La cuenta no cierra #5
—Lo dijo él mismo.
—Y tú pudiste mandarte el que borraste en la biblioteca.
Mateo se detuvo.
Valeria también.
Él no había contado aquello a todos.
—¿Cómo sabes?
—Me lo dijiste a mí.
Mateo respiró.
—Exacto.
—¿Exacto qué?
—Que todos tenemos pedazos de información repartidos entre personas distintas.
Valeria entendió.
—Y si empezamos a usar quién sabe qué como prueba, nos vamos a volver locos.
—No dije locos.
—Yo sí.
Mateo volvió la atención hacia la cafetería.
—Entonces ¿por qué confías en Eduardo?
Valeria pensó.
—Porque hasta ahora, cuando ha tenido oportunidad de asustarnos más, hace lo contrario.
—Eso también podría ser estrategia.
—Claro.
—¿Ves?
Valeria negó.
—No. Lo que veo es que acabas de encontrar una forma de convertir cualquier conducta en evidencia a favor de la misma sospecha.
Mateo no respondió.
Ella continuó:
—Si Eduardo se preocupa, puede estar actuando. Si no se preocupa, puede estar ocultando. Si comparte datos, quiere manipularnos. Si no comparte, es porque sabe algo.
Mateo soltó aire.
—Sesgo de confirmación.
—Sí.
—O podría ser culpable de verdad.
—También.
Valeria retomó el camino.
—Pero “también” no alcanza para tratarlo como si lo fuera.
Mateo la siguió.
No quedó convencido.
Eso, en cierta forma, era mejor.
Tampoco quedó convencido de su propia sospecha.
* * *
Laura encontró a Eduardo en su oficina al final de la tarde.
Él estaba leyendo el reporte de seguridad que le habían enviado sobre el accidente de Gael.
No contenía conclusiones.
Hora aproximada.
Lugar.
Objeto involucrado.
Lesiones aparentes.
Solicitud de conservación de video.
Nada más.
Laura cerró la puerta.
—Ya empezó.
Eduardo se enderezó.
—¿Qué?
—La desconfianza.
Él dejó el reporte.
Laura le contó lo de la cafetería.
No cada palabra.
Lo suficiente.
Cuando terminó, Eduardo apoyó la espalda en la silla.
—Era previsible.
—Eso no lo hace menos peligroso.
—No.
—Mateo preguntó por qué Rebeca había hablado contigo.
—¿Como sospecha?
—Como pregunta. Son distintas hasta que dejan de serlo.
Eduardo pensó.
—La reunión tiene que ocurrir antes.
—¿Mañana?
—No. Si la hacemos sin estructura, empeoramos esto.
—Entonces termina la estructura hoy.
—Tengo que pedir el auditorio.
—Pídelo.
—Laura.
—¿Qué?
—No necesito que conviertas cada duda en una orden.
Ella apoyó una mano sobre el escritorio.
—Y yo no necesito que conviertas cada urgencia en un problema metodológico.
Ninguno habló durante unos segundos.
Eduardo fue quien cedió.
—Tienes razón en una parte.
—Qué generoso.
—La confianza del grupo ya cambió.
—Sí.
—Eso también es un efecto.
—Sí.
Eduardo tocó las hojas anónimas de la mañana.
—Y no está en la carpeta.
Laura siguió su mirada.
—La carpeta nunca iba a contenerlo todo.
—Lo sé.
—No parece.
Eduardo levantó los ojos.
Ella no retrocedió.
—Estás intentando hacer un archivo de un sistema que cambia mientras lo observas.
La frase le gustó menos de lo que le interesó.
—Eso es un problema real.
—También es el grupo.
Eduardo abrió la computadora.
—Jueves. Seis y media.
—Auditorio pequeño.
—Sí.
Entró al sistema de espacios.
El auditorio estaba disponible.
Hizo la reserva.
MOTIVO:
REUNIÓN ACADÉMICA EXTRAORDINARIA.
Laura leyó por encima.
—Muy emocionante.
—No quiero escribir “posible acosador entre participantes”.
—Gracias por eso.
La reserva quedó pendiente de confirmación.
Eduardo cerró la pestaña.
—Mañana envío el formulario.
Laura no se movió.
—¿Y vas a decirles que puede ser alguien de ellos?
—No de esa manera.
—Pero lo vas a reconocer.
—Voy a reconocer que no podemos excluir ninguna ruta sin evidencia.
—Eso suena a ti.
—Es la idea.
Laura tomó la bolsa.
Antes de salir, preguntó:
—¿Quién sabe ya de la reunión?
Eduardo contó sin querer.
—Tú. Rebeca. Yo.
—¿Gael?
—No.
—¿Rosita?
—No.
—¿Coordinación?
—El sistema de reserva, cuando la aprueben.
Laura abrió la puerta.
—Entonces mantenlo así hasta que enviemos el formulario.
—¿Por qué?
Ella tardó un instante.
—Porque si estamos tratando de saber por dónde circula la información, al menos una vez estaría bien saber dónde empezó.
No era una mala idea.
Precisamente por eso lo inquietó.
—Está bien.
Laura salió.
Eduardo regresó al reporte.
Leyó otra vez la frase:
SOLICITUD DE CONSERVACIÓN DE VIDEO.
Pensó en la cámara.
Pensó en el carro.
Pensó en el mensaje.
No escribió ninguna hipótesis.
* * *
La confirmación del auditorio llegó a las nueve con doce de la noche.
Eduardo estaba en casa.
Abrió el correo.
RESERVA APROBADA.
Jueves.
18:30.
Auditorio pequeño, edificio P.
Leyó los datos.
Después abrió el documento del formulario.
En la parte superior escribió:
ANTES DE ESCUCHAR A CUALQUIER OTRA PERSONA, REGISTRA SOLO LO QUE SABÍAS CUANDO OCURRIÓ TU INCIDENTE.
Más abajo:
NO CORRIJAS TU RECUERDO PARA HACERLO COINCIDIR CON EL DE OTROS.
Añadió otra línea.
SI EXISTE RIESGO ACTUAL, NO ESPERES A LA REUNIÓN PARA INFORMARLO.
Guardó.
Abrió el grupo de WhatsApp.
No escribió.
Faltaba revisar dos preguntas con Laura y Rebeca.
Cerró el chat.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
La reunión ya tenía lugar y hora.
La invitación todavía no existía.