La cuenta no cierra #4
—Diez personas con evidencia directa que me han reportado algo.
—Gael es nueve.
—Sí.
—¿Y los demás?
—No sé.
Rebeca apoyó las manos sobre el escritorio.
—Ese es el problema.
Eduardo dejó pasar un instante.
—La cuenta no cierra.
Eduardo no.
—¿Qué cuenta?
—No hablo de diecisiete. Ni de cumpleaños. Ni de números raros.
Rebeca señaló la carpeta.
—Hablas de diez porque diez te contaron.
—Correcto.
—Pero hoy repartiste hojas preguntando por cambios de conducta.
Eduardo no respondió de inmediato.
—¿Cuántas tenían una X?
Laura giró hacia él.
Eduardo se tomó un instante.
—No las conté delante del grupo.
—¿Las viste?
—Sí.
—¿Más de diez?
Eduardo se quedó quieto.
Rebeca entendió antes de que respondiera.
—Eso pensé.
Laura intervino:
—No significa que los cambios sean por amenazas.
—Ya sé.
—Ni que todos hayan recibido algo.
—También lo sé.
Rebeca mantuvo la voz baja.
—Pero significa que estamos intentando construir seguridad con información que llega por accidente.
Eduardo cerró la carpeta.
—Una reunión grupal puede contaminar recuerdos y crear coincidencias.
—Lo sé.
—Puede hacer que la gente reinterprete mensajes viejos.
—Lo sé.
—Puede aumentar el miedo.
—También.
Eduardo la observó.
—Entonces.
Rebeca no retrocedió.
—Entonces diseñamos la reunión para reducir eso.
Laura se apoyó en el escritorio.
—Estoy de acuerdo.
—Claro.
—No lo digas como si eso invalidara algo.
—No lo invalida.
Laura continuó:
—Podemos pedirles que escriban su cronología antes de escuchar la de los demás.
Rebeca tomó la idea.
—Cada quien llega con una hoja cerrada.
—O la llena al entrar —dijo Laura—. Antes de hablar.
Eduardo empezó a escuchar de otra manera.
—Primera mano únicamente.
—Sí.
—Separar lo que recibieron de lo que les contó otra persona.
—Sí.
Rebeca añadió:
—Y otra sección para cambios de conducta posteriores. Lo de Tomás importa.
Eduardo miró la carpeta con las hojas anónimas.
—Mucho.
Laura siguió:
—Luego comparan.
—Después de fijar lo que cada uno sabía antes.
—Exacto.
Eduardo caminó hacia el pizarrón.
No tomó el marcador.
—El problema es que una vez que estén juntos, la percepción del riesgo puede amplificarse.
Rebeca dejó escapar el aire.
—Eduardo, Gael terminó con una férula.
—Lo sé.
—Y yo oculté un audio durante semanas porque pensé que no era suficiente.
La frase lo detuvo.
Rebeca siguió:
—Si alguien más está haciendo lo mismo, el riesgo de no compartir ya puede ser mayor que el riesgo de contaminar.
Laura no añadió nada.
No necesitaba.
Eduardo se volvió.
—Una reunión.
—Sí.
—No terapia grupal.
—No.
—No investigación amateur.
—No.
—No acusaciones.
—No.
Rebeca sonrió un poco.
—Qué divertido va a estar.
Eduardo ignoró la broma.
—Necesitamos un protocolo.
Laura sacó la libreta.
—Lo hacemos.
Eduardo levantó una mano.
—Todavía no enviamos nada.
—¿Por qué?
—Porque quiero que el formulario exista antes que la conversación.
Rebeca asintió.
—Eso tiene sentido.
Laura escribió:
1. RELATO INDEPENDIENTE ANTES DE ESCUCHAR A OTROS.
2. FECHA / MEDIO / CONTENIDO EXACTO SI SE CONSERVA.
3. QUÉ SABÍA LA PERSONA EN ESE MOMENTO.
4. QUÉ SUPO DESPUÉS.
5. CAMBIOS DE CONDUCTA POSTERIORES.
6. EVIDENCIA ORIGINAL DISPONIBLE.
7. RIESGO ACTUAL.
Eduardo leyó.
