café y una libreta donde apuntaba gastos.
—¿Y?
—No sé.
—Gran entrevista.
—Me dijeron que me hablan.
—Entonces no sabes.
—Eso dije.
Ella cerró la libreta.
—¿Mentiste?
Bruno dejó la mochila en una silla.
—No.
—¿Nada?
—Casi nada.
—Bruno.
—No mentí.
Su madre lo observó durante unos segundos.
—Bien.
No dijo que estaba orgullosa.
No convirtió la respuesta en premio.
Bruno agradeció eso.
Abrió el refrigerador.
—¿Hay comida?
—La que te dije ayer.
—No vi.
—Porque si no está enfrente de tu cara, para ti no existe.
Sacó un recipiente.
Mientras calentaba la comida, su madre volvió a la libreta.
Bruno la vio sumar dos cantidades.
—Ma.
—¿Qué?
—Te tengo que contar algo.
Ella no levantó la cabeza enseguida.
—¿Embarazaste a alguien?
Bruno soltó una carcajada.
—No mames.
—Entonces ya empezamos mejor.
—No es eso.
La mujer dejó la pluma.
Bruno pensó en el cumpleaños.
En el audio.
No tienes que demostrarme nada hoy, hijo.
También pensó en la forma en que él había permitido que durante semanas ella supiera una versión recortada de su vida porque la versión completa le daba vergüenza.
Esta vez no era vergüenza.
Era miedo a preocuparla.
El mecanismo se parecía demasiado.
—En el curso han pasado unas cosas raras.
Su madre esperó.
—¿Qué tan raras?
—Mensajes anónimos. Fotos. Llamadas. A varios.
—¿A ti?
Bruno apoyó las manos en la barra de la cocina.
—Sí.
La expresión de su madre cambió.
No gritó.
Eso lo hizo peor.
—¿Qué recibiste?
—Un correo con información de una solicitud de trabajo que yo no había mandado.
—¿La de la otra vez?
—Sí.
—¿La que todavía era borrador?
—Sí.
Su madre se quedó callada.
—¿Y cómo la tenían?
—No sabemos.
—¿Entraron a tu correo?
—Puede ser. Reutilizaba contraseñas. Ya cambié todo. Sistemas está revisando algunas cosas.
Ella juntó las manos.
—¿Y por qué me dices hasta ahora?
Bruno estaba preparado para esa pregunta.
Aun así le dolió.
—Porque pensé que no era para tanto.
—Eso no te lo creo.
Él bajó la mirada.
—Porque no quería que te preocuparas.
Su madre apoyó la espalda en la silla.
—Ah.
Bruno sintió que había elegido la respuesta equivocada.
—No lo hice por...
Ella levantó una mano.
—No. Ya sé.
—¿Qué?
—Que creías que estabas ayudando.
La frase no sonó agradecida.
—Ma.
—Cuando me mentiste con lo del trabajo fue para que yo no pensara que estabas estancado.
Bruno no contestó.
—Ahora me escondes que alguien tiene información tuya para que yo no me preocupe.
—No es lo mismo.
—No. Esto es más importante.
Él se sentó frente a ella.
—Ya sé.
Su madre lo miró.
—¿Estás en peligro?
Bruno pensó en responder no.
No lo hizo.
—No sé.
Ella respiró despacio.
—Eso sí te lo creo.
Bruno apoyó los brazos en la mesa.
—Hay una fecha que estamos vigilando.
—¿Mañana?
Él soltó aire.
—¿También escuchaste?
—No soy sorda. Llevas dos días hablando por teléfono como si trabajaras para la policía.
—No significa que vaya a pasar algo.
—No dije que significara.
Bruno sonrió sin ganas.
—Ya hablas como Eduardo.
—No sé quién es Eduardo, pero espero que sea menos necio que tú.
—No.
—Qué pena.
Su madre volvió a ponerse seria.
—¿Qué necesitas de mí?
La pregunta lo desarmó más que “¿qué vas a hacer?”.
