Los dieciséis
Eduardo terminó el formulario a las cinco con cuarenta y dos.
No lo envió.
Lo leyó una vez más desde arriba, buscando una pregunta que empujara demasiado a una respuesta.
RELATO INDEPENDIENTE ANTES DE ESCUCHAR A OTROS.
FECHA / MEDIO / CONTENIDO EXACTO SI SE CONSERVA.
QUÉ SABÍAS EN ESE MOMENTO.
QUÉ SUPISTE DESPUÉS.
CAMBIOS DE CONDUCTA POSTERIORES.
EVIDENCIA ORIGINAL DISPONIBLE.
HECHO DIRECTO / INFORMACIÓN DE TERCEROS.
RIESGO ACTUAL.
Al final permanecía la pregunta de Rebeca:
¿HAY ALGO QUE ESTÉS HACIENDO PARA SENTIRTE SEGURO Y QUE, EN REALIDAD, TE ESTÉ PONIENDO EN MÁS RIESGO?
Laura estaba sentada frente a él con la computadora abierta.
Rebeca ocupaba la otra silla.
Ninguna había hablado durante varios minutos.
—Yo quitaría “contenido exacto” si no se conserva —dijo Laura—. Puede hacer que alguien sienta que tiene que reconstruirlo.
Eduardo volvió a la línea.
—Tiene razón.
Rebeca sonrió apenas.
—Qué bonito. Una tarde histórica.
Eduardo corrigió:
CONTENIDO EXACTO SI SE CONSERVA / RECUERDO APROXIMADO SI NO.
Debajo añadió:
NO COMPLETAR HUECOS.
—Mejor —dijo Laura.
Eduardo guardó el documento.
—Ahora sí.
Rebeca tomó el teléfono.
—¿Lo mando al grupo?
—No.
—¿Otra vez no?
—Lo mando yo junto con la invitación. Quiero que todos reciban las mismas instrucciones.
Laura revisó la hora.
—Faltan menos de cincuenta minutos.
—Alcanza.
—Si leen.
—Eso ya no depende de mí.
Rebeca guardó el celular.
—¿Y el auditorio?
—Confirmado.
—¿Seguridad sabe?
—Salgado sabe que habrá una reunión extraordinaria. No conoce el contenido completo.
Laura cerró su computadora.
—Entonces manda.
Eduardo abrió el grupo de WhatsApp.
Antes de tocar el cuadro de texto, llegó un mensaje de Bruno.
Profesor, ¿el edificio P es el que está atrás de biblioteca?
Eduardo no escribió durante dos segundos.
Rebeca se inclinó.
—¿Qué pasó?
Él le mostró la pantalla.
Laura leyó.
—¿Le dijiste?
—No.
—¿A alguien?
—A ustedes dos.
Rebeca sacó su teléfono.
—Yo no.
Laura ya estaba revisando el suyo.
—Tampoco.
Eduardo escribió a Bruno:
¿Por qué preguntas?
La respuesta apareció casi de inmediato.
Por la reunión de las 6:30.
Eduardo sintió que la habitación cambiaba sin que nada se hubiera movido.
Anotó:
¿Quién te avisó?
Bruno tardó un poco más.
usted no?
Eduardo se puso de pie.
—Vamos.
—¿Al auditorio? —preguntó Rebeca.
—Sí.
—¿Y el formulario?
Eduardo cerró el archivo.
—Todavía no sale de aquí.
* * *
A las seis con nueve ya había cuatro estudiantes en el pasillo del edificio P.
Tomás.
Mariana.
Nicolás.
Bruno.
Cuando vieron a Eduardo, ninguno pareció sorprendido.
Eso fue peor.
Bruno señaló la puerta cerrada del auditorio.
—Está con llave.
Eduardo no respondió a eso.
—¿Quién les dijo que vinieran?
Los cuatro intercambiaron una mirada.
Tomás sacó el teléfono.
—La plataforma.
—¿Qué plataforma?
—La del curso.
Eduardo extendió la mano.
Tomás le mostró una notificación institucional.
REUNIÓN ACADÉMICA EXTRAORDINARIA
JUEVES — 18:30
AUDITORIO PEQUEÑO — EDIFICIO P
LLEVA CUALQUIER MENSAJE, FOTOGRAFÍA, AUDIO U OBJETO QUE NO HAYAS REPORTADO.
