MANUAL DE PSICOLOGÍA Diecisiete #3
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Diecisiete #3

—Puede ser de un profesor. A veces del responsable de investigación. Depende de lo que tenga el expediente.

Llegaron a una oficina pequeña junto a servicios escolares.

Rosita dejó la carpeta y encendió una computadora.

—A ver.

Gael le dictó el nombre del seminario.

—Conducta, decisión y respuesta bajo presión.

Rosita lo escribió.

No cambió la expresión.

—No me suena.

Gael se fijó en la pantalla, no en ella.

—Es antiguo.

—Aquí han pasado miles de actividades. Si no fue un programa formal, puede que ni siquiera esté bien catalogado.

Encontró el portal.

—Mira. Consulta de fondos históricos. Llenas esto. Si te deja avanzar, perfecto. Si te pide aval, vas con tu profesor.

Gael leyó los campos.

Nombre.

Matrícula.

Tema de investigación.

Fondo solicitado.

Justificación.

Nada extraordinario.

—Gracias.

Rosita tomó la carpeta otra vez.

—De nada.

Gael ya iba a salir cuando ella habló.

—¿Encontraste algo interesante en las fotos de la cafetería?

Se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque estabas parado frente a ellas con cara de estar resolviendo un homicidio.

Gael tardó menos de un segundo.

—Una mujer se parece a usted.

Rosita soltó una risa.

—Pobre mujer.

—Es una foto vieja.

—Peor para ella.

Gael esperó algo más.

No llegó.

Rosita señaló la puerta con una sonrisa.

—Ve a llenar tu solicitud, detective.

—No soy detective.

—Claro.

Gael salió.

En el pasillo escribió mentalmente dos cosas.

Rosita había respondido sin sorpresa visible.

Eso no significaba nada.

Y él ya estaba observando su reacción porque Bruno había contaminado la pregunta.

Eso sí significaba algo sobre su propio método.

Decidió no registrar la conversación.

* * *

La solicitud llegó a una pantalla que decía lo que Rosita había anticipado.

AVAL ACADÉMICO REQUERIDO.

Gael la cerró.

No por duda.

Porque ahora necesitaba decidir cuánto contarle a Eduardo.

Esperó hasta el final de la última clase.

Laura salió con el resto.

Bruno se llevó la caja vacía.

Tomás se quedó unos segundos buscando una plumilla que finalmente encontró pegada a la suela de su zapato.

Cuando el salón quedó libre, Gael se acercó al escritorio.

—Profesor.

Eduardo guardó un cable.

—Dime.

—Necesito su firma para consultar un expediente del Archivo Histórico.

Eduardo dejó el cable.

—¿Qué expediente?

Gael sacó la computadora.

No empezó con una teoría.

Le mostró el boletín.

La nota breve.

La convocatoria de meses antes.

El título del seminario.

La referencia al archivo físico.

Eduardo leyó todo sin hablar.

Gael tampoco llenó el silencio.

Cuando terminó, Eduardo regresó a la primera página.

—¿Qué crees que encontraste?

—Una ruta de investigación.

Gael siguió:

—No sé si el seminario tiene relación con nosotros. La descripción es demasiado amplia. “Conducta”, “decisión” y “respuesta bajo presión” pueden aparecer en muchos programas.

—Sí.

—La suspensión tampoco demuestra nada. Encontré otras actividades canceladas por razones normales.

—Bien.

—La frase sobre familias aparece en otros boletines sin relación con tragedias.

Eduardo cerró la computadora un poco, sin apagarla.

—Entonces ¿por qué quieres el expediente?

—Porque existe una forma directa de saber más sin inventar.

Eso bastó.

Eduardo volvió a abrir la pantalla.

—¿Qué dato aumentaría la relevancia?

Gael ya lo había pensado.

—Que el programa real se parezca más de lo que permite ver la convocatoria. Que existan incidentes documentados entre participantes. Que haya comunicaciones anónimas, amenazas o mecanismos comparables a los actuales.

—¿Qué la reduciría?

