Quién soy sin esto #5
La madre tomó la mano de Emiliano sobre la mesa.
—Y nosotros tenemos que hablar de lo otro.
Él miró a sus padres.
—No quiero que hoy prometan que nunca van a pelear.
Su madre soltó una risa breve, triste.
—Eso sí sería mentira.
—Solo no vuelvan a decirme que no es mi problema cuando estoy aquí escuchándolo.
El padre asintió.
—Eso sí te lo puedo prometer.
Emiliano no supo si cumplirían.
Por ahora, al menos, había dejado de desaparecer.
* * *
Al día siguiente buscó a Eduardo antes de la clase.
Le contó la llamada completa.
Eduardo hizo menos preguntas de las que Emiliano esperaba y más de las que habría querido contestar.
Fecha.
Hora aproximada.
Duración.
Qué apareció en pantalla.
Qué había dicho la voz.
Si conservaba el registro.
Qué respondió el padre en la llamada real.
Qué había dicho ahora sobre la frase.
—¿Tus padres saben que me estás contando esto?
—Sí.
—¿Tu padre mantiene que no hizo la llamada?
—Sí.
—¿Y que no recuerda haberme... haber dicho esa frase a nadie?
—No recuerda. Eso es distinto.
—Correcto.
Emiliano agradeció que corrigiera la pregunta sin molestarse.
—Dice que pudo haberla pensado casi igual.
—Eso tampoco demuestra que quien llamó tuviera acceso a sus pensamientos.
—Ya sé.
—Pero sí vuelve relevante investigar de dónde pudo salir esa formulación.
—¿Cómo?
—Mensajes antiguos. Redes. Personas cercanas. Algún audio. Una conversación que él no recuerde. Primero agotamos rutas humanas.
Emiliano asintió.
Eduardo abrió la carpeta.
Añadió una hoja.
CASO 8 — EMILIANO
No comentó el número.
Tampoco lo dejó expuesto sobre el escritorio más tiempo del necesario.
—¿Por qué decidiste contarlo hoy?
Emiliano pensó en la cocina.
—Porque entendí que llevo años siendo el que no agrega problemas.
Eduardo dejó pasar un instante.
—Y guardar esto también era eso. No quería preocupar a mis papás. No quería venir aquí con otra cosa rara. No quería parecer exagerado.
—¿Y ahora?
—Ahora sigo sin querer preocuparlos.
—Pero lo contaste.
—Sí.
Eduardo cerró la carpeta.
—Eso es un cambio de conducta. No necesitas convertirlo todavía en una nueva identidad.
—¿No puedo salir diciendo que ya soy “el valiente”?
—Preferiría que no.
—Qué aguafiestas.
—Es parte del puesto.
Emiliano se levantó.
En la puerta se detuvo.
—Profesor.
—¿Sí?
—Mi papá se puso muy raro cuando le dije la frase.
—Lo anoté.
—No. No como dato. Como persona.
Eduardo entendió.
—También importa.
Emiliano salió.
Eduardo abrió de nuevo la carpeta cuando quedó solo.
Leyó la frase una vez.
NO QUIERO QUE TERMINES COMO YO.
Después volvió a la hoja del caso.
No escribió ninguna interpretación adicional.
* * *
Durante esa semana, la pregunta de la clase apareció fuera del salón de formas menos ordenadas.
Iván grabó un video sin chistes.
No lo hizo como tarea. De hecho, pasó casi una hora intentando decidir si subirlo era una forma de honestidad o una manera nueva de conseguir aprobación.
Al final se lo mandó primero a Bruno.
¿Esto suena a que estoy buscando lástima?
Bruno tardó varios minutos.
Suena a que llevas cuatro minutos sin hacerte el pendejo. Eso ya es novedad.
Iván respondió:
gracias por la ternura
de nada princesa
Iván lo publicó.
Hablaba de lo cansado que era sentir que tenía que ser gracioso incluso cuando no tenía ganas, y de la sospecha de que había construido una audiencia alrededor de una versión demasiado pequeña de sí mismo.
No mencionó las amenazas.
No habló de Eduardo.