—Agrega una distinción.
Laura esperó.
—HECHO DIRECTO / INFORMACIÓN DE TERCEROS.
Lo escribió.
Rebeca agregó:
—Y una pregunta de seguridad que no dependa de la amenaza.
—¿Cuál?
—¿Hay algo que estés haciendo para sentirte seguro y que, en realidad, te esté poniendo en más riesgo?
—Esa se queda.
Laura la anotó.
Durante varios minutos trabajaron sin hablar de culpables.
Fue mejor así.
Al final, Rebeca cerró la libreta.
—¿Cuándo?
Eduardo pensó en horarios.
—Jueves.
—¿Después de clase?
—No. Quiero un espacio donde no estén esperando otra cosa.
Laura revisó su agenda.
—Seis y media.
—Bien.
—¿Dónde?
Eduardo miró el salón.
—Aquí no.
Rebeca entendió.
Las sillas orientadas hacia un profesor podían convertir la reunión en otra clase.
—Auditorio pequeño —propuso.
Laura asintió.
—Sillas móviles. Podemos hacer círculo si hace falta.
Eduardo no respondió al detalle del círculo.
—Pido el espacio.
Rebeca tomó el teléfono.
—¿Mando aviso al grupo?
—No.
—Todavía no.
Eduardo señaló la libreta.
—Mañana terminamos el formulario. Después mando instrucciones.
Laura guardó sus cosas.
—¿Y mientras?
Eduardo miró la puerta cerrada.
—Mientras nadie investiga solo.
Rebeca levantó el teléfono.
—Incluido tú.
—Incluido yo.
Laura sonrió apenas.
—Eso sí quiero verlo por escrito.
* * *
El rumor de que Gael había recibido un mensaje antes del accidente no tardó en expandirse.
Nadie supo quién lo dijo.
Eso fue lo peor.
A la hora de la comida, casi todos conocían alguna versión.
En una, el carro había caído por unas escaleras.
En otra, alguien lo había empujado.
En otra, Gael había encontrado documentos sobre estudiantes muertos décadas atrás.
Ninguna era cierta.
Gael llegó a la cafetería con Tomás y encontró a Bruno discutiendo con Iván.
—No dije muertos —decía Bruno.
—Dijiste “algo grave”.
—Eso no es muertos.
—En tu cara sí sonaba a muertos.
Camila vio a Gael.
—Ya llegó la fuente oficial.
Gael dejó la bandeja.
—No soy fuente oficial.
—Eres el golpeado.
—Eso tampoco me da autoridad sobre rumores.
Bruno señaló la silla.
—Siéntate y destruye esto antes de que Iván haga un video.
—No voy a hacer un video.
—Todavía.
Iván le mostró el dedo.
Gael se sentó.
Valeria y Mateo estaban al otro extremo.
Mariana llegó detrás de Rebeca.
Sofía y Andrés compartían una botella de agua.
Sin darse cuenta, habían ocupado casi toda la mesa.
Gael recorrió los rostros.
La idea que Iván había dicho antes de clase regresó.
¿Y si es alguien de aquí?
No le gustó.
Precisamente por eso decidió hablar.
—Quiero aclarar algo.
Las conversaciones bajaron.
—No sabemos que el carro haya sido empujado.
Bruno abrió la boca.
Gael levantó la mano izquierda.
—No sabemos.
—Está bien.
—No sabemos que el mensaje y el accidente estén relacionados.
Camila respondió:
—Pero te llegó antes.
—Sí.
—Y decía que dejaras de investigar.
—Sí.
—Eso ya no es nada.
—No dije que fuera nada.
Gael tomó agua.
—Dije que no sabemos la relación.
Mateo preguntó:
—¿Hay cámara?
—Sí.
—¿Se ve el pasillo?
—Parte.