—Que los “sucesos” sean administrativos. Una disputa, una intoxicación colectiva, un accidente sin relación con conducta individual. Que el seminario no tenga nada parecido a este curso más allá del lenguaje general.

Eduardo movió la cabeza una vez.

—¿Y qué harás si encuentras algo ambiguo?

—Traerlo.

—No interpretarlo solo.

—Eso intentaría.

Eduardo sostuvo la mirada.

Gael corrigió:

—Lo traeré antes de convertirlo en hipótesis.

—Mejor.

Gael deslizó la solicitud impresa.

Eduardo no firmó todavía.

—¿Por qué no me enseñaste esto antes?

—Porque antes solo tenía una nota.

—Ahora también tienes una nota.

—Ahora tengo una referencia verificable a un expediente.

Eduardo lo consideró.

—Es una diferencia pequeña.

—Sí.

—Pero real.

—Sí.

Eduardo tomó la pluma.

Firmó.

Gael guardó el documento.

Antes de irse, Eduardo habló.

—Una condición.

—¿Cuál?

—Si encuentras información que sugiera riesgo físico actual, dejas de hacer esto solo.

Gael no respondió inmediatamente.

—¿Eso incluye algo ambiguo?

—Incluye algo que razonablemente aumente la posibilidad de que alguien pueda salir lastimado.

—Eso sigue siendo ambiguo.

—La seguridad no siempre espera una certeza estadística elegante.

Gael casi sonrió.

—Está bien.

Eduardo guardó sus cosas.

—Y otra cosa.

—¿Qué?

—No busques el número en esos expedientes.

Gael se quedó inmóvil.

—No se lo dije.

—No necesitabas.

—¿Cómo sabe que pensé hacerlo?

Eduardo señaló la computadora.

—Porque yo también lo pensé.

Eso sí consiguió que Gael sonriera.

—Y no lo hizo.

—No.

—Bien.

—No te acostumbres.

Gael salió con la solicitud bajo el brazo.

Eduardo se quedó en el salón.

El número no estaba escrito en ninguna parte.

Aun así, tardó más de lo que habría querido en dejar de pensar en él.

* * *

Laura alcanzó a Eduardo en las escaleras.

—Gael salió con cara de haber conseguido acceso al Pentágono.

—Conseguirá acceso a un archivo universitario.

—Para él es casi lo mismo.

Eduardo siguió bajando.

Laura se puso a su lado.

—¿Tiene que ver con lo que encontró?

—Sí.

—¿Algo serio?

—Algo verificable.

Laura dejó pasar la diferencia.

—Eso no fue lo que pregunté.

Eduardo se detuvo en el descanso de la escalera.

—Encontró referencia a un seminario antiguo. Fue suspendido después de unos “sucesos” que el boletín no describe.

Laura no hizo el gesto que él esperaba.

No dramatizó.

—¿Cuánto de antiguo?

—Más de treinta años.

—¿Mismo edificio?

—Sí. Otra aula.

—¿Mismo tema?

—No lo sabemos. El título habla de conducta, decisiones y respuesta bajo presión.

Laura apoyó una mano en el barandal.

—Suena cerca.

—También puede sonar cerca porque ahora estamos buscando cercanía.

—Claro.

Eduardo comenzó a bajar otra vez.

Laura lo siguió.

—¿Y el número?

Él no respondió enseguida.

—Dos datos.

—Tres si cuentas el cumpleaños.

—El cumpleaños es un dato, no una pista.

—Eso dije.

—No. Dijiste tres.

Laura soltó aire por la nariz.

—Qué cansado debe ser vivir dentro de tu cabeza.

—No tengo comparación.

Llegaron al primer piso.

Laura esperó a que pasara un grupo de estudiantes.

—Te voy a preguntar algo sin intención de convertirlo en conclusión.

Eduardo esperó su reacción.

—Eso ya suena peligroso.

—Cuando Valeria recordó al muchacho del tráiler, cambiaste.

—No.

—Sí.

—¿Qué cambió?

—Nada grande. Dejaste de mirar a Valeria y miraste a Gael.

Eduardo pensó.

—Quería saber si lo había registrado.

