Quién soy sin esto #6
—Nos vemos la próxima semana.
La clase terminó sin moraleja.
Eso ayudó.
Cuando el salón quedó vacío, Eduardo borró el resto del pizarrón.
La pregunta desapareció bajo el borrador.
No así la suya.
En su oficina abrió la carpeta de casos.
Ocho hojas identificadas con evidencia que había visto directamente.
No las contó como grupo.
No intentó completar lo que faltaba.
Leyó la de Emiliano.
La voz de un padre diciendo algo que el padre negaba haber pronunciado, pero reconocía como pensamiento posible.
No era imposible.
Una frase podía filtrarse de muchas maneras.
Una persona podía olvidar haberla dicho.
Un hijo podía reconstruir la semejanza de una voz bajo estrés.
Una imitación podía ser suficientemente buena para parecer exacta.
Todo eso seguía dentro de lo humano.
Lo inquietante era la selección.
Alguien parecía saber qué frase, qué imagen o qué recuerdo tocaría a cada persona.
Eduardo escribió en una hoja aparte:
SELECCIÓN DE CONTENIDO PERSONALIZADO
Debajo:
NO IMPLICA ACCESO IMPOSIBLE. IMPLICA INFORMACIÓN.
Era una distinción necesaria.
También incómoda.
Pensó en su propia llamada.
¿Te acuerdas de mí?
Pensó en la fotografía de su puerta.
TODAVÍA NO TE ACUERDAS.
La pregunta del capítulo anterior regresó.
¿Qué estaba evitando mirar porque le convenía no verlo?
Su historia.
No sabía qué parte, si alguna, tenía relación con lo que estaba ocurriendo.
Había etapas que recordaba con claridad y otras que no sabía ordenar.
Eso bastaba para obligarlo a revisarlas, no para convertirlas en explicación.
Ya no podía tratarlas como si estuvieran fuera del problema solo porque le resultaba más cómodo.
Tomó una hoja nueva.
No escribió un nombre.
No escribió una conclusión.
Solo una instrucción para sí mismo:
RECONSTRUIR CRONOLOGÍA PERSONAL SIN SUPONER RELACIÓN CON LOS CASOS.
La subrayó una vez.
Después guardó la carpeta.
No se fue inmediatamente.
Abrió un documento nuevo en la computadora.
Lo tituló:
CRONOLOGÍA PERSONAL — BORRADOR
Se quedó viendo el cursor.
La tentación era empezar por el recuerdo que más miedo le daba y construir todo alrededor.
Eso habría sido metodológicamente desastroso.
Empezó por fechas neutrales.
Años de universidad.
Cambios de domicilio.
Personas con las que había trabajado.
Periodos que podía verificar con documentos.
No escribió interpretaciones.
Cuando llegó a una etapa que le produjo una tensión inmediata en el pecho, puso únicamente:
REVISAR CON FUENTES EXTERNAS. NO COMPLETAR DESDE MEMORIA.
El método le pareció frío.
También necesario.
La memoria autobiográfica no era una grabación. Lo enseñaba. Sabía que podía cambiar con nueva información, conversaciones y expectativas actuales. Si ahora estaba buscando a alguien detrás de una frase, existía el riesgo de reconstruir un rostro que nunca había estado ahí.
Por eso no escribió el nombre que le había venido a la cabeza.
Todavía no.
Guardó el documento.
Esta vez no se sintió mejor.
Solo un poco menos dispuesto a engañarse con una certeza prematura.
* * *
Gael volvió al boletín esa noche.
Lo hizo con una regla nueva: no buscar similitudes, sino información que pudiera desconfirmar la relevancia del hallazgo.
Primero intentó averiguar si la expresión “familias involucradas” aparecía en otros boletines.
Sí.
La encontró en una nota sobre un accidente deportivo.
También en una queja por alimentos en una cafetería.
Eso reducía el peso de la frase.
Bien.
Después buscó “suspensión de actividad extracurricular”.
Encontró varias.
Presupuesto.
Falta de inscripción.
Cambio de sede.
Nada excepcional.
Mejor.
Gael sintió un alivio que no intentó disfrazar de objetividad.
Volvió a la convocatoria del seminario.
Conducta, decisión y respuesta bajo presión.
Podía ser cualquier cosa.
Un curso de negociación.
Una actividad de psicología social.
Una mezcla interdisciplinaria sin relación con lo actual.
Buscó el nombre del responsable por fragmentos.
El escaneo seguía sin permitir leerlo completo.
Entonces encontró, en una página de índice del mismo año, una referencia que no había visto:
Expediente de actividad: consultar Archivo Histórico, Campus Central.
Nada más.
No era una revelación.
Era una dirección.
Gael abrió la página de servicios del campus central.
El archivo físico existía.
Consultas con cita.
Fondos anteriores a la digitalización.
Acceso restringido a ciertos expedientes administrativos.
Necesidad de justificar investigación.
Leyó los requisitos dos veces.
Podía solicitar acceso como estudiante, pero algunos documentos requerían autorización de un profesor o coordinador.
Pensó en Eduardo.
Cerró la pestaña.
Todavía no.
No porque quisiera esconder el hallazgo.
Porque no tenía un hallazgo.
Tenía una ruta.
Abrió su hoja.
SIGUIENTE PASO: ARCHIVO HISTÓRICO FÍSICO.
Más abajo:
OBJETIVO: DETERMINAR NATURALEZA DEL SEMINARIO Y DE LOS “SUCESOS”.
Luego añadió:
RESULTADO QUE REFUTARÍA RELEVANCIA: suspensión por causa ordinaria sin relación con incidentes personales de participantes.
Gael leyó esa última línea.
Le gustó más que cualquier teoría.
Cerró el archivo.
La laptop quedó encendida unos segundos con el boletín abierto.
En la parte inferior de la nota, casi perdido bajo una mancha, había un sello de recepción.
Gael lo amplió.
No reveló un nombre.
No reveló una fecha especial.
Solo confirmó que el documento había sido archivado formalmente y que, en algún lugar del campus central, podía existir algo más.
Apagó la pantalla.
No sabía si aquello tenía relación con Eduardo.
No sabía si tenía relación con las llamadas.
Ni siquiera sabía si los “lamentables sucesos” habían sido algo más grave que un conflicto administrativo.
Pero ya podía defender una afirmación pequeña.
Muchos años antes, en la misma facultad, existió un seminario centrado en conducta y decisiones bajo presión.
Y fue suspendido después de hechos que la institución decidió no describir públicamente.
Eso no demostraba que la historia se repitiera.
Solo demostraba que había una historia que todavía no conocían.