ANTES DE HABLAR CON OTROS, REGISTRA LO QUE RECUERDAS.
NO COMPARTAS DETALLES EN EL CHAT.
Abajo aparecía el nombre del curso.
No el de Eduardo.
No había firma.
Él revisó el remitente.
Aula Virtual.
Una dirección automática del sistema universitario.
—¿A qué hora llegó?
Tomás abrió los detalles.
17:17.
Eduardo no comentó la hora.
—Bruno.
El suyo era igual.
Mariana también.
Nicolás, lo mismo.
Laura llegó detrás de Rebeca y vio los teléfonos.
—No puede ser.
Eduardo la escuchó.
—¿Recibiste uno?
Laura revisó.
Se detuvo.
—Sí.
—¿Hora?
—La misma.
Rebeca ya tenía el suyo abierto.
—También.
Eduardo sacó su computadora del portafolio y la apoyó sobre una banca del pasillo.
Entró al portal docente.
No había anuncios enviados.
No había publicaciones programadas.
No había actividad de mensajería desde su cuenta después de la mañana.
Abrió la reserva del auditorio.
Seguía ahí.
REUNIÓN ACADÉMICA EXTRAORDINARIA.
Jueves.
18:30.
Edificio P.
La información que había escrito la noche anterior.
La misma que aparecía en los avisos.
Rebeca leyó por encima.
—Alguien pudo ver la reserva.
—Sí.
—¿Y el resto del texto?
Eduardo no necesitó volver al formulario.
ANTES DE HABLAR CON OTROS.
Eso no estaba en la reserva.
Laura lo dijo antes que él.
—Eso estaba en nuestro protocolo.
Bruno había dejado de bromear.
—¿Qué protocolo?
Eduardo cerró la computadora.
—Uno que todavía no les había enviado.
El pasillo quedó quieto.
Nicolás sostuvo el teléfono con más fuerza.
—Entonces usted no mandó esto.
—No.
—¿Ella? —señaló a Rebeca.
—No.
Laura negó antes de que la señalaran.
—Yo tampoco.
Tomás leyó otra vez la notificación.
—Pero salió de la universidad.
—Parece haber salido de un sistema universitario —corrigió Eduardo—. No sabemos todavía desde qué cuenta, proceso o acceso se generó.
Bruno exhaló.
—No diga “parece” ahorita, profesor.
—Es cuando más importa.
Llegaron Mateo y Valeria.
Después Daniel.
Iván apareció hablando con Camila, pero dejó de hacerlo al notar las caras.
Sofía y Andrés venían juntos.
Emiliano llegó detrás.
Gael fue el último.
Todavía llevaba la férula.
Se detuvo al ver a todos fuera.
—¿Qué pasó?
Eduardo no contestó inmediatamente.
Contó sin querer.
No números.
Rostros.
Estaban todos los alumnos del curso.
Gael vio la pantalla de Tomás.
—¿Usted lo mandó?
—No.
—Yo pensé que sí.
—Todos pensaron eso.
Gael abrió su teléfono.
La notificación también estaba ahí.
17:17.
Por la forma en que dejó quieto el pulgar, Eduardo supo que había visto la hora.
No dijo nada.
Eduardo marcó a Seguridad Universitaria.
Salgado contestó al tercer tono.
Le explicó lo mínimo.
Reserva real.
Aviso no enviado por él.
Quince estudiantes convocados mediante un sistema institucional.
Sin amenaza explícita.
Sin incidentes físicos en ese momento.
Salgado hizo dos preguntas.
—¿Están todos juntos?
—Sí.
—¿El auditorio está en zona abierta y con vigilancia?
—Sí.
—No los disperses solos. Voy a pedir que una unidad pase por el edificio. No borren los avisos y no reenvíen nada todavía. Necesito que Sistemas preserve registros antes de que alguien empiece a tocar cosas.
—De acuerdo.
—¿Vas a hacer la reunión?
Eduardo observó al grupo.
—Todavía no lo sé.
Salgado tardó medio segundo.
—Si ya están ahí y la alternativa es mandarlos cada uno por su lado, yo prefiero que se queden juntos hasta que sepamos un poco más. Pero esa es decisión académica, no mía.