—Lo sé.

—Entonces no hay misterio.

Laura sostuvo la mirada.

—No dije que lo hubiera.

Eduardo entendió tarde que acababa de defenderse de una acusación que ella no había hecho.

Laura no sonrió.

Eso fue peor.

—Bien —dijo él.

—¿Bien qué?

—Buena observación.

—Gracias.

Continuaron hacia la salida.

—¿Y tú? —preguntó Laura.

—¿Yo qué?

—¿Vas a buscarlo en tu cronología personal?

Eduardo tardó.

—No.

—¿Lo pensaste?

—Sí.

—Bien.

—¿Por qué bien?

—Porque me preocuparía más que dijeras que no.

Eduardo abrió la puerta del edificio.

El aire de afuera estaba más frío.

—No necesito que me vigiles.

Laura salió detrás de él.

—No.

—Pero...

—Pero a veces sirve que alguien note cuándo empiezas a justificarte demasiado rápido.

Eduardo no añadió nada.

Laura tampoco.

No necesitaba hacerlo.

* * *

Camila encontró a Álex esa misma tarde en el lugar donde solían verse.

Él llevaba un cuaderno barato.

Eso era nuevo.

Camila lo señaló antes de sentarse.

—¿Y eso?

Álex lo puso boca abajo sobre la pierna.

—Nada.

—Muy convincente.

—Estoy practicando mentiras pequeñas.

Camila levantó las cejas.

—A ver.

Álex dudó y terminó volteando el cuaderno.

Había un dibujo a lápiz.

Una mano sosteniendo el cuello de una guitarra.

No estaba terminado.

Los dedos tenían proporciones raras y una de las cuerdas desaparecía antes de llegar al borde.

Camila lo estudió.

—Está bonito.

—No mientas.

—No dije que estuviera perfecto.

—Parece mano de extraterrestre.

—Un extraterrestre músico. Tiene mercado.

Álex rió y volvió a taparlo.

—Me dio pena comprar el cuaderno.

—¿Por qué?

—Porque sentía que la señora de la papelería iba a preguntarme para qué lo quería.

—¿Y te preguntó?

—No.

—Entonces la humillación ocurrió toda en tu cabeza.

—Como la mayoría.

Camila se sentó a su lado.

Durante algunos segundos pensó en contarle lo que el grupo había empezado a notar.

La fecha.

El muchacho de la historia.

La conversación con Eduardo.

La frase ya estaba lista.

No la dijo.

Álex lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

Él levantó una ceja.

Camila corrigió:

—Sí hay algo. Pero no sé si debo contártelo.

—Eso suena peor.

—No porque sea secreto.

Álex esperó.

—Porque tiene que ver con una coincidencia que empezamos a notar en el grupo.

Él dejó de jugar con la esquina del cuaderno.

—¿Y?

—Y tú todavía estás tratando de ordenar ese recuerdo viejo.

Álex entendió lentamente.

—No quieres meterme información.

—Sí.

—Por si después digo que ya estaba ahí.

—Sí.

Álex bajó la mirada.

—Eduardo me hizo algo parecido.

—¿Qué?

—Me pidió que escribiera lo que recordaba antes de hacerme preguntas específicas. Luego me hizo separar lo que había escrito de lo que empecé a pensar después de hablar con él.

Camila sintió alivio.

—Entonces no te voy a decir.

—Está bien.

—¿No te da curiosidad?

—Un chingo.

—¿Y ya?

—Prefiero curiosidad a fabricar un recuerdo.

Camila observó el cuaderno boca abajo.

—Mira nada más. Sí estás aprendiendo.

—No te emociones.

—¿Se lo contarías a Eduardo si recuerdas algo nuevo?

Álex pensó antes de responder.

—Si puedo distinguirlo de lo que apareció después, sí.

—Eso no siempre se puede.

—Ya sé.

Camila dejó el tema.

Álex volvió a abrir el cuaderno.

—¿Quieres ver otra cosa?

—Sí.

En la página siguiente había un dibujo peor.

Una taza.

Un perro que parecía cabra.