No convirtió el video en confesión total.
A la mañana siguiente encontró respuestas distintas a las habituales. Menos emojis. Más personas contando que también sentían que debían actuar de cierta manera para no perder a quienes tenían alrededor.
El número de vistas era bueno.
Iván se sorprendió de que, durante unos minutos, eso fuera lo menos importante.
* * *
Mariana no regresó a una alberca esa misma semana.
Solo buscó horarios.
Lo hizo durante un descanso en el hospital, después de recordar que antes de enfermería había nadado durante años.
Fernanda la encontró viendo la pantalla.
—¿Vacaciones?
—Alberca.
—¿Tú nadas?
Mariana la miró.
—Nadaba.
—Nunca me dijiste.
—Ese es el problema.
Fernanda no entendió, pero se acercó a mirar los horarios.
—Hay una a quince minutos de tu casa.
—Ya vi.
—¿Vas a ir?
Mariana guardó el teléfono.
—No sé.
—Pues cuando sepas me cuentas.
Eso fue todo.
Mariana agradeció que nadie convirtiera buscar una alberca en una transformación personal.
* * *
Mateo y Valeria discutieron por algo mucho más pequeño.
Él había vuelto a corregirla frente a otros por una respuesta que ni siquiera estaba mal.
Valeria esperó hasta salir del salón.
—¿Otra vez?
—¿Qué hice?
—Sabes qué hiciste.
Mateo abrió la boca para defenderse.
La cerró.
—Sí.
—Bien.
—No sé por qué me sale.
—Eso ya lo vimos.
—Ya sé.
—Entonces que lo entiendas no significa que yo tenga que aguantarlo.
Mateo soltó aire.
—Tienes razón.
Valeria lo miró con sospecha.
—¿Así de fácil?
—No. Solo que si empiezo a explicarte por qué lo hice, me voy a escuchar igual que en la clase de racionalización.
Valeria soltó aire por la nariz.
—Eso sí estuvo mejor.
—Estoy intentando.
—Intenta sin corregirme la próxima.
—Trato.
Caminaron juntos hacia la cafetería.
No hablaron de “ser algo distinto a sus roles”.
No hacía falta.
* * *
Rebeca tuvo una reacción menos bonita.
La pregunta de Eduardo la acompañó hasta su casa y le molestó durante dos días.
No llamó a nadie.
No recuperó un hobby abandonado.
No escribió una revelación en su libreta.
El miércoles una adolescente con la que trabajaba canceló sesión a última hora y Rebeca sintió un alivio inmediato.
Después culpa por el alivio.
Y después el impulso de ofrecer ese horario a otra persona, ayudar a alguien más, llenar el espacio.
Abrió el calendario.
Se detuvo.
Durante años había llamado compromiso a no dejar un hueco vacío.
Quizá muchas veces lo era.
Quizá otras no.
Cerró el calendario sin ocupar la hora.
Duró seis minutos antes de volver a abrirlo.
Se rió sola.
—Qué ridículo.
Lo cerró otra vez.
No se sintió liberada.
Se sintió inútil.
La incomodidad le pareció más honesta que cualquier frase bonita que hubiera podido escribir sobre aprender a descansar.
Dejó la hora vacía.
Solo esa.
* * *
Camila encontró a Álex en la jardinera dos días después de que él hablara con Eduardo.
No le preguntó qué había contado.
Quería hacerlo.
Se obligó a no hacerlo.
Álex lo notó.
—Puedes preguntar.
—No.
—Eso sí es nuevo.
—Cállate.
Él sonrió.
Camila se sentó a su lado.
—¿Cómo te fue?
—Raro.
—¿Te creyó?
Álex miró hacia el patio.
—No sé si “creer” es la palabra.
—¿Entonces?
—Me hizo separar lo que recuerdo de lo que puedo demostrar.
—Muy él.
—Sí.
—¿Te ayudó?
Álex se tomó un instante.
—Un poco.
Camila aceptó esa respuesta.
—Hoy hablamos de identidad.
—Qué divertido.
—No mucho.
—¿Y qué descubrieron? Que somos especiales y únicos.