Pensó.
—Que si mañana te llega algo que parezca mío y te pide que vayas a algún lado, me marques.
—Eso iba a hacer aunque no me lo pidieras.
—Que no abras enlaces raros.
—También.
—Y que sepas dónde voy a estar.
—Eso sí.
Bruno le contó su plan.
Nada extraordinario.
Una vuelta que ya tenía pendiente.
Comer.
Regresar temprano.
No una reunión con el grupo.
No una guardia.
No esconderse en casa.
Su madre escuchó.
—¿Quieres que yo no salga?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Bruno la revisó mentalmente.
—No, a menos que tú tengas otra razón.
—Tengo que ir al banco.
—Ve.
—¿Y si me da miedo?
Él se quedó callado.
Ella sonrió un poco.
—Eso pensé.
Bruno negó.
—No te estoy diciendo que ignores el miedo.
—Entonces ¿qué me dices?
—Que no quiero que hagamos cosas nomás porque el número nos trae pendejos.
Su madre lo observó.
—Eso sí lo entendí.
El microondas sonó.
Bruno no se levantó enseguida.
—Perdón por no decirte antes.
Ella tampoco respondió rápido.
—Gracias por decirme ahora.
No era absolución.
Era mejor.
Bruno fue por la comida.
Cuando regresó, su madre había vuelto a la libreta.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo él.
—¿Qué?
—Que después de toda esta conversación igual no sé si me van a dar el trabajo.
Ella lo miró.
—Eso sí sería una tragedia más probable.
Bruno se rió.
Comió.
Y por esa tarde su casa dejó de ser el lugar al que regresaba a esconder lo que no quería explicar.
* * *
Sofía encontró a su hermana doblando ropa sobre una cama.
No había planeado una conversación importante.
Había llevado pan dulce.
Su madre estaba en la cocina.
La televisión sonaba desde otro cuarto.
Todo tenía el aspecto de una visita que podía terminar sin ninguna revelación.
Eso ayudó.
—Te traje de los que te gustan.
Su hermana vio la bolsa.
—¿Concha?
—Dos.
—Entonces sí me quieres.
—No exageres.
Sofía se sentó en una esquina de la cama.
Durante unos minutos hablaron de cualquier cosa.
Una vecina.
Una serie.
El recibo de luz.
La forma absurda en que su madre seguía guardando bolsas dentro de otras bolsas como si algún día fueran a prohibirlas.
Su hermana dobló una blusa.
—¿Qué pasó?
Sofía se tensó.
—Nada.
—Traes cara de “nada”.
—Qué fastidio que todos me digan eso.
—Vives rodeada de psicólogos.
—Ni siquiera todos son psicólogos.
—Peor.
Sofía sonrió.
La sonrisa se fue sola.
Su hermana dejó la blusa.
—A ver.
Sofía miró hacia la puerta.
Su madre seguía en la cocina.
—En el grupo han pasado cosas.
—Eso ya me dijiste.
—Más cosas.
—¿Peligrosas?
La pregunta no tenía dramatismo.
Eso la hizo más difícil.
—No sabemos.
—Sofía.
—Hubo un accidente. Un compañero se lastimó. Antes recibió un mensaje raro. No sabemos si tiene relación.
Su hermana esperó.
—¿Y tú?
—Yo estoy bien.
La frase salió automática.
Sofía la escuchó.
La clase sobre mentiras pequeñas.
—No. Perdón.
Su hermana alzó una ceja.
—¿No qué?
—No estoy “bien” como respuesta completa.
La otra mujer se sentó frente a ella.
Sofía juntó las manos.
—Estoy asustada.
Decirlo no produjo alivio inmediato.
No tenía por qué.
—¿Por mañana?
Sofía levantó la cabeza.
—¿Cómo sabes?
—Mamá escucha más de lo que cree que disimula. Le dijiste por teléfono que mañana querías que supiera dónde estabas.
Sofía cerró los ojos.
—Claro.