Diecisiete #2
Gael dejó las manos sobre el teclado.
—No iba a hacerlo.
Bruno rió.
—Mentiroso.
Gael giró hacia él.
—Pensé en hacerlo. No es lo mismo.
—Capítulo ocho, cabrón.
Esta vez hasta Eduardo dejó escapar una risa.
* * *
Gael esperó hasta la biblioteca.
Abrió datos_aislados.xlsx.
No escribió el número en el buscador.
Le molestó descubrir que Eduardo tenía razón sobre la tentación.
Podía revisar fechas.
Edades.
Horas.
Números de aulas.
Fragmentos de teléfono.
Cualquier columna podía devolver coincidencias si dedicaba suficiente tiempo a forzarlas.
Eso no era análisis.
Era pesca.
Abrió una pestaña nueva.
La tituló:
REGLAS DE REVISIÓN
No era una pestaña emocionante.
Por eso le gustó.
Escribió:
1. NO BUSCAR EL NÚMERO 17 DE FORMA RETROACTIVA.
2. REGISTRARLO SOLO SI APARECE DURANTE UNA REVISIÓN MOTIVADA POR OTRA RAZÓN.
3. DISTINGUIR FECHA, EDAD, CANTIDAD, HORA, NÚMERO DE AULA U OTRO CONTEXTO.
4. NO TRATAR CONTEXTOS DIFERENTES COMO EQUIVALENTES.
5. NO INFORMAR “PATRÓN” SIN UNA REGLA QUE PUEDA FALLAR.
Leyó la última línea.
La cambió.
5. NO USAR LA PALAbrA PATRÓN TODAVÍA.
Mejor.
Tomás dejó una botella de agua sobre la mesa de enfrente.
Gael apartó la atención de sus notas.
—¿Qué haces aquí?
—Vine por un libro.
—No tienes libro.
Tomás vio sus manos vacías.
—Voy por él ahorita.
Gael regresó a la pantalla.
Tomás se sentó.
—Sí te sacó de onda lo del número.
—Me interesa que nos haya sacado de onda.
—No es lo mismo.
—Es más útil.
Tomás leyó la pestaña desde lejos.
—¿Hiciste reglas para no buscar un número?
—Sí.
—Estás bien raro.
—Probablemente.
Tomás apoyó los brazos sobre la mesa.
—Yo sí me acordé del morro en cuanto Bruno dijo la fecha.
—Eso no hace que estén relacionados.
—Ya sé.
—Entonces ¿qué quieres?
Tomás pensó.
—Saber si tú crees que estamos viendo cosas donde no hay nada.
Gael cerró un poco la laptop.
—Creo que llevamos semanas recibiendo cosas raras de verdad.
—Eso no respondió.
—Sí respondió.
Tomás esperó.
Gael cedió.
—No sé si hay un patrón numérico. No tenemos evidencia para decirlo. Sí sé que ahora estamos predispuestos a verlo.
—¿Y si aparece sin buscarlo?
—Lo anoto.
—¿Y si aparece otra vez?
—Lo anoto otra vez.
—¿Y cuándo te preocupas?
Gael pensó en la respuesta de Eduardo.
—Cuando pueda decir qué tendría que pasar para que yo dejara de creer que es casualidad y también qué tendría que pasar para que siga creyendo que lo es.
Tomás hizo una mueca.
—No sé cómo hablas así sin cansarte.
—Práctica.
—Yo me preocuparía en el tercero.
—Eso no es un método.
—Es bastante humano.
Gael no discutió.
Tomás se levantó.
—Voy por mi libro de verdad para que no pienses que vine a cuidarte.
—No necesito que me cuides.
—Ya sé.
Dio dos pasos.
—Eso también suena a rol, por cierto.
Gael lo siguió con la vista hasta que desapareció entre los estantes.
Después regresó a la pestaña.
No añadió ninguna línea nueva.
* * *
El pastel sobrevivió hasta el descanso de la tarde.
La mitad del grupo terminó en la cafetería con porciones demasiado pequeñas y tenedores de plástico que se doblaban al cortar el pan.
Bruno se había resignado.