—Que eres un pendejo.
—Eso ya estaba demostrado.
Camila rió.
Después se puso seria.
—Hablamos de cuando una cosa se vuelve todo lo que eres.
Álex dejó de sonreír.
—Ah.
—Pensé en ti.
—Qué romántico.
—No por eso.
—Peor.
Camila le dio un pequeño empujón con el hombro.
—Llevas años siendo “el que se está recuperando”.
Álex miró sus manos.
—O “el que la cagó”. Depende de quién pregunte.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Quién dices que eres?
Álex tardó tanto que Camila dejó de esperar una respuesta.
—No sé.
Esta vez el “no sé” no la irritó.
—Antes de todo eso, ¿qué hacías?
—Muchas pendejadas.
—Algo que te gustara.
Álex pensó.
—Dibujaba.
Camila giró hacia él.
—¿Neta?
—Sí.
—¿Qué dibujabas?
—Cualquier cosa. Caras. Tenis. Edificios. Los maestros cuando me aburría.
—Eso quiero verlo.
—Ya no existe.
—¿Nada?
—Tal vez haya cuadernos en casa de mi mamá.
—Búscalos.
—¿Para qué?
—Porque te gustaba.
Álex soltó una risa pequeña.
—Gran intervención clínica.
—No soy tu psicóloga.
—Gracias a Dios.
Camila relajó los hombros.
—Tampoco tienes que convertirlo en proyecto de recuperación. Puedes dibujar porque sí.
Álex recibió la frase con más seriedad de la que ella esperaba.
—Hace mucho que no hago nada porque sí.
—Pues empieza por algo que no te mate.
—Estándar alto.
—Contigo sí.
Se quedaron sentados viendo pasar gente.
Después de un rato Álex habló.
—Hay una cosa que me dijo Eduardo.
Camila esperó.
—Que no intente rellenar los huecos de memoria solo porque ahora necesito que la historia tenga sentido.
—Tiene razón.
—Sí.
—¿Eso te molesta?
—Me da miedo.
Camila no preguntó qué había en los huecos.
Álex la miró.
—¿No vas a preguntar?
—No hoy.
—¿Por qué?
—Porque si no lo sabes, no quiero ayudarte a inventarlo.
Álex sonrió apenas.
—Ya aprendiste demasiado.
—Y tú demasiado poco.
—Eso también.
Camila apoyó los codos sobre las rodillas.
—Cuando encuentres un dibujo, me lo enseñas.
—Va a estar horrible.
—No me importa.
—A mí sí.
—Entonces haz otro.
Álex miró hacia adelante.
Por unos minutos hablaron de lápices, de cuadernos y de cuánto costaba volver a hacer algo que no servía para demostrar que estaba mejor.
No hablaron de Renata.
No hablaron de la llamada antigua.
No hablaron de muerte.
A Camila le pareció extraño que algo tan pequeño pudiera sentirse como descanso.
* * *
El viernes Eduardo no dio una segunda clase.
Dedicó la última parte de la sesión a revisar un caso académico que no tenía nada que ver con amenazas, números privados ni fotografías.
Fue deliberado.
El grupo necesitaba recordar que seguían en una universidad y que no cada conversación tenía que girar alrededor de ellos.
Al final, cuando faltaban menos de diez minutos, señaló la pregunta que aún conservaba en una esquina del pizarrón.
SI MAÑANA PERDIERA EL ROL QUE MÁS ME DEFINE, ¿QUÉ QUEDARÍA?
—No quiero respuestas —dijo—. Solo una precisión.
Borró “qué quedaría” y escribió debajo:
¿QUÉ PARTE DE MÍ SEGUIRÍA TENIENDO VALOR?
—No es la misma pregunta.
Laura esperó la continuación.
Eduardo siguió:
—La primera puede convertirse en una búsqueda desesperada de otra función. La segunda obliga a separar valor de utilidad.
Bruno levantó dos dedos.
—Entonces mi valor no depende de hacer reír.
—No.
—Qué desperdicio de talento.
Esta vez Eduardo sí sonrió.