—Entendido.
Colgó.
Bruno preguntó:
—¿Nos vamos?
Eduardo vio la puerta del auditorio.
Después a las quince personas que habían llegado sin que él las convocara.
—No todavía.
Sacó la llave que coordinación había dejado en recepción.
—Entren.
* * *
El auditorio pequeño no parecía un lugar para una revelación.
Tenía sesenta sillas móviles, una pantalla demasiado grande para el tamaño del espacio y una mesa larga contra la pared con botellas de agua que nadie había pedido.
Rebeca encendió solo la mitad de las luces.
—Más no —dijo Bruno—. Parece interrogatorio.
—No es un interrogatorio —respondió Eduardo.
—Eso dicen en los interrogatorios.
Esta vez nadie se rió.
Eduardo dejó el portafolio sobre la mesa.
—Antes de hablar, necesito que hagan algo.
Iván alzó el teléfono.
—¿Guardar la notificación?
—Ya. No la reenvíes.
Sacó las hojas que había impreso antes de salir de su oficina.
No quince.
Una para cada persona que tenía delante y algunas extras.
Las distribuyó sin mencionar cantidad.
—Este formulario existía antes de que ustedes recibieran esa convocatoria. Laura y Rebeca lo revisaron conmigo.
Bruno señaló la hoja.
—¿Es lo que decía el aviso?
—En parte.
—¿Entonces alguien tuvo acceso a esto?
—No sé.
—Pero usó una frase igual.
—Sí.
Gael tomó la hoja con la mano izquierda.
—¿El archivo estaba en su correo?
—En mi computadora y sincronizado con mi almacenamiento institucional.
—Entonces hay una ruta técnica posible.
—Varias.
—Cuenta comprometida.
—Posible.
—Equipo comprometido.
—Posible.
—Alguien vio la pantalla.
—También.
Camila interrumpió:
—O alguien estaba aquí cuando ustedes lo hicieron.
Rebeca se tensó.
Laura no.
—Solo estuvimos los tres —dijo.
Camila entendió el efecto de su propia frase.
—No estoy diciendo que alguno de ustedes lo mandó.
—Lo sé —respondió Rebeca.
No sonó ofendida.
Sonó cansada.
Eduardo intervino antes de que la conversación eligiera culpables.
—Precisamente por eso van a escribir antes de escuchar detalles de los demás.
Señaló el formulario.
—Nombre, porque esto ya no es una actividad de clase anónima. Fecha aproximada de cualquier incidente directo. Medio. Contenido exacto solo si se conserva. Si no se conserva, escriban “recuerdo aproximado”. No completen huecos.
Mateo leyó la siguiente sección.
—¿Qué sabía yo en ese momento?
—Sí.
—¿Y qué supe después?
—Separado.
Valeria entendió.
—Para no meter después cosas que no sabíamos cuando pasó.
—Exacto.
Eduardo señaló el final.
—Y riesgo actual. Si alguien piensa que puede estar en peligro hoy, no espera a terminar.
Bruno miró alrededor.
—¿Y no hablamos?
—No hasta acabar.
—Esto sí parece examen.
—No hay calificación.
—Peor todavía.
Algunas sonrisas pequeñas aparecieron.
Suficientes para bajar un poco la presión.
Eduardo se apartó de la mesa.
No caminó entre las sillas.
No respondió preguntas de contenido.
Durante varios minutos nadie habló.
Gael fue el primero en notar el tiempo.
No porque estuviera contando nada.
Porque la pantalla del auditorio mostraba discretamente la hora en una esquina.
18:46.
Apartó la vista.
No escribió el dato.
Cuando terminaron, Eduardo pidió que doblaran las hojas y las conservaran consigo.
—No me las entreguen todavía.
Nicolás pareció confundido.
—¿Entonces?
—Primero necesito saber qué tenemos sin leer por ustedes.
Se colocó frente al grupo.
No tomó marcador.
No había pizarrón.
Eso ayudó.
—Voy a hacer una pregunta. Solo respondan sí o no.
Esperó.
—Antes de la convocatoria de hoy, ¿cuántos habían recibido personalmente una llamada, mensaje, fotografía, audio, objeto o contacto que consideraron suficientemente extraño como para escribirlo en la sección de incidentes?
Varias manos subieron.