—Bueno —dijo—. Está menos culero de lo que parecía.
Tomás levantó el tenedor.
—Gracias.
—No fue un cumplido.
Rosita apareció buscando café.
Vio la caja abierta.
—¿Quién cumple años?
Todos señalaron a Bruno.
Bruno cerró los ojos otra vez.
—Ya fue demasiado.
—Felicidades.
—Gracias.
—¿Cuántos?
—Los suficientes para saber que no debía venir hoy.
—Entonces todavía te faltan muchos.
Camila ofreció un pedazo.
Rosita aceptó uno pequeño.
—Nada más porque no desayuné bien.
Rebeca le pasó un tenedor.
—¿Usted lleva mucho trabajando aquí?
La pregunta salió sin intención especial.
Rosita pensó.
—Demasiado para seguir comiendo pastel de estudiantes a media mañana.
—Eso no es una fecha —dijo Bruno.
—Y no te la voy a dar.
Algunos rieron.
Gael no había preguntado nada.
Estaba viendo por encima del hombro de Rosita.
En la pared de la cafetería habían colocado tres fotografías antiguas por un aniversario de la facultad. Las había visto otras veces sin detenerse. Edificios cuando todavía tenían árboles pequeños. Un laboratorio con computadoras enormes. Personal administrativo frente a una mesa larga.
La tercera imagen era la más vieja.
Gael se levantó.
Bruno lo siguió con la vista.
—¿Qué encontraste ahora?
—Nada.
—Tu “nada” ya me da miedo.
Gael se acercó a la pared.
La fotografía estaba detrás de un acrílico rayado.
En la esquina inferior había una etiqueta impresa hacía años:
JORNADA DE BIENVENIDA — PERSONAL DE APOYO Y COORDINACIÓN
Debajo aparecía una fecha de más de tres décadas atrás.
No había nombres.
Gael recorrió los rostros.
No conocía a ninguno.
Hasta que una mujer, cerca del extremo derecho, le pareció familiar.
Cabello oscuro.
Cara redonda.
Una sonrisa leve.
La imagen era demasiado mala para comparar detalles finos.
Bruno apareció a su lado con el plato en la mano.
—No mames.
Gael no dijo nada.
Bruno señaló con el tenedor.
—Esa señora se parece a Rosita.
Gael volvió la vista hacia la mesa.
Rosita estaba hablando con Mariana, de perfil.
Regresó a la foto.
—Se parece.
—Un chingo.
—La foto es mala.
—Sí.
—Puede ser una familiar.
—Sí.
—Puede no parecerse tanto como creemos después de verla a ella hace cinco minutos.
Bruno lo observó.
—A veces conversar contigo es como llevar un abogado en la bolsa.
Gael no sonrió.
Se acercó un poco al acrílico.
La mujer de la fotografía no tenía una placa visible.
No había texto debajo.
Nada que permitiera identificarla.
Bruno mordió pastel.
—¿Le preguntamos?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no tenemos una pregunta.
—“¿Es usted?” me parece una pregunta bastante clara.
—Basada en una foto borrosa de hace más de treinta años.
—Por eso. Si dice que no, ya.
Gael pensó.
—Y si dice que sí, ¿qué demostraría?
Bruno dejó de masticar.
—Que trabaja aquí desde hace un chingo.
—No sabemos la edad de la persona de la foto.
—Bueno.
—Ni sabemos si es ella.
—Bueno.
—Ni que el seminario del boletín tuviera relación con esta jornada.
Bruno levantó el tenedor en rendición.
—Ya entendí.
Gael se dio la vuelta.
Rosita seguía sentada.
La semejanza no desapareció.
Tampoco se volvió evidencia.
Regresó a la mesa.
No tomó fotografía del cuadro.
Eso le costó más de lo que habría admitido.
* * *
Bruno dejó que los demás siguieran hablando de la fotografía antigua y se apartó con Iván hacia una mesa pequeña.
El teléfono llevaba varios minutos vibrando.
No eran amenazas.
Eso ya era una categoría que ninguno de los dos tomaba a la ligera.
Eran mensajes de familia.
Una tía que mandaba imágenes con flores.
Un primo que escribía una vez al año.