—¿Ya la revisaron?
—Seguridad va a conservarla. No tengo copia.
—¿Eduardo sabe?
—Sí —respondió Rebeca.
—¿Y qué dijo?
—Que no hagamos exactamente lo que estamos haciendo.
Bruno soltó una risa.
—Qué sorpresa.
Rebeca no sonrió.
—En serio.
Iván apoyó los brazos en la mesa.
—Yo sigo pensando que tenemos que considerar que alguien de nosotros pueda estar metido.
Andrés habló por fin.
—¿Por qué alguien del grupo se amenazaría a sí mismo?
Iván lo miró.
—Para no parecer sospechoso.
Sofía reaccionó.
—Eso ya es construir una película.
—Sí. Es una posibilidad.
—También es posible que tú te hayas mandado tus mensajes.
Iván se quedó quieto.
Sofía entendió demasiado tarde.
—No quise decir...
—No. Está bien.
La mesa entera cambió.
Iván bajó los ojos al vaso.
—Ese es el problema, ¿no?
Nadie contestó.
—Si empezamos, cualquiera puede explicar cualquier cosa.
Gael dejó la botella.
—Sí.
Iván levantó la vista.
—Entonces tú también pudiste mandarte lo del archivo y aventarte el carro.
Bruno reaccionó:
—Ya, güey.
Gael no.
—Sí.
Bruno giró hacia él.
—No digas que sí.
—Como hipótesis lógica, sí. Podría haber fabricado el mensaje. El accidente podría ser independiente o provocado.
Camila negó.
—Te pegaste bastante fuerte para una demostración.
—Eso reduce plausibilidad. No la vuelve cero.
Valeria dejó el tenedor.
—Esto se está poniendo de la chingada.
Rebeca intervino.
—Por eso Eduardo no quiere acusaciones.
Mateo la observó.
—¿Y tú cómo sabes lo que quiere Eduardo?
La pregunta salió con un filo que no estaba antes.
—Porque hablé con él.
—¿Sobre Gael?
—Sí.
—¿Por qué tú?
Laura no estaba en la mesa para absorber el golpe.
Rebeca sostuvo la mirada.
—Porque trabajo con personas, Mateo. Porque Gael se lastimó. Porque pensé que necesitábamos hablar de seguridad.
Mateo bajó un poco el tono.
—No te estoy acusando.
—Acabas de demostrar lo fácil que es que parezca que sí.
Eso terminó la discusión mejor que cualquier intervención de Eduardo.
Bruno se recargó en la silla.
—Perfecto. Ya sospechamos del lesionado, del profesor, de Rebeca y de Iván.
Tomás añadió:
—Y de cualquiera que no hable.
Bruno señaló a Nicolás, que acababa de llegar con su comida.
—Felicidades. Tú también.
Nicolás se detuvo ante la escena.
—¿Qué chingados pasó aquí?
Por unos segundos nadie supo si reír.
Después Camila empezó.
Bruno la siguió.
La tensión cedió apenas.
No desapareció.
Eso era distinto.
Gael miró a Rebeca.
Ella no le devolvió la mirada.
Tenía el teléfono en la mano.
Eduardo no había anunciado ninguna reunión.
Rebeca pensó que debía hacerlo pronto.
* * *
Mateo alcanzó a Valeria en el pasillo.
Habían salido de la cafetería sin despedirse del resto.
Caminaron casi hasta las escaleras antes de que él hablara.
—¿Tú confías en Eduardo?
Valeria no respondió de inmediato.
—Sí.
—Fue rápido.
—La respuesta no.
Mateo metió las manos en los bolsillos.
—Bruno dijo algo que nadie quiso seguir.
—¿Qué cosa?
—Que “cualquiera” también incluye al profesor.
Valeria siguió caminando.
—Eduardo recibió la primera amenaza.
—La primera que conocemos.
—¿Estás sugiriendo que se la inventó?
—Estoy diciendo que podría.
—También Gael podría haberse mandado su mensaje.