Su madre había enviado un audio de treinta y tantos segundos.
Bruno no lo abrió.
Iván señaló la pantalla.
—¿No vas a escuchar?
—Al rato.
—Es tu jefa.
—Por eso.
Iván tomó otro pedazo de pastel.
—¿Te llevas mal con ella?
—No.
—Entonces.
Bruno sostuvo el teléfono entre las manos.
—Los cumpleaños me cagan un poco.
Iván esperó.
—Todo el mundo te pregunta qué hiciste este año, qué sigue, si ya encontraste trabajo, si ya acabaste esto, si ya empezaste aquello. Como si cumplir años fuera una auditoría.
—Eso sí está culero.
—Y yo todavía le mentí con lo del trabajo.
Iván dejó de comer.
Bruno había contado semanas antes que fingió haber conseguido un empleo de medio tiempo. Su madre ya sabía que no era cierto. La confesión no había destruido nada, pero tampoco había borrado la vergüenza.
—Ya le dijiste la verdad.
—Sí.
—¿Y?
—Y nada. Sigo sin trabajo.
—Qué raro. Pensé que decir la verdad generaba empleo automático.
Bruno soltó una risa.
—Pendejo.
El audio seguía sin abrirse.
—La clase pasada estuvo peor —dijo Bruno.
—La de identidad.
—Sí. Porque me di cuenta de que también soy “el que está bien mientras nadie pregunte demasiado”.
Iván no hizo un chiste.
Bruno lo notó.
—No hagas esa cara.
—No estoy haciendo nada.
—Te ves serio.
—Estoy probando otra personalidad.
—No te queda.
Ahora sí rieron.
Bruno abrió el audio.
La voz de su madre llenó apenas el espacio entre ambos.
No había discurso.
Le deseaba feliz cumpleaños. Le dijo que había dejado comida en casa. Que no se preocupara por llegar temprano. Que esperaba que pasara un buen día con sus amigos.
Al final agregó:
—Y no tienes que demostrarme nada hoy, hijo. Nomás pásala bien.
Bruno bajó el teléfono.
Iván fingió concentrarse en el pastel.
—Ni una palabra.
—No dije nada.
—Traes cara de que vas a decir algo.
—Estoy comiendo.
Bruno guardó el celular.
—Me conoce demasiado.
Iván tardó un poco.
—A veces eso no está tan mal.
Bruno lo miró.
Iván se encogió de hombros.
—Nada más digo.
No volvieron a hablar del tema.
El cumpleaños siguió siendo una fecha ordinaria.
Precisamente por eso, cuando el número empezó a incomodar a otros, Bruno se negó a regalarle su día.
—Si terminan haciendo una secta con ese número —dijo mientras se levantaba—, mi cumpleaños queda fuera.
—Anotado —respondió Iván.
—Y sin túnicas.
—Eso ya no te lo prometo.
* * *
Rosita terminó el café y se fue antes que ellos.
Gael esperó unos minutos.
Después hizo algo que sí tenía una razón previa.
La alcanzó en el pasillo.
—Rosita.
Ella volteó.
—¿Qué pasó?
—Necesito hacerle una pregunta sobre el Archivo Histórico.
—Eso sí suena aburrido.
—Lo es.
—Entonces debe ser importante para ti.
Gael ignoró la broma.
—Encontré una referencia a una actividad académica vieja. El archivo digital dice que el expediente completo está en el campus central.
Rosita ajustó la carpeta que llevaba contra el pecho.
—¿Para una tarea?
—Investigación personal.
—¿De qué?
Gael eligió la respuesta más precisa que podía dar sin inventar.
—Historia de cursos extracurriculares de la facultad.
Rosita esperó un poco.
—Eso es muy específico.
—Sí.
—¿Qué necesitas de mí?
—Saber cómo se pide acceso.
Rosita empezó a caminar y le indicó que la acompañara.
—Hay una solicitud en línea para consulta general. Si el expediente está restringido, te van a pedir motivo y aval académico. Depende del fondo.
—El catálogo dice acceso condicionado.
—Entonces casi seguro te pedirán una firma.
—¿De coordinación?